Confusión

domingo, 30 de junio de 2019



Me despierto hoy domingo con la noticia del "boicot" a Ciudadanos en el Orgullo de Barcelona. Lo primero que pienso es "¡Mierda!". Mierda porque hayan tenido el valor de aparecerse en una manifestación a sabiendas del rechazo que despertaban. Mierda porque lo han hecho a sabiendas de que habría ataques en su contra. Mierda porque nos la han jugado y ahora nosotrxs, los "agredidos de Stonewall" nos convertimos en "agresores", echando por tierra el discurso de inclusión y abrazo. Mierda porque nos hemos dejado timar por una maniobra política.

Evidentemente, Ciudadanos no debería aparecer en ninguna manifestación pública a favor del Orgullo por una cuestión de consecuencia con sus últimas acciones. Un partido que, con la intención de gobernar, es capaz de sentarse a la mesa con la extrema derecha, ha perdido cualquier tipo de credibilidad (si es que en algún momento la tuvo) respecto de su defensa de los derechos de nuestro colectivo. Hay algo que se llama principios y esos no son moneda de cambio, ni siquiera para llegar al poder.

Pero el hecho de que se les haya "atacado" les da pie para elevar el discurso victimista, para ponernos la etiqueta de intolerantes y para exigirnos la misma aceptación que venimos reivindicando. Creo que tienen todo el derecho a manifestarse como individuos, pero no como partido. No al menos esperando aplausos. No al menos esperando ser "abrazados por la diversidad". Pero les hemos puesto en bandeja un triunfo mediático. Ciudadanos ha hecho esto calculando el efecto y dispuesto a sacar provecho máximo de lo que ocurriría. Lo mejor hubiese sido dejarles e ignorarles, porque eso es el daño más grande que se les puede hacer. Un partido que juega a titulares en prensa lleva muy mal el silencio y la falta de atención. El vacío hubiese sido la mejor respuesta. Espero que aprendamos en Madrid y hagamos un agujero en la manifestación si es que aparecen. Ni siquiera pincharles un globo. Nada. Nada que les ponga fácil los titulares del día siguiente. Nada que les permita hacer discurso de tolerancia para cubrir su falsedad.

Confusión


Y de aquí me viene al pelo el tema que desde anoche (y que empecé a rumiar hace algunos meses) tengo pendiente abordar en mi blog. Dos publicaciones muy "buenrollistas" que circulan por las redes sociales y que acumulan likes y compartidos, pero que esconden mensajes que, al menos a mí, me resultan bastante peligrosos.

Este, si bien parece que "naturaliza" la diversidad, en realidad la esconde. Lo comenté ya en mi último post: "Estar con alguien, como pareja, no pertenece al ámbito privado. ¿Acaso no publicamos fotos de nuestro amor en las redes? ¿No nos casamos delante de 10 o 500 personas? ¿No presentamos a X como novix ante nuestrxs amigxs? Eso no es privado". 

La orientación sexual o la expresión o identidad de género no deberían permanecer escondidas detrás del concepto de "vida privada". Ser gay, trans o lesbiana no es asunto privado, sobre todo cuando lo soy las 24 horas del día y todos los días del año. Es público, es parte de mi ser, es buena parte de lo que soy, de lo que pienso y de lo que siento. No soy una máquina autómata creada para separar mi esencia de mi cuerpo. Por fortuna, vamos juntos a todas partes.

El peligro está en igualar la orientación sexual y la expresión o identidad de género con la vida sexual, con lo íntimo, todo teñido por supuesto de puritanismo, de pudor. Hay quienes hacen de su vida sexual algo no íntimo. Bien. Pero, en general, en nuestra sociedad pacata es un tema íntimo. Decir que me he ido con mi marido el fin de semana a la playa no es privado, como no lo es que alguien me enseñe las fotos de su boda o de la nueva novia de su hijo. Decir cómo, cuánto y dónde hemos follado es privado, a no ser que yo quiera voluntariamente hacerlo público. Pero esa decisión es mía y de nadie más. 

