Ella

miércoles, 29 de marzo de 2017

Puta. Zorra. Perra. Maraca... Casi siempre los insultos o las connotaciones negativas de las palabras están en femenino. ¿No te habías dado cuenta? Lee este artículo y seguimos hablando... Sí, el español como idioma es muy machista.

Pero la cosa no acaba aquí. En Chile, vaya a saber uno por qué, se utiliza la expresión "ella, la..." para hacer burla de otros, independientemente de quien seas. Por ejemplo, si dices algo más sesudo: "Eeeeeeeeella, la culta". Si dices que eres bueno en algo: "Eeeeeeeella, la experta". Si pones una foto en la que sales bien: "Eeeeeeeeella, la guapa". Y así, hasta el infinito.

¿Por qué utilizamos el femenino para reírnos de los demás, como si lo femenino fuese algo malo? Precisamente planteé esta pregunta en un foro de Facebook donde hubo dos comentarios similares en cuestión de pocos minutos, y me respondieron "que no era el caso" y que "podía ser, pero que solo lo hacían para reírse". Vamos a ver, eso lo entiendo. Yo también lo he hecho, porque crecí en ese entorno. Pero, con el tiempo, dejé de hacerlo. Y hace poco lo vi escrito en algún sitio y, desde entonces, llevaba pensando en el tema, hasta que su aparición me empujó a comentarlo.

El punto es que, gracioso o no (más bien no lo es), está claro de que es un indicio más de esos matices del lenguaje que siguen perpetuando un machismo rancio, aunque pase por broma inocente. Ella, la lo que sea no debería utilizarse como burla. Ni siquiera como un mal chiste. Solo deberíamos recurrir a esa frase para reafirmar una imagen positiva, un logro conseguido, un éxito, un triunfo...

Lo que más me extraña es que a nadie le llame la atención ni le haga preguntarse por qué "ella". Parece una tontería, pero ese comentario se graba en la mente, de nosotros y, sobre todo, de las futuras generaciones. "Ella" es algo malo, es motivo de burla, es razón para atacar a alguien... ¿Cómo hablar entonces de respeto e igualdad? Sí, una frase, un acto de micromachismo puede desbaratar todo lo construido hasta el momento y cada paso adelante que hayamos dado. Y no es exageración, es un hecho. Esos pequeños chistes no son inocentes e inocuos, y a la larga hacen mucho daño.

No obstante, aquí seguimos extendiendo esa idea, restándole importancia al lenguaje y, cada día que pasa, se siguen soltando lindezas como: “Eres una nenaza”, “esto es un coñazo”, “hijo de puta”, “los niños no lloran”, todas expresiones muy frecuentes y claramente machistas, como decía Mayte Rius en un artículo. Y razón no le faltaba... 

¿Hasta cuándo? Solo depende de lo que queramos para nuestro futuro.

Víctima

martes, 28 de marzo de 2017



A Nabila le arrancaron los ojos por ser mujer. Su cráneo y sus dientes estaban destrozados después de ser golpeada con una piedra. Nabila es madre de cuatro hijos. Nabila ha sido víctima de un acto de violencia. Nabila es una superviviente…

Hace casi un año, Chile se despertaba conmocionado por un caso de violencia de género que destacaba entre los demás por dos cosas: su brutalidad y porque ella sobrevivió. Nabila Rifo ha declarado esta semana en contra de su agresor, su expareja y padre de sus dos hijos, contando su experiencia de maltrato y agresiones.

Pero la defensa del agresor se aventuró en una serie de preguntas sobre la vida sexual y las preferencias de la víctima, como argumento para desprestigiar su testimonio y culpabilizarla del acto de violencia que había sufrido. ¿De verdad es eso posible? Sí, lamentablemente sí.

Incluso hoy, 28 de marzo de 2017, puede ocurrir algo así. Todavía se sigue culpando a la víctima de violación como fuerza tentadora ante el débil e hipersexuado macho; todavía hay quien se cree el mito que una mujer prostituida está ahí porque quiere, porque le gusta; aún perpetuamos comportamientos “masculinos” y “femeninos” desde la más tierna infancia; todavía normalizamos la cosificación del cuerpo de ellas y otros tantos comportamientos que transmiten mensajes erróneos a nuestras hijas e hijos.

Pensemos un momento en un cuento: él es el héroe, el príncipe valiente y aguerrido; ella, el premio que le espera a él después de su aventura… Parece inocente, pero no lo es. Ellos se educan en un entorno sociocultural donde ellas son algo que les corresponde, les pertenece, por ser hombres. Y esta es solo una pequeña muestra de lo que podemos encontrar en el currículo educativo, en el cine, la televisión, la publicidad, la música, la literatura… ¡Una historia sin fin!

