¡Qué manía con la idea de reproducirse!

jueves, 28 de enero de 2016


No, no estoy en contra de ampliar las familias y de que tengáis hijos... ¡Todo lo contrario! Pero estoy hasta el moño de que uno de los comentarios habituales de mi página de Facebook es el de "Dios dijo que el hombre se reprodujese con mujeres, no con hombres".

Primero, si llegase a intentar reproducirme con mi marido, es porque a los dos nos faltarían unos cuantos hervores u horas de sol, y probablemente seríamos potenciales pacientes de una institución mental. O sería un plan que, obviamente, resultaría un auténtico fracaso. Por más que lo intentásemos, seguro que no obtendríamos un bebé en el proceso.

Segundo, la idea de que el sexo es meramente reproductivo y no por placer, por diversión, por juego, por intimidad, por cariño, por atracción o por cualquier otra razón, me parece ya bastante añeja. La idea de la sábana con el agujerito y la visión de la mujer como fábrica de hijos está un poco pasada de moda. Hoy el sexo se disfruta y las personas somos libres de tener hijos o de no tenerlos.

Tercero, vuelvo a repetir que la idea de la religión es cuestión de cada uno. Si a ti tu dios te dice que no lo hagas, pues no lo hagas. Si a ti el duende verde del bosque te dice que saltes en un pie, pues salta en un pie. Si a ti el gotelé de la pared te dice que le sigas, síguele... Haz lo que sea, pero que sea cuestión tuya y no de los demás. Si no quieres tener sexo por placer, allá tú. Si no quieres tener sexo con hombres, ¡no lo tengas! Nadie te obliga. Pero deja a los demás que tomen decisiones por sí mismos.

Cuarto, sigo pensando que, en el hipotético caso de que quisiéramos tener hijos, seríamos unos padres estupendos que llenaríamos de amor a quien estuviese a nuestro cargo. Si quisiéramos tenerlos, claramente buscaríamos otras alternativas, que no son la reproducción habitual. Somos gays, no somos tarados...

Quinto, me resulta fascinante ver como me lanzan el mensaje cristiano de "Dios dijo...", entre insultos y frases peyorativas. ¿No es ese mismo Dios es que hablaba de amar al prójimo, del perdón, de la misericordia, del respeto, del amor, etc.? No sé a vosotros, pero a mí me choca ver cómo se estrella su propio argumento en menos de 3 líneas y me viene a demostrar, una vez más, que la religión se esgrime y se adapta a las necesidades de cada uno, pero el mensaje completo, generalmente, se pasa por alto.

Sexto, sigo sin comprender muy bien por qué la gente se siente con el derecho y el deber de insultar a otros a través de las redes sociales. Estoy seguro de que el 99% de ellos y ellas jamás se atrevería a hacerlo cara a cara. ¿Por qué esa sensación de impunidad a través de las redes sociales? El respeto y la buena educación deben demostrarse incluso más en este tipo de situaciones, donde faltan tantos componentes de la comunicación (la tonalidad, los gestos, etc.). Sea civilizado y civilizada en sus interacciones en Internet. Nunca se sabe lo que puede pasar en el futuro...

Mujeres, hombres... y el abismo con el que quieren separarnos

miércoles, 27 de enero de 2016

 

“Soy bien hombre para mis cosas” y “Los niños no lloran… no seas niñita”

¿Qué es ser “bien hombre”? Podría llegar a elucubrar sobre lo que significa ser “buen” hombre, pero “bien”, no lo consigo. Yo me siento hombre, tengo cuerpo de hombre y cabeza de hombre. Tengo barba, pelo en el cuerpo y casi nada en la cabeza. Tengo las manos grandes, espalda ancha, piernas firmes y calzo un 45. Estoy pasado de peso, pero eso no me hace menos hombre, aunque sí gordo. Mi voz es grave y puedo hacerla todavía más grave si quiero. Quizás mi problema es que me gustan los hombres más o menos como yo, que se sienten cómodos en su cuerpo y en su esencia. Pero eso no me hace menos o más hombre. Simplemente me deja igual: siendo hombre. ¿O acaso si te gustan las manzanas eres más o menos hombre? ¿Si no te gustan los gatos o las arañas, también incide en tu identidad?

