Mi familia: un regalo maravilloso

lunes, 29 de octubre de 2018

El hecho de poder mostrarles "mi Madrid" a mis padres, mi hermana, mi sobrina y mi cuñado ha sido el mejor regalo que he tenido en 14 años. Ya no solo por el hecho de estar (casi) todos juntos, sino porque siempre soñé con pasearles por la ciudad, por nuestros rincones favoritos, llevarles a sitios que para nosotros tienen magia... ¡Mucho más allá del turismo tradicional! Está bien recorrer los hitos, pero más me importaba el día a día y esos rincones especiales que han formado parte de mi historia desde que llegué a esta ciudad en 2004.

Cada viaje que hago a Chile es un regalo. Sí. Disfrutamos, nos abrazamos, celebramos, discutimos y nos reconciliamos a la velocidad de la luz. Hablamos a gritos, nos atropellamos con historias, nos reímos hasta las lágrimas y lloramos cuando hay que llorar. Nos cansamos de los cambios de rutina, de la convivencia y extrañamos nuestros espacios, pero siempre nos despedimos con ganas de más. Otro gran momento fue la visita sorpresa de mi padre y mi hermano hace tres años cuando nos casamos... ¡Magníficos recuerdos de una semana muy corta e intensa!

Hace un año que cuento con "raíces" de mi país y de mi familia en Madrid. Mi hermano, mi cuñada y mis sobrinos se mudaron y están haciendo su vida en España. Aquí nació mi ahijada, Amaya. Es cierto que estaba acostumbrado al desarraigo y al desapego, pero siempre es bueno hablar con alguien que conoce tu historia, tus códigos y que comparte valores, recuerdos y experiencias... Son relaciones que van más allá de lo tangible y de lo concreto; y, sobre todo, sensaciones que huelen a cotidiano, a fácil, a hogar... Con ellos hemos sobrevivido a la tarea de atenderles y pasar todos los ratos posibles juntos.

Tenerles aquí 23 días ha sido fantástico. ¡14 años esperé este momento! No puedo decir que no estoy agotado... ¡Lo estoy y mucho! Conciliar trabajo y vida familiar, turismo, celebraciones y paseos ha sido intenso. No estoy acostumbrado a tener que luchar por juntar vida familiar y laboral porque tengo la suerte de trabajar en casa, con mi marido a pocos metros de distancia. Así que estas semanas han resultado fuertes en ese sentido. Pero me quedo con el corazón lleno y con ganas de que vuelvan pronto. Con la sensación contradictoria de querer retomar la rutina, pero de extrañarles desde el minuto en que les perdimos de vista en el aeropuerto. Con ganas de volver a abrazarles mañana y cada día que pase.

Mis padres han demostrado que son, simplemente, lo más. Me cuesta encontrar las palabras para decir lo orgulloso que me siento de ellos y lo feliz que me han hecho estos días. Sin duda, a punto de cumplir mis 42 años, me han hecho un regalo inolvidable. ¡Gracias por todo! 

Y gracias también a mi hermana, mi cuñado y a la Momi por su compañía, por las meriendas y cenas, por las fotos y por estar siempre con nosotros. Al despedirnos en Barajas mi hermana me dijo que era afortunado por tener a un hombre maravilloso a mi lado... ¡Y con mucha paciencia! Yo le respondí que no le podía decir lo mismo. No porque no tenga a un hombre fantástico a su lado, que lo tiene, sino porque es menos paciente que el mío... 😇😇

Ahora, cuando están haciendo el viaje de regreso, nos toca recomponernos, cada uno en su lugar del mundo, pero con la certeza absoluta de que somos familia y de que nos queremos, pase lo que pase.

¡Sudaca de mierda!

miércoles, 22 de agosto de 2018


Hace 14 años y algo más de 4 meses puse por primera vez un pie en Europa. Sin ser muy consciente entonces de lo que significaba, me convertí en inmigrante. Cambié las raíces que me ataban a la tierra del Maule por un pasaporte emocional lleno de aventuras y sin hueco en sus páginas para nacionalismos mal interpretados. Me separé de mi familia y comencé un camino lejos de toda mi red de seguridad. Aprendí lo que significa empezar de cero varias veces. Desde ese momento, entendí que mi viaje no acabaría nunca. Y no por una cuestión de kilómetros recorridos, sino de desapegos y nuevos comienzos.

Cuando digo que me convertí en inmigrante fue porque comprendí lo que era el racismo, lo que significaba hablar diferente. Tengo la fortuna de haber llegado a un país donde físicamente puedo mimetizarme y con el que compartimos una buena porción cultural. No quiero ni pensar lo que significa poner un pie en un país totalmente ajeno, donde no solo nos separa el idioma, sino también el físico, el color, la religión, etc. ¡Ese viaje sí que debe ser duro de llevar!