La forma de luchar contra esto es la educación. Educación en igualdad, en respeto, en valores. Una educación que permita derribar estereotipos, ideas erróneas y construcciones sociales basadas en un patriarcado que ha hecho mucho daño. Tanto, que pensamos que Nabila puede ser menos víctima si ofrecemos evidencia de que tenía una vida sexual activa, de que había tenido o tenía más parejas… ¡¿Qué más da?!

Independientemente de la vida que haya llevado, Nabila, como muchas otras mujeres, no quería que le arrancasen los ojos ni que la golpeasen repetidas veces. Su vida sexual, activa o no, diversa o no, excitante o no, no debe utilizarse como una forma de restar crédito ni para reducir su condición de víctima de una agresión brutal que merece castigo... ¡Su pasado no puede funcionar como un atenuante para la condena de su maltratador!

Pero Nabila es mujer y no tiene grandes recursos. Y eso, lamentablemente, todavía parece ser un delito más grave que el cometido por un agresor despiadado.

Nadie se merece un trato tan poco humano

viernes, 3 de marzo de 2017


Mucho se ha dicho y escrito, en uno y otro sentido, en cuanto al autobús que recorre las calles de las principales ciudades españolas con el mensaje "Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva. Que no te engañen", en respuesta a la campaña de Chrysallis "Hay niñas con pene y niños con vulva. Así de sencillo. La mayoría sufre cada día porque la sociedad desconoce esta realidad", en favor de la visibilización del colectivo trans.

No voy a entrar en el análisis profundo de una campaña mezquina, ignorante y que incita al odio, porque no quiero hacerlo. Pero sí tengo que comentar algo que me ha dolido mucho: la reacción en redes sociales de algunas personas que se preguntaban cuál sería la respuesta de quienes, como yo, exigimos tolerancia y respeto.

Me parece un golpe muy bajo plantear siquiera esta idea: exigir tolerancia y respeto hacia el colectivo LGTBI+ no es comparable a incitar el odio a través de una campaña como esa. Efectivamente, exigimos su retirada. Pero no porque su pensamiento sea contrario, sino porque es una campaña sucia, desinformadora, que niega una realidad vigente y que, además, promueve la intolerancia, el odio y el ensañamiento con el colectivo trans que ya, de base, lo tiene mucho más complicado que cualquier otro en una buena parte de los ámbitos de la vida.

Por ponerlo más fácil: explicar que existen personas trans y que efectivamente hay niños con vulva y niñas con pene, no hace daño. No pervierte ni fomenta nada. No daña, no hiere, no segrega. Al contrario, visibiliza una realidad y la hace cotidiana, siempre dentro de su proporción minoritaria. No la extiende porque no es una plaga. No contagia porque no es una enfermedad. En cambio, la reacción que se ha generado sí que busca precisamente la intolerancia, la invisibilización y la negación. ¿Se entiende la diferencia?

Además, comentarios como "yo no estoy de acuerdo con la transexualidad" son casi tan ridículos como decir que "no estoy de acuerdo con los zurdos" o "no entiendo a las personas que tienen ojos azules". La orientación sexual y la identidad de género deben dejar de ser entendidas como "opciones" (de ahí lo erróneo de hablar de "opción sexual"). Nadie; repito, nadie ha escogido ser una de las “letras” del colectivo LGTBI+. Simplemente lo somos porque lo somos, sea una cuestión mental, genética o “ambiental”. Y eso, con o sin campañas, no cambiará quienes somos.

No obstante, podemos sensibilizar a la gran mayoría para comprender distintas realidades que, aunque minoritarias, están presentes en el día a día de nuestra sociedad. El problema no viene del hecho de que seamos intolerantes con la intolerancia ni que impidamos la expresión libre de pensamientos contrarios. Cada persona es libre de pensar lo que quiera, pero siempre que ese pensamiento no haga daño a nadie. Ejerza su derecho a pensar libremente, pero hágalo con respeto y con amor. Y, si no consigue pensar con respeto y amor, mejor guárdese sus pensamientos para sí mismo.

Que yo me exprese como gay a usted no le afecta. Puede gustarle o no, evidentemente; pero no altera su vida ni provoca un daño social (que es el argumento de muchas personas que sí buscan imponer su criterio de manera universal). Mi vida como hombre gay, así como la vida de una persona trans, no envenena a nadie ni incita al odio. 

Pero una campaña nefasta como la de este autobús, radicaliza a la sociedad y fomenta el rechazo hacia el colectivo trans, lo invisibiliza y busca restarle el derecho a expresarse libremente. Procura negar la posibilidad de la “vida buena” a una minoría todavía muy invisibilizada a través de algo tan oscuro y retorcido como el odio, el rechazo y el miedo. Y nadie se merece un trato tan poco humano.