No quiero invisibilidad. No quiero que me digan "lo que hagas en la cama es cosa tuya". ¡Evidente! Es cosa mía lo que haga en la cama, en el suelo o en la mesa de la cocina. El tema es que yo, personalmente, soy gay en el autobús, en la calle, en mi trabajo, en el cine y en el bar de la esquina, mientras hago la compra, mientras limpio la casa y mientras bailo en la discoteca más marica del mundo. Incluso mientras escribo esto. Y eso no es privado.

Tema aparte es la redacción, la elección de conceptos y la ortografía. Una muestra más de ignorancia en estado puro que, junto a la naturaleza del mensaje, dan bastante lástima. 

Más confusión


El siguiente lo tenía guardado desde hace tiempo, desde el cacao de procesos electorales y las rencillas políticas de las que hemos sido testigos este año. Otro mensaje que parece muy coherente y que juega con el "valor" de la persona más allá de su pensamiento y de sus acciones.

Lamentablemente, como seres humanos tenemos que ser responsables y consecuentes. En mi caso, yo escojo a mis amigos por sus sentimientos y por cómo son, por sus acciones y por sus ideas. También por sus ideales. Y por esa razón no puedo tener amigos de Vox. Los tengo casi de todos los otros colores, pero no de Vox. Ni pretendo tenerlos. ¿Por qué?

Llamadme intolerante, pero me cuesta respetar a quien no me respeta. Me cuesta considerar persona a quien no lo hace conmigo. Me cuesta llamar amigo a quien afirma que necesito convertirme en lo que sus ideas representan en vez de aceptar como soy. Puede parecer incoherente con el discurso de aceptación, pero no lo es. Sospecho del nivel de privilegio de quien puede afirmar tal cosa. Yo, que soy la peor pesadilla de Vox, inmigrante, maricón y feminista, no puedo decirlo así, porque ser como soy me pone en peligro incluso en un país como España: me expongo a que me den una paliza en la calle, por ejemplo. O a que me acosen en el colegio o a que no me cojan para un trabajo.

Como miembro del colectivo LGTBIQ+ yo exijo aceptación e igualdad de derechos. Exijo respeto como ser humano. No pido a nadie que "deje de ser lo que es", sino que simplemente podamos compartir un espacio en la sociedad donde podamos coexistir. El discurso de Vox no busca aceptación, sino intolerancia. Llama al odio y a la polarización social. Quiere erradicar los valores de igualdad para imponer una "moral superior" que es excluyente, machista, homófoba y racista. ¿No les faltaba con atacar solo a gays, trans y lesbianas? No, van más allá. Mucho más allá.

Para mí es el mismo absurdo que compara feminismo con machismo. El primero defiende la igualdad. El segundo, mata. Las personas del colectivo LGTBIQ+ queremos derechos que nos corresponden como seres humanos, como parte de la ciudadanía. Vox nos los quiere quitar por ser como somos. ¿Amigos? No, gracias. Todavía me gusta ser coherente con mis ideas.

Y, volviendo al tema de Ciudadanos (y también ocurre con el PP), lo que pasa es que no han aprendido a actuar con coherencia y ser consecuentes. No se pueden abanderar causas progresistas y la defensa de los derechos humanos, mientras se sientan a la mesa a negociar con un partido como Vox con tal de llegar a tener una cuota de poder. ¡Es hacer el ridículo totalmente! Para la política, quizás, es una jugada magistral. No obstante, ante la sociedad, debería caérseles la cara de vergüenza. Y creo que ya está bien de reírles "la gracia". Bastante hemos tragado ya... Así que no, no. No se confunda.