Pero vamos a que es ser “bien hombre”. El concepto de “macho” asociado a esa idea es de un ser bruto, despreocupado, abusivo y violento, que no repara en las pequeñas cosas –esas destinadas a la mujer, según algún manual que nunca hemos leído, pero que se dan por entendidas y se transmiten desde edades tempranas en casi todos los procesos de socialización–. El hombre no plancha, no hace su cama, no juega con muñecas, no baila, no se ríe, no llora, no canta…, una larga lista de noes que asustaría hasta al más valiente, cercenando de raíz cualquier atisbo de humanidad en los “bien hombres” y dejándolos desprovistos de la capacidad de expresar sentimientos más allá de la camaradería, la fuerza bruta y la desidia por todo aquello que nos de machos.

Triste vida lo de ser “bien hombre” si de eso se trata. Seres truncados hasta lo más profundo, con carencias para dar y recibir afecto, con sueños frustrados e ideales trastocados que, seguro, y sin saber muy bien por qué, transmitirán a las nuevas generaciones. Como si con ellos no hubiese sido suficiente…

Los sentimientos son del ser humano, de todos nosotros. No pertenecen únicamente a hombres o a mujeres, sino que son universales. Entrar en cualquier clasificación es, inmediatamente, establecer un ranking de emociones que resultaría tan arbitrario como erróneo.

“Deja de ___ como una niña” y “Aprende a ___ como hombre”

La base de estas dos ideas es que los hombres molan y las mujeres no. Que los niños son lo más y las niñas, lo menos. Que ellos son más listos, más fuertes, más atractivos, dominantes, líderes…, mientras ellas son serviciales, dominadas, subordinadas.

Es cosa de mirar los juguetes (superhéroes para ellos y princesas para ellas) o las temáticas que dominan los productos destinados a cada uno, más allá del azul y el rosa: viajes al espacio, piratas y aventuras, vaqueros y soldados para ellos; nubes, unicornios, tonos pastel, aseo y cocina para ellas.

Ellos eruptan y se tiran pedos, pero ellas "no tienen espalda" ni huelen mal; ellos son brutos y ellas son suaves y delicadas; ellos tienen vigor y virilidad, son activos; ellas son pasivas y sumisas... Y esta estigmatización la transmitimos, inconscientemente o no, generación tras generación, porque hay cosas que son de niños y otras que son de niñas, según dicen. Incluso hasta en las carreras profesionales se produce esta situación: ellos son ingenieros, ellas son maestras de Infantil. Raro resultaba ver hombres en el área de Humanista, aunque no éramos pocos; por supuesto, la mayoría de mis compañeros de colegio estaban en Ciencias y Matemáticas. Cuando mi hermano entró a la Universidad, la proporción de hombres en Ingeniería era superior al 90% o 95% respecto de una absoluta minoría de mujeres.

Con esa dinámica, ellos son médicos y ellas, enfermeras. Ellos son pilotos y ellas, azafatas. Y aunque nos choca cada vez menos que haya una “transgresión” en el ámbito laboral, todavía hay muchos y muchas que se resisten a aceptarlo y automáticamente añaden la coletilla: “seguro que es gay si es enfermero”; “Ella no será capaz de resistir la violencia y la agresividad de una guerra”, etc.

Esa es la batalla de los sexos que hay que luchar: la de acabar con la estupidez y comprender que la sociedad es de todos y que todos y todas tenemos derechos a blandir espadas (o drones) o a bailar danza contemporánea en mallas ajustadas si eso es lo que el cuerpo y el corazón nos piden. Y ninguna de esas decisiones nos harán más o menos hombres, o más o menos mujeres. Pero sí nos harán mejores personas mientras aprendamos a vivir honestamente con nosotros y en respeto con los demás. Así es como se construye una sociedad sana.

