Como debe ser

lunes, 21 de agosto de 2017


Resulta muy liberador poder hablar de mis sentimientos sin pensar en que quedaré en evidencia. Me tomó muchos años poder hacerlo y creo que estoy en todo mi derecho de poder compartir el amor que siento por mi marido con mi familia y mis amigos. Salir del armario fue una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

Pero el proceso no ha sido fácil. Primero, fue complicado para mí entender lo que me pasaba y lo que sentía. En realidad, lo tenía claro, pero entraba en conflicto con todo lo que el proceso de socialización en el colegio, en casa y en mi ciudad me había enseñado: los hombres no se enamoran de hombres; y, si lo hacen, deben permanecer en silencio, aislados, solos para no caer en la tentación ni en el pecado.

Segundo, hablarlo con mi familia y mis amigos fue un paso, si bien magnífico en el resultado, muy duro y agobiante. Eso sí, volvería a pasar por ese proceso una y mil veces... todas las que hicieran falta para poder estar en paz conmigo mismo y con los demás.

Tercero, después de años de esconder mis sentimientos o, incluso peor, de anularlos por completo, me di la oportunidad de enamorarme. ¡Mi adolescencia llegó tarde! Hasta pasados los 25 años no había tenido ninguna relación amorosa ni le había dado un beso apasionado a nadie. ¡Un cuarto de siglo perdido! Toda esa etapa de la adolescencia, de los roces, de los besos, de las miradas, me fue negada por un entorno hostil, represivo y conservador. Ser homosexual en Talca en aquellos años no era algo deseable para nadie.

Este último punto es uno de los que recuerdo con más tristeza: a la soledad de sentir y sentirme diferente, se sumaba la imposibilidad de disfrutar una etapa inolvidable de los años del cole. Mi mundo interior se cerraba cada vez más y el muro que construí a mi alrededor para protegerme me costó mucho derribarlo. No compartía cosas con mis padres, no tenía a nadie con quien pudiera hablar de lo que me estaba pasando...

Pero ahora, a mis 40, vuelvo con el corazón contento de Chile. Una de las cosas que más me impresionó durante el viaje fue la actitud de mi madre. Hace 10 años, y ella lo sabe, jamás hubiera presentado a mi marido como tal. Esta vez, a quien tuvo la oportunidad, les dijo: este es mi hijo Tomás y su marido. ¡Sorprendente cambio! Lo que más me fascina de todo es que ha sido un proceso que ha hecho ella sola simplemente desde el amor. Y yo se lo agradezco en el alma. Me hace bien saber que ella lo siente así y que es capaz de verbalizarlo... no sé todavía si con orgullo o simple aceptación. Pero lo hace y a mí me alegra la vida.

Después de tanto tiempo escondido, poder compartir con ellos mi vida, mi felicidad, mi matrimonio..., y también poder hacerlo con otras personas ajenas a mi familia, es algo muy importante para mí. Y no pienso en el juicio que haga cada uno al escucharme, sino que, egoístamente, solo pienso en la maravillosa posibilidad de hablar de mi relación con total naturalidad, sin miedo, sin ansiedad, sin complejo, como debe ser siempre.

Ella

miércoles, 29 de marzo de 2017

Puta. Zorra. Perra. Maraca... Casi siempre los insultos o las connotaciones negativas de las palabras están en femenino. ¿No te habías dado cuenta? Lee este artículo y seguimos hablando... Sí, el español como idioma es muy machista.

Pero la cosa no acaba aquí. En Chile, vaya a saber uno por qué, se utiliza la expresión "ella, la..." para hacer burla de otros, independientemente de quien seas. Por ejemplo, si dices algo más sesudo: "Eeeeeeeeella, la culta". Si dices que eres bueno en algo: "Eeeeeeeella, la experta". Si pones una foto en la que sales bien: "Eeeeeeeeella, la guapa". Y así, hasta el infinito.

¿Por qué utilizamos el femenino para reírnos de los demás, como si lo femenino fuese algo malo? Precisamente planteé esta pregunta en un foro de Facebook donde hubo dos comentarios similares en cuestión de pocos minutos, y me respondieron "que no era el caso" y que "podía ser, pero que solo lo hacían para reírse". Vamos a ver, eso lo entiendo. Yo también lo he hecho, porque crecí en ese entorno. Pero, con el tiempo, dejé de hacerlo. Y hace poco lo vi escrito en algún sitio y, desde entonces, llevaba pensando en el tema, hasta que su aparición me empujó a comentarlo.

