Etiquetas

domingo, 29 de abril de 2018


Me resulta curioso que la gente diga que no soporta las etiquetas. Más cuando vivimos en un mundo en el cual gran parte de la información se ordena de esa manera. Las utilizamos en las páginas web, para indexar contenido, en las bases de datos, en las tiendas y en nuestras relaciones, públicas y privadas.

¿Cómo? Sí, lo hacemos. "Estos son mis padres", "aquí te presento a mi mejor amiga", 2llevo tres meses con mi novio", "ese juez es un cabrón", "ella es mi jefa", "tú eres mi amigo gay" o "no soporto a mi vecina, la gorda2... Recurrimos a ellas de forma constante y nos ayudan a ordenar la información, a dibujar el mapa social en el que nos movemos, a organizar relaciones y a muchas otras cosas. El problema es cuando se utilizan como un elemento separador y discriminador.

Una de las constantes en las publicaciones de contenido LGBT son los comentarios que dicen "basta de etiquetas", "qué más da con quién se acueste", "¿por qué tienen que hablar de su vida privada?" y un largo etcétera. Y la duda que surge es: ¿Es necesario que existan las etiquetas? Yo creo que sí.

Primero, porque por muy normalizado que esté socialmente, esa sensación no es real del todo. Falta un largo proceso naturalizador para que así sea. Lo veo a diario en mi trabajo como voluntario y, por supuesto, en los comentarios en redes sociales y medios de comunicación donde la gente deja ver lo peor de sí misma.

Segundo, porque mi "etiqueta", la que yo elijo y no la que se me asigna, es mía. Me da poder, me da seguridad, me da un sentido de pertenencia. Sobre todo, cuando hablamos de minorías. La etiqueta de "persona" significa poco en una sociedad, porque todas lo somos. La etiqueta de "gay" me identifica a mí de forma particular, como la de "queer", "pansexual" o "lesbiana" puede identificar a otras personas. A veces basta con una, a veces necesitamos más. Pero así es nuestra identidad y así somos. No hay problema en recurrir a ellas cuando sea necesario.

Tercero, porque las etiquetas también ayudan a la visibilización. En mi caso personal yo soy gay en todo momento, no solo cuando me voy a la cama con alguien. Esto no significa que tenga un comportamiento alterado o anormal, sino que mi orientación sexual me hace especialmente sensible a determinados temas (la diversidad, el respeto...), es parte de mi esencia y me acompaña en todo momento. Soy gay en mi casa, en la oficina, por la mañana, por la noche, en España, en Chile o en cualquier rincón del mundo. Y, como la tendencia todavía es a heterosexualizar a todo el mundo, yo me separo del resto con mi etiqueta, a la que ahora abrazo y disfruto cada minuto de mi vida. Me cansé de esconderla, de querer borrarla, por lo que ahora, en compensación, la enseño con orgullo.

Cuarto, decir que soy gay no es hablar de mi vida privada, sino hablar de mi vida. Punto. No doy detalles sobre nada sexual. No estoy abriendo la puerta a mi esfera íntima. Simplemente estoy diciendo quién soy. Tal como dije el otro día en un comentario en Facebook, la gente heterosexual lo hace a diario y nada ocurre: sube una foto con su pareja durante la escapada de fin de semana, salen juntos de la mano por la calle sin miedo, besan a su pareja en público y en privado sin temor a represalias, etc. Lo mismo hago yo cuando hablo de mi marido. Y nada tendría que pasar. Nadie tendría que sorprenderse.

Porque la idea es llegar a esa sociedad donde la identidad de género y la orientación sexual no sean un tema, pero no porque nadie quiere hablar de ello (como pasa ahora cuando se dice que basta ya de "restregar" mi forma de vida en la cara de los demás), sino porque realmente hayamos avanzando hacia una situación de respeto hacia la diversidad, abrazando nuestras diferencias y entendiéndolas como naturales, como parte de la sociedad. No son una moda ni son una perversión de la vida moderna. Simplemente han existido siempre, pero en las últimas décadas se han mostrado sin miedo, han escapado a la opresión de la estricta moralidad impuesta con sangre y sufrimiento. Porque he aquí una de las mayores diferencias: la homosexualidad ha sido reprimida a golpes, mientras que la diversidad (mal llamada ideología de género) está siendo fomentada desde el respeto a la diversidad, desde los derechos humanos. Y eso, que conste, tiene un inmenso valor.

