La ideología de género no se puede enseñar

sábado, 5 de noviembre de 2016


La ideología de género no se puede enseñar en las escuelas, en esto estamos de acuerdo, porque no existe. Sin adentrarme en la opinión de grandes autores, recurriré simplemente a Wikipedia: “En ciencias sociales, una ideología es un conjunto normativo de emociones, ideas y creencias colectivas que son compatibles entre sí y están especialmente referidas a la conducta social humana. Las ideologías describen y postulan modos de actuar sobre la realidad colectiva, ya sea sobre el sistema general de la sociedad o en uno o varios de sus sistemas específicos, como son el económico, social, científico-tecnológico, político, cultural, moral, religioso, medio ambiental u otros relacionados al bien común. Las ideologías suelen constar de dos componentes: una representación del sistema, y un programa de acción”.

Hasta donde yo sé, no hay una ideología de género como tal, sino que es una forma despectiva de llamar a una percepción de la sociedad más inclusiva, abierta y respetuosa de la diversidad que lleva más de 50 años siendo abordada por psicólogos, sociólogos y antropólogos, científicos y filósofos. Tener una perspectiva distinta a la heteropatriarcal no es una contrarreforma ni un intento por destruir la sociedad. Al contrario, es un intento por construir una mejor, que sea capaz de comprender y abrazar a las minorías y a las mayorías.

El conocimiento de la diversidad no desestructura a nadie ni le hace cuestionarse su identidad. Pero sí puede arrojar luz sobre la oscuridad con la que se aborda la diferencia. ¿Acaso usted ha querido tener un séquito de esclavos y maltratarlos hasta la muerte después de estudiar Historia? ¿Acaso ha querido matar a alguien después de conocer la historia de un asesino? ¿Acaso ha pensado en matar a miles de personas después de ver cualquier película sobre el Holocausto? Son ejemplos burdos y muchas personas se agarrarán a ellos para hablar tonterías, pero es la única forma de comprender que la postura que rechaza la enseñanza de la diversidad está simplemente basada en el miedo irracional a las diferencias y no tiene ninguna base científica. Más bien se corresponde con una intencionalidad ideológica (sí, yo también puedo utilizar la palabra de forma despectiva) para imponer su forma de pensar basada en una construcción moral de la sociedad que se ha impuesto por siglos como la adecuada.

La perspectiva social que reconoce los derechos de las personas transexuales, bisexuales, lesbianas y gays no cambia a nadie ni lo convierte en nada que no sea. Yo nací homosexual y nadie me enseñó a serlo. Nunca tuve clases al respecto ni tuve que dar exámenes para titularme como maricón. Simplemente tuve que aguantar las burlas, el acoso, el sentirme diferente sin que nadie me comprendiese. Tuve que tragarme el llanto, tuve que negarle a mi yo adolescente la posibilidad de enamorarse por primera vez…

¿Esa es la sociedad que queremos? Enseñar la diversidad nos hace más permeables a las diferencias, nos hace comprender que hay muchas manifestaciones de amor adulto y consentido, nos permite luchar en cierta medida contra el acoso LGTBIfóbico y contra la violencia de género. Nos permite comprender que la sociedad se construye de personas y de pensamientos diferentes, de creencias diversas; de culturas, de colores, de anchos y de largos distintos.

Explicarle a una niña o a un niño que su orientación sexual o su identidad de género no se construye ni por los colores que utiliza, ni por los deportes que practica o deja de practicar, ni mucho menos por lo que tiene entre las piernas, permite comprender esa diversidad. Permite dar voz a todos y todas quienes han tenido que enfrentar procesos de autoconocimiento y autoaceptación en un entorno hostil, violento y complejo, para que sus historias no vuelvan a repetirse y ninguna persona se tenga que sentir marginada. Permite que cada uno reafirme su persona y se construya sin miedo, en libertad, acorde con lo que siente y lo que quiere expresar, sin que haya una presión social externa, subjetiva y coactiva. Permite aceptar la diversidad y evitar muchos otros problemas: violencia, acoso, suicidio, miedo…

¿Quiere que sus hijos vivan con miedo a la diferencia? Creo que es mejor darles las herramientas para que se reafirmen como las personas que son, cada una con lo suyo, y para que aprendan a convivir en el respeto, el amor y la aceptación de la diversidad. Ese es el mundo en el que me gustaría criar a mis hijos si algún día los tuviese. Pero seguimos criando a machos y hembras, a proveedores y a cuidadoras, como si no hubiésemos aprendido nada de los errores del siglo pasado.

Ni ellas ni ellos tienen la culpa de su estupidez mental. Y mucho menos tienen la culpa las niñas y los niños que luego serán acosados y violentados porque el miedo a la diferencia nos ha paralizado como sociedad y nos ha convertido en una pandilla de seres agresivos, poco empáticos, secos y, sobre todo, incapaces de comprender que no todos somos iguales, y que ser distinto no nos hace más ni menos ni peores ni mejores personas. Solo nos hace seres humanos, a todos por igual.

La ideología de género no se puede enseñar. El respeto y el amor sí. Y eso es lo que buscamos. No vamos a imponer un sistema de creencias ni tenemos un programa de acción. Primero, porque no estamos organizados por sindicatos ni lobbies. Segundo, porque el amor y el respeto no son parte de una ideología, sino que corresponden al ser humano como emociones y sentimientos, como parte de la convivencia y de la construcción social, de toda la sociedad. Y hacer hincapié en ello no responde a un programa ideológico, sino al interés por hacer ver que la diferencia nos hace más fuertes, como personas y como grupo.