¿Doble estándar o LGTBIQ+fobia?

lunes, 24 de junio de 2019

(El País)

Durante años hemos asistido a la narración de la vida privada, íntima y pública de las figuras del deporte. Sobre todo si son hombres. Sobre todo si juegan al fútbol. La prensa y las revistas del corazón han llenado páginas sobre las conquistas y rupturas de Cristiano Ronaldo, sobre la vida familiar de Lionel Messi o, recientemente, sobre la boda de Sergio Ramos. En el pasado, hasta nos enterábamos de algunas intimidades deslizadas por sus protagonistas o sus parejas, como pasó en alguna ocasión con David y Victoria Beckham. Pero, ¿qué pasa cuando El País publica una noticia sobre la visibilidad de algunas mujeres integrantes de la selección de Brasil en el Mundial Femenino de Fútbol? Las redes arden y las opiniones se dividen.

Entre lo más común, surgen comentarios como "A mí no me importa su vida privada" o "No me interesa con quien se acueste". Me atrevo a asegurar que quien afirma esto, ahora, en el caso de las mujeres de la selección brasileña, han consumido más de algún contenido de los que comentaba en el párrafo anterior. Incluso, tengo la osadía de afirmar que han hecho algún comentario al respecto, en la vida cotidiana o en sus redes sociales. ¡Hasta un tímido me gusta! Pero cuando se trata de visibilizar la diversidad, surgen todas las barreras. Y la lesbofobia. La LGTBIQ+fobia en general.

Primero, empiezan las comparaciones con el fútbol masculino, ese que copa casi toda la sección deportiva en cualquier medio. Que si solo se debe hablar de lo que ocurre dentro del campo y nada más. Para comprobar tal afirmación, entro en uno de los periódicos digitales sobre el mundo del deporte mientras escribo este post: 6 noticias sobre la "vida privada" de los jugadores más emblemáticos, y una de ellas es la cuarta más leída. Entre los temas, cambios en el cuerpo de una mujer, modelos, encuentros vacacionales y una anecdótica referencia a una novia muy presente. Esta mañana, uno de los medios digitales españoles más leídos llevaba en portada las imágenes de las vacaciones de un famoso futbolista. Y no recuerdo haber visto ninguna queja al respecto.

Segundo, aparecen los comentarios machistas y lesbófobos. "Todas las futbolistas son lesbianas" o "son unas machorras", se podía leer en Twitter. Eso muestra precisamente la necesidad de mostrar estas noticias para que, como pide alguien en la misma red, "dejen de ser noticia". Aspiramos a eso, sí. Pero claramente el camino es todavía largo y complejo hasta llegar al punto de que la vida privada, sea hetero o LGTBIQ+, no sea relevante en la carrera de nadie. Mientras sigamos separando en categorías y etiquetas al deporte, el cine, la literatura o la música, todavía tendremos deberes para un buen rato.

Mi primera reacción a la noticia fue decir que me fascina la visibilidad de las diversidades. Pero me surgió la inquietud: ¿por qué es noticia? Y sigo en esa dualidad. Por un lado, destaco la valentía y la naturalidad con la que se comparte esa vida privada, que en realidad no es privada. Estar con alguien, como pareja, no pertenece al ámbito privado. ¿Acaso no publicamos fotos de nuestro amor en las redes? ¿No nos casamos delante de 10 o 500 personas? ¿No presentamos a X como novix ante nuestrxs amigxs? Eso no es privado, no es vida sexual. Y ellas, en este caso, como cualquier otra persona en el mundo, son absolutamente libres de compartir su amor con quien quieran por la vía que quieran, ya sea Instagram o un programa de televisión. Pero, por otro, me genera esa inquietud espiritual el hecho de que sea considerado noticia algo que debería estar más que resuelto y superado; y, sobre todo, las reacciones que genera su publicación en ese mundo de trolls en el que se han convertido las redes.

