Asalto global contra la masculinidad

martes, 15 de enero de 2019


Imagen de la campaña de Gillette

A veces me arrepiento de repasar los periódicos. ¡Es así! No puedo evitarlo. La razón, además de que dan ganas de meterse en la cama y no volver a poner un pie en el mundo, es que me encuentro con noticias –y sobre todo con frases– que me generan un profundo sentimiento de angustia y desazón.

Ante la nueva campaña de Gillette que invita a erradicar la masculinidad tóxica (comportamientos e ideas machistas, violentos, abusivos, heteropatriarcales, etc.) y actuar con el ejemplo para educar a las nuevas generaciones (los niños de hoy que serán los hombres del mañana), numerosas voces se han levantado en contra de la compañía por sumarse a eso que vienen a llamar “asalto global contra la masculinidad”, en palabras del presentador Piers Morgan.

Pero el drama no se queda ahí. Usuarios de todo el mundo amenazan en las redes sociales con boicotear no solo a la marca, sino a todas aquellas que pertenezcan a Procter & Gamble. Se sienten heridos, traicionados y violentados por el hecho de que una marca de productos de aseo personal se posicione frente a uno de los temas más recurrentes de los últimos años. Denuncian que esa masculinidad tóxica de la que se habla no existe, que no todos los hombres tienen comportamientos violentos ni comparten la cultura de la violación, y otras obviedades como esa.

Y es que la publicidad invita a los hombres a intervenir para evitar situaciones de acoso, violencia, machismo, homofobia y dejar de perpetuar ideas como “son cosas de chicos”. Precisamente son las premisas tales como “los hombres son así” (boys will be boys) las que podemos encontrar en la raíz de muchos problemas. No hay ninguna predisposición genética a que chicos y hombres deban actuar de forma agresiva (a pesar de que se han podido identificar ciertos indicadores que podrían explicar algunos comportamientos o de que hay quienes hablen de una carga genética y social histórica que les llevaría a ellos ser más violentos), sino que es la propia socialización la que les enseña a ser así. Este asunto da para un debate más largo y profundo.

Tema aparte, porque no soy ni pretendo ser experto en estas lides, me llama la atención el concepto de “asalto global contra la masculinidad”. Para mí, mucho más preocupante que la campaña en sí y las respuestas negativas en redes sociales, es el hecho de que alguien haga parecer que este tipo de acciones son una especie de ataque coordinado en el mundo para hacer desaparecer a los pobres hombres-blancos-cis-heterosexuales de la faz de la tierra. Me parece que han salido del mismo bolsillo absurdo de otros conceptos como la “agenda gay” y la “ideología de género”.

¿Tan peligroso es que muchas mujeres (y muchos hombres también) se hayan decidido a decir basta y levantar la voz contra tantos abusos de poder, expresados en algunas de las formas más repugnantes de violencia? ¿Tan terrible es el hecho de llamar a concienciarnos como sociedad de los efectos que tienen nuestros comportamientos prácticos en la educación de niños y niñas? Más allá de peligros apocalípticos, me parece un llamado a ser personas, seres humanos comprometidos con el futuro… ¡nada más!

No quiero entrar tampoco en las intenciones económicas o comunicacionales de Gillette con esta campaña. Lo claro está es que hay cosas que están cambiando o necesitan empezar a cambiar sin más demora. Una de ellas es precisamente el fin de los privilegios de unos pocos. Y la lucha por la igualdad es precisamente eso: que todas las personas tengamos los mismos derechos.

Como sabemos, el feminismo lucha por la igualdad, de la misma manera que lo hace el colectivo LGTBI. Otros grupos, minorías o marginados por razones sociales, culturales, económicas o religiosas, hicieron lo mismo en el pasado. Y el mundo no se acabó, pese a todos los mensajes de alarma por parte del sector privilegiado –que da la casualidad de que casi siempre es el mismo a lo largo de la historia–. Pero aquí les tenemos “acorralados” una vez más exigiendo la cesión de un trozo de su privilegio para conseguir una sociedad más justa e igualitaria. ¡Vaya cosas que se nos ocurren!

Todo esto no es ningún plan maquiavélico por desterrar al hombre blanco, castrarle, pisotearle los huevos, convertirle en homosexual o servirle como comida a las masas enfurecidas. Es, simplemente, un levantamiento social contra la injusticia, contra el machismo y el patriarcado, y contra una historia universal plagada de mentiras, donde la mitad ha sido prácticamente silenciada, al igual que las minorías. Y esto es solo el comienzo.