Clinton 1 - Trump 0

viernes, 23 de septiembre de 2016

Llevo varios días dándole vueltas a este post. Para ser exactos, creo que más de una semana... Y todo surgió a raíz de un comentario en una conversación con un amigo donde hablaba del "peligro" que tiene Hillary Clinton porque era una "arpía".

¿Una arpía?, pregunté yo. ¿Por qué dices eso? Bueno, porque es una tía que tiene claro dónde quiere llegar y lo que quiere conseguir. O algo así, no recuerdo las palabras exactas. ¿Desde cuándo es delito tener objetivos claros y tener ambiciones profesionales? Que yo sepa, Trump desea lo mismo, pero nadie dice de él que es una arpía (sus problemas fundamentales vienen de otro sitio, pero no de ese).

Y es que el ansia de poder, en una mujer, está mal visto. Y ese es uno de los principales problemas para ellas en esta sociedad machista y heteropatriarcal. Que Trump sea un cerdo misógino y ambicioso, sediento de poder, de fama y de éxito, lo convierte en un triunfador, en un modelo a seguir, replicado por la televisión a través de programas que hacían gala de sus dotes y talentos para los negocios. Pero a nadie se le ocurriría hacer algo parecido con alguna ejecutiva. Para ellas, programas de realidad donde las muestran como marujas sin sustancia, histéricas, vacías y apenas preocupadas por su apariencia (como todas las versiones de las housewives que hay en EEUU).

Hace pocos días Hillary estuvo en el programa de Jimmy Fallon y abordaron el tema de que las mujeres son criticadas por su dureza. No es la primera vez que se habla de esto, ya que no hace mucho también una revista mencionaba que se incorporó en la campaña presidencial a Chelsea, la hija de los Clinton, para dar una imagen más blanda y cercana de su madre, para que la gente la viese como abuela y mujer de hogar, cariñosa y emotiva. ¿En serio? ¿En pleno siglo XXI?

Tal como decía Hillary, si tratas temas de relevancia nacional o internacional, ya sea como Secretaria de Estado o como senadora, ¡tu cara no puede ser un circo! Tienes que abordarlos con seriedad y responsabilidad, que es lo que se espera de ella cuando se le nombra en el cargo que corresponda.

Creo que es tiempo de empezar a abandonar estos estereotipos absurdos de hombre duro y mujer blanda, de proveedor y cuidadora, de triunfador y arpía. La igualdad no viene solo por la equiparación de salarios o responsabilidades, ni menos por la paridad obligada a golpe de decreto (aunque eso puede ayudar a visibilizar el problema). La igualdad real se consigue modificando el lenguaje y, desde ahí, la construcción cultural que tenemos de nosotros como seres sociales.

Critiquen a Hillary, así como a Trump, por sus dichos y sus hechos, pero no por lo que tienen entre las piernas y que, supuestamente, debería definir sus vidas y su forma de trabajar. Ambos son candidatos a la presidencia de una superpotencia y, como tales, es evidente que son ambiciosos. Pero ella no es una arpía ni el un ganador por querer conseguirlo. El hecho de que sean un hombre y una mujer debería ser un detalle insustancial en esta carrera. Lo fundamental es conocer qué quieren hacer una vez que lleguen al poder, entender sus programas y pensar en cómo van a ejecutar sus políticas durante los próximos años. Mirándolo así, al menos para mí, solo pueda haber un único resultado: Clinton 1 - Trump 0.

Tu historia puede salvar vidas

viernes, 13 de mayo de 2016


Desde que empecé con mi proyecto de recopilar historias de personas del colectivo LGBTI (primero como Coming Out Campaign y ahora como miembro de It Gets Better) para conocer y aprender de sus experiencias, para compartir sensaciones y momentos, para descubrir que todos tenemos un punto de partida común..., me he encontrado con algunas respuestas muy cómodas: "No tengo nada que contar", "Mi vida no es atractiva", "Mi historia es muy sencilla y cotidiana", entre muchas otras por el estilo.

¿Por qué digo que son cómodas? Primero, porque toda historia merece ser contada, sea de quien sea. Solo hay que encontrar el foro adecuado y el punto de inflexión que convierte una experiencia habitual en algo único, que puede ser el lugar, el tiempo, la persona, los factores secundarios, una palabra, un gesto, una consecuencia, una acción, una reacción, un sentimiento, una sensación, el paisaje... Se me ocurren tantas cosas que hacen a una historia algo excepcional.

Segundo, porque desde esa posición de comodidad, se quedan muchas experiencias sin compartir. Si por un momento nos detuviésemos a pensar en que una sola frase de nuestra historia puede ayudar a alguien, puede quitarle de la cabeza la idea de que es prescindible en su mundo, en nuestro mundo, seguro que algo nos movería a hacerlo, a decir este soy yo y esta es mi historia.

Si bien no somos superhéroes, sí somos personas, somos seres humanos. Por ello, debería nacernos de forma espontánea el instinto de protegernos, de ayudarnos, de cooperar. Y lo tenemos todavía más fácil: no te pido que salgas a la calle con pitos y pancartas. Únicamente te pido que utilices tu ordenador, tu móvil, tu tablet o tu cámara, que escribas tu historia o que grabes un video contándonos tu experiencia, compartiendo esas sensaciones que te han convertido en quien eres hoy.

Estoy seguro de que más de una persona se sentirá identificada y habrá sentido lo mismo que tú en algún momento, a pesar de todas las diferencias que pueda haber entre vosotros.