Así y todo, me tocó escuchar muchas veces lo de "pásame con un español, sudaca de mierda" y otras sutilezas que hacían referencia a nuestro origen diverso. Desde entonces, he desarrollado una sensibilidad especial con el tema de la inmigración. Y me impacta muchísimo la facilidad con la que olvidamos nuestra condición permanente de inmigrantes. Sobre todo en un país como Chile, donde la llegada de españoles, italianos y alemanes, entre muchas otras, han forjado gran parte de la historia social, cultural y económica. ¿Qué pasa ahora con venezolanos y haitianos que llegan al país? ¿De qué manera amenazan la estabilidad del sistema y las raíces de lo chileno?

El mundo vive ahora mismo una crisis migratoria profunda. Y la causa de esa crisis no es el gran número de personas desplazadas, sino que hay otras dos muchísimo más preocupantes: el origen de la migración y la falta de solidaridad del resto de países, que están generando un problema gordísimo y dejando en evidencia la poca memoria que tenemos. Sobre todo, la falta de humanidad.

Sin ánimo de dar lecciones de historia simplemente porque no tengo el conocimiento, recordemos la gran cantidad de migrantes que llegaron a Estados Unidos y que hicieron de ese lugar un país próspero y una potencia mundial. Qué decir de todas las personas desplazadas en la primera mitad del siglo XX en Europa y quienes tuvieron la oportunidad de comenzar una nueva vida en otras tierras. Y no olvidemos que, según algunos estudios, el futuro económico de Europa depende en gran parte de la llegada de nuevas oleadas de inmigrantes para aportar con su trabajo y esfuerzo al mantenimiento del Estado de Bienestar.

Entiendo que la raíz del problema en Chile es el racismo, e imagino que si la oleada de inmigrantes tuviera su origen en Suecia, Noruega o Finlandia, no habría ningún problema y estarían todos encantados con las "visitas". Y lo digo por experiencia. Hace años, estaba compartiendo mesa con tres personas españolas, una argentina y yo. Mientras hablábamos de la vida, una de ellas cuenta la experiencia que están teniendo en su empresa familiar con una chica sudamericana que ha llegado a trabajar y a la que han tenido que enseñarle los "valores del trabajo y la responsabilidad". Creo que ese día perdí el poco pelo que me quedaba...

A partir de ese momento, nos metimos en una discusión sobre migración que acabó cuando alguien le hizo notar que en la mesa había dos sudamericanos, a lo que ella respondió algo así como: "ya, pero yo hablo de los otros inmigrantes". ¿Otros inmigrantes? Sí, la diferencia está en que ambos éramos blancos. Y eso me hace recordar un comentario que alguien me hizo una vez diciendo que no parecía chileno porque no era "oscuro"... ¡Cuánta ignorancia! La misma que me hizo sentir miedo una vez en el Metro cuando me tocó en el vagón con dos mujeres musulmanas totalmente cubiertas o la que hacía gritar de terror a mi prima la primera vez que vio a una persona negra.

Tenemos que hacer un importante trabajo de reprogramación para dejar de lado esos miedos originados en el desconocimiento. Es mucho más enriquecedor para nosotros mismos y para toda la sociedad estudiar y abrazar la diversidad, que rechazarla y polarizarnos. Si en vez de escondernos y dar la espalda hacemos por entender, acoger y conocer, el mundo sería un lugar totalmente diferente.

Hace pocos días, alguien publicó en Facebook una foto de Rihanna y de Daniel Glover (aka Childish Gambino), cantantes y actores, con el siguiente mensaje: "Estos dos inmigrantes me robaron el celular. Ahora se sacan fotos que llegan a mi correo a través de iCloud. Por favor, difundir". El post se hizo viral y fue compartido más de 16.000 veces y recibió casi 6.000 reacciones en menos de una semana. Incluso, tuvo eco en la prensa internacional.

Desconozco la razón que origina el post, pero ha venido a demostrar el problema social al que no estamos haciendo frente. Primero, la relación de inmigración y delincuencia, que hace más daño que ayuda a la imagen de las personas que llegan a un nuevo país en búsqueda de oportunidades. Segundo, la reacción "solidaria" de quienes comparten una publicación sin pararse a pensar en el origen y las consecuencias del mal uso de las redes sociales. Ese post jugaba no solo con la "lucha contra el delito", sino también apelaba a ese pequeño racista que llevamos dentro. Con ese miedo al diferente. Con esa desconfianza tan útil para la manipulación social.

Debemos comprender que la migración forzosa es muy dolorosa, como para encima encontrarse con un muro. No hace falta que sea arquitectónico como el de Trump, sino que duelen tanto o más el rechazo, la ignorancia y la condena social. Sobre todo, no olvidemos de dónde venimos y no seamos tan soberbios para pensar que nunca estaremos en esa situación. Acoger es la palabra que mejor representa el verdadero espíritu que debería movernos. Acoger y abrazar. No olvidemos que son tan personas como tú y como yo.