#YoLesbiana

jueves, 26 de abril de 2018


Hace un mes, aproximadamente, comencé un viaje que no sabía que iba a recorrer. Me encontré en un evento con Marta Fernández Herraiz, CEO de LesWorking, y me acerqué a ella para comentarle un problema: "Marta, ¡no tengo lesbianas!". Le conté lo difícil que resultaba a veces la visibilización del colectivo L para It Gets Better España como asociación y las ganas que tenía de ampliar nuestro equipo de voluntariado. Ella, soñadora como yo, me dijo que haríamos algo. ¡Y vaya que lo hicimos!

Le propuse hacer algo para El País, con quienes ya habíamos trabajado el año pasado para el Madrid World Pride, y surgió la idea de reunir a algunas mujeres para que contaran su experiencia, aprovechando que pronto sería el Día de la Visibilidad Lésbica. Marta cogió esa propuesta y la convirtió en algo mucho más grande. Primero, involucró a tres magníficas mujeres: Isabel Durán, Susana Pariente y Sara Merec. Segundo, se atrevió a soñar algo más grande. Tercero, le puso esfuerzo, tiempo y ganas. Y así llevamos la idea a El País, quienes nos apoyaron totalmente en todo el camino. Carlos, Belén, Paula y (otro) Carlos convirtieron ese sueño en realidad.

Hoy 26 de abril, después de muchas horas de grabación, minutado, montaje y producción, el vídeo ha visto la luz. 


Reunimos en un restaurante de Madrid a 26 mujeres dispuestas a dar la cara, a romper con algunos estereotipos y prejucios, y a dejar claro que el miedo no es una opción. Queríamos reunir a un grupo lo más diverso posible en todos los sentidos, pero el apremio del tiempo y las dificultades de representar a todas las minorías étnicas, culturales, sociales..., nos lo impidieron. Eso no quita que lo teníamos en cuenta. No obstante, reunimos a un grupo fantástico y maravilloso de mujeres, quienes nos regalaron su tiempo, su experiencia, su corazón y se han convertido en rostro de un movimiento con vocación de permanencia.

Gracias a ellas y a mis compañeras de producción, un grupo que cada vez era más amplio y comprometido, conseguimos cumplir un sueño. Un sueño que marca un antes y un después en nuestras vidas y en las de miles de mujeres, niñas, jóvenes y adolescentes que nunca más tendrán que sentirse solas. Y esperamos que también en las vidas de otras miles de personas.

Después de horas de trabajo, de interminables conversaciones, de planificar, organizar, llamar y grabar, hoy presentamos el fruto de un trabajo inolvidable. A mí personalmente me ha servido mucho para crecer como persona y como profesional. Y me llena de orgullo haber participado de esta fantástica locura que, incluso, me ha hecho ganar un título del que me siento muy orgulloso: "Tomás es una más".

¡Gracias por todo! ¡Gracias por tanto! Y que sigamos trabajando en el futuro por muchos otros momentos como este.

Testamento

martes, 13 de febrero de 2018




Cuando me haya ido, déjame volar en una brizna de viento.
 
Déjame ir sin remordimientos ni reanimaciones. Cuando no haya nada más que pueda decir, recuerda que ya habré vivido todo lo que era posible. Jamás me dejes sin palabras, que sin ellas no sabré seguir.

Deja que el aire se lleve mis recuerdos, mis miedos y mis asuntos pendientes. 

Deja que la brisa meza mi amor por ti, por mi familia y por quienes volaron conmigo durante el tiempo que haya vivido. 

Deja que una corriente de aire limpie mis errores, acaricie mis aciertos y haga silbar en el infinito todas mis aventuras. 

Deja que ella sople las historias que conté y calle las que me llevé conmigo. 

Deja que cante en el cielo que me enamoré de un hombre maravilloso y dulce. 