No necesitas haber sido víctima de acoso ni de violencia, ni ser gay, lesbiana, bisexual, transexual o intersexual. Simplemente tienes que ser una persona que quiera apoyarnos, que quiera decirnos que el mundo allí fuera nos espera, que nos recibirá con los brazos abiertos, que no todo es sufrimiento... Que encontraremos el amor y la paz, que nadie nos hará daño, que tendremos un círculo seguro y amoroso donde podremos ser nosotros mismos. Que nos diga que, al final, todo mejora. It gets better!

¡Quiero escucharte! ¡Quiero leerte! Sal de tu espacio cómodo y levanta la voz. Te necesito... ¡Te necesitamos! La lucha contra la LGBTIfobia y cualquier forma de acoso o violencia por identidad sexual es tarea de todos.

Envíame tu historia o tu video a tomas@itgetsbetter.es o a tomas@comingoutcampaign.com. Y comparte este post para que podamos ayudar a muchas y muchos. ¡Salva vidas conmigo!

El mundo está como está...

martes, 19 de abril de 2016


El mundo está como está no porque yo bese a mi marido, sino porque está lleno de religiones que proclaman amor, pero lo hacen a través de la polarización y del rechazo al diferente; que exigen respeto por sus creencias, pero atacando las de los demás; que hablan de igualdad, para luego ser instituciones arraigadas en un machismo profundo, clasistas y homófobas; que hablan de perdón y misericordia, pero son prejuiciosas, promueven la intolerancia y son muy dadas, además, a sentirse poseedoras de una superioridad moral desde la cual critican, sentencian y apuntan con el dedo a quien no cumple sus preceptos.

El mundo está como está no porque se promueva el matrimonio igualitario, sino porque hemos dejado de pensar en colectivo para pasar a ser seres individuales y egoístas, únicamente preocupados por el bienestar y la prosperidad capitalista, sin detenernos a pensar en las injusticias de un sistema que se nos ha vendido como el único que vale, basándose precisamente en sus resultados económicos y dejando de lado las brechas sociales que genera. Nos hemos olvidado del prójimo y solo tenemos conciencia del ego.

El mundo está como está no porque exijamos derechos para el colectivo LGBTI, sino porque estamos dejando morir a nuestro planeta y no estamos haciendo nada al respecto. Las catástrofes se generan a raíz de la avaricia desmedida disfrazada de crecimiento y desarrollo solo para unos pocos privilegiados, cuando los efectos, finalmente, los sufriremos todos, sin distinción.

El mundo está como está no porque dos mujeres o dos hombres se besen, sino porque hemos perdido el respeto por las personas, por su identidad y por su diversidad, tendiendo a homogeneizar y uniformar a la sociedad bajo un equivocado concepto de libertad democrática, que no tiene nada ni de libertad ni de democracia. Seguir ocultando las diferencias y las corrientes alternativas con el miedo como bandera, no genera nada más que crispación y conflictos. La convivencia debe abrazar la diversidad, no condenarla.

El mundo está como está no porque haya mujeres y hombres trans, sino porque nos creemos dueños de una verdad que no se contruye de forma individual ni localizada, sino que se crea a partir de la experiencia común de toda la sociedad. La verdad real es la que nos involucra a todos como los seres humanos que somos, sin dejar a nadie fuera del panorama. Todas las otras verdades a medias, las que separan, seleccionan y restringen, no son más que ideas interesadas de lo que debería ser una sociedad, pero excluyendo a grupos, etnias o colectivos; es decir, creando subsociedades y generando conflictos entre ellas.

El mundo está como está no porque se haya izado la bandera gay, si no porque la educación ha fallado como agente cívico y social, no por culpa de la comunidad educativa, sino porque hemos dejado que se convierta en un negocio y deje de ser un derecho; porque hemos permitido el lucro por encima del bienestar sociocultural y porque hemos dejado en manos de otros y otras las tareas que nos corresponden como padres, madres y tutores. Educar no es solo instruir en conocimientos académicos, sino en criar seres humanos sociales e independientes, amorosos y preparados, inteligentes y con humanidad, con conciencia social más que individual, y abiertos a un mundo diverso y complejo, que nada tiene que ver con fronteras, divisiones culturales o religiosas.

El mundo está como está no porque haya personas como Ellen De Generes, Ricky Martin, Miley Cyrus o Caitlyn Jenner, sino porque hemos confundido la solidaridad con la caridad. La solidaridad debería ser la demostración del amor por el que está a nuestro lado, por otros seres humanos, desde una posición de igualdad y de conciencia social. La caridad es la ayuda, esa que llamamos humanitaria pero que no tiene nada de humanidad y sí mucho de pose, de posicionamiento social y mucho de lucimiento personal, de ponerse estrellas. Además, la caridad suele hacerse desde una posición de superioridad, de ayudar "al más necesitado", pero con distancia y sin ensuciarse las manos.

El mundo está como está porque hemos olvidado lo que es amor, respeto, fraternidad, solidaridad y vivir en una sociedad diversa y abierta. El mundo está como está porque hemos aprendido a ser egoístas, egocéntricos y porque justificamos todos nuestros errores en los demás en vez de hacernos responsables de ellos.
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Nota: Este post nace porque alguien compartió (sí, compartió... ¡qué curioso!) mi post anterior (http://tomasee.blogspot.com.es/2016/04/chile-y-el-matrimonio-igualitario.html) diciendo que el mundo está como está por culpa de las personas LGBTI y pedía piedad para nosotros y nuestras almas...  Por mi parte, no podía dejar de hacer un repaso de las verdaderas razones.