La ideología de género no se puede enseñar

sábado, 5 de noviembre de 2016


La ideología de género no se puede enseñar en las escuelas, en esto estamos de acuerdo, porque no existe. Sin adentrarme en la opinión de grandes autores, recurriré simplemente a Wikipedia: “En ciencias sociales, una ideología es un conjunto normativo de emociones, ideas y creencias colectivas que son compatibles entre sí y están especialmente referidas a la conducta social humana. Las ideologías describen y postulan modos de actuar sobre la realidad colectiva, ya sea sobre el sistema general de la sociedad o en uno o varios de sus sistemas específicos, como son el económico, social, científico-tecnológico, político, cultural, moral, religioso, medio ambiental u otros relacionados al bien común. Las ideologías suelen constar de dos componentes: una representación del sistema, y un programa de acción”.

Hasta donde yo sé, no hay una ideología de género como tal, sino que es una forma despectiva de llamar a una percepción de la sociedad más inclusiva, abierta y respetuosa de la diversidad que lleva más de 50 años siendo abordada por psicólogos, sociólogos y antropólogos, científicos y filósofos. Tener una perspectiva distinta a la heteropatriarcal no es una contrarreforma ni un intento por destruir la sociedad. Al contrario, es un intento por construir una mejor, que sea capaz de comprender y abrazar a las minorías y a las mayorías.

El conocimiento de la diversidad no desestructura a nadie ni le hace cuestionarse su identidad. Pero sí puede arrojar luz sobre la oscuridad con la que se aborda la diferencia. ¿Acaso usted ha querido tener un séquito de esclavos y maltratarlos hasta la muerte después de estudiar Historia? ¿Acaso ha querido matar a alguien después de conocer la historia de un asesino? ¿Acaso ha pensado en matar a miles de personas después de ver cualquier película sobre el Holocausto? Son ejemplos burdos y muchas personas se agarrarán a ellos para hablar tonterías, pero es la única forma de comprender que la postura que rechaza la enseñanza de la diversidad está simplemente basada en el miedo irracional a las diferencias y no tiene ninguna base científica. Más bien se corresponde con una intencionalidad ideológica (sí, yo también puedo utilizar la palabra de forma despectiva) para imponer su forma de pensar basada en una construcción moral de la sociedad que se ha impuesto por siglos como la adecuada.

La perspectiva social que reconoce los derechos de las personas transexuales, bisexuales, lesbianas y gays no cambia a nadie ni lo convierte en nada que no sea. Yo nací homosexual y nadie me enseñó a serlo. Nunca tuve clases al respecto ni tuve que dar exámenes para titularme como maricón. Simplemente tuve que aguantar las burlas, el acoso, el sentirme diferente sin que nadie me comprendiese. Tuve que tragarme el llanto, tuve que negarle a mi yo adolescente la posibilidad de enamorarse por primera vez…

¿Esa es la sociedad que queremos? Enseñar la diversidad nos hace más permeables a las diferencias, nos hace comprender que hay muchas manifestaciones de amor adulto y consentido, nos permite luchar en cierta medida contra el acoso LGTBIfóbico y contra la violencia de género. Nos permite comprender que la sociedad se construye de personas y de pensamientos diferentes, de creencias diversas; de culturas, de colores, de anchos y de largos distintos.

Explicarle a una niña o a un niño que su orientación sexual o su identidad de género no se construye ni por los colores que utiliza, ni por los deportes que practica o deja de practicar, ni mucho menos por lo que tiene entre las piernas, permite comprender esa diversidad. Permite dar voz a todos y todas quienes han tenido que enfrentar procesos de autoconocimiento y autoaceptación en un entorno hostil, violento y complejo, para que sus historias no vuelvan a repetirse y ninguna persona se tenga que sentir marginada. Permite que cada uno reafirme su persona y se construya sin miedo, en libertad, acorde con lo que siente y lo que quiere expresar, sin que haya una presión social externa, subjetiva y coactiva. Permite aceptar la diversidad y evitar muchos otros problemas: violencia, acoso, suicidio, miedo…

¿Quiere que sus hijos vivan con miedo a la diferencia? Creo que es mejor darles las herramientas para que se reafirmen como las personas que son, cada una con lo suyo, y para que aprendan a convivir en el respeto, el amor y la aceptación de la diversidad. Ese es el mundo en el que me gustaría criar a mis hijos si algún día los tuviese. Pero seguimos criando a machos y hembras, a proveedores y a cuidadoras, como si no hubiésemos aprendido nada de los errores del siglo pasado.

Ni ellas ni ellos tienen la culpa de su estupidez mental. Y mucho menos tienen la culpa las niñas y los niños que luego serán acosados y violentados porque el miedo a la diferencia nos ha paralizado como sociedad y nos ha convertido en una pandilla de seres agresivos, poco empáticos, secos y, sobre todo, incapaces de comprender que no todos somos iguales, y que ser distinto no nos hace más ni menos ni peores ni mejores personas. Solo nos hace seres humanos, a todos por igual.