(El Mundo)
La visibilidad y la naturalización son dos herramientas poderosas y necesarias. Y el hecho de que se hable de ello seguro que finalmente tiene una suma positiva. No por la exposición mediática en sí, sino por lo que puede significar para cualquier persona que tenga miedo todavía a hablar de ello o recién esté comenzando a entender qué le ocurre. Ahí está la foto de Carlos Peralta y Víctor Gutiérrez que revolucionó las redes hace pocas horas. Su beso también ha sido reflejo de las fobias vigentes en el deporte y de lo importante que es visibilizarse. Los argumentos eran prácticamente los mismos que se utilizaron en contra de las futbolistas de Brasil. Pero, curiosamente, ninguno de esos comentarios apareció en los post de la boda del año, entre Pilar Rubio y Sergio Ramos o en la noticia de las vacaciones de Ronaldo. Al final, la vida de las personas del colectivo LGTBIQ+ debe "ser privada", mientras las otras pueden pasearlas por los medios sin medida. ¿Un absurdo doble estándar o simple y pura LGTBIQ+fobia?

Le hemos fallado a una más, otra vez

jueves, 30 de mayo de 2019


Nos toca despedir a una mujer que se quitó la vida presionada por un antiguo vídeo de contenido sexual, una situación que viene a darnos en la cara como un golpe de realidad. Nos toca ver, una vez más, como la acción sistemática del machismo ha empujado a una mujer a tomar una decisión que seguramente hace unas semanas ni siquiera se pasaba por su cabeza. Nos toca ver, otra vez, que el machismo mata.

“Los hombres no somos capaces de tener un vídeo así y no enseñarlo”, soltaba el torero Fran Rivera en un programa de televisión con total convencimiento. Pobrecitos los hombres cisheterosexuales que no pueden controlar sus impulsos de sentirse superiores, de cantar sus hazañas, de celebrar sus conquistas, de orinar a su alrededor para marcar el territorio ganado. Esa frase resume lo más enfermo de la sociedad machista: asumir que los hombres son hombres (boys will be boys) y que lo serán porque sí, dejando su voluntad a merced de un cóctel de hormonas y socialización que resultaría irreversible, y que es la premisa fundamental que sostiene e intenta justificar la cultura de la violación, esa que pretende reducir a los hombres a seres hipersexualizados, incontrolables y a merced de sus deseos en contraposición a las mujeres, entendidas como objetos siempre dispuestos para su plena satisfacción, independientemente de la voluntad de ellas. Pero esta es una premisa engañosa que no puede seguir calando en la sociedad.

Lo primero es que un ser humano, independientemente de quien sea o cómo quiera ser leído por la sociedad, debe aprender a respetar su intimidad y la de los demás. Eso se consigue con educación, de calidad, universal, gratuita y laica. Nada tiene que ver con la religión, sino con la ciudadanía y el respeto de los derechos humanos. Tiene que ver con nuestra humanidad y con nuestra convivencia social basada en el respeto y la confianza. Tiene que ver con comprender y asumir que somos iguales en derechos, y que nuestras diferencias no nos posicionan arriba o abajo, sino al lado el uno del otro.

Lo segundo, es dejar de transmitir conceptos caducos sobre la masculinidad y la inevitable condición del hombre que lo llevará a ser un animal desbocado, dominado por su falocentrismo, hambriento de sexo y de violencia, y sabiéndose superior a las mujeres en todos los ámbitos de la vida. Justificar un proceso sociocultural de educación en el machismo –favorecido por las instituciones, la escuela, la sociedad, la literatura, los medios y la clase política– teniendo como base cuestiones del azar y de la genética, es tan absurdo como culpar a la “ideología de género” del aumento de la violencia machista entre la juventud, como sostiene el Foro de la Familia. La violencia machista aumenta precisamente por la falta de herramientas de vida en común, de respeto a la diversidad, de falta de contenidos y educación en igualdad, todas esas cosas que los sectores conservadores han intentado evitar en los últimos 15 años.