No se me ocurre mejor forma de acabar este post que con la publicación de mi admirada Nagú ayer en sus redes: "Extracto de un poema de Warsan Shire, 'Nadie pone a sus hijos en una balsa a menos de que el agua sea más segura que la tierra'. La inmigración es la gran mayoría de las veces no un capricho, ni por gusto o voluntaria, sino el resultado de que como sociedad hemos construido una realidad muy difícil para muchos países. Recibamos con cariño a nuestros inmigrantes y refugiados. El nacionalismo no puede existir cuando estamos todos conectados", un texto que acompañaba la siguiente ilustración:

Sobre todo, no olvides que tú o alguien de tu familia también es inmigrante. Y que tú, quizás en el futuro, también te veas en la obligación de serlo. ¿Te gustaría ver la foto de tu hija, de tu hijo o una en la que aparezcas tú donde se haga alusión a tu condición de ladrón y extranjero? Estoy seguro de que no.

Un hombre puede –y debe– ser feminista

lunes, 6 de agosto de 2018


Sí. Un hombre puede –y debe– ser feminista. Por supuesto, debemos serlo en el marco que entiende al feminismo como una lucha por la igualdad para mujeres y hombres, erradicando la opresión, la explotación y el sexismo que ellas llevan sufriendo histórica, social y culturalmente a lo largo de los siglos. Pero debemos hacerlo desde la posición que nos corresponde: un papel secundario en una lucha que jamás debemos liderar ni pretender comprender del todo –porque no hemos vivido en nuestras carnes lo que significa ser mujer–, en la que debemos trabajar de forma activa no para ser vistos ni aplaudidos por nuestra descubierta sensibilidad, sino para reconstruirnos a nosotros mismos desde el feminismo, entendiendo que es un proceso que jamás estará completo, porque estaremos constantemente aprendiendo.

De ahí que el hecho de ser feministas no nos convierte ni de cerca en líderes de opinión ni en cabecillas del feminismo. Sería lo mismo que una persona heterosexual pretendiese liderar las reivindicaciones del colectivo LGTBIQ… ¡Imposible! Primero, porque a pesar de su magnífica sensibilidad y empatía, jamás sabrá lo que es sentir miedo de decir “te quiero” o “me gusta esa persona”, o de ir de la mano por la calle con la persona que quiere sin preocuparse por el sitio, la hora o si hay más gente o no; segundo, porque jamás ha sentido ni vivido dentro de su cuerpo las sensaciones, pensamientos o emociones de una persona del colectivo, que no es que sean distintas, pero muchas se viven de forma diferente; tercero, porque no ha sentido la presión de ocultarse o de esconder sus sentimientos… Y podría seguir, pero creo que queda claro el concepto: podemos ser feministas, pero como aliados de la causa; con la idea certera y convencida de que somos apoyo en una lucha que, si bien nos interesa y nos beneficia como personas y como sociedad, no es nuestra y nunca lo será. Al menos no en exclusiva.

Los hombres tenemos algunas ventajas adquiridas simplemente por el hecho de ser leídos socialmente como hombres, por mucho trabajo de equidad que se esté haciendo desde distintos ámbitos de la sociedad. Todavía recuerdo el impacto que me provocó el testimonio de un hombre trans que, desde que comenzó a hormonarse con testosterona, ya no sentía miedo al ir por la calle de noche, porque el temor a una violación se desvanecía simplemente por el hecho de ser hombre. Eso nos demuestra la inmensa labor que tenemos por delante.

Esos privilegios de los que hablábamos podemos constatarlos en muchas experiencias: más libertades para chicos que para chicas, que ellas deben cuidarse más y ser más delicadas, no porque necesariamente lo sean, sino porque es lo que se supone que deben ser; más peligros para ellas en un sistema que permite sin pudor la cosificación de las mujeres, su explotación sexual, donde la prostitución está instaurada como una institución y que, además, es incapaz de erradicar la mutilación, la violencia, el asesinato sistemático, el acoso sexual, entre otras. Pero también se ve en el entorno laboral, en el universitario, en las salidas profesionales, en las carreras escogidas, en el cine, la televisión, los museos, la literatura… Y también lo palpamos en la sociedad y en esos arraigados estereotipos que persisten pese a todos los esfuerzos.

Sobre todo quedan en evidencia en la negación del machismo vigente, en la simulada ignorancia de quien dice no comprender la importancia del lenguaje, de los comportamientos sociales, de la publicidad y de los medios de comunicación en todo esto. Y más visibles son esos privilegios cuando hay personas que hablan de feminazismo como una corriente real, o de la imposición de la ideología –o últimamente también llamada dictadura– de género, una idea aberrante que no hay cómo cogerla, difundida con la única intención de minar, despreciar y desdibujar el motivo por el que estamos aquí: el fin de la opresión machista y del heteropatriarcado.