La ideología de género no se puede enseñar. El respeto y el amor sí. Y eso es lo que buscamos. No vamos a imponer un sistema de creencias ni tenemos un programa de acción. Primero, porque no estamos organizados por sindicatos ni lobbies. Segundo, porque el amor y el respeto no son parte de una ideología, sino que corresponden al ser humano como emociones y sentimientos, como parte de la convivencia y de la construcción social, de toda la sociedad. Y hacer hincapié en ello no responde a un programa ideológico, sino al interés por hacer ver que la diferencia nos hace más fuertes, como personas y como grupo.

Clinton 1 - Trump 0

viernes, 23 de septiembre de 2016

Llevo varios días dándole vueltas a este post. Para ser exactos, creo que más de una semana... Y todo surgió a raíz de un comentario en una conversación con un amigo donde hablaba del "peligro" que tiene Hillary Clinton porque era una "arpía".

¿Una arpía?, pregunté yo. ¿Por qué dices eso? Bueno, porque es una tía que tiene claro dónde quiere llegar y lo que quiere conseguir. O algo así, no recuerdo las palabras exactas. ¿Desde cuándo es delito tener objetivos claros y tener ambiciones profesionales? Que yo sepa, Trump desea lo mismo, pero nadie dice de él que es una arpía (sus problemas fundamentales vienen de otro sitio, pero no de ese).

Y es que el ansia de poder, en una mujer, está mal visto. Y ese es uno de los principales problemas para ellas en esta sociedad machista y heteropatriarcal. Que Trump sea un cerdo misógino y ambicioso, sediento de poder, de fama y de éxito, lo convierte en un triunfador, en un modelo a seguir, replicado por la televisión a través de programas que hacían gala de sus dotes y talentos para los negocios. Pero a nadie se le ocurriría hacer algo parecido con alguna ejecutiva. Para ellas, programas de realidad donde las muestran como marujas sin sustancia, histéricas, vacías y apenas preocupadas por su apariencia (como todas las versiones de las housewives que hay en EEUU).

Hace pocos días Hillary estuvo en el programa de Jimmy Fallon y abordaron el tema de que las mujeres son criticadas por su dureza. No es la primera vez que se habla de esto, ya que no hace mucho también una revista mencionaba que se incorporó en la campaña presidencial a Chelsea, la hija de los Clinton, para dar una imagen más blanda y cercana de su madre, para que la gente la viese como abuela y mujer de hogar, cariñosa y emotiva. ¿En serio? ¿En pleno siglo XXI?

Tal como decía Hillary, si tratas temas de relevancia nacional o internacional, ya sea como Secretaria de Estado o como senadora, ¡tu cara no puede ser un circo! Tienes que abordarlos con seriedad y responsabilidad, que es lo que se espera de ella cuando se le nombra en el cargo que corresponda.

Creo que es tiempo de empezar a abandonar estos estereotipos absurdos de hombre duro y mujer blanda, de proveedor y cuidadora, de triunfador y arpía. La igualdad no viene solo por la equiparación de salarios o responsabilidades, ni menos por la paridad obligada a golpe de decreto (aunque eso puede ayudar a visibilizar el problema). La igualdad real se consigue modificando el lenguaje y, desde ahí, la construcción cultural que tenemos de nosotros como seres sociales.

Critiquen a Hillary, así como a Trump, por sus dichos y sus hechos, pero no por lo que tienen entre las piernas y que, supuestamente, debería definir sus vidas y su forma de trabajar. Ambos son candidatos a la presidencia de una superpotencia y, como tales, es evidente que son ambiciosos. Pero ella no es una arpía ni el un ganador por querer conseguirlo. El hecho de que sean un hombre y una mujer debería ser un detalle insustancial en esta carrera. Lo fundamental es conocer qué quieren hacer una vez que lleguen al poder, entender sus programas y pensar en cómo van a ejecutar sus políticas durante los próximos años. Mirándolo así, al menos para mí, solo pueda haber un único resultado: Clinton 1 - Trump 0.

Tu historia puede salvar vidas

viernes, 13 de mayo de 2016


Desde que empecé con mi proyecto de recopilar historias de personas del colectivo LGBTI (primero como Coming Out Campaign y ahora como miembro de It Gets Better) para conocer y aprender de sus experiencias, para compartir sensaciones y momentos, para descubrir que todos tenemos un punto de partida común..., me he encontrado con algunas respuestas muy cómodas: "No tengo nada que contar", "Mi vida no es atractiva", "Mi historia es muy sencilla y cotidiana", entre muchas otras por el estilo.

¿Por qué digo que son cómodas? Primero, porque toda historia merece ser contada, sea de quien sea. Solo hay que encontrar el foro adecuado y el punto de inflexión que convierte una experiencia habitual en algo único, que puede ser el lugar, el tiempo, la persona, los factores secundarios, una palabra, un gesto, una consecuencia, una acción, una reacción, un sentimiento, una sensación, el paisaje... Se me ocurren tantas cosas que hacen a una historia algo excepcional.

