Mi fallida (auto)terapia de conversión

jueves, 4 de abril de 2019

 
Mucho se ha hablado estos días sobre las terapias de conversión que el Obispado de Alcalá de Henares mantiene, a pesar de ser ilegales en la Comunidad de Madrid (y en muchos otros sitios). Yo mismo hacía referencia a ellas respondiendo a las palabras del Papa en el programa Salvados hace unos días, cuando hablaba de “actitud homosexual” como algo que “cuando se fija” no hay nada más que hacer, poniendo sobre la mesa su postura: ser LGTB+ es una decisión, un comportamiento que puede ser corregido.

Sin ánimo de trivializar el horror de las terapias de conversión ni quitar peso al sufrimiento de quienes han pasado por ellas, quería compartir algunos momentos de mi historia. No, nunca me tocó sufrir una terapia como tal, pero sí me tocó crecer en un entorno donde ser homosexual era una enfermedad, algo que estaba mal visto y que, por supuesto, echaba a perder todos los planes que tenían para mí y que me habían traspasado con mi educación. Además, sin referentes, todo lo que yo sentía no era más que un error, algo que necesitaba ser erradicado, escondido y enterrado.

Así que hice mi propia terapia –como ya he contado otras veces–. Mientras todo el mundo comenzaba con los amores de la adolescencia, yo me oculté bajo una coraza. Era siempre el buen amigo, pero nunca participé en una relación romántica. ¡Y mira que lo intenté! Bueno, intentarlo quizás no es la palabra correcta. Me “enamoraba” de mujeres inalcanzables, me “enamoraba” de mis mejores amigas (confundiendo cariño con amor), me “enamoraba” de personas que estaban a kilómetros de distancia. Pero nunca me permití enamorarme de un hombre. ¡No se me pasaba por la mente! Solo una vez tuve la idea de enamorarme de uno, pero nunca fue correspondido y me propuse olvidarlo rápidamente.

Me perdí años en esa coraza. Tanto, que durante mucho tiempo pensé que había perdido totalmente la posibilidad de enamorarme de verdad y ser feliz con alguien. Todo eso estuvo siempre bien oculto bajo una larga lista de manías y de requerimientos que ninguna persona sería capaz de cumplir, lo que explicaba mi soltería y me lo ponía más fácil ante la presión familiar y social.

No puedo decir que no fuera feliz estando solo. ¡Viví de maravilla! Salía con amigos y amigas, sin obligaciones ni rollos. El lado positivo de perderme esos primeros romances, es que me libré de los primeros dramas también. Pero también es cierto que esa felicidad era aparente. La soledad, a veces, es una compañera de viaje muy desgraciada. Y se pasa mal. Es triste no tener un abrazo, un beso, un gesto de cariño que no sea filial o fraternal. Es triste descubrir tu cuerpo y tu sexualidad bajo la culpa y el desconocimiento. Es triste tener miedo de tus propios sentimientos.

Intenté “reconducirlos” varias veces. Pensaba que lo que necesitaba era construir una familia, casarme con una mujer, tener hijos (varios) y trabajar de sol a sol para enterrar lo que sentía. Esa era la única salida que me dejaba una sociedad hostil y la ausencia total de historias de personas como yo. Pero siempre llegaba a la misma conclusión: era incapaz de someter a una mujer al sufrimiento de estar en una relación de mentira, como paracaídas que amortiguara mi cobardía para mostrarme al mundo tal como soy. Nunca podría haberla mirado a los ojos a ella ni a mis potenciales hijos sin morirme por dentro en una lenta agonía. Seguro que esa historia no hubiera acabado bien, de ninguna manera.
 

Supervivencia


Mis años cerca de la Iglesia, trabajando activamente, no sirvieron de mucho, porque, a pesar del compromiso, nunca pude dejar de pensar realmente en lo que sentía. Era gay. Sí, todo el día, todo el tiempo, toda mi vida. Como puse en Facebook hace un par de días, no recuerdo ningún día de mi existencia en el que no me haya sentido gay. El problema es que no podía ser feliz siéndolo, porque el mundo a mi alrededor me negaba cualquier futuro: estaría solo, perdido y condenado al infierno, en la vida y después de ella, por no ser capaz de controlar mis instintos. ¡Maldito control!