Deja que les cuente a los árboles cuánto quise, cuánto lloré y todas las risas que reí. 

Deja que esparza mi cuerpo cenizo por todos los lugares que nunca conocí y los que tanto admiré. 

Déjame volar sin ataduras frías ni pesadas losas, que en vida ya tuve suficientes nudos y anclas.

Deja que la vida me lleve si es eso lo que quiere y deja todo lo que sirva para quien lo necesite.

Déjame ir, amor. Solo pido que me recuerdes y que sepas siempre que te amé más allá de lo imaginable y que mi vida contigo me hizo el hombre más feliz de la tierra. 

Déjame ir sabiendo que se acordarán de mí por mis palabras y no por mis huesos. 

Déjame ir sabiendo que me iré volando para siempre.

Aprendí

martes, 17 de octubre de 2017


Aprendí tantas cosas cuando volé solo. Aprendí tanto cuando pude ver las cosas por mis propios ojos. Aprendí tantas cosas cuando comprendí que mi verdad no era única ni era la mejor. Aprendí tantas cosas cuando comencé a abrazar y no a juzgar. Aprendí tantas cosas cuando conseguí estar en paz conmigo mismo...

Aprendí que el amor no son mariposas en la tripa, sino que son las pequeñas cosas del día a día que te hacen sonreír.

Aprendí que la amistad no son reproches del tiempo que pasa, sino darte cuenta de que todo sigue igual aunque el tiempo pase.

Aprendí que el trabajo no es solo algo que te da dinero a fin de mes, sino que debe ser aquello que te hace feliz y te hace pleno.

Aprendí que la familia no se compone únicamente de padre, madre e hijos, sino que la familia es el grupo de personas que te abrazan, te reconfortan y te dan amor.

Aprendí que hay personas que pasan, otras que se van y vuelven, otras que se despiden para siempre y otras que siempre estarán contigo, aunque no estén.

Aprendí que el respeto es más importante que la ira, que la tolerancia es una palabra horrible y que no somos nadie para decidir qué es normal y qué no.

Aprendí que tu tierra no se limita al lugar en el que naciste, sino donde tu corazón se posa en cada momento.

Aprendí que las banderas y las fronteras separan, y que lo que realmente nos une es el sentimiento de pertenencia a uno mismo y a otras personas.

Aprendí que lo que nos hace personas son nuestros derechos, nuestros sentimientos, nuestros deberes y nuestros amores, pero no nuestras ideas políticas ni nuestros credos ni nuestras nacionalidades.

Aprendí que somos imperfectos y que debemos abrazar nuestras diferencias, pero nunca dejar que las individualidades nos aislen de los demás.

Aprendí que la valentía y la locura están separadas por una estrecha línea, pero que es mejor pedir perdón que pedir permiso.

Aprendí que la constancia y la tenacidad son el único camino para alcanzar los sueños, y que los atajos solo generan problemas.

Aprendí que un "No" no es el fin del mundo, pero sí una nueva oportunidad para seguir adelante y alcanzar una mejor versión de nosotros mismos.

Aprendí que en la vida hay personas, seres humanos sin etiquetas, que no necesitan una categoría establecida para mostrar su valía.

Aprendí que no todo es blanco o negro, sino que el abanico de colores es tan amplio como personas haya en la tierra.

Aprendí que no hemos aprendido nada y que volvemos a cometer una y otra vez los mismos errores.

Y aprendí que eso no nos hace mejores ni peores. Nos hace humanos. Nos hace incompletos. Nos hace ser quienes somos.

Aprendí a estar en paz con eso y así seguir aprendiendo.

Como debe ser

lunes, 21 de agosto de 2017


Resulta muy liberador poder hablar de mis sentimientos sin pensar en que quedaré en evidencia. Me tomó muchos años poder hacerlo y creo que estoy en todo mi derecho de poder compartir el amor que siento por mi marido con mi familia y mis amigos. Salir del armario fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

Pero el proceso no ha sido fácil. Primero, fue complicado para mí entender lo que me pasaba y lo que sentía. En realidad, lo tenía claro, pero entraba en conflicto con todo lo que el proceso de socialización en el colegio, en casa y en mi ciudad me había enseñado: los hombres no se enamoran de hombres; y, si lo hacen, deben permanecer en silencio, aislados, solos para no caer en la tentación ni en el pecado.