¿Suena apocalíptico? Seguro que más de alguien ha sentido correr un sudor frío por la espalda. Pero, si quitamos el populismo barato y la visión terrorífica de este motivo que nos ocupa, nos quedamos con algo que realmente no debería tener ningún tipo de contestación: la igualdad y el respeto a los demás sin importar su origen, su expresión, su ser. Es decir, una sociedad en la que los seres humanos tengamos las mismas oportunidades y derechos. Es así de sencillo.

El primer paso para ser un hombre feminista, entonces, es aprender que la lucha no es nuestra y apoyarla. Después, vendría el largo y eterno proceso de desaprender los estereotipos, deshacerse de los privilegios y de enfrentarse a todo lo que se supone y se espera de nosotros por el simple hecho de ser hombres. Y el camino para conseguirlo está precisamente al lado de las mujeres, aprendiendo de ellas y, a través del cuestionamiento interno y compartido, replantearnos todo el sistema vigente para construir uno más equilibrado e igualitario.

La ignorancia es más peligrosa que la libertad y el respeto

domingo, 15 de julio de 2018


La mamma morta m'hanno, alla porta della stanza mia; Moriva e mi salvava!” cantaba Maria Callas de fondo, mientras la imagen de la pantalla se iba llenando de Tom Hanks, quien nos regalaba uno de sus grandes momentos interpretativos. Philadelphia proyectada en pantalla grande en un cine abarrotado de Concepción, mi padre sentado a mi lado mientras yo intentaba contener las lágrimas sin conseguirlo. “Io sono il dio che sovra il mondo, scendo da l'empireo, fa della terra un ciel! Ah! Io son l'amore, io son l'amor, l'amor!” y yo caía rendido ante mi propia pena, sollozando casi con hipo en mi asiento.


Hace unos días contaba esto mismo en Facebook: “Recuerdo como si fuera ayer el momento en que vi esta película en el cine y lloraba a mares... lloraba a mares por la escena, por supuesto, pero también lloraba de miedo: miedo a decir quién era, miedo a sentir lo que sentía, miedo a morir igual que el protagonista si me permitía ser quien soy... ¡Miedo a la vida y a la muerte! Simplemente por sentir distinto”.

Imagínate lo que es para alguien de 17 años que sabe en su corazón que es gay pero tiene muchísimo miedo de asumirlo y a quien no se le pasa por la cabeza aceptarlo. ¡No estaba bien! Lo había escuchado tantas veces… Encima, si lo hacía, lo más probable es que acabaría muriendo por los efectos del SIDA… ¡Tanta ignorancia! ¡Tanto miedo! Claramente, el miedo está enraizado en la ignorancia. Y fui víctima de ello.

No puedo culpar a nadie de forma particular. Creo que la sociedad –ahora menos, pero todavía– actuaba de forma irresponsable al dejar que eso ocurriera. Nunca tuve una clase de educación sexual… ¡Ninguna! Nunca nadie me dijo que lo que sentía no estaba mal. Al contrario, en cada foro en el que se abordaba la homosexualidad (de hombres se entiende, porque en esa época poco se hablaba de lesbianas, personas trans y de bisexuales) era para decir que éramos pederastas o pedófilos, enfermos mentales, personas con la fuerza de un hombre pero tan volubles e histéricos como una mujer, individuos sin destino que arderían en el infierno después de pudrirse en la miseria de la soledad y el destierro, seres que jamás debían ceder a sus bajos instintos para no pecar… Cosas tan bonitas que llenaban mi vida de angustia, de miseria, de pánico.

Estaba condenado a quedarme solo, a no tener la pareja que quería y, como era lógico esperar socialmente, a frustrarme yo y a mi futura esposa en un matrimonio infeliz. A tantas y tantos les ha ocurrido. Pero siempre supe en mi corazón que no sería capaz de hacerle eso a otra persona. Siempre pensaba en esa posible “pobre mujer” que se casaría conmigo para ser infelices los dos y me decía a mí mismo que no, que eso no iba a ocurrir. Todos pensamientos dulces para un adolescente…

Nunca nadie me dijo “no te preocupes”. Nunca me dijeron “no pasa nada”. Ni menos que “todo mejora”. En ese momento solo era un adolescente lleno de miedos, de trabas heredadas y autoimpuestas… Pero como tenemos un instinto de supervivencia, fue la parte de mi que anulé. Como me hacía daño, la desactivé y dejé de sentir. Algo así tengo que haber pensado. Y así fue… durante un tiempo, claro. Nadie puede vivir sin sentir mucho tiempo. Nadie puede encerrar sus sentimientos en un cajón eternamente. Nadie se merece hacer algo así. Pero el miedo entonces no me dejó ver otro camino. Me centré en mis cosas públicas: colegio, deportes, cine, música, amigos… Todo lo que no hacía daño. Todo lo que era socialmente correcto. Todo lo que hacían los demás, menos enamorarme…