Lloré muchas veces de frustración por ser incapaz de dejar de ser gay. Mis (auto)terapias y mis horas de introspección no me conducían a ningún sitio. Por más que lo intentaba, siempre volvía a caer. Recuerdo que, desde pequeño, las pocas veces que salían dos hombres en una situación “romántica” en alguna película o serie, yo pensaba: ¡Qué maravilla! Me parecía que no había nada de malo en eso. El problema es que todos a mi alrededor se empeñaban en decirme lo contrario. No dirigiéndose a mí directamente, sino en cada comentario, en la selección de palabras, en sus reacciones de rechazo. Me avergonzaba de mí mismo por culpa de los demás, y eso es algo que nadie debería enfrentar nunca.

Por eso intentaba enamorarme y ser “normal” (¡cómo detesto esa expresión de normalidad!). En la universidad también pensé estar enamorado de dos mujeres maravillosas. Dos grandes amigas que, por suerte, conservo y adoro hasta hoy. Lo que sentía, en realidad, era una admiración profunda, una gran complicidad y un cariño infinito. Sobre todo era el instinto de supervivencia el que me movía a pensar en ellas de una forma romántica. Pero claramente no era amor. Lo comprendí años después, cuando realmente me enamoré. Cuando me enamoré de un hombre. Ahí entendí lo que era el amor. Por suerte, ya bien entrado en años para estas cosas, sin dramas y con mucha paz.

Es evidente que no puedo ni siquiera llegar a comprender lo que puede ser entrar en una de esas terapias de conversión. ¡Lo digo con todo el respeto del mundo! Pero, muchas veces no hace falta, porque si el entorno que se supone debe protegerte es hostil con tu esencia y no cuentas con nadie a tu alrededor para poder hablar, creo que la sensación de pérdida y la angustia pueden tener algo en común. 
 
Por eso, defiendo la visibilidad y la naturalización de la diversidad. Dada mi experiencia, no me gustaría que nadie tenga que pasar por lo que yo pasé. Que nadie piense que sus sentimientos están mal –y menos que alguien se lo haga notar– y, sobre todo, que ninguna persona sienta que está sola en este mundo, pero de verdad. Y de ahí mi compromiso con It Gets Better España para llevar ese mensaje de esperanza a todos los rincones, lo más lejos que podamos. Para que ese “Todo mejora” resuene por mucho tiempo.

Yo me atrevo a ser feliz

jueves, 14 de febrero de 2019


Una de las cosas más bonitas que nos han dicho como pareja en todos estos años fue una vez que mi marido y yo, entonces novios, nos encontramos en una de las esquinas de la Plaza de Cibeles, en Madrid. Para nosotros fue un encuentro más, pero lo que no sabíamos es que teníamos a un amigo presenciando la escena. Según nos dijo después, nos vio venir a ambos, cada uno desde su lado, hasta que nos encontramos, y tuvo la idea de acercarse a saludar. Pero se quedó abrumado por lo que describe, “como esos momentos en las películas cuando todo va a cámara lenta y parece que el mundo alrededor se borra y solo sirve de escenario para los dos protagonistas”. Para él, la escena fue emotiva por el amor con el que nos mirábamos venir el uno al otro y no quiso “romper la magia” e interrumpir ese momento. Recuerdo claramente el día, pero no consigo recordar tal intensidad… Quizás visto desde dentro era todo más natural. Además, creo que las emociones no deberían ser vistas como algo sagrado, sino como algo cotidiano. Supongo que solo pasa en aeropuertos y estaciones de tren o autobús, cuando la gente, por un momento, baja la guardia y deja que sus sentimientos fluyan.