Lo tercero es dejar de victimizar a las mujeres por su vida sexual y su deseo. Tal como decía Barbijaputa en eldiario.es, “El porno de venganza no se entiende en el sentido contrario porque lo único que consigues difundiendo un vídeo sexual de un hombre es darle más puntos a su carné de masculinidad. No tiene sentido vengarse de un hombre viralizando contenidos donde mantiene relaciones”. Ellas siguen siendo señaladas y criticadas por vivir su sexualidad y disfrutarla, mientras que ellos son celebrados por sus hazañas. ¿Hasta cuándo mantendremos el doble estándar? Ella ha sido acosada por sus compañeros, ha sido buscada en su centro de trabajo para ponerle cara como la protagonista del vídeo compartido y reproducido en los móviles de los trabajadores de la empresa. Ella, que se quitó la vida agobiada por esa persecución, ha sido expuesta en los medios hasta la saciedad, convirtiendo en realidad su peor pesadilla: el escarnio público y ser la comidilla de los pasillos, las tertulias y los cafés. La confirmación de todos sus temores y la causa que la ha llevado a decidir quitarse la vida. No hemos aprendido nada y tenemos poca sensibilidad como sociedad.

En cuarto lugar, tenemos que dejar de fomentar, permitir o callar este tipo de comportamientos. Es una responsabilidad social responder enfáticamente para erradicarlos. Si nos llega un vídeo de este tipo, no lo compartiremos; además, si tenemos una vía adecuada, lo denunciaremos. Por supuesto, no callaremos tampoco. No compartirlo es una buena acción, pero responder y hacer ver al remitente su error y lo incorrecto de sus acciones, es activismo. Y muy necesario. Por supuesto, trabajaremos en nuestro entorno para que estos hechos no lleguen a ocurrir. Por una parte, siendo responsables y conscientes de lo que publicamos y compartimos, como sociedad. Por otra parte, borraremos la pátina que marca la diferencia entre hombres y mujeres en la expresión libre de la sexualidad y del deseo. Y propiciaremos los avances en educación sexual, educación cívica, responsabilidad, respeto, amor e igualdad, evitando que se sigan propagando ideas erróneas en la sociedad.

En quinto lugar, y volviendo a la nada brillante intervención de Fran Rivera, hay que dejar de culpabilizar a las mujeres. El torero hizo un llamado a niñas, adolescentes o mujeres para que no enviaran contenido erótico-sexual a sus compañeros, porque ellos no podrían jamás evitar compartirlos en sus redes. ¿De quién es la culpa? Primero, debemos dejar de ver la sexualidad y los cuerpos como una moneda de cambio, como un elemento de extorsión. Hay que perder miedo al desnudo y a la carne, porque eso le quita poder al chantajista y al vengador. Por otro lado, es evidente que si envías una foto o un vídeo íntimo te expones a que este pueda ser compartido a modo de venganza, de triunfo o de gracia, sobre todo en una sociedad donde, como decíamos, falta una cultura del respeto a la intimidad y la privacidad de las personas. Pero el hecho de compartirlo no debería poner a nadie en peligro –ni a hombres ni a mujeres– de ver su imagen en la prensa, en las redes sociales o en algún lugar público por ese “descontrol” masculino. Estamos fallando como sociedad y en este caso en particular le hemos fallado a una mujer, a una más, una vez más. Y eso es inaceptable.

Mi fallida (auto)terapia de conversión

jueves, 4 de abril de 2019

Mucho se ha hablado estos días sobre las terapias de conversión que el Obispado de Alcalá de Henares mantiene, a pesar de ser ilegales en la Comunidad de Madrid (y en muchos otros sitios). Yo mismo hacía referencia a ellas respondiendo a las palabras del Papa en el programa Salvados hace unos días, cuando hablaba de “actitud homosexual” como algo que “cuando se fija” no hay nada más que hacer, poniendo sobre la mesa su postura: ser LGTB+ es una decisión, un comportamiento que puede ser corregido.