Recuerdo una vez que intenté quedar con un chico en Santiago. Plaza Italia, media tarde, mucha gente por la calle. No tenía por qué ser raro. Esto ya tiene que haber sido por ahí por el año 2001, cuando mi táctica de no sentir estaba haciendo aguas. ¡Quería sentir! Quería enamorarme, quería darle un beso a alguien y que alguien me lo diera a mí. Quería saber lo que se sentía. Nunca antes lo había tenido. Tenía 25 años… Llegó la hora que habíamos acordado y le vi. Salí corriendo. Bueno no le vi a él; vi al miedo y seguí caminando. No paré. Nunca supe si estuvo allí o no. Nunca volví a saber nada de él. No recuerdo su nombre ni nada. Pero sí recuerdo que el miedo volvió a vencerme.

Y volví a cerrarme en mí. Volví a refugiarme en el silencio. Volví a pensar que me pasaría la vida solo… ¿Quién podría decirme entonces que tres años más tarde estaría en Madrid conociendo a mi futuro marido? Si alguien lo hubiera asegurado entonces, me hubiese reído durante horas. Pero hoy la vida me hace reír de otra manera: celebrando 14 años juntos.


Sí, ayer fue nuestro aniversario y no puedo estar más feliz de poder celebrarlo ya sin miedo. Pero me ha costado mucho trabajo interno sacar a ese adolescente asustado de mí y guardarlo como un recuerdo. Un recuerdo de que la ignorancia es más peligrosa que la libertad y el respeto.

Por eso creo en la necesidad de educar, de enseñar, de visibilizar, de naturalizar... de hacer que aprendamos a convivir en la diversidad y en la diferencia. Porque esa es la única vía para que nadie tenga que anular su capacidad de amor por miedo nunca más.

Saudade

lunes, 25 de junio de 2018


Mi primer viaje a Lisboa está en la zona de los recuerdos felices en mi memoria. Incluso, a pesar de que pagué la "turistada" de ser engañado por un taxista indecente que me cobró el doble de la tarifa. Pero a las 7:30 de la mañana, habiendo dormido poco y en una lengua que no controlo, no tenía ganas de discutir. Superado ese impasse, todo fue fenomenal. 

Descubrir los rincones de la ciudad me llenaron de emoción y me recordaban las meriendas en casa de mis padrinos, en el campo del sur de Chile, donde un sobrino de ellos contaba los paisajes maravillosos de Portugal, mientras yo soñaba con algún día conocerlos mientras me zampaba un pan con manjar blanco, un dulce de leche denso y empalagoso que mi madrina preparaba con frecuencia.

En uno de mis paseos por Lisboa, escuché una música que a mí me pareció fantástica. Era un fado que parecía flotar en el ambiente y transportarme. Eliminaba el ruido de las calles y de la gente, y llenaba mis oídos de añoranza. Me acerqué al quiosco desde donde salía la música y como pude pregunté qué era lo que sonaba. "Katia Guerreiro", me respondió, mientras me mostraba un CD. No resistí la tentación y lo compré sin pensarlo. De eso han pasado prácticamente 11 años.

Desde entonces, atesoro su música y cada cierto tiempo hago un repaso por sus canciones que canto en un portugués grosero e inventado, pero que yo siento mío. Intenté verla en 2009 en El Escorial, pero al llegar allí nos enteramos de que el concierto había sido cancelado. En los viajes a Portugal la buscaba, pero el destino era perverso: unas veces estaba en Francia de gira; otras, si yo estaba en Porto, ella estaba en el sur; otras más, si yo estaba en el Algarve, ella cantaba en el norte... y así.

Dice que ha tocado tres veces en Madrid. La primera no la tenía ni registrada en mi cabeza. La segunda, me enteré al día siguiente del concierto. Y la tercera, por fin, supe a tiempo y pudimos comprar las entradas. Tal como escribí en Facebook fue una noche absolutamente mágica.

Ha sido un concierto espectacular de principio a fin. Su voz llenaba el Teatro Nuevo Apolo sin necesidad de grandes orquestas ni artilugios. Apenas cuatro estupendos músicos (guitarra clásica, dos guitarras portuguesas y un bajo acústico) para pasearnos por fados pasados y presentes, poemas e historias de amor y desamor. Magia pura. Y su versión de Gracias a la vida fue simplemente fantástica.

Salí flotando del concierto, con ganas de más. Ya tenía los primeros síntomas de saudade: de escuchar a Katia, de Lisboa y de Portugal entero. ¿Se me pasará pronto? No sé, ahora no hago más que repetir sus discos mientras duermo la siesta, me ducho o cuando me pongo al sol.



Etiquetas

domingo, 29 de abril de 2018


Me resulta curioso que la gente diga que no soporta las etiquetas. Más cuando vivimos en un mundo en el cual gran parte de la información se ordena de esa manera. Las utilizamos en las páginas web, para indexar contenido, en las bases de datos, en las tiendas y en nuestras relaciones, públicas y privadas.