“Hijito de mamá”

Si bien creo que se oye cada vez menos, nunca he entendido muy bien la idea de “hijito de mamá”. Pues claro. Me parece una obviedad que, por supuesto, se ha cargado de machismo y de negatividad a partir de ideas erróneas. Hijo de mi madre y de mi padre, a mucha honra. Dos personas íntegras y amorosas, educadas y correctas, honestas como pocos. Todo lo demás que se achaca a ser “hijito de mamá” puede ser producto de la timidez, de una madurez temprana, de una falta de interés en las actividades “habituales” para un niño de la edad que sea, etc. Pero nada que nos quite la cualidad de hombres o mujeres, de niñas o de niños, de nosotros mismos.

La sociedad tiene mucho que avanzar todavía. Nos llenamos la boca de igualdad, de tolerancia, de inclusividad y de tantas otras cosas; no obstante, nuestros más básicos instintos nos llevan a repetir estos pervertidos modelos de socialización que delimitan las actividades, las actitudes y las acciones a partir del género, en una construcción machista y heteronormativa que teme, rechaza y se niega a perder su posición dominante ante cualquier diferencia que, sin pretenderlo, le haga sentir amenazada su preponderancia. 

Hasta que eso no cambie, no hay que dejar de luchar, de educar, de sensibilizar y, sobre todo, de intentar cambiar las cosas a través del comportamiento y, sobre todo, del lenguaje que, como hemos visto, si bien resulta absurdo si nos paramos a pensarlo, no tiene nada de inocente a la hora de estigmatizar, de apartar y de provocar sufrimiento, generando distintas polarizaciones en la estructura social que solo aportan situaciones de violencia física y psicológica, presentes y futuras, además de desigualdades, incoherencias y mucha, mucha injusticia.

¿Por qué habría de arrepentirme de amar?

viernes, 22 de enero de 2016

Ayer estaba viendo un corto documental sobre las terapias de conversión (de homosexuales para que dejasen de serlo) en Estados Unidos y hoy, fake o no, veo esta imagen con pensamientos que, seguramente, más de alguno tiene o ha tenido alguna vez en su vida.

Lo primero que resulta esencial es comprender que nadie elige ser homosexual. Como ya han y hemos dicho muchos antes, ¿por qué elegiríamos ser gays en una sociedad en la que se nos condena y se nos discrimina? ¿Por qué habríamos de exponernos a que nos agredan en la calle? ¿Por qué decidiríamos ser ciudadanos de segunda, donde se nos exigen deberes cívicos, pero se nos niegan ciertos derechos?

Y siempre me gusta hacer la misma pregunta: ¿Cuándo decidiste ser heterosexual? ¿Alguna vez te planteaste ser de otra forma a causa de algún evento relevante en tu vida? ¿En qué momento de tu vida hiciste un proceso consciente para empezar a morderte las uñas o ser fanático del fútbol? ¿Cuánto tiempo valoraste y razonaste la idea de enamorarte de esa persona que te acompaña en la vida? Para mí, son cosas que simplemente son, que pasan por cuestiones que escapan al raciocinio y tienen más que ver con lo visceral y con lo emocional, con los componentes más básicos de nuestra esencia como personas. Por lo tanto, no pueden ser decisiones, sino que pasan a ser sensaciones que se exteriorizan. Pero yo no soy filósofo ni pensador, ni menos pretendo sentar cátedra al respecto.

Si bien el debate de si se nace o se hace sigue vigente, mi experiencia me lleva a creer que se nace. Pero hay muchos grupos que consideran que es una forma de vida, una moda pasajera provocada por fuerzas demoníacas o por simple falta de carácter. Y, lo mejor, es que con una “vida santa” se puede curar.

Sinceramente, creo que las terapias de conversión no son más que acciones conductistas que pretenden modificar el comportamiento público, pero que jamás pueden alterar el sentimiento privado, lo más profundo. Hasta ahora no he visto ningún caso creíble de “exgays” (como se llaman ellos), al menos no en los documentales o reportajes que he visto al respecto, que me deje con la certeza de que está curado. Ayer decía uno que seguía mirando hombres, que miraba sus piernas fuertes y quería ser como ellos, pero que ya no lo hacía con deseo… en fin, que el que no se consuela es porque no quiere.