Sin ánimo de trivializar el horror de las terapias de conversión ni quitar peso al sufrimiento de quienes han pasado por ellas, quería compartir algunos momentos de mi historia. No, nunca me tocó sufrir una terapia como tal, pero sí me tocó crecer en un entorno donde ser homosexual era una enfermedad, algo que estaba mal visto y que, por supuesto, echaba a perder todos los planes que tenían para mí y que me habían traspasado con mi educación. Además, sin referentes, todo lo que yo sentía no era más que un error, algo que necesitaba ser erradicado, escondido y enterrado.

Así que hice mi propia terapia –como ya he contado otras veces–. Mientras todo el mundo comenzaba con los amores de la adolescencia, yo me oculté bajo una coraza. Era siempre el buen amigo, pero nunca participé en una relación romántica. ¡Y mira que lo intenté! Bueno, intentarlo quizás no es la palabra correcta. Me “enamoraba” de mujeres inalcanzables, me “enamoraba” de mis mejores amigas (confundiendo cariño con amor), me “enamoraba” de personas que estaban a kilómetros de distancia. Pero nunca me permití enamorarme de un hombre. ¡No se me pasaba por la mente! Solo una vez tuve la idea de enamorarme de uno, pero nunca fue correspondido y me propuse olvidarlo rápidamente.

Me perdí años en esa coraza. Tanto, que durante mucho tiempo pensé que había perdido totalmente la posibilidad de enamorarme de verdad y ser feliz con alguien. Todo eso estuvo siempre bien oculto bajo una larga lista de manías y de requerimientos que ninguna persona sería capaz de cumplir, lo que explicaba mi soltería y me lo ponía más fácil ante la presión familiar y social.

No puedo decir que no fuera feliz estando solo. ¡Viví de maravilla! Salía con amigos y amigas, sin obligaciones ni rollos. El lado positivo de perderme esos primeros romances, es que me libré de los primeros dramas también. Pero también es cierto que esa felicidad era aparente. La soledad, a veces, es una compañera de viaje muy desgraciada. Y se pasa mal. Es triste no tener un abrazo, un beso, un gesto de cariño que no sea filial o fraternal. Es triste descubrir tu cuerpo y tu sexualidad bajo la culpa y el desconocimiento. Es triste tener miedo de tus propios sentimientos.

Intenté “reconducirlos” varias veces. Pensaba que lo que necesitaba era construir una familia, casarme con una mujer, tener hijos (varios) y trabajar de sol a sol para enterrar lo que sentía. Esa era la única salida que me dejaba una sociedad hostil y la ausencia total de historias de personas como yo. Pero siempre llegaba a la misma conclusión: era incapaz de someter a una mujer al sufrimiento de estar en una relación de mentira, como paracaídas que amortiguara mi cobardía para mostrarme al mundo tal como soy. Nunca podría haberla mirado a los ojos a ella ni a mis potenciales hijos sin morirme por dentro en una lenta agonía. Seguro que esa historia no hubiera acabado bien, de ninguna manera.

Supervivencia


Mis años cerca de la Iglesia, trabajando activamente, no sirvieron de mucho, porque, a pesar del compromiso, nunca pude dejar de pensar realmente en lo que sentía. Era gay. Sí, todo el día, todo el tiempo, toda mi vida. Como puse en Facebook hace un par de días, no recuerdo ningún día de mi existencia en el que no me haya sentido gay. El problema es que no podía ser feliz siéndolo, porque el mundo a mi alrededor me negaba cualquier futuro: estaría solo, perdido y condenado al infierno, en la vida y después de ella, por no ser capaz de controlar mis instintos. ¡Maldito control!

Lloré muchas veces de frustración por ser incapaz de dejar de ser gay. Mis (auto)terapias y mis horas de introspección no me conducían a ningún sitio. Por más que lo intentaba, siempre volvía a caer. Recuerdo que, desde pequeño, las pocas veces que salían dos hombres en una situación “romántica” en alguna película o serie, yo pensaba: ¡Qué maravilla! Me parecía que no había nada de malo en eso. El problema es que todos a mi alrededor se empeñaban en decirme lo contrario. No dirigiéndose a mí directamente, sino en cada comentario, en la selección de palabras, en sus reacciones de rechazo. Me avergonzaba de mí mismo por culpa de los demás, y eso es algo que nadie debería enfrentar nunca.