Segundo, porque desde esa posición de comodidad, se quedan muchas experiencias sin compartir. Si por un momento nos detuviésemos a pensar en que una sola frase de nuestra historia puede ayudar a alguien, puede quitarle de la cabeza la idea de que es prescindible en su mundo, en nuestro mundo, seguro que algo nos movería a hacerlo, a decir este soy yo y esta es mi historia.

Si bien no somos superhéroes, sí somos personas, somos seres humanos. Por ello, debería nacernos de forma espontánea el instinto de protegernos, de ayudarnos, de cooperar. Y lo tenemos todavía más fácil: no te pido que salgas a la calle con pitos y pancartas. Únicamente te pido que utilices tu ordenador, tu móvil, tu tablet o tu cámara, que escribas tu historia o que grabes un video contándonos tu experiencia, compartiendo esas sensaciones que te han convertido en quien eres hoy.

Estoy seguro de que más de una persona se sentirá identificada y habrá sentido lo mismo que tú en algún momento, a pesar de todas las diferencias que pueda haber entre vosotros.

No necesitas haber sido víctima de acoso ni de violencia, ni ser gay, lesbiana, bisexual, transexual o intersexual. Simplemente tienes que ser una persona que quiera apoyarnos, que quiera decirnos que el mundo allí fuera nos espera, que nos recibirá con los brazos abiertos, que no todo es sufrimiento... Que encontraremos el amor y la paz, que nadie nos hará daño, que tendremos un círculo seguro y amoroso donde podremos ser nosotros mismos. Que nos diga que, al final, todo mejora. It gets better!

¡Quiero escucharte! ¡Quiero leerte! Sal de tu espacio cómodo y levanta la voz. Te necesito... ¡Te necesitamos! La lucha contra la LGBTIfobia y cualquier forma de acoso o violencia por identidad sexual es tarea de todos.

Envíame tu historia o tu video a tomas@itgetsbetter.es o a tomas@comingoutcampaign.com. Y comparte este post para que podamos ayudar a muchas y muchos. ¡Salva vidas conmigo!

El mundo está como está...

martes, 19 de abril de 2016


El mundo está como está no porque yo bese a mi marido, sino porque está lleno de religiones que proclaman amor, pero lo hacen a través de la polarización y del rechazo al diferente; que exigen respeto por sus creencias, pero atacando las de los demás; que hablan de igualdad, para luego ser instituciones arraigadas en un machismo profundo, clasistas y homófobas; que hablan de perdón y misericordia, pero son prejuiciosas, promueven la intolerancia y son muy dadas, además, a sentirse poseedoras de una superioridad moral desde la cual critican, sentencian y apuntan con el dedo a quien no cumple sus preceptos.

El mundo está como está no porque se promueva el matrimonio igualitario, sino porque hemos dejado de pensar en colectivo para pasar a ser seres individuales y egoístas, únicamente preocupados por el bienestar y la prosperidad capitalista, sin detenernos a pensar en las injusticias de un sistema que se nos ha vendido como el único que vale, basándose precisamente en sus resultados económicos y dejando de lado las brechas sociales que genera. Nos hemos olvidado del prójimo y solo tenemos conciencia del ego.

El mundo está como está no porque exijamos derechos para el colectivo LGBTI, sino porque estamos dejando morir a nuestro planeta y no estamos haciendo nada al respecto. Las catástrofes se generan a raíz de la avaricia desmedida disfrazada de crecimiento y desarrollo solo para unos pocos privilegiados, cuando los efectos, finalmente, los sufriremos todos, sin distinción.

El mundo está como está no porque dos mujeres o dos hombres se besen, sino porque hemos perdido el respeto por las personas, por su identidad y por su diversidad, tendiendo a homogeneizar y uniformar a la sociedad bajo un equivocado concepto de libertad democrática, que no tiene nada ni de libertad ni de democracia. Seguir ocultando las diferencias y las corrientes alternativas con el miedo como bandera, no genera nada más que crispación y conflictos. La convivencia debe abrazar la diversidad, no condenarla.

El mundo está como está no porque haya mujeres y hombres trans, sino porque nos creemos dueños de una verdad que no se contruye de forma individual ni localizada, sino que se crea a partir de la experiencia común de toda la sociedad. La verdad real es la que nos involucra a todos como los seres humanos que somos, sin dejar a nadie fuera del panorama. Todas las otras verdades a medias, las que separan, seleccionan y restringen, no son más que ideas interesadas de lo que debería ser una sociedad, pero excluyendo a grupos, etnias o colectivos; es decir, creando subsociedades y generando conflictos entre ellas.