Nunca olvidaré cuando dejé Chile para venirme a vivir a España, crucé todo el proceso de Policía Internacional llorando intensamente, después de despedirme de mi familia en el aeropuerto. ¡Y me daba vergüenza hacerlo! ¿Por qué? ¿Es más importante parecer duro y frío que mostrar la pena profunda que sentía por despegarme de mis raíces, de mis padres, mis hermanos, mis amigos? Creo que no. Muchas veces, cuando echo la vista atrás y pienso en todas esas contenciones emocionales, me da rabia (y la manifiesto). ¡Nadie debería negarme el derecho a sentir y a mostrarlo! No se trata de convenciones sociales, sino de control, de posiciones de poder, de imposición.

Cuando nos casamos, nos enteramos de que el padre de mi marido había comentado con sus amigos, todos hombres de más de 85 años, que nunca había visto una pareja que se quisiera tanto. ¡Fue una de las grandes sorpresas, porque a nosotros jamás nos había dicho algo así, ni lo ha hecho desde entonces! Algunos años antes de eso, una amiga me había comentado que quería a alguien a quien mirar y quien la mirase como nos mirábamos nosotros (y ya llevábamos juntos al menos 10 años, por lo que la explicación de la chispa inicial no tendría sentido…).

¿Tenemos la relación perfecta? Seguro que tiene muchas cosas magníficas, muchísimas más que negativas, por supuesto –si no, no estaría escribiendo esto–. Pero nunca he creído en las cosas perfectas. Nuestro día a día es verdad que resulta bastante cómodo y agradable. Prácticamente no discutimos nunca, y eso que estamos todo el día juntos. Somos autónomos y trabajamos en casa. Pocas cosas me gustan más en el mundo que pasar el rato con él: paseando, de viaje, en el cine, en casa haciendo maratones de series… 

Está claro que no somos la pareja más glamurosa ni estilosa del mundo, pero somos felices. ¿Por qué no lo decimos tanto? ¿Por qué no hacemos acopio de lo que significa hoy tener una pareja estable y feliz, y lo compartimos con el mundo? Recuerdo hace años a alguien decirme que jamás reconocería públicamente su felicidad y la buena pareja que tenía para que nadie tuviera la intención de quitársela. ¡Vaya ridiculez! Miedos absurdos o suposiciones inciertas. Y es que, muchas veces, damos las cosas por sentadas y nos olvidamos de conectar emocionalmente con nosotrxs mismos y con lxs demás. ¿Por qué nos cuesta decir “te amo” sin sentirnos cursis? ¿Por qué no abrazamos más ni decimos te quiero a nuestra familia, a nuestras amistades? ¿Por qué nos avergonzamos de mostrarnos vulnerables y exponernos ante el mundo con nuestros deseos, sentimientos y emociones? ¿Quién y por qué nos ha robado la maravilla de ser nosotrxs mismxs sin complejos?

No puedo pensar en otro culpable que la socialización, esa que se hace desde casa hasta el cole, desde la calle hasta el espacio de trabajo… en todos los espacios de interacción social y personal. ¿De dónde viene, entonces? Seguramente de la tradición cultural, religiosa y de una sociedad que, históricamente, ha intentado ocultar nuestro ser emocional –ni qué decir de casi eliminar el deseo y el placer– y ha apostado por valores como la valentía, el éxito, la fuerza o el poder. Sin entrar en esas lides, ha fomentado aquello que se siente “más masculino” y ha escondido deliberadamente aquellas manifestaciones consideradas “más femeninas”.

De ahí que nos viene todo esto. Pero no podemos dejar la responsabilidad en manos de otras personas, porque las emociones, pese a nuestra cultura social, están presentes. Las sentimos, las ocultamos, las reconducimos… ¿por qué nos seguimos haciendo esto?
Digamos “te amo”, aunque nadie nos lo diga de vuelta –argumento recurrente en series y películas románticas–. ¿Qué es lo que peor que podría pasar? Superemos el miedo a ser vulnerables: lloremos, riámonos, enamorémonos, enfurezcámonos… ¡Hagamos lo que nuestras emociones dicten! Parece fácil, pero a ver si os atrevéis a llorar en el Metro si os entran ganas… O a reír a carcajadas en medio del autobús, de la calle o de una tienda porque os ha entrado la risa. Más fácil aún: probad a sonreír en un vagón de Metro, a ver con qué cara os miran. Yo a veces lo hago simplemente para provocar. Hasta ahora, nadie me ha sonreído de vuelta, pero sí que me han mirado con cara de odio. ¡Yo me atrevo a ser feliz y a decirlo! De verdad, de corazón, no de postín para las redes sociales.