¿Cómo? Sí, lo hacemos. "Estos son mis padres", "aquí te presento a mi mejor amiga", 2llevo tres meses con mi novio", "ese juez es un cabrón", "ella es mi jefa", "tú eres mi amigo gay" o "no soporto a mi vecina, la gorda2... Recurrimos a ellas de forma constante y nos ayudan a ordenar la información, a dibujar el mapa social en el que nos movemos, a organizar relaciones y a muchas otras cosas. El problema es cuando se utilizan como un elemento separador y discriminador.

Una de las constantes en las publicaciones de contenido LGBT son los comentarios que dicen "basta de etiquetas", "qué más da con quién se acueste", "¿por qué tienen que hablar de su vida privada?" y un largo etcétera. Y la duda que surge es: ¿Es necesario que existan las etiquetas? Yo creo que sí.

Primero, porque por muy normalizado que esté socialmente, esa sensación no es real del todo. Falta un largo proceso naturalizador para que así sea. Lo veo a diario en mi trabajo como voluntario y, por supuesto, en los comentarios en redes sociales y medios de comunicación donde la gente deja ver lo peor de sí misma.

Segundo, porque mi "etiqueta", la que yo elijo y no la que se me asigna, es mía. Me da poder, me da seguridad, me da un sentido de pertenencia. Sobre todo, cuando hablamos de minorías. La etiqueta de "persona" significa poco en una sociedad, porque todas lo somos. La etiqueta de "gay" me identifica a mí de forma particular, como la de "queer", "pansexual" o "lesbiana" puede identificar a otras personas. A veces basta con una, a veces necesitamos más. Pero así es nuestra identidad y así somos. No hay problema en recurrir a ellas cuando sea necesario.

Tercero, porque las etiquetas también ayudan a la visibilización. En mi caso personal yo soy gay en todo momento, no solo cuando me voy a la cama con alguien. Esto no significa que tenga un comportamiento alterado o anormal, sino que mi orientación sexual me hace especialmente sensible a determinados temas (la diversidad, el respeto...), es parte de mi esencia y me acompaña en todo momento. Soy gay en mi casa, en la oficina, por la mañana, por la noche, en España, en Chile o en cualquier rincón del mundo. Y, como la tendencia todavía es a heterosexualizar a todo el mundo, yo me separo del resto con mi etiqueta, a la que ahora abrazo y disfruto cada minuto de mi vida. Me cansé de esconderla, de querer borrarla, por lo que ahora, en compensación, la enseño con orgullo.

Cuarto, decir que soy gay no es hablar de mi vida privada, sino hablar de mi vida. Punto. No doy detalles sobre nada sexual. No estoy abriendo la puerta a mi esfera íntima. Simplemente estoy diciendo quién soy. Tal como dije el otro día en un comentario en Facebook, la gente heterosexual lo hace a diario y nada ocurre: sube una foto con su pareja durante la escapada de fin de semana, salen juntos de la mano por la calle sin miedo, besan a su pareja en público y en privado sin temor a represalias, etc. Lo mismo hago yo cuando hablo de mi marido. Y nada tendría que pasar. Nadie tendría que sorprenderse.

Porque la idea es llegar a esa sociedad donde la identidad de género y la orientación sexual no sean un tema, pero no porque nadie quiere hablar de ello (como pasa ahora cuando se dice que basta ya de "restregar" mi forma de vida en la cara de los demás), sino porque realmente hayamos avanzando hacia una situación de respeto hacia la diversidad, abrazando nuestras diferencias y entendiéndolas como naturales, como parte de la sociedad. No son una moda ni son una perversión de la vida moderna. Simplemente han existido siempre, pero en las últimas décadas se han mostrado sin miedo, han escapado a la opresión de la estricta moralidad impuesta con sangre y sufrimiento. Porque he aquí una de las mayores diferencias: la homosexualidad ha sido reprimida a golpes, mientras que la diversidad (mal llamada ideología de género) está siendo fomentada desde el respeto a la diversidad, desde los derechos humanos. Y eso, que conste, tiene un inmenso valor.

#YoLesbiana

jueves, 26 de abril de 2018


Hace un mes, aproximadamente, comencé un viaje que no sabía que iba a recorrer. Me encontré en un evento con Marta Fernández Herraiz, CEO de LesWorking, y me acerqué a ella para comentarle un problema: "Marta, ¡no tengo lesbianas!". Le conté lo difícil que resultaba a veces la visibilización del colectivo L para It Gets Better España como asociación y las ganas que tenía de ampliar nuestro equipo de voluntariado. Ella, soñadora como yo, me dijo que haríamos algo. ¡Y vaya que lo hicimos!