Pero el grito desesperado de esos hombres que prefieren cambiar de marca de cuchillas de afeitar en vez de plantearse cambiar para una sociedad mejor, no podrá contra esta voz que ya suena con fuerza y que seguirá haciéndolo durante todo 2019. Las huelgas convocadas hoy en decenas de ciudades españolas marcan la agenda de un año que promete ser intenso.

No queremos más manadas ni llorar a más víctimas. No permitiremos políticas que impliquen retroceder en los avances sociales obtenidos en los últimos años. No cederemos ningún trozo de la igualdad conseguida hasta ahora. Ese es nuestro asalto: la resistencia. Seguiremos luchando por cambiar un sistema injusto y arbitrario, y seguiremos alzando la voz cada vez que haga falta. Idos acostumbrando.

La literatura es la fuerza que mantiene a la medicina en el campo de lo humano

viernes, 21 de diciembre de 2018

El miércoles 19 de diciembre me invitaron a dar un discurso breve en la entrega de premios del I Concurso de Relatos del Hospital Universitario de Getafe. Es toda una experiencia, debo decirlo, pero absolutamente grata. Hace bien conocer de cerca la labor que hacen y cómo lo vive el propio personal sanitario.

El tema, cómo no, era la humanización en el trato con el paciente, en el día a día de la labor hospitalaria. Así que hice un breve repaso literario y personal que más abajo copio para que podáis leerlo.

Fue muy grato repetir la experiencia. Ya había estado en otro concurso literario en el Hospital Severo Ochoa de Leganés hace más de tres años y medio, y me encantó que me volvieran a llamar. Me dejaron invitado para el futuro, pero como no se cuiden no me van a sacar de allí. Se me quedaron muchas cosas por contar, porque es un tema que, además, me interesa muchísimo a nivel de trabajo de comunicación, de empatía y de humanidad.

Pero antes, comparto la presentación que me hicieron durante el acto de entrega de premios. ¡Es que suena tan bonito!
Para acoger la entrega de premios hoy contamos con la compañía del escritor Tomás Loyola Barberis.

Tomás es periodista, Social Media Manager y Experto en Redes Sociales. Tiene una amplia experiencia en prensa, medios digitales, blogs, páginas web, formación presencial, e-learning, atención al cliente, reclamaciones y campañas de venta.

En el campo que nos ocupa hoy, ha publicado 2 libros sobre Redes Sociales y, recientemente, ha unido conocimientos, experiencia y hobby en la edición de 3 libros de cocina (“Al horno”, “Cocina sana para intolerancias” y “Tomás en la cocina. Recetas y secretos para principiantes”), que han tenido un gran éxito, con firma de ejemplares en la Última Feria del Libro de Madrid, sin ir más lejos. Hoy va a ofrecernos la ponencia: “La literatura es la fuerza que mantiene a la Medicina en el campo de lo humano”
.
Y aquí es donde, después de la presentación, agradezco y empiezo mi intervención...

------------------------------

Buenos días. Gracias por haberme invitado a la entrega de premios del concurso de relatos convocado por la Comisión de Calidad Percibida y Humanización del Hospital Universitario de Getafe, en el que habéis participado. Y precisamente de eso quisiera hablar con vosotros esta mañana.

Hace casi exactamente 15 años escribía Nuria Amat en El País que la “Literatura es la única forma de vida posible para cualquier persona con afán y voluntad de ser algo o alguien en el mundo”. Una frase contundente y que casi podría convertirse en el primer párrafo de una de esas novelas inolvidables.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, abría la fantástica Cien Años de Soledad, de García Márquez.

El Aleph, de Jorge Luis Borges, comenzaba con “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”.

O “Soy un hombre enfermo... Un hombre malo. No soy agradable. Creo que padezco del hígado. De todos modos, nada entiendo de mi enfermedad y no sé con certeza lo que me duele. No me cuido y jamás me he cuidado, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso, cuando menos lo bastante para respetar la medicina (tengo suficiente cultura para no ser supersticioso, pero lo soy). Sí, no quiero curarme por rabia. Esto, seguramente, ustedes no lo pueden entender. Pero yo sí lo entiendo”, eran las primeras líneas de las Memorias del subsuelo, de Dostoievski.

Es precisamente el mundo de la medicina una tierra fértil para la imaginación y para la literatura. La frialdad científica se templa y se humaniza con la experiencia universal de la enfermedad, ese temor o fantasma que toca a cada ser humano, independientemente de donde viva. Sea un virus pasajero o una enfermedad incurable, el miedo es compartido y un vínculo capaz de remover la imaginación, lo visceral y lo racional del ser humano.