Chile y el matrimonio igualitario: ¡Queremos matrimonio y lo queremos ya!

lunes, 18 de abril de 2016


Que el lenguaje es una herramienta poderosa es algo sabido por todos. Se nombra aquello que existe, que es, que tiene entidad y fuerza. Que vive por sí mismo. Incluso la nada, que es nada, se convierte en algo por el hecho de tener el nombre que le corresponde.

Lo mismo pasa con el matrimonio. Hace casi 5 meses que me casé con mi marido. Sí me casé, no acordamos unirnos civilmente ni nos hicimos pareja de hecho ni firmamos un contrato mercantil. Nos casamos frente a un juez, aceptamos nuestros derechos y obligaciones y contrajimos matrimonio, con todo lo que eso implica. Desde entonces, nuestros destinos están unidos y protegidos, al menos los civiles y legales, hasta que se diga lo contrario. Desde entonces, somos iguales ante la ley como cualquier otra pareja casada en territorio español. Y eso es algo que importa. Que debería importar.

Importa porque es un matrimonio, sin distinción. No es heterogéneo ni gay; no es especial ni requiere adjetivos.

Importa porque nos iguala ante la sociedad, ante el Estado, ante la Constitución y ante cualquier situación del ámbito civil.

Importa porque nadie puede poner en duda su valor ni negarnos los derechos que hemos adquirido: herencias, últimas voluntades y cualquier acceso como los individuos casados que somos.

Importa porque se llama como tiene que llamarse, sin eufemismos. El Acuerdo de Unión Civil chileno es un gran paso adelante, pero Chile necesita el matrimonio igualitario. Si bien se anunciaban grandes catástrofes y castigos divinos hace 11 años, cuando se legalizó en España, nada de eso ha ocurrido. (Al menos, seguimos creyendo que el segundo mandato de Zapatero y el de Rajoy no han sido nuestra culpa, sino que ellos han sido simplemente inútiles como gestores de un país en una profunda crisis). Incluso los dichos del Pastor Soto de que las inundaciones en Santiago eran producto del izamiento de la bandera gay en Providencia no se sostienen por ningún sitio...

Pero no nos desviemos del tema: Chile necesita contar con el matrimonio igualitario. Todos, chilenas y chilenos, tenemos derecho a ejercer como contrayentes matrimoniales con quien queramos, adulto y con sus facultades. ¿Por qué, podrá decir alguien? Y la respuesta es muy sencilla: ¡Porque sí!

Haberme casado fue para mi un hito en mi vida, por varias razones que ya he descrito en este blog. Pero vuelvo a decir la esencial: porque nunca creí que podría casarme con la persona que amaba y hacerlo, rodeado de familiares y amigos, fue algo maravilloso e inolvidable. Quizás podría haberme casado con una tapadera y haber tenido una familia miserable como han hecho muchas otras personas para cumplir con los mandatos sociales; no obstante, siempre creí que hacerle eso a una mujer, en mi caso, y a nuestros posibles hijos, hubiese sido una auténtica mariconada.

Soy un hombre casado con otro hombre, y me siento muy orgulloso de serlo. Cada vez que lo presento como mi marido, algo se remueve en mi interior y se reafirma no solo mi amor por él, sino mi fortaleza para decir en voz alta y bien clara lo que hasta hace poco tiempo me atormentaba y no podía. Y esa sensación de libertad, de justicia y de igualdad es maravillosa. 

Vivir sin miedo, amar sin miedo y expresarlo libremente es uno de los mejores regalos que les podemos hacer a miles de chilenas y chilenos que, por una simple cuestión civil, que lamentablemente depende de personas que se llenan la boca de moral -aunque después actúan de forma inmoral para ajustarse los sueldos y arreglarse el futuro- y que, por lo tanto, está sometido a sus juicios personales, cuando realmente se trata de una cuestión social, laica y jurídica, como establece la Constitución.

¡Queremos matrimonio y lo queremos ya! Me sumo a todas las personas que ahora mismo lo exigen y que presentan los trámites necesarios para su discusión en el Parlamento. Yo a esas instancias no llego, pero desde aquí cuentan con todo mi apoyo y mi compañía en la lucha.

Tomás Loyola Barberis
Fundador Coming Out Campaign

Por cierto, se llama matrimonio

martes, 5 de abril de 2016



Para muchos y muchas puede resultar irrelevante, porque nunca han tenido que pararse a pensarlo. Para mí, en cambio, el hecho de haberme casado tiene una serie de connotaciones, personales y políticas, de importante calado.

Entre las personales, por supuesto la que me permite estar con la persona que amo en un entorno protegido por la ley, con los mismos derechos y deberes que cualquier otra pareja que haya contraído matrimonio. La sensación de protección civil, de que nadie puede poner en duda nuestra relación para temas de convivencia, herencias, testamentos, últimas voluntades, etc., es de vital importancia ciudadana.

Entre las políticas, la primera es la de reivindicación: me casé porque quise y con quien quise, sin que nadie pudiera intervenir en mi decisión. Ni el Estado ni la Ley deberían impedirle a nadie casarse con la persona adulta que desee. (Nota: Explico lo de adulta para frenar cualquier comentario absurdo respecto a que el matrimonio entre personas del mismo sexo propiciará, como paso evidente, los casos de matrimonio entre adultos y niños, adultos y animales, etc.).

La segunda cuestión política es por una reclamación de derechos, porque como ciudadano que paga impuestos, me corresponde contar con las mismas ventajas que cualquier otra persona, entre ellas, poder casarme con todas las de la ley civil, adquiriendo obviamente, todas las obligaciones y consecuencias que ello implica. Basta ya pensar que el ser homosexual, bisexual, lesbiana o transexual nos convierte, automáticamente, en ciudadanos de segunda, en seres imperfectos que necesitamos de la guía y la misericordia de los heterosexuales predominantes. ¡Somos personas! Estamos sanas, con la cabeza bien amueblada y no necesitamos de su permiso para vivir.