Por eso intentaba enamorarme y ser “normal” (¡cómo detesto esa expresión de normalidad!). En la universidad también pensé estar enamorado de dos mujeres maravillosas. Dos grandes amigas que, por suerte, conservo y adoro hasta hoy. Lo que sentía, en realidad, era una admiración profunda, una gran complicidad y un cariño infinito. Sobre todo era el instinto de supervivencia el que me movía a pensar en ellas de una forma romántica. Pero claramente no era amor. Lo comprendí años después, cuando realmente me enamoré. Cuando me enamoré de un hombre. Ahí entendí lo que era el amor. Por suerte, ya bien entrado en años para estas cosas, sin dramas y con mucha paz.

Es evidente que no puedo ni siquiera llegar a comprender lo que puede ser entrar en una de esas terapias de conversión. ¡Lo digo con todo el respeto del mundo! Pero, muchas veces no hace falta, porque si el entorno que se supone debe protegerte es hostil con tu esencia y no cuentas con nadie a tu alrededor para poder hablar, creo que la sensación de pérdida y la angustia pueden tener algo en común. 
Por eso, defiendo la visibilidad y la naturalización de la diversidad. Dada mi experiencia, no me gustaría que nadie tenga que pasar por lo que yo pasé. Que nadie piense que sus sentimientos están mal –y menos que alguien se lo haga notar– y, sobre todo, que ninguna persona sienta que está sola en este mundo, pero de verdad. Y de ahí mi compromiso con It Gets Better España para llevar ese mensaje de esperanza a todos los rincones, lo más lejos que podamos. Para que ese “Todo mejora” resuene por mucho tiempo.

Yo me atrevo a ser feliz

jueves, 14 de febrero de 2019


Una de las cosas más bonitas que nos han dicho como pareja en todos estos años fue una vez que mi marido y yo, entonces novios, nos encontramos en una de las esquinas de la Plaza de Cibeles, en Madrid. Para nosotros fue un encuentro más, pero lo que no sabíamos es que teníamos a un amigo presenciando la escena. Según nos dijo después, nos vio venir a ambos, cada uno desde su lado, hasta que nos encontramos, y tuvo la idea de acercarse a saludar. Pero se quedó abrumado por lo que describe, “como esos momentos en las películas cuando todo va a cámara lenta y parece que el mundo alrededor se borra y solo sirve de escenario para los dos protagonistas”. Para él, la escena fue emotiva por el amor con el que nos mirábamos venir el uno al otro y no quiso “romper la magia” e interrumpir ese momento. Recuerdo claramente el día, pero no consigo recordar tal intensidad… Quizás visto desde dentro era todo más natural. Además, creo que las emociones no deberían ser vistas como algo sagrado, sino como algo cotidiano. Supongo que solo pasa en aeropuertos y estaciones de tren o autobús, cuando la gente, por un momento, baja la guardia y deja que sus sentimientos fluyan.

Nunca olvidaré cuando dejé Chile para venirme a vivir a España, crucé todo el proceso de Policía Internacional llorando intensamente, después de despedirme de mi familia en el aeropuerto. ¡Y me daba vergüenza hacerlo! ¿Por qué? ¿Es más importante parecer duro y frío que mostrar la pena profunda que sentía por despegarme de mis raíces, de mis padres, mis hermanos, mis amigos? Creo que no. Muchas veces, cuando echo la vista atrás y pienso en todas esas contenciones emocionales, me da rabia (y la manifiesto). ¡Nadie debería negarme el derecho a sentir y a mostrarlo! No se trata de convenciones sociales, sino de control, de posiciones de poder, de imposición.