A lo largo de los siglos hemos visto que la aparición de una enfermedad se convierte en un hito literario de gran relevancia, capaz de moldear heroínas y héroes, y de aplastar a invencibles, creando atmósferas únicas, desde la emoción más profunda hasta el páramo más frío y estéril que podamos imaginar.

Es el poder del lenguaje, el filo de las palabras y la forma en que creamos nuestra cultura y nuestro entorno letra a letra, como si fueran los ladrillos y las amalgamas capaces de construir y sostener la realidad que nos rodea, que al final será el sustento de nuestras creencias, de nuestros miedos, de nuestras alegrías y de nuestros fracasos. Porque tenemos que hacernos a la idea de que este mundo en el que vivimos está lleno de micromundos, tantos como personas.

Pero la literatura es también el camino que permite a las y los profesionales sanitarios exorcizar sus propios miedos, exponer sus motivaciones, arrancar de sus emociones todo aquello que como individuos les afecta de forma personal. Leyendo a los clásicos, los de siempre y los que están por venir, somos capaces de poner en palabras nuestros sentimientos, de construir esa realidad de la que hablábamos y que nos rodea sin remedio. Esto nos permite darle foco a una imagen borrosa de realidad en la que la deshumanización parece la tónica: la tecnología acecha permanentemente como fuente de separación entre las personas, en una paradoja sin fin en la era de la comunicación infinita. Estamos hiperconectados, pero cada vez más aislados los unos de los otros. Las pantallas, como las lanzas y los escudos de las novelas de caballería, son las armas que nos resguardan de la intimidad, de bajar la guardia y de sentir.

Hace unos días, mientras preparaba este texto, comentaba con una persona que lleva años dedicada al ámbito de la salud, que el hecho de “separarse del otro” es simplemente un mecanismo de defensa para soportar el dolor ajeno y no hacerlo propio. Y que, si bien a veces resultaba imposible no empatizar profundamente con una historia, lo habitual era utilizar ese escudo de profesionalidad, practicidad y tecnicismos, siendo amables y precisos en la medida justa.

Estoy casi seguro de que alguna vez en vuestra práctica profesional o en vuestra experiencia como pacientes, habéis sentido una falta total de vinculación entre vosotros y quien os atendía o a quien atendíais. Es otro de los peligros vinculados a la eficacia y a la productividad. Como ideales no son negativos, ¡claro que no! Pero jamás deben convertirse en el cristal detrás del cual perdemos el motor central de nuestras vidas como personas y como profesionales sanitarios: la humanidad.

Y esa humanidad es la que debería teñir todo el dibujo que contiene nuestra realidad: la personal y la profesional, la de los ideales y la de la práctica, la palpable y la imaginada. Porque es ella la que, según el médico mexicano, Ignacio Chávez, “impide poner en la ciencia una fe mítica, creyéndola de valor absoluto, y le ayuda a comprender, humildemente, la relatividad de ella y a admitir que la ciencia no cubrirá nunca el campo entero de la medicina; que por grandes, por desmesurados que sean sus avances, quedará siempre un campo muy ancho para el empirismo del conocimiento, para la “casta observación” de nuestros antepasados”.

Imagino que en este hospital las cosas funcionan de otra manera, pero mi experiencia personal, tanto en la sanidad pública como en la privada y tanto siendo paciente como acompañante, me ha generado muchas veces una absoluta desolación. Por un lado, por la falta de empatía que he sentido por parte de mi médico de cabecera. Por otra, porque a veces los nervios juegan una mala pasada y me resulta imposible comprender el diagnóstico o el tratamiento cuando acompaño a un familiar en un proceso hospitalario. Y esto no lo digo como crítica, sino como forma de constatar una sensación que resulta incómoda y poco amable para quienes no acostumbramos a tener un techo como este sobre nuestras cabezas.

Estoy seguro de que para vosotros entrar a un hospital es cuestión de cada día. Para mí, como para muchas otras personas, es entrar en un mundo complejo, lleno de incertidumbres, y el posible escenario de las mayores alegrías o de las más grandes tragedias. Si encima le restamos humanidad en aras de la eficiencia, la situación puede tornarse insostenible.

No olvidéis que cada paciente es único, que cada historia médica es un viaje narrativo que se escribe mano a mano con la realidad de vuestros pacientes y con la vuestra también. No dejéis pasar por alto que cada cita es un hito literario en la historia de un paciente. Y es el campo perfecto para el diálogo, para la imaginación, para el reconocimiento de quienes participan de la historia, para plantear el escenario, el desarrollo y el desenlace… ¿Os suena familiar?

