viernes, 24 de septiembre de 2010

Me río de los mejores lugares para trabajar

Hoy tendría muchas cosas que decir. Hay algunas personas a las que me gustaría decirles unas cuantas verdades. Pero estoy cansado de rumores, de cosas que se dicen, se comentan, se cuecen. Estoy harto del acoso, de las amenazas y de los "correveidiles". No tengo la costumbre ni las ganas ni la edad para este tipo de cosas.

Cuando crees que los demás son profesionales o, al menos, podrían actuar como tales, siempre acabas por sorprenderte. Negativamente, claro está. No, en vez de decir las cosas a la cara, es mejor utilizar todo tipo de mensajeros que tergiversan y desvían los hechos.

Lo único claro que saco de todo esto es que las etiquetas del tipo "best place to work" no son más que una mentira que únicamente intenta esconder lo peor de lo peor. Mira que he trabajado en empresas mediocres e indecentes (sí, he sido teleoperador), pero ninguna de ellas iba de algo que no era. No trataban de esconder su "hijoputez" en un maravilloso paraíso laboral donde todo son buenas intenciones. No, al menos eran sinceras: siempre te iban a putear cuando les viniese mejor. Pero la actual se llena de medallas por sus beneficios y logros, pero no es más que un disfraz para un concepto latifundista que ve al trabajador como un número esclavizado a su propia conveniencia.

Para que luego venga alguien y me diga que el concepto de empresario es una persona buena cuyo único fin es cuidar y motivar a sus trabajadores para aumentar la productividad y así crecer dentro del mercado, ganar más dinero y poder ofrecer todavía más puestos de trabajo para seguir creciendo. Yo me quedo con la versión resumida: persona buena cuyo único fin es cuidar y motivar a sus trabajadores para aumentar la productividad y así crecer dentro del mercado, ganar más dinero y poder ofrecer todavía más puestos de trabajo para seguir creciendo. Y agrego: sin importar a quien se llevan por delante. ¡Vergüenza debería darles!

miércoles, 22 de septiembre de 2010

¿¿??

Atención:
Gato

en psicoanálisis

(Advertencia en una puerta parisina...)

martes, 21 de septiembre de 2010

Otro Paris

En el último viaje a Paris no me sentí turista. Bueno, sí lo hice, pero de forma distinta. Puedo decir que apenas vi la torre Eiffel desde lejos, que no me acerqué al Arco del Triunfo, que vi el Sena desde otra perspectiva. Sin quererlo, evité la gran mayoría de los típicos lugares atestados de extranjeros y disfruté de la ciudad desde dentro, desde sus barrios más cotidianos, desde rincones escondidos y que vale la pena descubrir.

Conocí de cerca la Gare d'Austerlitz y el Jardín de Plantas que está al lado de la estación; el Viaduc des Arts y el Promenade plantée, en la Avenida Daumesnil, donde hay muchas tiendas de diseño, pequeños cafés y un paseo elevado con jardines para ver la ciudad desde otra perspectiva. Conocí algo de Malakoff, en el sur de Paris, con su mercado (versión dominical) y algo más. Pasé de nuevo por la zona de la Bastilla (sí, la de la toma famosa), pero esta vez hacia el boulevard de la Bastille, un paseo lleno de terrazas, barcos y gente disfrutando de los últimos días de verano en las terrazas, corriendo, patinando o en bicicleta.

Estuve en los alrededores de Montparnasse, paseando hacia la Grand Epicerie de Paris, un paraíso de delicatessen culinarias para delicia de los sibaritas, los cocineros y todo aquel que disfrute con las pequeñas maravillas de la cocina internacional, las especias, el chocolate, etc.

Conocí la Butte-aux-Cailles (que en mal francés suena como "la puta calle"), un barrio lleno de pequeñas calles, y mucha vida de restaurantes, bares y tiendas. Un té en la Mezquita de Paris fue un buen punto antes de conocer las Arénes de Lutéce, restos romanos en la capital francesa. También el boulevard Saint-Michel y la fuente en la que termina casi a orillas del río Sena. El Panteón de Paris, desde donde fuimos a cenar a un sitio pequeño y maravilloso: "L'Ecurie", buen representante de la comida local.

Además, paseamos cerca de la Gare de Lyon, de la zona del metro de Saint Jacques y por muchas más calles gracias a Lean y Sil que se convirtieron en magníficos guías de Paris, lejos de los grandes monumentos, pero permitiéndonos descubrir grandes maravillas. Gracias también a Cecile y compañía que, sumado a los anfitriones, convirtieron nuestro viaje en algo inolvidable.
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