El mundo está como está no porque se haya izado la bandera gay, si no porque la educación ha fallado como agente cívico y social, no por culpa de la comunidad educativa, sino porque hemos dejado que se convierta en un negocio y deje de ser un derecho; porque hemos permitido el lucro por encima del bienestar sociocultural y porque hemos dejado en manos de otros y otras las tareas que nos corresponden como padres, madres y tutores. Educar no es solo instruir en conocimientos académicos, sino en criar seres humanos sociales e independientes, amorosos y preparados, inteligentes y con humanidad, con conciencia social más que individual, y abiertos a un mundo diverso y complejo, que nada tiene que ver con fronteras, divisiones culturales o religiosas.

El mundo está como está no porque haya personas como Ellen De Generes, Ricky Martin, Miley Cyrus o Caitlyn Jenner, sino porque hemos confundido la solidaridad con la caridad. La solidaridad debería ser la demostración del amor por el que está a nuestro lado, por otros seres humanos, desde una posición de igualdad y de conciencia social. La caridad es la ayuda, esa que llamamos humanitaria pero que no tiene nada de humanidad y sí mucho de pose, de posicionamiento social y mucho de lucimiento personal, de ponerse estrellas. Además, la caridad suele hacerse desde una posición de superioridad, de ayudar "al más necesitado", pero con distancia y sin ensuciarse las manos.

El mundo está como está porque hemos olvidado lo que es amor, respeto, fraternidad, solidaridad y vivir en una sociedad diversa y abierta. El mundo está como está porque hemos aprendido a ser egoístas, egocéntricos y porque justificamos todos nuestros errores en los demás en vez de hacernos responsables de ellos.
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Nota: Este post nace porque alguien compartió (sí, compartió... ¡qué curioso!) mi post anterior (http://tomasee.blogspot.com.es/2016/04/chile-y-el-matrimonio-igualitario.html) diciendo que el mundo está como está por culpa de las personas LGBTI y pedía piedad para nosotros y nuestras almas...  Por mi parte, no podía dejar de hacer un repaso de las verdaderas razones.

Chile y el matrimonio igualitario: ¡Queremos matrimonio y lo queremos ya!

lunes, 18 de abril de 2016


Que el lenguaje es una herramienta poderosa es algo sabido por todos. Se nombra aquello que existe, que es, que tiene entidad y fuerza. Que vive por sí mismo. Incluso la nada, que es nada, se convierte en algo por el hecho de tener el nombre que le corresponde.

Lo mismo pasa con el matrimonio. Hace casi 5 meses que me casé con mi marido. Sí me casé, no acordamos unirnos civilmente ni nos hicimos pareja de hecho ni firmamos un contrato mercantil. Nos casamos frente a un juez, aceptamos nuestros derechos y obligaciones y contrajimos matrimonio, con todo lo que eso implica. Desde entonces, nuestros destinos están unidos y protegidos, al menos los civiles y legales, hasta que se diga lo contrario. Desde entonces, somos iguales ante la ley como cualquier otra pareja casada en territorio español. Y eso es algo que importa. Que debería importar.

Importa porque es un matrimonio, sin distinción. No es heterogéneo ni gay; no es especial ni requiere adjetivos.

Importa porque nos iguala ante la sociedad, ante el Estado, ante la Constitución y ante cualquier situación del ámbito civil.

Importa porque nadie puede poner en duda su valor ni negarnos los derechos que hemos adquirido: herencias, últimas voluntades y cualquier acceso como los individuos casados que somos.

Importa porque se llama como tiene que llamarse, sin eufemismos. El Acuerdo de Unión Civil chileno es un gran paso adelante, pero Chile necesita el matrimonio igualitario. Si bien se anunciaban grandes catástrofes y castigos divinos hace 11 años, cuando se legalizó en España, nada de eso ha ocurrido. (Al menos, seguimos creyendo que el segundo mandato de Zapatero y el de Rajoy no han sido nuestra culpa, sino que ellos han sido simplemente inútiles como gestores de un país en una profunda crisis). Incluso los dichos del Pastor Soto de que las inundaciones en Santiago eran producto del izamiento de la bandera gay en Providencia no se sostienen por ningún sitio...

Pero no nos desviemos del tema: Chile necesita contar con el matrimonio igualitario. Todos, chilenas y chilenos, tenemos derecho a ejercer como contrayentes matrimoniales con quien queramos, adulto y con sus facultades. ¿Por qué, podrá decir alguien? Y la respuesta es muy sencilla: ¡Porque sí!

Haberme casado fue para mi un hito en mi vida, por varias razones que ya he descrito en este blog. Pero vuelvo a decir la esencial: porque nunca creí que podría casarme con la persona que amaba y hacerlo, rodeado de familiares y amigos, fue algo maravilloso e inolvidable. Quizás podría haberme casado con una tapadera y haber tenido una familia miserable como han hecho muchas otras personas para cumplir con los mandatos sociales; no obstante, siempre creí que hacerle eso a una mujer, en mi caso, y a nuestros posibles hijos, hubiese sido una auténtica mariconada.