El punto es que, gracioso o no (más bien no lo es), está claro de que es un indicio más de esos matices del lenguaje que siguen perpetuando un machismo rancio, aunque pase por broma inocente. Ella, la lo que sea no debería utilizarse como burla. Ni siquiera como un mal chiste. Solo deberíamos recurrir a esa frase para reafirmar una imagen positiva, un logro conseguido, un éxito, un triunfo...

Lo que más me extraña es que a nadie le llame la atención ni le haga preguntarse por qué "ella". Parece una tontería, pero ese comentario se graba en la mente, de nosotros y, sobre todo, de las futuras generaciones. "Ella" es algo malo, es motivo de burla, es razón para atacar a alguien... ¿Cómo hablar entonces de respeto e igualdad? Sí, una frase, un acto de micromachismo puede desbaratar todo lo construido hasta el momento y cada paso adelante que hayamos dado. Y no es exageración, es un hecho. Esos pequeños chistes no son inocentes e inocuos, y a la larga hacen mucho daño.

No obstante, aquí seguimos extendiendo esa idea, restándole importancia al lenguaje y, cada día que pasa, se siguen soltando lindezas como: “Eres una nenaza”, “esto es un coñazo”, “hijo de puta”, “los niños no lloran”, todas expresiones muy frecuentes y claramente machistas, como decía Mayte Rius en un artículo. Y razón no le faltaba... 

¿Hasta cuándo? Solo depende de lo que queramos para nuestro futuro.

Víctima

martes, 28 de marzo de 2017



A Nabila le arrancaron los ojos por ser mujer. Su cráneo y sus dientes estaban destrozados después de ser golpeada con una piedra. Nabila es madre de cuatro hijos. Nabila ha sido víctima de un acto de violencia. Nabila es una superviviente…

Hace casi un año, Chile se despertaba conmocionado por un caso de violencia de género que destacaba entre los demás por dos cosas: su brutalidad y porque ella sobrevivió. Nabila Rifo ha declarado esta semana en contra de su agresor, su expareja y padre de sus dos hijos, contando su experiencia de maltrato y agresiones.

Pero la defensa del agresor se aventuró en una serie de preguntas sobre la vida sexual y las preferencias de la víctima, como argumento para desprestigiar su testimonio y culpabilizarla del acto de violencia que había sufrido. ¿De verdad es eso posible? Sí, lamentablemente sí.

Incluso hoy, 28 de marzo de 2017, puede ocurrir algo así. Todavía se sigue culpando a la víctima de violación como fuerza tentadora ante el débil e hipersexuado macho; todavía hay quien se cree el mito que una mujer prostituida está ahí porque quiere, porque le gusta; aún perpetuamos comportamientos “masculinos” y “femeninos” desde la más tierna infancia; todavía normalizamos la cosificación del cuerpo de ellas y otros tantos comportamientos que transmiten mensajes erróneos a nuestras hijas e hijos.

Pensemos un momento en un cuento: él es el héroe, el príncipe valiente y aguerrido; ella, el premio que le espera a él después de su aventura… Parece inocente, pero no lo es. Ellos se educan en un entorno sociocultural donde ellas son algo que les corresponde, les pertenece, por ser hombres. Y esta es solo una pequeña muestra de lo que podemos encontrar en el currículo educativo, en el cine, la televisión, la publicidad, la música, la literatura… ¡Una historia sin fin!

La forma de luchar contra esto es la educación. Educación en igualdad, en respeto, en valores. Una educación que permita derribar estereotipos, ideas erróneas y construcciones sociales basadas en un patriarcado que ha hecho mucho daño. Tanto, que pensamos que Nabila puede ser menos víctima si ofrecemos evidencia de que tenía una vida sexual activa, de que había tenido o tenía más parejas… ¡¿Qué más da?!