Y dejando el tema polémico aparte, ¿por qué habría de pensar en dejar de amar a la persona con la que comparto mi vida? ¿Alguien se lo ha planteado alguna vez así porque sí? Gay o no gay, me enamoré de otro ser humano y así me quiero quedar. ¡Sobre todo con lo difícil que resulta encontrar a tu media naranja! Maldito Zeus

Sinceramente, yo no cambiaría este amor por ningún otro, ni por la necesidad de reproducirme ni por una aspiración eterna a vivir sobre las nubes en un cielo imaginario que nadie de nosotros ha visto. Ha sido bastante habitual que en los últimos meses haya mucha gente preocupada por si mi alma arderá en el fuego eterno del infierno, invitándome a convertirme a sus dioses (los que sean) para dejar de vivir en pecado, para dejar de ser un paria social, para dejar de ensuciar la mente de los niños, para dejar de ser un sodomita, para dejar de ser una serie de cosas entre todas las que me han llamado. Y la verdad es que no quiero…

Primero, porque ¿quién les ha dado esa posición superior desde la que pretenden salvarme? Insisto en que detrás de esa noble intención hay una profunda soberbia de creerse dueños de la única y gran verdad, jugando a ser dioses y a juzgar a sus pares por lo que hacen y dejan de hacer. Eso, según yo, no les hace mejores personas. Al menos, no les hace parecer mejores personas.

Segundo, porque ese asunto, si me interesase, sería una cuestión personal que a nadie tiene que importarle. La vida espiritual es de cada uno y querer intervenir en ella, para mí, vuelve a ser un acto de soberbia absoluta. Lo mismo me pasa con quien intenta imponer su pensamiento político, su visión de la vida o que su receta de la tortilla de patatas es la mejor del mundo.

Y tercero, porque ¿por qué habría de arrepentirme de amar a mi marido? Estoy en una relación amorosa, tierna, larga y cómoda, en la que nos queremos y nos aceptamos, nos acompañamos y disfrutamos juntos, en la que nos reímos y lloramos, en la que compartimos, en la que celebramos lo bueno y enfrentamos lo malo. Y todo lo hacemos de a dos, codo con codo, mano con mano. ¿Dejaría yo de mirar esos ojos azules y de disfrutar en la forma en la que ellos me miran? No, no lo haría. Ni aunque me jurasen la vida eterna en un cielo lleno de vírgenes dispuestas para mi gozo y satisfacción.

Más allá de los pares opuestos

domingo, 17 de enero de 2016


(Cambié la foto porque Facebook me castigaba por el contenido de desnudos en la foto de Tunick que acompañaba originalmente este post)

¡Es una niña!

¡Es un niño!

La de veces que hemos visto, oído y enunciado alguna de ellas (o las dos). Y es que el mundo se ordena en pares contrapuestos. No lo digo yo, sino que es una de las tesis en las que se basa Jacques Derrida para deconstruir la filosofía occidental (aunque acabe por fallar en el intento). Recurro a un texto de Gustavo D. Perednik, donde lo explica muy bien: "La tesis de Derrida es que en todas las estructuras filosóficas, políticas y éticas, se confiere poder arbitrariamente a ciertos centros, que no son naturales sino construcciones sociales, ergo pueden ser socavados por el análisis. Para él, todo el pensamiento occidental funciona así: se forman pares de opuestos binarios en los que uno es el privilegiado; luego se margina al otro componente. Marginado uno, el otro deviene en un centro, que es el que provee el significado".

Así, alto y bajo, flaco y gordo, derecha e izquierda, lindo y feo, blanco y negro, hombre y mujer... La lista es infinita y, en realidad, casi toda nuestra sociedad se basa en una premisa constante relacionada con el género en una concepción binaria: hombre y mujer. Y así lo creemos de forma habitual y así lo practicamos. Cuando se anuncia un embarazo, lo primero que queremos saber es si será nene o nena. Al nacer, es lo primero que el personal médico proclama.