Asalto global contra la masculinidad

martes, 15 de enero de 2019


Imagen de la campaña de Gillette

A veces me arrepiento de repasar los periódicos. ¡Es así! No puedo evitarlo. La razón, además de que dan ganas de meterse en la cama y no volver a poner un pie en el mundo, es que me encuentro con noticias –y sobre todo con frases– que me generan un profundo sentimiento de angustia y desazón.

Ante la nueva campaña de Gillette que invita a erradicar la masculinidad tóxica (comportamientos e ideas machistas, violentos, abusivos, heteropatriarcales, etc.) y actuar con el ejemplo para educar a las nuevas generaciones (los niños de hoy que serán los hombres del mañana), numerosas voces se han levantado en contra de la compañía por sumarse a eso que vienen a llamar “asalto global contra la masculinidad”, en palabras del presentador Piers Morgan.

Pero el drama no se queda ahí. Usuarios de todo el mundo amenazan en las redes sociales con boicotear no solo a la marca, sino a todas aquellas que pertenezcan a Procter & Gamble. Se sienten heridos, traicionados y violentados por el hecho de que una marca de productos de aseo personal se posicione frente a uno de los temas más recurrentes de los últimos años. Denuncian que esa masculinidad tóxica de la que se habla no existe, que no todos los hombres tienen comportamientos violentos ni comparten la cultura de la violación, y otras obviedades como esa.

Y es que la publicidad invita a los hombres a intervenir para evitar situaciones de acoso, violencia, machismo, homofobia y dejar de perpetuar ideas como “son cosas de chicos”. Precisamente son las premisas tales como “los hombres son así” (boys will be boys) las que podemos encontrar en la raíz de muchos problemas. No hay ninguna predisposición genética a que chicos y hombres deban actuar de forma agresiva (a pesar de que se han podido identificar ciertos indicadores que podrían explicar algunos comportamientos o de que hay quienes hablen de una carga genética y social histórica que les llevaría a ellos ser más violentos), sino que es la propia socialización la que les enseña a ser así. Este asunto da para un debate más largo y profundo.

Tema aparte, porque no soy ni pretendo ser experto en estas lides, me llama la atención el concepto de “asalto global contra la masculinidad”. Para mí, mucho más preocupante que la campaña en sí y las respuestas negativas en redes sociales, es el hecho de que alguien haga parecer que este tipo de acciones son una especie de ataque coordinado en el mundo para hacer desaparecer a los pobres hombres-blancos-cis-heterosexuales de la faz de la tierra. Me parece que han salido del mismo bolsillo absurdo de otros conceptos como la “agenda gay” y la “ideología de género”.

¿Tan peligroso es que muchas mujeres (y muchos hombres también) se hayan decidido a decir basta y levantar la voz contra tantos abusos de poder, expresados en algunas de las formas más repugnantes de violencia? ¿Tan terrible es el hecho de llamar a concienciarnos como sociedad de los efectos que tienen nuestros comportamientos prácticos en la educación de niños y niñas? Más allá de peligros apocalípticos, me parece un llamado a ser personas, seres humanos comprometidos con el futuro… ¡nada más!

No quiero entrar tampoco en las intenciones económicas o comunicacionales de Gillette con esta campaña. Lo claro está es que hay cosas que están cambiando o necesitan empezar a cambiar sin más demora. Una de ellas es precisamente el fin de los privilegios de unos pocos. Y la lucha por la igualdad es precisamente eso: que todas las personas tengamos los mismos derechos.