Cuando nos casamos, nos enteramos de que el padre de mi marido había comentado con sus amigos, todos hombres de más de 85 años, que nunca había visto una pareja que se quisiera tanto. ¡Fue una de las grandes sorpresas, porque a nosotros jamás nos había dicho algo así, ni lo ha hecho desde entonces! Algunos años antes de eso, una amiga me había comentado que quería a alguien a quien mirar y quien la mirase como nos mirábamos nosotros (y ya llevábamos juntos al menos 10 años, por lo que la explicación de la chispa inicial no tendría sentido…).

¿Tenemos la relación perfecta? Seguro que tiene muchas cosas magníficas, muchísimas más que negativas, por supuesto –si no, no estaría escribiendo esto–. Pero nunca he creído en las cosas perfectas. Nuestro día a día es verdad que resulta bastante cómodo y agradable. Prácticamente no discutimos nunca, y eso que estamos todo el día juntos. Somos autónomos y trabajamos en casa. Pocas cosas me gustan más en el mundo que pasar el rato con él: paseando, de viaje, en el cine, en casa haciendo maratones de series… 

Está claro que no somos la pareja más glamurosa ni estilosa del mundo, pero somos felices. ¿Por qué no lo decimos tanto? ¿Por qué no hacemos acopio de lo que significa hoy tener una pareja estable y feliz, y lo compartimos con el mundo? Recuerdo hace años a alguien decirme que jamás reconocería públicamente su felicidad y la buena pareja que tenía para que nadie tuviera la intención de quitársela. ¡Vaya ridiculez! Miedos absurdos o suposiciones inciertas. Y es que, muchas veces, damos las cosas por sentadas y nos olvidamos de conectar emocionalmente con nosotrxs mismos y con lxs demás. ¿Por qué nos cuesta decir “te amo” sin sentirnos cursis? ¿Por qué no abrazamos más ni decimos te quiero a nuestra familia, a nuestras amistades? ¿Por qué nos avergonzamos de mostrarnos vulnerables y exponernos ante el mundo con nuestros deseos, sentimientos y emociones? ¿Quién y por qué nos ha robado la maravilla de ser nosotrxs mismxs sin complejos?

No puedo pensar en otro culpable que la socialización, esa que se hace desde casa hasta el cole, desde la calle hasta el espacio de trabajo… en todos los espacios de interacción social y personal. ¿De dónde viene, entonces? Seguramente de la tradición cultural, religiosa y de una sociedad que, históricamente, ha intentado ocultar nuestro ser emocional –ni qué decir de casi eliminar el deseo y el placer– y ha apostado por valores como la valentía, el éxito, la fuerza o el poder. Sin entrar en esas lides, ha fomentado aquello que se siente “más masculino” y ha escondido deliberadamente aquellas manifestaciones consideradas “más femeninas”.

De ahí que nos viene todo esto. Pero no podemos dejar la responsabilidad en manos de otras personas, porque las emociones, pese a nuestra cultura social, están presentes. Las sentimos, las ocultamos, las reconducimos… ¿por qué nos seguimos haciendo esto?
Digamos “te amo”, aunque nadie nos lo diga de vuelta –argumento recurrente en series y películas románticas–. ¿Qué es lo que peor que podría pasar? Superemos el miedo a ser vulnerables: lloremos, riámonos, enamorémonos, enfurezcámonos… ¡Hagamos lo que nuestras emociones dicten! Parece fácil, pero a ver si os atrevéis a llorar en el Metro si os entran ganas… O a reír a carcajadas en medio del autobús, de la calle o de una tienda porque os ha entrado la risa. Más fácil aún: probad a sonreír en un vagón de Metro, a ver con qué cara os miran. Yo a veces lo hago simplemente para provocar. Hasta ahora, nadie me ha sonreído de vuelta, pero sí que me han mirado con cara de odio. ¡Yo me atrevo a ser feliz y a decirlo! De verdad, de corazón, no de postín para las redes sociales.