
La manifestación del 19-J en Madrid -y en todas las ciudades de España y del mundo donde se replicó- es una muestra más del descontento general. ¿Por qué estamos indignados? Pues por muchísimas cosas: una desconfianza generalizada en los representantes políticos, en la banca, en aquellos "entes superiores" a los que llaman "mercados", que emulando a Von Trier, vienen a ser algo así como "el jefe de todo esto", ese aquel a quien no conocemos, no podemos identificar, pero que es el culpable de todos los males del mundo.
Wikipedia, súmmum de la sabiduría colaborativa, dice del mercado que es "cualquier conjunto de transacciones o acuerdos de negocios entre compradores y vendedores. En contraposición con una simple venta, el mercado implica el comercio formal y regulado, donde existe cierta competencia entre los participantes". ¿Es que aquellas transacciones se han vuelto en nuestra contra y nos quieren joder la vida? No. Las transacciones no son los culpables. Nosotros tampoco. Detrás de todo está la banca... El concepto de "mercados" se utiliza como un eufemismo abstracto para no poner caras y difuminar la culpabilidad de la crisis. Pero nosotros sabemos quienes son.
En una conversación telefónica alguien me decía que no se pueden exigir soluciones inmediatas. No, todos sabemos que el mundo no funciona así. La historia es un proceso social, político, cultural, económico, humano. Lo que queremos es que alguien genere un cambio, alguien que se atreva a levantar la voz desde el oficialismo, desde el Gobierno. Por eso el cántico de "que no, que no, que no nos representan", porque ninguno de los elegidos por votación popular ha sido capaz de golpear la mesa y decir basta.
Todo son un manojo de buenas intenciones, pero nada de acción. Y ya nos cansamos de los largos y densos discursos de la otrora reivindicativa izquierda, que no hacen más que recurrir a arengas manidas y populistas. Nos cansamos de la boca llena de libertades que ofrece la derecha, pero libertades aunadas con lo económico, dejando camino a esos "mercados" para que manejen la vida de todos a su antojo. Si es por eso que estamos como estamos, porque nadie ha puesto coto a su glotonería monetaria y nos han conducido hasta el agujero actual con total impunidad.
Como leí en algún sitio: ¿Por qué el enriquecimiento de los bancos es privado, pero la deuda es pública? Es de esas cosas que los "mercados" nos han intentado meter en la cabeza. Si no, preguntádselo a los islandeses. ¿A cuántas empresas han salvado los gobiernos de la quiebra? ¿A cuántos autónomos han rescatado? ¡A ninguno! ¿Cómo no vamos a estar indignados?
Veo cada vez más incompatible el concepto de Estado de bienestar con las aspiraciones libremercadistas. Control, regulación, respeto, humanidad. La vida no es de comprar, usar y tirar. La vida es de todos y todas, no solamente de aquellos que se pueden permitir pagar por ella. Pero vamos hacia allá. El modelo que se propone para la España de los próximos 5 años es precisamente ese: vender, privatizar, tener dinero momentáneamente y endeudar aún más a los ciudadanos, que tendrán que pagar por todo en el corto y medio plazo. La salud gratis será un bonito recuerdo; la educación pública se someterá a la concertada, aumentando la brecha sociocultural de las clases acomodadas y las trabajadoras; los derechos laborales serán -ya lo están siendo- vapuleados por las empresas. Adiós a la negociación colectiva, a los estatutos de los trabajadores... Adiós a tantas cosas que, cuando queramos darnos cuenta, serán páginas en los libros de historia. La lucha europea de tantos años por una sociedad más justa y equitativa es una batalla casi perdida.
Pero allí están y estamos quienes levantamos la voz, quienes levantamos las manos, quienes nos emocionamos al ver a la ciudadanía en la calle, quienes creemos que esto es un momento histórico que depende de nosotros, no de los otros, no de los demás, no de los de más allá. No somos perroflautas o desechos andantes como nos han llamado en cierta despreciable prensa. Mucho menos somos ilegales. Somos ciudadanos, personas, individuos, familias, trabajadores, soñadores, niños, jóvenes, adultos y viejos que queremos una vida digna, que queremos que se nos tome en cuenta, que queremos recuperar lo que se está perdiendo. No somos borregos y no nos callaremos. Las calles están para llenarlas, para expresarnos, así como las redes sociales y todos los medios de comunicación que tenemos a mano.
Muchos pensaron que el 15-M se quedaría en un episodio curioso de 2011. Las revueltas en muchos países no serían más que una cosa puntual, una anécdota para el recuerdo. No señor, aquí estamos, aquí seguimos y seguiremos. Queremos que se nos oiga, que se nos tenga en cuenta. Queremos cambios o la intención de modificar algunas cosas. Queremos vivir dignamente, queremos trabajar dignamente, queremos que el ser humano vuelva a ser el centro de la ecuación y no una variable a desechar en función de los intereses económicos de unos pocos.