Como sabemos, el feminismo lucha por la igualdad, de la misma manera que lo hace el colectivo LGTBI. Otros grupos, minorías o marginados por razones sociales, culturales, económicas o religiosas, hicieron lo mismo en el pasado. Y el mundo no se acabó, pese a todos los mensajes de alarma por parte del sector privilegiado –que da la casualidad de que casi siempre es el mismo a lo largo de la historia–. Pero aquí les tenemos “acorralados” una vez más exigiendo la cesión de un trozo de su privilegio para conseguir una sociedad más justa e igualitaria. ¡Vaya cosas que se nos ocurren!

Todo esto no es ningún plan maquiavélico por desterrar al hombre blanco, castrarle, pisotearle los huevos, convertirle en homosexual o servirle como comida a las masas enfurecidas. Es, simplemente, un levantamiento social contra la injusticia, contra el machismo y el patriarcado, y contra una historia universal plagada de mentiras, donde la mitad ha sido prácticamente silenciada, al igual que las minorías. Y esto es solo el comienzo.

Pero el grito desesperado de esos hombres que prefieren cambiar de marca de cuchillas de afeitar en vez de plantearse cambiar para una sociedad mejor, no podrá contra esta voz que ya suena con fuerza y que seguirá haciéndolo durante todo 2019. Las huelgas convocadas hoy en decenas de ciudades españolas marcan la agenda de un año que promete ser intenso.

No queremos más manadas ni llorar a más víctimas. No permitiremos políticas que impliquen retroceder en los avances sociales obtenidos en los últimos años. No cederemos ningún trozo de la igualdad conseguida hasta ahora. Ese es nuestro asalto: la resistencia. Seguiremos luchando por cambiar un sistema injusto y arbitrario, y seguiremos alzando la voz cada vez que haga falta. Idos acostumbrando.

La literatura es la fuerza que mantiene a la medicina en el campo de lo humano

viernes, 21 de diciembre de 2018

El miércoles 19 de diciembre me invitaron a dar un discurso breve en la entrega de premios del I Concurso de Relatos del Hospital Universitario de Getafe. Es toda una experiencia, debo decirlo, pero absolutamente grata. Hace bien conocer de cerca la labor que hacen y cómo lo vive el propio personal sanitario.

El tema, cómo no, era la humanización en el trato con el paciente, en el día a día de la labor hospitalaria. Así que hice un breve repaso literario y personal que más abajo copio para que podáis leerlo.

Fue muy grato repetir la experiencia. Ya había estado en otro concurso literario en el Hospital Severo Ochoa de Leganés hace más de tres años y medio, y me encantó que me volvieran a llamar. Me dejaron invitado para el futuro, pero como no se cuiden no me van a sacar de allí. Se me quedaron muchas cosas por contar, porque es un tema que, además, me interesa muchísimo a nivel de trabajo de comunicación, de empatía y de humanidad.

Pero antes, comparto la presentación que me hicieron durante el acto de entrega de premios. ¡Es que suena tan bonito!
Para acoger la entrega de premios hoy contamos con la compañía del escritor Tomás Loyola Barberis.

Tomás es periodista, Social Media Manager y Experto en Redes Sociales. Tiene una amplia experiencia en prensa, medios digitales, blogs, páginas web, formación presencial, e-learning, atención al cliente, reclamaciones y campañas de venta.

En el campo que nos ocupa hoy, ha publicado 2 libros sobre Redes Sociales y, recientemente, ha unido conocimientos, experiencia y hobby en la edición de 3 libros de cocina (“Al horno”, “Cocina sana para intolerancias” y “Tomás en la cocina. Recetas y secretos para principiantes”), que han tenido un gran éxito, con firma de ejemplares en la Última Feria del Libro de Madrid, sin ir más lejos. Hoy va a ofrecernos la ponencia: “La literatura es la fuerza que mantiene a la Medicina en el campo de lo humano”
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Y aquí es donde, después de la presentación, agradezco y empiezo mi intervención...