Por eso es importante que existan momentos y experiencias como este nuevo concurso de relatos, porque demuestra vuestro interés y el del Hospital Universitario de Getafe por enriquecer una parte fundamental en el cumplimiento del objetivo más básico de la atención sanitaria: “Para que hombres y mujeres vivan jóvenes y sanos toda su vida, y finalmente mueran sin sufrimientos y con dignidad, lo más tarde que sea posible”. Esta frase no es mía, por supuesto, pero es perfecta para mi propósito.

Y mi propósito no es otro que aplaudiros por generar los espacios para encontraros con vuestras emociones y mirar el mundo con otros ojos. Porque en la observación está la mejor respuesta, mucho mejor que aquella que arroja una pantalla. Al final, la vida profesional es la suma de las habilidades, los conocimientos y la sensibilidad de nuestros sentidos. Y, si confiamos en ellos y le damos el espacio que se merecen, podremos conseguir mejores resultados.

No olvidéis que la literatura es capaz de dotar a vuestra labor de un sentido práctico, de un contexto más cercano, de unas imágenes que la labor científica, técnica y burocrática son incapaces de brindarle. La literatura inspira y se ofrece como una herramienta constructora de realidades más asequibles para el gran público, para el paciente menos preparado, para las familias en momentos de estrés y de confusión.

La literatura, y las humanidades en general, son la fuerza que mantiene a la atención sanitaria en el campo de lo humano, las que recuerdan a las y los profesionales del sector que detrás de un órgano que funciona mal hay un cuerpo completo, y que al otro extremo de un diagnóstico no hay una enfermedad, sino una persona que solamente busca el mejor desenlace posible de su propia historia. Está en vuestras manos ayudarles a contarla.

Yo soy inmigrante y...

viernes, 7 de diciembre de 2018


Yo soy inmigrante y no vivo del Estado. Es más, seguramente he estado ayudando a mantener a muchas familias en España con los más de 14 años que llevo pagando impuestos (los que corresponden), sin evadir ni equivocarme; y, por supuesto, sin quejarme. Porque el hecho de pagarlos correctamente me hace dormir tranquilo y me da cierta seguridad para el futuro, para cuando realmente necesite algún tipo de ayuda.

Yo soy inmigrante y no “utilizo” los servicios públicos. En 14 años he tenido la fortuna de ir 4 veces al médico de la Seguridad Social y ya. No he hecho uso tampoco de la educación pública (no tengo hijos y yo ya venía educado) y todo lo que he hecho para formarme lo he pagado directamente. Nunca he cobrado bonos ni me han regalado nada por el hecho de no haber nacido aquí. Es más, hasta podría decir que en muchas cosas lo he tenido más difícil, precisamente porque todavía pesa el hecho de ser extranjero.

Yo soy inmigrante y nadie me regala nada. La falacia de que los inmigrantes venimos a “robar” trabajo y a quedarnos con las cosas de los demás, no es más que la incitación al miedo y al odio que los extremos políticos hacen para enardecer a las masas desinformadas. Es tanto el hecho de que nadie me regala nada, que todo lo que he conseguido ha sido gracias al esfuerzo y la constancia.

Yo soy inmigrante y nadie me mantiene. De hecho, vivo de lo que gano con largas jornadas de trabajo (mucho más largas que las de muchos individuos autóctonos) y no me sé ningún truco para aprovecharme de los demás. Sobre todo porque trabajo como autónomo y mi futuro depende en gran parte de mi capacidad de trabajo, de mi responsabilidad y de la calidad y resultados de mis entregas. Nunca he esperado que nadie me dé nada porque sí y nunca he utilizado la carta de la migración como recurso, porque no he tenido que hacerlo. Lo haría, por supuesto, si de eso dependiese el futuro de mi familia, como haría cualquiera en una situación extrema.

Yo soy inmigrante y no tengo más garantías que ningún ciudadano. Tengo las mismas que todos los demás. Los mismos derechos y obligaciones. Sí me preocupo por aquellas personas que no tienen los mismos derechos por otras causas: refugiadas, tratadas, esclavizadas, vendidas…, y busco la forma de poder aportar para hacer de sus nuevas vidas algo mejor y evitar que se encuentren con los muros de ignorancia que el discurso político del miedo construye a lo largo de sus fronteras.