Segundo, hablarlo con mi familia y mis amigos fue un paso, si bien magnífico en el resultado, muy duro y agobiante. Eso sí, volvería a pasar por ese proceso una y mil veces... todas las que hicieran falta para poder estar en paz conmigo mismo y con los demás.

Tercero, después de años de esconder mis sentimientos o, incluso peor, de anularlos por completo, me di la oportunidad de enamorarme. ¡Mi adolescencia llegó tarde! Hasta pasados los 25 años no había tenido ninguna relación amorosa ni le había dado un beso apasionado a nadie. ¡Un cuarto de siglo perdido! Toda esa etapa de la adolescencia, de los roces, de los besos, de las miradas, me fue negada por un entorno hostil, represivo y conservador. Ser homosexual en Talca en aquellos años no era algo deseable para nadie.

Este último punto es uno de los que recuerdo con más tristeza: a la soledad de sentir y sentirme diferente, se sumaba la imposibilidad de disfrutar una etapa inolvidable de los años del cole. Mi mundo interior se cerraba cada vez más y el muro que construí a mi alrededor para protegerme me costó mucho derribarlo. No compartía cosas con mis padres, no tenía a nadie con quien pudiera hablar de lo que me estaba pasando...

Pero ahora, a mis 40, vuelvo con el corazón contento de Chile. Una de las cosas que más me impresionó durante el viaje fue la actitud de mi madre. Hace 10 años, y ella lo sabe, jamás hubiera presentado a mi marido como tal. Esta vez, a quien tuvo la oportunidad, les dijo: este es mi hijo Tomás y su marido. ¡Sorprendente cambio! Lo que más me fascina de todo es que ha sido un proceso que ha hecho ella sola simplemente desde el amor. Y yo se lo agradezco en el alma. Me hace bien saber que ella lo siente así y que es capaz de verbalizarlo... no sé todavía si con orgullo o simple aceptación. Pero lo hace y a mí me alegra la vida.

Después de tanto tiempo escondido, poder compartir con ellos mi vida, mi felicidad, mi matrimonio..., y también poder hacerlo con otras personas ajenas a mi familia, es algo muy importante para mí. Y no pienso en el juicio que haga cada uno al escucharme, sino que, egoístamente, solo pienso en la maravillosa posibilidad de hablar de mi relación con total naturalidad, sin miedo, sin ansiedad, sin complejo, como debe ser siempre.

Ella

miércoles, 29 de marzo de 2017

Puta. Zorra. Perra. Maraca... Casi siempre los insultos o las connotaciones negativas de las palabras están en femenino. ¿No te habías dado cuenta? Lee este artículo y seguimos hablando... Sí, el español como idioma es muy machista.

Pero la cosa no acaba aquí. En Chile, vaya a saber uno por qué, se utiliza la expresión "ella, la..." para hacer burla de otros, independientemente de quien seas. Por ejemplo, si dices algo más sesudo: "Eeeeeeeeella, la culta". Si dices que eres bueno en algo: "Eeeeeeeella, la experta". Si pones una foto en la que sales bien: "Eeeeeeeeella, la guapa". Y así, hasta el infinito.

¿Por qué utilizamos el femenino para reírnos de los demás, como si lo femenino fuese algo malo? Precisamente planteé esta pregunta en un foro de Facebook donde hubo dos comentarios similares en cuestión de pocos minutos, y me respondieron "que no era el caso" y que "podía ser, pero que solo lo hacían para reírse". Vamos a ver, eso lo entiendo. Yo también lo he hecho, porque crecí en ese entorno. Pero, con el tiempo, dejé de hacerlo. Y hace poco lo vi escrito en algún sitio y, desde entonces, llevaba pensando en el tema, hasta que su aparición me empujó a comentarlo.

El punto es que, gracioso o no (más bien no lo es), está claro de que es un indicio más de esos matices del lenguaje que siguen perpetuando un machismo rancio, aunque pase por broma inocente. Ella, la lo que sea no debería utilizarse como burla. Ni siquiera como un mal chiste. Solo deberíamos recurrir a esa frase para reafirmar una imagen positiva, un logro conseguido, un éxito, un triunfo...