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Buenos días. Gracias por haberme invitado a la entrega de premios del concurso de relatos convocado por la Comisión de Calidad Percibida y Humanización del Hospital Universitario de Getafe, en el que habéis participado. Y precisamente de eso quisiera hablar con vosotros esta mañana.

Hace casi exactamente 15 años escribía Nuria Amat en El País que la “Literatura es la única forma de vida posible para cualquier persona con afán y voluntad de ser algo o alguien en el mundo”. Una frase contundente y que casi podría convertirse en el primer párrafo de una de esas novelas inolvidables.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, abría la fantástica Cien Años de Soledad, de García Márquez.

El Aleph, de Jorge Luis Borges, comenzaba con “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita”.

O “Soy un hombre enfermo... Un hombre malo. No soy agradable. Creo que padezco del hígado. De todos modos, nada entiendo de mi enfermedad y no sé con certeza lo que me duele. No me cuido y jamás me he cuidado, aunque siento respeto por la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso, cuando menos lo bastante para respetar la medicina (tengo suficiente cultura para no ser supersticioso, pero lo soy). Sí, no quiero curarme por rabia. Esto, seguramente, ustedes no lo pueden entender. Pero yo sí lo entiendo”, eran las primeras líneas de las Memorias del subsuelo, de Dostoievski.

Es precisamente el mundo de la medicina una tierra fértil para la imaginación y para la literatura. La frialdad científica se templa y se humaniza con la experiencia universal de la enfermedad, ese temor o fantasma que toca a cada ser humano, independientemente de donde viva. Sea un virus pasajero o una enfermedad incurable, el miedo es compartido y un vínculo capaz de remover la imaginación, lo visceral y lo racional del ser humano.

A lo largo de los siglos hemos visto que la aparición de una enfermedad se convierte en un hito literario de gran relevancia, capaz de moldear heroínas y héroes, y de aplastar a invencibles, creando atmósferas únicas, desde la emoción más profunda hasta el páramo más frío y estéril que podamos imaginar.

Es el poder del lenguaje, el filo de las palabras y la forma en que creamos nuestra cultura y nuestro entorno letra a letra, como si fueran los ladrillos y las amalgamas capaces de construir y sostener la realidad que nos rodea, que al final será el sustento de nuestras creencias, de nuestros miedos, de nuestras alegrías y de nuestros fracasos. Porque tenemos que hacernos a la idea de que este mundo en el que vivimos está lleno de micromundos, tantos como personas.

Pero la literatura es también el camino que permite a las y los profesionales sanitarios exorcizar sus propios miedos, exponer sus motivaciones, arrancar de sus emociones todo aquello que como individuos les afecta de forma personal. Leyendo a los clásicos, los de siempre y los que están por venir, somos capaces de poner en palabras nuestros sentimientos, de construir esa realidad de la que hablábamos y que nos rodea sin remedio. Esto nos permite darle foco a una imagen borrosa de realidad en la que la deshumanización parece la tónica: la tecnología acecha permanentemente como fuente de separación entre las personas, en una paradoja sin fin en la era de la comunicación infinita. Estamos hiperconectados, pero cada vez más aislados los unos de los otros. Las pantallas, como las lanzas y los escudos de las novelas de caballería, son las armas que nos resguardan de la intimidad, de bajar la guardia y de sentir.

Hace unos días, mientras preparaba este texto, comentaba con una persona que lleva años dedicada al ámbito de la salud, que el hecho de “separarse del otro” es simplemente un mecanismo de defensa para soportar el dolor ajeno y no hacerlo propio. Y que, si bien a veces resultaba imposible no empatizar profundamente con una historia, lo habitual era utilizar ese escudo de profesionalidad, practicidad y tecnicismos, siendo amables y precisos en la medida justa.

Estoy casi seguro de que alguna vez en vuestra práctica profesional o en vuestra experiencia como pacientes, habéis sentido una falta total de vinculación entre vosotros y quien os atendía o a quien atendíais. Es otro de los peligros vinculados a la eficacia y a la productividad. Como ideales no son negativos, ¡claro que no! Pero jamás deben convertirse en el cristal detrás del cual perdemos el motor central de nuestras vidas como personas y como profesionales sanitarios: la humanidad.