La tercera, porque es necesario normalizar a la par que equiparar. Así como la ley avanza muchas veces más rápido que la sociedad, el matrimonio igualitario permite visibilizar y normalizar la situación de tantos hombres y de tantas mujeres el colectivo LGBTI, que han vivido escondidos por el miedo, por la violencia, por la desigualdad...

Chile, así como muchos otros países, necesita dar un paso al frente y poner las bases que permitan alcanzar el matrimonio civil igualitario, no quedándose en medias tintas como el Acuerdo de Unión Civil. No por eso este último tiene menos mérito. Al contrario, es un gran salto para el país, pero todavía insuficiente y, lo que es peor, todavía de poco reconocimiento legal para muchos, como hemos visto en la prensa en los últimos meses en cuanto a reconocimiento de cargas familiares, pensiones, etc.

Tenemos que seguir caminando juntos y trabajando para conseguirlo. Y, por cierto, se llama matrimonio y no necesita de más adjetivos. Retire de su vocabulario los añadidos de "gay", "homosexual" y cualquier otra variante, porque mi matrimonio es exactamente igual que el suyo ante la ley, como debe ser.

A través de mi proyecto Coming Out Campaign, pondré especial atención en apoyar este tipo de iniciativas y en seguir trabajando para conseguir la igualdad y el reconocimiento de todos.

El trabajo no te da la vida, solo es una parte de ella

miércoles, 23 de marzo de 2016

 
En España (y en muchas partes) hay una tendencia al "calientasillismo" y a la falta de productividad. Siempre he sido muy puntual, productivo y organizado con el trabajo, con lo cual, cuando llega mi hora de salida, recojo y me voy. Mucha gente me decía: "¿Pero cómo te vas a ir si el jefe todavía está?". Y yo respondía: "Ese no es mi problema. Yo he cumplido rigurosamente con mi horario y mis tareas. Si él no lo hace, allá él, pero yo me voy a mi casa (o donde sea fuera de ahí)".
 
Siempre era el primero en la oficina (o de los primeros). Incluso había días en que estaba todo apagado al llegar. Organizaba mis tareas del día, las hacía y, luego, me dedicaba a gestionar, preparar, diseñar, ordenar, etc., todo lo que iba a necesitar para los próximos días, semanas o meses. Y es que siempre he sido de la filosofía de que si me contratan para algo es para trabajar. Todo lo demás es un añadido.
 
Desayunaba con los compañeros de trabajo, porque también es un espacio necesario para poner en común, conocerse, aprender de los demás, confiar... Pero el desayuno, aunque muchos y muchas no lo crean, no es un derecho, sino una concesión que se hace a los trabajadores. Pero cuidado, porque no está establecido en ningún estatuto ni convenio. No sigo por ahí, que me desvío del tema.
 
Hace años llegué a un trabajo nuevo. Al empezar, todo el mundo casi que me daba el pésame porque era una carga tremenda, agotadora, etc., y que la persona que estaba antes de mí se pasaba de sol a sol, sin levantar cabeza. Me asusté, claro. A los dos días, una vez teniendo medianamente claras mis funciones y mis posibilidades, me dí cuenta de que me demoraba entre 30 y 60 minutos en hacer el trabajo base: subir documentos, organizar cursos, responder correos y mensajes, llamar por teléfono, contactar autores y tutores, preparar futuras ediciones, organizar documentación, imprimir diplomas, etc. 
 
El resto del tiempo, que era mucho, lo dediqué a organizar, ordenar y a aprender a hacer lo que tenía que hacer. A revisar correos electrónicos, historiales, tendencias; a organizar tablas de Excel a un formato adecuado (es un TOC profundo el que tengo respecto a esto), a conocer qué se hacía en la empresa, etc. Y hacía todo eso, porque si bien la práctica de leer el periódico o las revistas y suplementos, pasarme de mesa en mesa haciendo vida social o bajar a comprar a El Corte Inglés en horario laboral, no me parecía lo más correcto. Como decía antes, si me contrataron era para trabajar y todo lo demás estaba fuera de nuestro "convenio".

Quizás para algunos peco de despreocupado, pero creo que la mejor forma de hacer y de aprender es haciendo. Si te equivocas, no pasa nada. Al menos en mi trabajo, que no soy controlador aéreo ni policía. En ese entonces trabajaba en un entorno de formación y, lo más grave que podía pasarme, era que un PDF no estuviese. ¡Ya ves tú! Lo ideal es que estuviera en su sitio, por supuesto, pero su "ausencia" no generaba una cadena de desastres ni atentaba contra la vida de nadie.

Y creo que eso es fundamental: poner en perspectiva lo que hacemos y las repercusiones que tiene. Muchos nos daremos cuenta de que, en el fondo, somos absolutamente prescindibles y que el mundo sigue girando igual con o sin nosotros. Es verdad que con la crisis se ha generado una suerte de necesidad de aferrarse al puesto de trabajo, pero eso no debería implicar hacer un 20% o 30% más de tus horas de trabajo cada día sin ninguna recompensa, o aceptar cargas inhumanas para una única persona. He visto como a amigos y amigas les ponían a hacer el trabajo de 2 o 3 personas, simplemente porque la empresa había recortado a una buena porción de la plantilla.

Está bien que uno como trabajador comprometido arrime el hombro y acompañe al resto en un proceso de "vacas flacas", pero de ahí a la explotación sostenida y permanente, hay un paso muy pequeño. ¡Lo he visto y lo he vivido! No me lo han contado ni es producto de mi imaginación. 
 
