Saudade

lunes, 25 de junio de 2018


Mi primer viaje a Lisboa está en la zona de los recuerdos felices en mi memoria. Incluso, a pesar de que pagué la "turistada" de ser engañado por un taxista indecente que me cobró el doble de la tarifa. Pero a las 7:30 de la mañana, habiendo dormido poco y en una lengua que no controlo, no tenía ganas de discutir. Superado ese impasse, todo fue fenomenal. 

Descubrir los rincones de la ciudad me llenaron de emoción y me recordaban las meriendas en casa de mis padrinos, en el campo del sur de Chile, donde un sobrino de ellos contaba los paisajes maravillosos de Portugal, mientras yo soñaba con algún día conocerlos mientras me zampaba un pan con manjar blanco, un dulce de leche denso y empalagoso que mi madrina preparaba con frecuencia.

En uno de mis paseos por Lisboa, escuché una música que a mí me pareció fantástica. Era un fado que parecía flotar en el ambiente y transportarme. Eliminaba el ruido de las calles y de la gente, y llenaba mis oídos de añoranza. Me acerqué al quiosco desde donde salía la música y como pude pregunté qué era lo que sonaba. "Katia Guerreiro", me respondió, mientras me mostraba un CD. No resistí la tentación y lo compré sin pensarlo. De eso han pasado prácticamente 11 años.

Desde entonces, atesoro su música y cada cierto tiempo hago un repaso por sus canciones que canto en un portugués grosero e inventado, pero que yo siento mío. Intenté verla en 2009 en El Escorial, pero al llegar allí nos enteramos de que el concierto había sido cancelado. En los viajes a Portugal la buscaba, pero el destino era perverso: unas veces estaba en Francia de gira; otras, si yo estaba en Porto, ella estaba en el sur; otras más, si yo estaba en el Algarve, ella cantaba en el norte... y así.

Dice que ha tocado tres veces en Madrid. La primera no la tenía ni registrada en mi cabeza. La segunda, me enteré al día siguiente del concierto. Y la tercera, por fin, supe a tiempo y pudimos comprar las entradas. Tal como escribí en Facebook fue una noche absolutamente mágica.

Ha sido un concierto espectacular de principio a fin. Su voz llenaba el Teatro Nuevo Apolo sin necesidad de grandes orquestas ni artilugios. Apenas cuatro estupendos músicos (guitarra clásica, dos guitarras portuguesas y un bajo acústico) para pasearnos por fados pasados y presentes, poemas e historias de amor y desamor. Magia pura. Y su versión de Gracias a la vida fue simplemente fantástica.

Salí flotando del concierto, con ganas de más. Ya tenía los primeros síntomas de saudade: de escuchar a Katia, de Lisboa y de Portugal entero. ¿Se me pasará pronto? No sé, ahora no hago más que repetir sus discos mientras duermo la siesta, me ducho o cuando me pongo al sol.



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