Independientemente de la vida que haya llevado, Nabila, como muchas otras mujeres, no quería que le arrancasen los ojos ni que la golpeasen repetidas veces. Su vida sexual, activa o no, diversa o no, excitante o no, no debe utilizarse como una forma de restar crédito ni para reducir su condición de víctima de una agresión brutal que merece castigo... ¡Su pasado no puede funcionar como un atenuante para la condena de su maltratador!

Pero Nabila es mujer y no tiene grandes recursos. Y eso, lamentablemente, todavía parece ser un delito más grave que el cometido por un agresor despiadado.

Nadie se merece un trato tan poco humano

viernes, 3 de marzo de 2017


Mucho se ha dicho y escrito, en uno y otro sentido, en cuanto al autobús que recorre las calles de las principales ciudades españolas con el mensaje "Los niños tienen pene y las niñas tienen vulva. Que no te engañen", en respuesta a la campaña de Chrysallis "Hay niñas con pene y niños con vulva. Así de sencillo. La mayoría sufre cada día porque la sociedad desconoce esta realidad", en favor de la visibilización del colectivo trans.

No voy a entrar en el análisis profundo de una campaña mezquina, ignorante y que incita al odio, porque no quiero hacerlo. Pero sí tengo que comentar algo que me ha dolido mucho: la reacción en redes sociales de algunas personas que se preguntaban cuál sería la respuesta de quienes, como yo, exigimos tolerancia y respeto.

Me parece un golpe muy bajo plantear siquiera esta idea: exigir tolerancia y respeto hacia el colectivo LGTBI+ no es comparable a incitar el odio a través de una campaña como esa. Efectivamente, exigimos su retirada. Pero no porque su pensamiento sea contrario, sino porque es una campaña sucia, desinformadora, que niega una realidad vigente y que, además, promueve la intolerancia, el odio y el ensañamiento con el colectivo trans que ya, de base, lo tiene mucho más complicado que cualquier otro en una buena parte de los ámbitos de la vida.

Por ponerlo más fácil: explicar que existen personas trans y que efectivamente hay niños con vulva y niñas con pene, no hace daño. No pervierte ni fomenta nada. No daña, no hiere, no segrega. Al contrario, visibiliza una realidad y la hace cotidiana, siempre dentro de su proporción minoritaria. No la extiende porque no es una plaga. No contagia porque no es una enfermedad. En cambio, la reacción que se ha generado sí que busca precisamente la intolerancia, la invisibilización y la negación. ¿Se entiende la diferencia?

Además, comentarios como "yo no estoy de acuerdo con la transexualidad" son casi tan ridículos como decir que "no estoy de acuerdo con los zurdos" o "no entiendo a las personas que tienen ojos azules". La orientación sexual y la identidad de género deben dejar de ser entendidas como "opciones" (de ahí lo erróneo de hablar de "opción sexual"). Nadie; repito, nadie ha escogido ser una de las “letras” del colectivo LGTBI+. Simplemente lo somos porque lo somos, sea una cuestión mental, genética o “ambiental”. Y eso, con o sin campañas, no cambiará quienes somos.

No obstante, podemos sensibilizar a la gran mayoría para comprender distintas realidades que, aunque minoritarias, están presentes en el día a día de nuestra sociedad. El problema no viene del hecho de que seamos intolerantes con la intolerancia ni que impidamos la expresión libre de pensamientos contrarios. Cada persona es libre de pensar lo que quiera, pero siempre que ese pensamiento no haga daño a nadie. Ejerza su derecho a pensar libremente, pero hágalo con respeto y con amor. Y, si no consigue pensar con respeto y amor, mejor guárdese sus pensamientos para sí mismo.

Que yo me exprese como gay a usted no le afecta. Puede gustarle o no, evidentemente; pero no altera su vida ni provoca un daño social (que es el argumento de muchas personas que sí buscan imponer su criterio de manera universal). Mi vida como hombre gay, así como la vida de una persona trans, no envenena a nadie ni incita al odio. 

Pero una campaña nefasta como la de este autobús, radicaliza a la sociedad y fomenta el rechazo hacia el colectivo trans, lo invisibiliza y busca restarle el derecho a expresarse libremente. Procura negar la posibilidad de la “vida buena” a una minoría todavía muy invisibilizada a través de algo tan oscuro y retorcido como el odio, el rechazo y el miedo. Y nadie se merece un trato tan poco humano.