Una de las cosas que más detesto de
las personas homófobas es la forma en la que encubren su rechazo hacia
la homosexualidad, realizado a través de "razones lógicas" que disfrazan
la verdad de lo que sienten. Con el tema del libro de Nicolás tiene dos papás,
que causó un gran revuelo en la prensa y en la sociedad chilena, y el
Pacto de Unión Civil (PUC), la figura recién aprobada en el Parlamento y
que permitirá el reconocimiento de la vida en común de parejas
heterosexuales y homosexuales, muchas de estas personas han quedado en
franca evidencia.
No
obstante, lo hacen siempre desde una posición de superioridad moral,
legal, social o cultural, pero ocultando la base de su pensamiento: no
aceptan la homosexualidad como tal, pero temen decirlo para no ser
políticamente incorrectos ni parecer retrógrados. De ahí a que algunos
hayan calificado al cuento infantil de "mentira constitucional",
recurriendo a un resquicio pueril para decir que "como la historia
engañaba a los menores (porque legalmente no está reconocida la adopción
por dos hombres, entonces era imposible que Nicolás tuviera dos papás),
debía ser retirada y prohibida. Muchos y muchas se asieron a ese
endeble clavo como si en ello se les fuera la vida.
Con
el PUC ha ocurrido lo mismo. El menosprecio hacia un triunfo legal que
muchas personas demandaban en Chile, proveniente desde aquellos que
tienen una posición privilegiada (la de las parejas reconocidas
civilmente, porque tienen la vida resuelta en cuanto a derechos,
protección, herencia, etc.), confirma mi sensación (que obviamente no es
certeza, porque no estoy dentro de la cabeza ni del corazón de nadie)
de que todavía queda mucho camino por andar para que las parejas del
mismo sexo vean no solo reconocidos sus derechos, sino también validados
y legitimados por una sociedad que todavía vive entre el pacatismo y la negación, y en el egoísmo de la "generalización "normalizad(or)a.
La
sociedad, como buen conjunto organizado de individuos, debe aceptar,
asumir y proteger a todos sus miembros. Hoy más que nunca debe hacerlo,
cuando en países como España avanzan los índices de pobreza y se
recortan derechos sociales; o en países como Chile, donde el modelo
existente sigue profundizando una brecha social, económica y cultural en
base al lugar y a la posición en la que se nace (que no es otra cosa
que una fuente de futuros conflictos sociales y de serios problemas
nacionales que pueden explotar en los próximos años).
Por
eso es relevante la educación en general y la cívica en particular, la
de la Ciudadanía; esa que enseña los valores de respeto y tolerancia
basándose en principios sociales y no en creencias religiosas; esa que
comprende la diversidad del ser humano y la acepta, la acoge y la
promueve, en vez de permitir y promover la dominación o el sometimiento
de unos sobre otros (creyentes sobre no creyentes, hombres sobre
mujeres, blancos sobre negros, etc.).
No
se trata de la imposición de una filosofía particular, sino de aprender
a convivir con los demás, por el simple hecho de ser personas, sin que
sea relevante (porque realmente no lo es) su profesión de fe, su
posición social, lo abultado de su cuenta bancaria o con quien duerme al
lado. Es el reconocimiento y respeto de los derechos humanos que nos
son inherentes a todos y que nadie, NADIE, debería poder violar ni recortar.
Y
vuelvo con esto a un argumento recurrente en mis últimos posts: si se
me considera un ciudadano para pagar impuestos, para cumplir con ciertos
deberes constitucionales o mandatos legales, ¿por qué no se me
considera un individuo en igualdad de condiciones al momento de ejercer
mis derechos de unirme civilmente con otro adulto con pleno
consentimiento? (Nota: no voy a caer en el juego de que el paso
siguiente a la unión homosexual es aceptar la pederastia, porque es una
línea argumental absurda y pueril, como cualquiera de los resquicios
comentados más arriba).
Vale que el PUC no es el equivalente a un "matrimonio" –una institución que se sacraliza en boca de los homófobos encubiertos–,
pero es la forma en la que mi novio y yo podemos "celebrar" nuestro
reconocimiento legal como pareja, sin tener que ser sometidos al vapuleo
moral de quienes se sienten con la capacidad de menospreciar nuestro
amor y nuestro compromiso. He ahí su valor. Y, aunque mejorable, es un
primer paso digno de reconocimiento, que no se merece el desprecio de
nadie. Aunque solo sea por respeto...
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