Parece inocente, pero es una construcción estrecha, poco precisa y que, a día de hoy, está generando importantes problemas sociales. Pero seguimos manteniendo ese marco sin ni siquiera plantearnos la posibilidad de cambiarlo. ¿Por qué? Seguramente dirán que porque siempre ha sido así. Y así mismo lo creía yo, hasta que mi marido me envió un artículo sobre la tribu de los navajos, uno de los pueblos originarios de América del Norte, en el que se explica esto en el marco del documental Two Spirits, que espero poder ver pronto.

Para ellos, según su tradición, hay 4 géneros: el primero, el femenino, porque su sociedad es eminentemente matriarcal (matrilineal, que le llaman); después, el masculino. Y aquí aparece la novedad: el tercer género o nádleehí, define a los que nacen biológicamente como hombres, pero se sienten y actúan como mujeres desde la infancia. Por último, el cuarto, se refiere a las que nacen como mujeres en su biología, pero se sienten y actúan como niños y como hombres.

Me quedé boquiabierto al descubrir que una tribu tan antigua, de tanta tradición, tiene una concepción de la vida mucho más abierta, más diversa, más acogedora que la nuestra, que siempre suponemos como la mejor. Y, quizás lo mejor, es que no presuponen que un niño será niño por el hecho de tener pene, ni las niñas serán niñas por el hecho de tener vagina. Separan, en cambio, el cuerpo del espíritu, lo que permite la existencia natural de esos cuatro géneros, sin estigmas, sin condena.

Su mensaje me parece necesario, además de bello y lleno de amor por las personas, por su sociedad, por su cultura. Creo que le dan más valor al espíritu que al cuerpo, al corazón que a la genitalidad, al amor que a todo lo demás.

Pero aquí está nuestra contradicción más grande: vivimos en una sociedad en la que el culto al cuerpo (perfecto) invade casi todos los espacios, con una hipersexualización descarada y encubierta a la vez en los medios de comunicación, pero en medio de una sociedad pacata que teme al cuerpo, a la intimidad, a la desnudez... El ridículo, que una mujer en un microbikini se luce en las playas, pero se tapa con pudor cuando utiliza un sujetador y unas bragas, cuando en realidad son la misma pieza. O un hombre en bañador que saca pecho al borde de la piscina, mientras jamás se le ocurriría posar en ropa interior.

Las redes sociales se han convertido hoy en espacios de expresión y explotación de esta contradicción. Si bien es cierto que las nuevas generaciones parecen menos obsesionadas por esos pudores, nosotros como sociedad nos encargamos de grabarlos a fuego en sus consciencias. Pensad en todas las fotos de famosas y famosos que circulan por Internet después de haber sido robadas de la nube, haciéndoles avergonzarse de su propio cuerpo desnudo, cuando no debería haber nada de malo en ello. Todavía es tema si alguien enseña las tetas o el culo en la pantalla. Y, por qué no recordar uno de los últimos casos polémicos, el de un humorista que colgó una foto durante el momento del baño con sus pequeñas y que prácticamente lo tildaron de pederasta y degenerado.

¿Desde cuándo la desnudez se ha convertido en algo tan negativo? Para empezar, todos nacemos desnudos y en algún momento del día también lo estamos. Nuestro cuerpo es nuestro templo, nuestro lugar de vida, nuestra fuente de energía, nuestra vía de comunicación con el mundo, nuestro centro de emociones y sentimientos... ¿Por qué le tememos? ¿Por qué lo demonizamos?

Con esto no quiero hacer una apología del naturalismo ni hacer un llamado a la desnudez absoluta en todos los espacios. Pero sí a la normalización del cuerpo, a la erradicación de la perfección, de la obsesión por el tamaño de nuestros miembros (de todos ellos) y la sana convivencia con tantos cuerpos como personas existan sobre la tierra. Así como la personalidad, el cuerpo es de cada uno y, distinto o similar, es único e irrepetible y así deberíamos aprender a disfrutarlos.