Yo soy inmigrante y no me cambié de país para recibir ayudas sociales. Me cambié de país para poder vivir libremente, para ampliar horizontes, para conocer otras formas de vida. Me cambié de país para entender que mi ombligo no era el centro del universo, que mis problemas puestos en perspectiva son muy pequeños y que mi verdad no era absoluta ni única. Me cambié de país para entender que el de al lado no es mi enemigo y que juntos podemos llegar más alto. Me cambié de país para comprender que el discurso del miedo es la mejor forma de controlar la opinión pública porque está vinculado con los instintos más básicos.

Yo soy inmigrante y los discursos extremistas me hacen daño. Me genera una angustia vital profunda tener que estar justificando mi condición de inmigrante, sea por la razón que sea. Me genera miedo –bastante– la polarización social, el odio, la desinformación, la manipulación y el hecho de que se nos convierta en arma arrojadiza para arañar un puñado de votos, a cambio de una efervescencia social que no trae nada bueno. Me genera una profunda preocupación porque es un discurso que cala –históricamente lo ha hecho– en épocas de crisis y, si nos paramos a mirar, lo que ha generado ha sido devastador a gran escala.

Mi familia: un regalo maravilloso

lunes, 29 de octubre de 2018

El hecho de poder mostrarles "mi Madrid" a mis padres, mi hermana, mi sobrina y mi cuñado ha sido el mejor regalo que he tenido en 14 años. Ya no solo por el hecho de estar (casi) todos juntos, sino porque siempre soñé con pasearles por la ciudad, por nuestros rincones favoritos, llevarles a sitios que para nosotros tienen magia... ¡Mucho más allá del turismo tradicional! Está bien recorrer los hitos, pero más me importaba el día a día y esos rincones especiales que han formado parte de mi historia desde que llegué a esta ciudad en 2004.

Cada viaje que hago a Chile es un regalo. Sí. Disfrutamos, nos abrazamos, celebramos, discutimos y nos reconciliamos a la velocidad de la luz. Hablamos a gritos, nos atropellamos con historias, nos reímos hasta las lágrimas y lloramos cuando hay que llorar. Nos cansamos de los cambios de rutina, de la convivencia y extrañamos nuestros espacios, pero siempre nos despedimos con ganas de más. Otro gran momento fue la visita sorpresa de mi padre y mi hermano hace tres años cuando nos casamos... ¡Magníficos recuerdos de una semana muy corta e intensa!

Hace un año que cuento con "raíces" de mi país y de mi familia en Madrid. Mi hermano, mi cuñada y mis sobrinos se mudaron y están haciendo su vida en España. Aquí nació mi ahijada, Amaya. Es cierto que estaba acostumbrado al desarraigo y al desapego, pero siempre es bueno hablar con alguien que conoce tu historia, tus códigos y que comparte valores, recuerdos y experiencias... Son relaciones que van más allá de lo tangible y de lo concreto; y, sobre todo, sensaciones que huelen a cotidiano, a fácil, a hogar... Con ellos hemos sobrevivido a la tarea de atenderles y pasar todos los ratos posibles juntos.

Tenerles aquí 23 días ha sido fantástico. ¡14 años esperé este momento! No puedo decir que no estoy agotado... ¡Lo estoy y mucho! Conciliar trabajo y vida familiar, turismo, celebraciones y paseos ha sido intenso. No estoy acostumbrado a tener que luchar por juntar vida familiar y laboral porque tengo la suerte de trabajar en casa, con mi marido a pocos metros de distancia. Así que estas semanas han resultado fuertes en ese sentido. Pero me quedo con el corazón lleno y con ganas de que vuelvan pronto. Con la sensación contradictoria de querer retomar la rutina, pero de extrañarles desde el minuto en que les perdimos de vista en el aeropuerto. Con ganas de volver a abrazarles mañana y cada día que pase.

Mis padres han demostrado que son, simplemente, lo más. Me cuesta encontrar las palabras para decir lo orgulloso que me siento de ellos y lo feliz que me han hecho estos días. Sin duda, a punto de cumplir mis 42 años, me han hecho un regalo inolvidable. ¡Gracias por todo! 

Y gracias también a mi hermana, mi cuñado y a la Momi por su compañía, por las meriendas y cenas, por las fotos y por estar siempre con nosotros. Al despedirnos en Barajas mi hermana me dijo que era afortunado por tener a un hombre maravilloso a mi lado... ¡Y con mucha paciencia! Yo le respondí que no le podía decir lo mismo. No porque no tenga a un hombre fantástico a su lado, que lo tiene, sino porque es menos paciente que el mío... 😇😇

Ahora, cuando están haciendo el viaje de regreso, nos toca recomponernos, cada uno en su lugar del mundo, pero con la certeza absoluta de que somos familia y de que nos queremos, pase lo que pase.