Soy un hombre casado con otro hombre, y me siento muy orgulloso de serlo. Cada vez que lo presento como mi marido, algo se remueve en mi interior y se reafirma no solo mi amor por él, sino mi fortaleza para decir en voz alta y bien clara lo que hasta hace poco tiempo me atormentaba y no podía. Y esa sensación de libertad, de justicia y de igualdad es maravillosa. 

Vivir sin miedo, amar sin miedo y expresarlo libremente es uno de los mejores regalos que les podemos hacer a miles de chilenas y chilenos que, por una simple cuestión civil, que lamentablemente depende de personas que se llenan la boca de moral -aunque después actúan de forma inmoral para ajustarse los sueldos y arreglarse el futuro- y que, por lo tanto, está sometido a sus juicios personales, cuando realmente se trata de una cuestión social, laica y jurídica, como establece la Constitución.

¡Queremos matrimonio y lo queremos ya! Me sumo a todas las personas que ahora mismo lo exigen y que presentan los trámites necesarios para su discusión en el Parlamento. Yo a esas instancias no llego, pero desde aquí cuentan con todo mi apoyo y mi compañía en la lucha.

Tomás Loyola Barberis
Fundador Coming Out Campaign

Por cierto, se llama matrimonio

martes, 5 de abril de 2016



Para muchos y muchas puede resultar irrelevante, porque nunca han tenido que pararse a pensarlo. Para mí, en cambio, el hecho de haberme casado tiene una serie de connotaciones, personales y políticas, de importante calado.

Entre las personales, por supuesto la que me permite estar con la persona que amo en un entorno protegido por la ley, con los mismos derechos y deberes que cualquier otra pareja que haya contraído matrimonio. La sensación de protección civil, de que nadie puede poner en duda nuestra relación para temas de convivencia, herencias, testamentos, últimas voluntades, etc., es de vital importancia ciudadana.

Entre las políticas, la primera es la de reivindicación: me casé porque quise y con quien quise, sin que nadie pudiera intervenir en mi decisión. Ni el Estado ni la Ley deberían impedirle a nadie casarse con la persona adulta que desee. (Nota: Explico lo de adulta para frenar cualquier comentario absurdo respecto a que el matrimonio entre personas del mismo sexo propiciará, como paso evidente, los casos de matrimonio entre adultos y niños, adultos y animales, etc.).

La segunda cuestión política es por una reclamación de derechos, porque como ciudadano que paga impuestos, me corresponde contar con las mismas ventajas que cualquier otra persona, entre ellas, poder casarme con todas las de la ley civil, adquiriendo obviamente, todas las obligaciones y consecuencias que ello implica. Basta ya pensar que el ser homosexual, bisexual, lesbiana o transexual nos convierte, automáticamente, en ciudadanos de segunda, en seres imperfectos que necesitamos de la guía y la misericordia de los heterosexuales predominantes. ¡Somos personas! Estamos sanas, con la cabeza bien amueblada y no necesitamos de su permiso para vivir.

La tercera, porque es necesario normalizar a la par que equiparar. Así como la ley avanza muchas veces más rápido que la sociedad, el matrimonio igualitario permite visibilizar y normalizar la situación de tantos hombres y de tantas mujeres el colectivo LGBTI, que han vivido escondidos por el miedo, por la violencia, por la desigualdad...

Chile, así como muchos otros países, necesita dar un paso al frente y poner las bases que permitan alcanzar el matrimonio civil igualitario, no quedándose en medias tintas como el Acuerdo de Unión Civil. No por eso este último tiene menos mérito. Al contrario, es un gran salto para el país, pero todavía insuficiente y, lo que es peor, todavía de poco reconocimiento legal para muchos, como hemos visto en la prensa en los últimos meses en cuanto a reconocimiento de cargas familiares, pensiones, etc.

Tenemos que seguir caminando juntos y trabajando para conseguirlo. Y, por cierto, se llama matrimonio y no necesita de más adjetivos. Retire de su vocabulario los añadidos de "gay", "homosexual" y cualquier otra variante, porque mi matrimonio es exactamente igual que el suyo ante la ley, como debe ser.

A través de mi proyecto Coming Out Campaign, pondré especial atención en apoyar este tipo de iniciativas y en seguir trabajando para conseguir la igualdad y el reconocimiento de todos.

El trabajo no te da la vida, solo es una parte de ella

miércoles, 23 de marzo de 2016

 
En España (y en muchas partes) hay una tendencia al "calientasillismo" y a la falta de productividad. Siempre he sido muy puntual, productivo y organizado con el trabajo, con lo cual, cuando llega mi hora de salida, recojo y me voy. Mucha gente me decía: "¿Pero cómo te vas a ir si el jefe todavía está?". Y yo respondía: "Ese no es mi problema. Yo he cumplido rigurosamente con mi horario y mis tareas. Si él no lo hace, allá él, pero yo me voy a mi casa (o donde sea fuera de ahí)".
 