Le propuse hacer algo para El País, con quienes ya habíamos trabajado el año pasado para el Madrid World Pride, y surgió la idea de reunir a algunas mujeres para que contaran su experiencia, aprovechando que pronto sería el Día de la Visibilidad Lésbica. Marta cogió esa propuesta y la convirtió en algo mucho más grande. Primero, involucró a tres magníficas mujeres: Isabel Durán, Susana Pariente y Sara Merec. Segundo, se atrevió a soñar algo más grande. Tercero, le puso esfuerzo, tiempo y ganas. Y así llevamos la idea a El País, quienes nos apoyaron totalmente en todo el camino. Carlos, Belén, Paula y (otro) Carlos convirtieron ese sueño en realidad.

Hoy 26 de abril, después de muchas horas de grabación, minutado, montaje y producción, el vídeo ha visto la luz. 


Reunimos en un restaurante de Madrid a 26 mujeres dispuestas a dar la cara, a romper con algunos estereotipos y prejucios, y a dejar claro que el miedo no es una opción. Queríamos reunir a un grupo lo más diverso posible en todos los sentidos, pero el apremio del tiempo y las dificultades de representar a todas las minorías étnicas, culturales, sociales..., nos lo impidieron. Eso no quita que lo teníamos en cuenta. No obstante, reunimos a un grupo fantástico y maravilloso de mujeres, quienes nos regalaron su tiempo, su experiencia, su corazón y se han convertido en rostro de un movimiento con vocación de permanencia.

Gracias a ellas y a mis compañeras de producción, un grupo que cada vez era más amplio y comprometido, conseguimos cumplir un sueño. Un sueño que marca un antes y un después en nuestras vidas y en las de miles de mujeres, niñas, jóvenes y adolescentes que nunca más tendrán que sentirse solas. Y esperamos que también en las vidas de otras miles de personas.

Después de horas de trabajo, de interminables conversaciones, de planificar, organizar, llamar y grabar, hoy presentamos el fruto de un trabajo inolvidable. A mí personalmente me ha servido mucho para crecer como persona y como profesional. Y me llena de orgullo haber participado de esta fantástica locura que, incluso, me ha hecho ganar un título del que me siento muy orgulloso: "Tomás es una más".

¡Gracias por todo! ¡Gracias por tanto! Y que sigamos trabajando en el futuro por muchos otros momentos como este.

Testamento

martes, 13 de febrero de 2018




Cuando me haya ido, déjame volar en una brizna de viento.
 
Déjame ir sin remordimientos ni reanimaciones. Cuando no haya nada más que pueda decir, recuerda que ya habré vivido todo lo que era posible. Jamás me dejes sin palabras, que sin ellas no sabré seguir.

Deja que el aire se lleve mis recuerdos, mis miedos y mis asuntos pendientes. 

Deja que la brisa meza mi amor por ti, por mi familia y por quienes volaron conmigo durante el tiempo que haya vivido. 

Deja que una corriente de aire limpie mis errores, acaricie mis aciertos y haga silbar en el infinito todas mis aventuras. 

Deja que ella sople las historias que conté y calle las que me llevé conmigo. 

Deja que cante en el cielo que me enamoré de un hombre maravilloso y dulce. 

Deja que les cuente a los árboles cuánto quise, cuánto lloré y todas las risas que reí. 

Deja que esparza mi cuerpo cenizo por todos los lugares que nunca conocí y los que tanto admiré. 

Déjame volar sin ataduras frías ni pesadas losas, que en vida ya tuve suficientes nudos y anclas.

Deja que la vida me lleve si es eso lo que quiere y deja todo lo que sirva para quien lo necesite.

Déjame ir, amor. Solo pido que me recuerdes y que sepas siempre que te amé más allá de lo imaginable y que mi vida contigo me hizo el hombre más feliz de la tierra. 

Déjame ir sabiendo que se acordarán de mí por mis palabras y no por mis huesos. 

Déjame ir sabiendo que me iré volando para siempre.

Aprendí

martes, 17 de octubre de 2017


Aprendí tantas cosas cuando volé solo. Aprendí tanto cuando pude ver las cosas por mis propios ojos. Aprendí tantas cosas cuando comprendí que mi verdad no era única ni era la mejor. Aprendí tantas cosas cuando comencé a abrazar y no a juzgar. Aprendí tantas cosas cuando conseguí estar en paz conmigo mismo...

Aprendí que el amor no son mariposas en la tripa, sino que son las pequeñas cosas del día a día que te hacen sonreír.

Aprendí que la amistad no son reproches del tiempo que pasa, sino darte cuenta de que todo sigue igual aunque el tiempo pase.

Aprendí que el trabajo no es solo algo que te da dinero a fin de mes, sino que debe ser aquello que te hace feliz y te hace pleno.

Aprendí que la familia no se compone únicamente de padre, madre e hijos, sino que la familia es el grupo de personas que te abrazan, te reconfortan y te dan amor.

Aprendí que hay personas que pasan, otras que se van y vuelven, otras que se despiden para siempre y otras que siempre estarán contigo, aunque no estén.