Tenemos que aprender a poner los límites entre el yo profesional y el yo privado, ese que tiene familia, pareja, amigos, conocidos, que tiene derecho al ocio y al descanso. Y no es por escaquearse de los deberes ni de hacer menos cosas. Se trata de hacer lo justo (en cuanto a justicia, en el sentido de cuáles son las funciones para las que se me paga), de hacer lo necesario para lo que nos han contratado, de cumplir con los deberes y de aportar, cuando sea posible, con experiencia y conocimientos (que para eso hemos estudiado y trabajado). Y de arremangarse y trabajar duro en momentos puntuales en que sea necesario. Pero cuando esos "momentos puntuales" se transforman en "permanentes", es que la organización está claramente funcionando mal, falta estructura, y la delegación y distribución de tareas no son las adecuadas.

Soy un enamorado del trabajo y creo que no podría vivir sin hacerlo, pero también soy un enamorado de mi vida y de mi gente, y tengo muchísimo aprecio por mis tiempos de ocio. Por eso este cuadro es muy importante conocerlo y aprenderlo. Es realmente lo que le da valor a la vida lo que estamos dejando de lado cuando nos dejamos consumir como "un número más" en vez de ser apreciados como las personas trabajadoras que somos.

¿Por qué hago crowdfunding?

viernes, 12 de febrero de 2016

El otro día me llamaron "patudo" (caradura) por pedir apoyo para mi primera campaña de crowdfunding Tomás en la cocina: ¡A comer! (www.gofund.me/tomasenlacocina), que tiene como fin poder diseñar un bonito libro de recetas y publicarlo, entregando a cada uno de los donantes su parte del acuerdo.

¿Por qué pido ayuda? Por dos razones, principalmente:

1. Porque yo no tengo dinero para publicarlo y no tengo una editorial que me respalde.
2. Quiero ser quien lleve el proyecto a su fin y no que me maneje una gran empresa para quedarse con todas las ganancias mientras me exprime.

No nos engañemos: el sector editorial no es lo que era y hoy se ha transformado en un negocio que apuesta poco y se arriesga menos. Las condiciones para los autores noveles son miserables y casi toda la responsabilidad recae en manos de quien escribe.

Y tampoco es una idea descabellada la de invertir en proyectos o ideas de otros, sobre todo cuando uno no es capaz de poner en marcha ninguna. Durante muchos años he sido un micromecenas, apoyando distintos proyectos musicales y audiovisuales que, gratamente, han salido a la luz. Eso es crowdfunding, una versión moderna de los antiguos mecenazgos, para apoyar ideas, proyectos, a artistas, a escritores... Se invierte en algo que, todavía intangible, llegará a ser realidad gracias al apoyo de quienes creyeron en el proyecto y lo apoyaron.

Además, no estoy pidiendo que se me regale nada, sino que estoy ofreciendo a cambio un trabajo de más de dos años recopilando recetas, probándolas, haciendo fotos, mejorando las preparaciones, buscando, innovando, equivocándome y volviendo a tener éxito. Y escribiéndolas, contando su historia, evocando sensaciones, acuñando conceptos... Pero también ofrezco las distintas versiones del libro, mi enorme agradecimiento, más recetas y un menú construido para toda una semana, y una serie de otras ideas que estoy intentando poner en marcha para, más adelante, seguir sorprendiendo a quienes están creyendo en mi proyecto. 

Y es que, claramente, no estoy sentado esperando a que el dinero me caiga del cielo, sino que estoy trabajando en un proyecto terminado, que espero sea lo suficientemente bueno para hacerme sentir orgulloso del esfuerzo.

No soy patudo. Simplemente, quiero dejar de soñar y hacer realidad mis ideas, esas que tanto trabajo me dan y a las que les dedico los pocos momentos de ocio que tengo durante la semana. Mucho más útiles que dedicarme a insultar a otras personas en las redes sociales.

Pero, no contento con esto, me permití el lujo de volver a pedir ayuda para otro proyecto, uno que tenía muy guardado, pero que, con el empujón de mi amiga Lola, no tuvo más remedio que salir. Cartas para salir del armario (www.gofund.me/salir_del_armario) es un libro, pero también es una web y una serie de acciones de activismo que me gustaría poner en marcha lo antes posible. Sobre todo, teniendo en cuenta de que en los últimos meses se han multiplicado las agresiones a personas del colectivo LGTB por su identidad sexual, y se ha acosado a niños y jóvenes hasta la muerte por la misma razón.

¿Puedo quedarme callado y quieto? No, no puedo. Quien me conoce, sabe que no podría hacerlo. Así que me lancé a montar este proyecto multiplataforma que pretende contar, además de mi historia, los testimonios de mujeres y hombres que han salido del armario (del clóset) en sus familias, en su grupo de amigos, en su trabajo o en todos a la vez, para que esas experiencias sirvan de inspiración, refugio y contención para tantas personas que todavía viven reprimidas, con miedo a expresar sus sentimientos...

Y para este proyecto sí que necesito ayuda, porque hasta ahora solo tengo la idea y la voluntad. Estoy empezando a recopilar historias y me gustaría conocer muchas más, porque creo que es absolutamente necesario actuar, levantar la voz y aportar un granito de arena en la construcción de una sociedad mejor, más abierta y donde todos podamos sentirnos más seguros.

En ningún caso pretendo hacerme rico. Si ese fuese mi objetivo, probablemente sería ingeniero, arquitecto, político o banquero. Pero no, soy periodista y soy escritor, y por eso necesito la ayuda de otras personas que, como yo, son idealistas y creen en que un mundo mejor es posible. O que, al menos, los proyectos personales de otros nos conmueven, nos motivan, nos llevan a actuar y a apoyar.