Y esa humanidad es la que debería teñir todo el dibujo que contiene nuestra realidad: la personal y la profesional, la de los ideales y la de la práctica, la palpable y la imaginada. Porque es ella la que, según el médico mexicano, Ignacio Chávez, “impide poner en la ciencia una fe mítica, creyéndola de valor absoluto, y le ayuda a comprender, humildemente, la relatividad de ella y a admitir que la ciencia no cubrirá nunca el campo entero de la medicina; que por grandes, por desmesurados que sean sus avances, quedará siempre un campo muy ancho para el empirismo del conocimiento, para la “casta observación” de nuestros antepasados”.

Imagino que en este hospital las cosas funcionan de otra manera, pero mi experiencia personal, tanto en la sanidad pública como en la privada y tanto siendo paciente como acompañante, me ha generado muchas veces una absoluta desolación. Por un lado, por la falta de empatía que he sentido por parte de mi médico de cabecera. Por otra, porque a veces los nervios juegan una mala pasada y me resulta imposible comprender el diagnóstico o el tratamiento cuando acompaño a un familiar en un proceso hospitalario. Y esto no lo digo como crítica, sino como forma de constatar una sensación que resulta incómoda y poco amable para quienes no acostumbramos a tener un techo como este sobre nuestras cabezas.

Estoy seguro de que para vosotros entrar a un hospital es cuestión de cada día. Para mí, como para muchas otras personas, es entrar en un mundo complejo, lleno de incertidumbres, y el posible escenario de las mayores alegrías o de las más grandes tragedias. Si encima le restamos humanidad en aras de la eficiencia, la situación puede tornarse insostenible.

No olvidéis que cada paciente es único, que cada historia médica es un viaje narrativo que se escribe mano a mano con la realidad de vuestros pacientes y con la vuestra también. No dejéis pasar por alto que cada cita es un hito literario en la historia de un paciente. Y es el campo perfecto para el diálogo, para la imaginación, para el reconocimiento de quienes participan de la historia, para plantear el escenario, el desarrollo y el desenlace… ¿Os suena familiar?

Por eso es importante que existan momentos y experiencias como este nuevo concurso de relatos, porque demuestra vuestro interés y el del Hospital Universitario de Getafe por enriquecer una parte fundamental en el cumplimiento del objetivo más básico de la atención sanitaria: “Para que hombres y mujeres vivan jóvenes y sanos toda su vida, y finalmente mueran sin sufrimientos y con dignidad, lo más tarde que sea posible”. Esta frase no es mía, por supuesto, pero es perfecta para mi propósito.

Y mi propósito no es otro que aplaudiros por generar los espacios para encontraros con vuestras emociones y mirar el mundo con otros ojos. Porque en la observación está la mejor respuesta, mucho mejor que aquella que arroja una pantalla. Al final, la vida profesional es la suma de las habilidades, los conocimientos y la sensibilidad de nuestros sentidos. Y, si confiamos en ellos y le damos el espacio que se merecen, podremos conseguir mejores resultados.

No olvidéis que la literatura es capaz de dotar a vuestra labor de un sentido práctico, de un contexto más cercano, de unas imágenes que la labor científica, técnica y burocrática son incapaces de brindarle. La literatura inspira y se ofrece como una herramienta constructora de realidades más asequibles para el gran público, para el paciente menos preparado, para las familias en momentos de estrés y de confusión.

La literatura, y las humanidades en general, son la fuerza que mantiene a la atención sanitaria en el campo de lo humano, las que recuerdan a las y los profesionales del sector que detrás de un órgano que funciona mal hay un cuerpo completo, y que al otro extremo de un diagnóstico no hay una enfermedad, sino una persona que solamente busca el mejor desenlace posible de su propia historia. Está en vuestras manos ayudarles a contarla.