Aprendí que el respeto es más importante que la ira, que la tolerancia es una palabra horrible y que no somos nadie para decidir qué es normal y qué no.

Aprendí que tu tierra no se limita al lugar en el que naciste, sino donde tu corazón se posa en cada momento.

Aprendí que las banderas y las fronteras separan, y que lo que realmente nos une es el sentimiento de pertenencia a uno mismo y a otras personas.

Aprendí que lo que nos hace personas son nuestros derechos, nuestros sentimientos, nuestros deberes y nuestros amores, pero no nuestras ideas políticas ni nuestros credos ni nuestras nacionalidades.

Aprendí que somos imperfectos y que debemos abrazar nuestras diferencias, pero nunca dejar que las individualidades nos aislen de los demás.

Aprendí que la valentía y la locura están separadas por una estrecha línea, pero que es mejor pedir perdón que pedir permiso.

Aprendí que la constancia y la tenacidad son el único camino para alcanzar los sueños, y que los atajos solo generan problemas.

Aprendí que un "No" no es el fin del mundo, pero sí una nueva oportunidad para seguir adelante y alcanzar una mejor versión de nosotros mismos.

Aprendí que en la vida hay personas, seres humanos sin etiquetas, que no necesitan una categoría establecida para mostrar su valía.

Aprendí que no todo es blanco o negro, sino que el abanico de colores es tan amplio como personas haya en la tierra.

Aprendí que no hemos aprendido nada y que volvemos a cometer una y otra vez los mismos errores.

Y aprendí que eso no nos hace mejores ni peores. Nos hace humanos. Nos hace incompletos. Nos hace ser quienes somos.

Aprendí a estar en paz con eso y así seguir aprendiendo.

Como debe ser

lunes, 21 de agosto de 2017


Resulta muy liberador poder hablar de mis sentimientos sin pensar en que quedaré en evidencia. Me tomó muchos años poder hacerlo y creo que estoy en todo mi derecho de poder compartir el amor que siento por mi marido con mi familia y mis amigos. Salir del armario fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

Pero el proceso no ha sido fácil. Primero, fue complicado para mí entender lo que me pasaba y lo que sentía. En realidad, lo tenía claro, pero entraba en conflicto con todo lo que el proceso de socialización en el colegio, en casa y en mi ciudad me había enseñado: los hombres no se enamoran de hombres; y, si lo hacen, deben permanecer en silencio, aislados, solos para no caer en la tentación ni en el pecado.

Segundo, hablarlo con mi familia y mis amigos fue un paso, si bien magnífico en el resultado, muy duro y agobiante. Eso sí, volvería a pasar por ese proceso una y mil veces... todas las que hicieran falta para poder estar en paz conmigo mismo y con los demás.

Tercero, después de años de esconder mis sentimientos o, incluso peor, de anularlos por completo, me di la oportunidad de enamorarme. ¡Mi adolescencia llegó tarde! Hasta pasados los 25 años no había tenido ninguna relación amorosa ni le había dado un beso apasionado a nadie. ¡Un cuarto de siglo perdido! Toda esa etapa de la adolescencia, de los roces, de los besos, de las miradas, me fue negada por un entorno hostil, represivo y conservador. Ser homosexual en Talca en aquellos años no era algo deseable para nadie.

Este último punto es uno de los que recuerdo con más tristeza: a la soledad de sentir y sentirme diferente, se sumaba la imposibilidad de disfrutar una etapa inolvidable de los años del cole. Mi mundo interior se cerraba cada vez más y el muro que construí a mi alrededor para protegerme me costó mucho derribarlo. No compartía cosas con mis padres, no tenía a nadie con quien pudiera hablar de lo que me estaba pasando...

Pero ahora, a mis 40, vuelvo con el corazón contento de Chile. Una de las cosas que más me impresionó durante el viaje fue la actitud de mi madre. Hace 10 años, y ella lo sabe, jamás hubiera presentado a mi marido como tal. Esta vez, a quien tuvo la oportunidad, les dijo: este es mi hijo Tomás y su marido. ¡Sorprendente cambio! Lo que más me fascina de todo es que ha sido un proceso que ha hecho ella sola simplemente desde el amor. Y yo se lo agradezco en el alma. Me hace bien saber que ella lo siente así y que es capaz de verbalizarlo... no sé todavía si con orgullo o simple aceptación. Pero lo hace y a mí me alegra la vida.

Después de tanto tiempo escondido, poder compartir con ellos mi vida, mi felicidad, mi matrimonio..., y también poder hacerlo con otras personas ajenas a mi familia, es algo muy importante para mí. Y no pienso en el juicio que haga cada uno al escucharme, sino que, egoístamente, solo pienso en la maravillosa posibilidad de hablar de mi relación con total naturalidad, sin miedo, sin ansiedad, sin complejo, como debe ser siempre.