Ambas iniciativas son muy personales y nacen desde lo más profundo de mi corazón. La cocina es una de mis formas de expresión; la escritura, es otra de ellas. Quizás la más importante. En ambas me dejo el alma y la piel; y, a pesar de su evidente juventud, las quiero como si las hubiera parido hace años. Ahora, solo necesito tu ayuda para que crezcan sanas y lleguen a un buen lugar.

¡Qué manía con la idea de reproducirse!

jueves, 28 de enero de 2016


No, no estoy en contra de ampliar las familias y de que tengáis hijos... ¡Todo lo contrario! Pero estoy hasta el moño de que uno de los comentarios habituales de mi página de Facebook es el de "Dios dijo que el hombre se reprodujese con mujeres, no con hombres".

Primero, si llegase a intentar reproducirme con mi marido, es porque a los dos nos faltarían unos cuantos hervores u horas de sol, y probablemente seríamos potenciales pacientes de una institución mental. O sería un plan que, obviamente, resultaría un auténtico fracaso. Por más que lo intentásemos, seguro que no obtendríamos un bebé en el proceso.

Segundo, la idea de que el sexo es meramente reproductivo y no por placer, por diversión, por juego, por intimidad, por cariño, por atracción o por cualquier otra razón, me parece ya bastante añeja. La idea de la sábana con el agujerito y la visión de la mujer como fábrica de hijos está un poco pasada de moda. Hoy el sexo se disfruta y las personas somos libres de tener hijos o de no tenerlos.

Tercero, vuelvo a repetir que la idea de la religión es cuestión de cada uno. Si a ti tu dios te dice que no lo hagas, pues no lo hagas. Si a ti el duende verde del bosque te dice que saltes en un pie, pues salta en un pie. Si a ti el gotelé de la pared te dice que le sigas, síguele... Haz lo que sea, pero que sea cuestión tuya y no de los demás. Si no quieres tener sexo por placer, allá tú. Si no quieres tener sexo con hombres, ¡no lo tengas! Nadie te obliga. Pero deja a los demás que tomen decisiones por sí mismos.

Cuarto, sigo pensando que, en el hipotético caso de que quisiéramos tener hijos, seríamos unos padres estupendos que llenaríamos de amor a quien estuviese a nuestro cargo. Si quisiéramos tenerlos, claramente buscaríamos otras alternativas, que no son la reproducción habitual. Somos gays, no somos tarados...

Quinto, me resulta fascinante ver como me lanzan el mensaje cristiano de "Dios dijo...", entre insultos y frases peyorativas. ¿No es ese mismo Dios es que hablaba de amar al prójimo, del perdón, de la misericordia, del respeto, del amor, etc.? No sé a vosotros, pero a mí me choca ver cómo se estrella su propio argumento en menos de 3 líneas y me viene a demostrar, una vez más, que la religión se esgrime y se adapta a las necesidades de cada uno, pero el mensaje completo, generalmente, se pasa por alto.

Sexto, sigo sin comprender muy bien por qué la gente se siente con el derecho y el deber de insultar a otros a través de las redes sociales. Estoy seguro de que el 99% de ellos y ellas jamás se atrevería a hacerlo cara a cara. ¿Por qué esa sensación de impunidad a través de las redes sociales? El respeto y la buena educación deben demostrarse incluso más en este tipo de situaciones, donde faltan tantos componentes de la comunicación (la tonalidad, los gestos, etc.). Sea civilizado y civilizada en sus interacciones en Internet. Nunca se sabe lo que puede pasar en el futuro...

Mujeres, hombres... y el abismo con el que quieren separarnos

miércoles, 27 de enero de 2016

 

“Soy bien hombre para mis cosas” y “Los niños no lloran… no seas niñita”

¿Qué es ser “bien hombre”? Podría llegar a elucubrar sobre lo que significa ser “buen” hombre, pero “bien”, no lo consigo. Yo me siento hombre, tengo cuerpo de hombre y cabeza de hombre. Tengo barba, pelo en el cuerpo y casi nada en la cabeza. Tengo las manos grandes, espalda ancha, piernas firmes y calzo un 45. Estoy pasado de peso, pero eso no me hace menos hombre, aunque sí gordo. Mi voz es grave y puedo hacerla todavía más grave si quiero. Quizás mi problema es que me gustan los hombres más o menos como yo, que se sienten cómodos en su cuerpo y en su esencia. Pero eso no me hace menos o más hombre. Simplemente me deja igual: siendo hombre. ¿O acaso si te gustan las manzanas eres más o menos hombre? ¿Si no te gustan los gatos o las arañas, también incide en tu identidad?

Pero vamos a que es ser “bien hombre”. El concepto de “macho” asociado a esa idea es de un ser bruto, despreocupado, abusivo y violento, que no repara en las pequeñas cosas –esas destinadas a la mujer, según algún manual que nunca hemos leído, pero que se dan por entendidas y se transmiten desde edades tempranas en casi todos los procesos de socialización–. El hombre no plancha, no hace su cama, no juega con muñecas, no baila, no se ríe, no llora, no canta…, una larga lista de noes que asustaría hasta al más valiente, cercenando de raíz cualquier atisbo de humanidad en los “bien hombres” y dejándolos desprovistos de la capacidad de expresar sentimientos más allá de la camaradería, la fuerza bruta y la desidia por todo aquello que nos de machos.

