El trabajo no te da la vida, solo es una parte de ella

miércoles, 23 de marzo de 2016

 
En España (y en muchas partes) hay una tendencia al "calientasillismo" y a la falta de productividad. Siempre he sido muy puntual, productivo y organizado con el trabajo, con lo cual, cuando llega mi hora de salida, recojo y me voy. Mucha gente me decía: "¿Pero cómo te vas a ir si el jefe todavía está?". Y yo respondía: "Ese no es mi problema. Yo he cumplido rigurosamente con mi horario y mis tareas. Si él no lo hace, allá él, pero yo me voy a mi casa (o donde sea fuera de ahí)".
 
Siempre era el primero en la oficina (o de los primeros). Incluso había días en que estaba todo apagado al llegar. Organizaba mis tareas del día, las hacía y, luego, me dedicaba a gestionar, preparar, diseñar, ordenar, etc., todo lo que iba a necesitar para los próximos días, semanas o meses. Y es que siempre he sido de la filosofía de que si me contratan para algo es para trabajar. Todo lo demás es un añadido.
 
Desayunaba con los compañeros de trabajo, porque también es un espacio necesario para poner en común, conocerse, aprender de los demás, confiar... Pero el desayuno, aunque muchos y muchas no lo crean, no es un derecho, sino una concesión que se hace a los trabajadores. Pero cuidado, porque no está establecido en ningún estatuto ni convenio. No sigo por ahí, que me desvío del tema.
 
Hace años llegué a un trabajo nuevo. Al empezar, todo el mundo casi que me daba el pésame porque era una carga tremenda, agotadora, etc., y que la persona que estaba antes de mí se pasaba de sol a sol, sin levantar cabeza. Me asusté, claro. A los dos días, una vez teniendo medianamente claras mis funciones y mis posibilidades, me dí cuenta de que me demoraba entre 30 y 60 minutos en hacer el trabajo base: subir documentos, organizar cursos, responder correos y mensajes, llamar por teléfono, contactar autores y tutores, preparar futuras ediciones, organizar documentación, imprimir diplomas, etc. 
 
El resto del tiempo, que era mucho, lo dediqué a organizar, ordenar y a aprender a hacer lo que tenía que hacer. A revisar correos electrónicos, historiales, tendencias; a organizar tablas de Excel a un formato adecuado (es un TOC profundo el que tengo respecto a esto), a conocer qué se hacía en la empresa, etc. Y hacía todo eso, porque si bien la práctica de leer el periódico o las revistas y suplementos, pasarme de mesa en mesa haciendo vida social o bajar a comprar a El Corte Inglés en horario laboral, no me parecía lo más correcto. Como decía antes, si me contrataron era para trabajar y todo lo demás estaba fuera de nuestro "convenio".

Quizás para algunos peco de despreocupado, pero creo que la mejor forma de hacer y de aprender es haciendo. Si te equivocas, no pasa nada. Al menos en mi trabajo, que no soy controlador aéreo ni policía. En ese entonces trabajaba en un entorno de formación y, lo más grave que podía pasarme, era que un PDF no estuviese. ¡Ya ves tú! Lo ideal es que estuviera en su sitio, por supuesto, pero su "ausencia" no generaba una cadena de desastres ni atentaba contra la vida de nadie.

Y creo que eso es fundamental: poner en perspectiva lo que hacemos y las repercusiones que tiene. Muchos nos daremos cuenta de que, en el fondo, somos absolutamente prescindibles y que el mundo sigue girando igual con o sin nosotros. Es verdad que con la crisis se ha generado una suerte de necesidad de aferrarse al puesto de trabajo, pero eso no debería implicar hacer un 20% o 30% más de tus horas de trabajo cada día sin ninguna recompensa, o aceptar cargas inhumanas para una única persona. He visto como a amigos y amigas les ponían a hacer el trabajo de 2 o 3 personas, simplemente porque la empresa había recortado a una buena porción de la plantilla.

Está bien que uno como trabajador comprometido arrime el hombro y acompañe al resto en un proceso de "vacas flacas", pero de ahí a la explotación sostenida y permanente, hay un paso muy pequeño. ¡Lo he visto y lo he vivido! No me lo han contado ni es producto de mi imaginación. 
 
Tenemos que aprender a poner los límites entre el yo profesional y el yo privado, ese que tiene familia, pareja, amigos, conocidos, que tiene derecho al ocio y al descanso. Y no es por escaquearse de los deberes ni de hacer menos cosas. Se trata de hacer lo justo (en cuanto a justicia, en el sentido de cuáles son las funciones para las que se me paga), de hacer lo necesario para lo que nos han contratado, de cumplir con los deberes y de aportar, cuando sea posible, con experiencia y conocimientos (que para eso hemos estudiado y trabajado). Y de arremangarse y trabajar duro en momentos puntuales en que sea necesario. Pero cuando esos "momentos puntuales" se transforman en "permanentes", es que la organización está claramente funcionando mal, falta estructura, y la delegación y distribución de tareas no son las adecuadas.

Soy un enamorado del trabajo y creo que no podría vivir sin hacerlo, pero también soy un enamorado de mi vida y de mi gente, y tengo muchísimo aprecio por mis tiempos de ocio. Por eso este cuadro es muy importante conocerlo y aprenderlo. Es realmente lo que le da valor a la vida lo que estamos dejando de lado cuando nos dejamos consumir como "un número más" en vez de ser apreciados como las personas trabajadoras que somos.

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