7 ventajas de ser gay

viernes, 15 de enero de 2016

Salir del armario ha tenido importantes ventajas para mí en los últimos años:

1. Vivo libremente, sin esos miedos que me tensaban el cuerpo y me paralizaban durante mi adolescencia y buena parte de mi vida como adulto joven. Tenía miedo a que me descubrieran, a que me reconocieran, a que me hicieran daño, a que me apartasen, a que me castigasen y a todos esos males que la sociedad se encarga de transmitir, de perpetuar, cuando eres diferente y no encajas en esa falsa sensación de normalidad.

2. Tengo pareja y puedo compartir mis sentimientos con mi familia y mis amigos. Esto es muy importante, teniendo en cuenta que durante años pensé que mi destino era la soltería y que nunca podría llegar a estar con nadie. Hoy comparto con mis padres la alegría de tener a mi marido (sí, marido... ¡me encanta decirlo!), de viajar juntos, de haber podido acompañarles en Chile cuando era necesario, de estar allí como familia.

3. Me ha permitido sacar muchas cosas que tenía guardadas y que por fin he podido publicar en este blog y en otros. Dejar de vivir una doble vida o de ocultar la mitad de lo que me pasaba, me ha permitido acceder a muchos lugares de mi cabeza, de mi corazón y de mis vísceras en los que nunca me había permitido entrar. Me siento más cómodo expresando sentimientos y emociones, cosa que debería ser de aprendizaje obligatorio en las escuelas: el trabajo emocional con uno mismo y con los demás es tan necesario como respirar.

4. Me ha permitido confirmar que el cariño de la gente, que el amor de tu familia y de tus seres queridos no tiene nada que ver con quien te acuestes, sino con cómo eres y la forma en que te comportas con los demás. También me ha permitido aprender de las personas que me rodean, de forma inmediata y en círculos más alejados; también llegar a otras que jamás pensé alcanzar. Es una ventaja que va de la mano con la honestidad y con las redes sociales.

5. Para quien le importe (por suerte, a mí dejó de importarme), calla rumores, frena los cotilleos y las dudas, caldo de cultivo para inventar tonterías. Sí, soy gay, soy maricón, soy homosexual, soy sarasa... llámalo como quieras, pero déjame en paz. Lo soy yo, como miles de otros y de otras que deben enfrentar a diario la ignorancia de los demás. Tengo pareja hombre, somos dos hombres a quienes nos gustan los hombres y ya está. Es todo lo que necesitas saber y nada más te tiene que importar. ¿Qué hacemos y cómo?, es cuestión de dos y de nadie más. Las dudas, puedes despejarlas en Internet fácilmente.

6. Me ha permitido mirar de frente, con la cabeza bien alta, y dejar de esconderme, de esconder mi cuerpo y mis sentimientos. Durante años erradiqué cualquier posibilidad de enamorarme de otro por culpa del miedo y eso no se lo deseo a nadie. Puede sonar cliché, pero una vida en la que parece impensable la posibilidad de tener la compañía romántica de otra persona, es muy triste. Eso duele, hace daño cuando todo el mundo empieza a sufrir la revolución de sus hormonas y tú te tienes que merendar las tuyas, solo, pero sin que se note mucho, vistiendo corazas que son débiles recursos para ocultarse. Por eso, poder decir ahora que me casé, que tengo marido, que tenemos una vida juntos, me parece justo y necesario. Justo, porque sí; necesario, porque es un trabajo esto de la normalización y, mientras más referencias haya, mejor para todos.

7. Me deja espacio para ser libre con mi pluma o con la falta de ella. Con mis modos, mis maneras y todo lo que me hace ser yo. Una condena habitual en la época escolar es hacia el amanerado, el que es más suave... Ahora, fuera del armario, puedes ser quien tú quieras, porque ya no habrá espacio a dudas. Puedes callarle la boca a todos los que se creen más listos que tú y te llaman "maricón", como si tú no lo supieras y como si ellos hubiesen descubierto América. ¡Sí! ¿Y qué? Vaya novedad. Quizás sería tiempo de que se empezase a salir del armario de la imbecilidad también...