Siempre era el primero en la oficina (o de los primeros). Incluso había días en que estaba todo apagado al llegar. Organizaba mis tareas del día, las hacía y, luego, me dedicaba a gestionar, preparar, diseñar, ordenar, etc., todo lo que iba a necesitar para los próximos días, semanas o meses. Y es que siempre he sido de la filosofía de que si me contratan para algo es para trabajar. Todo lo demás es un añadido.
 
Desayunaba con los compañeros de trabajo, porque también es un espacio necesario para poner en común, conocerse, aprender de los demás, confiar... Pero el desayuno, aunque muchos y muchas no lo crean, no es un derecho, sino una concesión que se hace a los trabajadores. Pero cuidado, porque no está establecido en ningún estatuto ni convenio. No sigo por ahí, que me desvío del tema.
 
Hace años llegué a un trabajo nuevo. Al empezar, todo el mundo casi que me daba el pésame porque era una carga tremenda, agotadora, etc., y que la persona que estaba antes de mí se pasaba de sol a sol, sin levantar cabeza. Me asusté, claro. A los dos días, una vez teniendo medianamente claras mis funciones y mis posibilidades, me dí cuenta de que me demoraba entre 30 y 60 minutos en hacer el trabajo base: subir documentos, organizar cursos, responder correos y mensajes, llamar por teléfono, contactar autores y tutores, preparar futuras ediciones, organizar documentación, imprimir diplomas, etc. 
 
El resto del tiempo, que era mucho, lo dediqué a organizar, ordenar y a aprender a hacer lo que tenía que hacer. A revisar correos electrónicos, historiales, tendencias; a organizar tablas de Excel a un formato adecuado (es un TOC profundo el que tengo respecto a esto), a conocer qué se hacía en la empresa, etc. Y hacía todo eso, porque si bien la práctica de leer el periódico o las revistas y suplementos, pasarme de mesa en mesa haciendo vida social o bajar a comprar a El Corte Inglés en horario laboral, no me parecía lo más correcto. Como decía antes, si me contrataron era para trabajar y todo lo demás estaba fuera de nuestro "convenio".

Quizás para algunos peco de despreocupado, pero creo que la mejor forma de hacer y de aprender es haciendo. Si te equivocas, no pasa nada. Al menos en mi trabajo, que no soy controlador aéreo ni policía. En ese entonces trabajaba en un entorno de formación y, lo más grave que podía pasarme, era que un PDF no estuviese. ¡Ya ves tú! Lo ideal es que estuviera en su sitio, por supuesto, pero su "ausencia" no generaba una cadena de desastres ni atentaba contra la vida de nadie.

Y creo que eso es fundamental: poner en perspectiva lo que hacemos y las repercusiones que tiene. Muchos nos daremos cuenta de que, en el fondo, somos absolutamente prescindibles y que el mundo sigue girando igual con o sin nosotros. Es verdad que con la crisis se ha generado una suerte de necesidad de aferrarse al puesto de trabajo, pero eso no debería implicar hacer un 20% o 30% más de tus horas de trabajo cada día sin ninguna recompensa, o aceptar cargas inhumanas para una única persona. He visto como a amigos y amigas les ponían a hacer el trabajo de 2 o 3 personas, simplemente porque la empresa había recortado a una buena porción de la plantilla.

Está bien que uno como trabajador comprometido arrime el hombro y acompañe al resto en un proceso de "vacas flacas", pero de ahí a la explotación sostenida y permanente, hay un paso muy pequeño. ¡Lo he visto y lo he vivido! No me lo han contado ni es producto de mi imaginación. 
 
Tenemos que aprender a poner los límites entre el yo profesional y el yo privado, ese que tiene familia, pareja, amigos, conocidos, que tiene derecho al ocio y al descanso. Y no es por escaquearse de los deberes ni de hacer menos cosas. Se trata de hacer lo justo (en cuanto a justicia, en el sentido de cuáles son las funciones para las que se me paga), de hacer lo necesario para lo que nos han contratado, de cumplir con los deberes y de aportar, cuando sea posible, con experiencia y conocimientos (que para eso hemos estudiado y trabajado). Y de arremangarse y trabajar duro en momentos puntuales en que sea necesario. Pero cuando esos "momentos puntuales" se transforman en "permanentes", es que la organización está claramente funcionando mal, falta estructura, y la delegación y distribución de tareas no son las adecuadas.

Soy un enamorado del trabajo y creo que no podría vivir sin hacerlo, pero también soy un enamorado de mi vida y de mi gente, y tengo muchísimo aprecio por mis tiempos de ocio. Por eso este cuadro es muy importante conocerlo y aprenderlo. Es realmente lo que le da valor a la vida lo que estamos dejando de lado cuando nos dejamos consumir como "un número más" en vez de ser apreciados como las personas trabajadoras que somos.