Lo que más me extraña es que a nadie le llame la atención ni le haga preguntarse por qué "ella". Parece una tontería, pero ese comentario se graba en la mente, de nosotros y, sobre todo, de las futuras generaciones. "Ella" es algo malo, es motivo de burla, es razón para atacar a alguien... ¿Cómo hablar entonces de respeto e igualdad? Sí, una frase, un acto de micromachismo puede desbaratar todo lo construido hasta el momento y cada paso adelante que hayamos dado. Y no es exageración, es un hecho. Esos pequeños chistes no son inocentes e inocuos, y a la larga hacen mucho daño.

No obstante, aquí seguimos extendiendo esa idea, restándole importancia al lenguaje y, cada día que pasa, se siguen soltando lindezas como: “Eres una nenaza”, “esto es un coñazo”, “hijo de puta”, “los niños no lloran”, todas expresiones muy frecuentes y claramente machistas, como decía Mayte Rius en un artículo. Y razón no le faltaba... 

¿Hasta cuándo? Solo depende de lo que queramos para nuestro futuro.

Víctima

martes, 28 de marzo de 2017



A Nabila le arrancaron los ojos por ser mujer. Su cráneo y sus dientes estaban destrozados después de ser golpeada con una piedra. Nabila es madre de cuatro hijos. Nabila ha sido víctima de un acto de violencia. Nabila es una superviviente…

Hace casi un año, Chile se despertaba conmocionado por un caso de violencia de género que destacaba entre los demás por dos cosas: su brutalidad y porque ella sobrevivió. Nabila Rifo ha declarado esta semana en contra de su agresor, su expareja y padre de sus dos hijos, contando su experiencia de maltrato y agresiones.

Pero la defensa del agresor se aventuró en una serie de preguntas sobre la vida sexual y las preferencias de la víctima, como argumento para desprestigiar su testimonio y culpabilizarla del acto de violencia que había sufrido. ¿De verdad es eso posible? Sí, lamentablemente sí.

Incluso hoy, 28 de marzo de 2017, puede ocurrir algo así. Todavía se sigue culpando a la víctima de violación como fuerza tentadora ante el débil e hipersexuado macho; todavía hay quien se cree el mito que una mujer prostituida está ahí porque quiere, porque le gusta; aún perpetuamos comportamientos “masculinos” y “femeninos” desde la más tierna infancia; todavía normalizamos la cosificación del cuerpo de ellas y otros tantos comportamientos que transmiten mensajes erróneos a nuestras hijas e hijos.

Pensemos un momento en un cuento: él es el héroe, el príncipe valiente y aguerrido; ella, el premio que le espera a él después de su aventura… Parece inocente, pero no lo es. Ellos se educan en un entorno sociocultural donde ellas son algo que les corresponde, les pertenece, por ser hombres. Y esta es solo una pequeña muestra de lo que podemos encontrar en el currículo educativo, en el cine, la televisión, la publicidad, la música, la literatura… ¡Una historia sin fin!

La forma de luchar contra esto es la educación. Educación en igualdad, en respeto, en valores. Una educación que permita derribar estereotipos, ideas erróneas y construcciones sociales basadas en un patriarcado que ha hecho mucho daño. Tanto, que pensamos que Nabila puede ser menos víctima si ofrecemos evidencia de que tenía una vida sexual activa, de que había tenido o tenía más parejas… ¡¿Qué más da?!

Independientemente de la vida que haya llevado, Nabila, como muchas otras mujeres, no quería que le arrancasen los ojos ni que la golpeasen repetidas veces. Su vida sexual, activa o no, diversa o no, excitante o no, no debe utilizarse como una forma de restar crédito ni para reducir su condición de víctima de una agresión brutal que merece castigo... ¡Su pasado no puede funcionar como un atenuante para la condena de su maltratador!

Pero Nabila es mujer y no tiene grandes recursos. Y eso, lamentablemente, todavía parece ser un delito más grave que el cometido por un agresor despiadado.