Triste vida lo de ser “bien hombre” si de eso se trata. Seres truncados hasta lo más profundo, con carencias para dar y recibir afecto, con sueños frustrados e ideales trastocados que, seguro, y sin saber muy bien por qué, transmitirán a las nuevas generaciones. Como si con ellos no hubiese sido suficiente…

Los sentimientos son del ser humano, de todos nosotros. No pertenecen únicamente a hombres o a mujeres, sino que son universales. Entrar en cualquier clasificación es, inmediatamente, establecer un ranking de emociones que resultaría tan arbitrario como erróneo.

“Deja de ___ como una niña” y “Aprende a ___ como hombre”

La base de estas dos ideas es que los hombres molan y las mujeres no. Que los niños son lo más y las niñas, lo menos. Que ellos son más listos, más fuertes, más atractivos, dominantes, líderes…, mientras ellas son serviciales, dominadas, subordinadas.

Es cosa de mirar los juguetes (superhéroes para ellos y princesas para ellas) o las temáticas que dominan los productos destinados a cada uno, más allá del azul y el rosa: viajes al espacio, piratas y aventuras, vaqueros y soldados para ellos; nubes, unicornios, tonos pastel, aseo y cocina para ellas.

Ellos eruptan y se tiran pedos, pero ellas "no tienen espalda" ni huelen mal; ellos son brutos y ellas son suaves y delicadas; ellos tienen vigor y virilidad, son activos; ellas son pasivas y sumisas... Y esta estigmatización la transmitimos, inconscientemente o no, generación tras generación, porque hay cosas que son de niños y otras que son de niñas, según dicen. Incluso hasta en las carreras profesionales se produce esta situación: ellos son ingenieros, ellas son maestras de Infantil. Raro resultaba ver hombres en el área de Humanista, aunque no éramos pocos; por supuesto, la mayoría de mis compañeros de colegio estaban en Ciencias y Matemáticas. Cuando mi hermano entró a la Universidad, la proporción de hombres en Ingeniería era superior al 90% o 95% respecto de una absoluta minoría de mujeres.

Con esa dinámica, ellos son médicos y ellas, enfermeras. Ellos son pilotos y ellas, azafatas. Y aunque nos choca cada vez menos que haya una “transgresión” en el ámbito laboral, todavía hay muchos y muchas que se resisten a aceptarlo y automáticamente añaden la coletilla: “seguro que es gay si es enfermero”; “Ella no será capaz de resistir la violencia y la agresividad de una guerra”, etc.

Esa es la batalla de los sexos que hay que luchar: la de acabar con la estupidez y comprender que la sociedad es de todos y que todos y todas tenemos derechos a blandir espadas (o drones) o a bailar danza contemporánea en mallas ajustadas si eso es lo que el cuerpo y el corazón nos piden. Y ninguna de esas decisiones nos harán más o menos hombres, o más o menos mujeres. Pero sí nos harán mejores personas mientras aprendamos a vivir honestamente con nosotros y en respeto con los demás. Así es como se construye una sociedad sana.

“Hijito de mamá”

Si bien creo que se oye cada vez menos, nunca he entendido muy bien la idea de “hijito de mamá”. Pues claro. Me parece una obviedad que, por supuesto, se ha cargado de machismo y de negatividad a partir de ideas erróneas. Hijo de mi madre y de mi padre, a mucha honra. Dos personas íntegras y amorosas, educadas y correctas, honestas como pocos. Todo lo demás que se achaca a ser “hijito de mamá” puede ser producto de la timidez, de una madurez temprana, de una falta de interés en las actividades “habituales” para un niño de la edad que sea, etc. Pero nada que nos quite la cualidad de hombres o mujeres, de niñas o de niños, de nosotros mismos.

La sociedad tiene mucho que avanzar todavía. Nos llenamos la boca de igualdad, de tolerancia, de inclusividad y de tantas otras cosas; no obstante, nuestros más básicos instintos nos llevan a repetir estos pervertidos modelos de socialización que delimitan las actividades, las actitudes y las acciones a partir del género, en una construcción machista y heteronormativa que teme, rechaza y se niega a perder su posición dominante ante cualquier diferencia que, sin pretenderlo, le haga sentir amenazada su preponderancia. 

Hasta que eso no cambie, no hay que dejar de luchar, de educar, de sensibilizar y, sobre todo, de intentar cambiar las cosas a través del comportamiento y, sobre todo, del lenguaje que, como hemos visto, si bien resulta absurdo si nos paramos a pensarlo, no tiene nada de inocente a la hora de estigmatizar, de apartar y de provocar sufrimiento, generando distintas polarizaciones en la estructura social que solo aportan situaciones de violencia física y psicológica, presentes y futuras, además de desigualdades, incoherencias y mucha, mucha injusticia.

¿Por qué habría de arrepentirme de amar?

viernes, 22 de enero de 2016

Ayer estaba viendo un corto documental sobre las terapias de conversión (de homosexuales para que dejasen de serlo) en Estados Unidos y hoy, fake o no, veo esta imagen con pensamientos que, seguramente, más de alguno tiene o ha tenido alguna vez en su vida.

Lo primero que resulta esencial es comprender que nadie elige ser homosexual. Como ya han y hemos dicho muchos antes, ¿por qué elegiríamos ser gays en una sociedad en la que se nos condena y se nos discrimina? ¿Por qué habríamos de exponernos a que nos agredan en la calle? ¿Por qué decidiríamos ser ciudadanos de segunda, donde se nos exigen deberes cívicos, pero se nos niegan ciertos derechos?

Y siempre me gusta hacer la misma pregunta: ¿Cuándo decidiste ser heterosexual? ¿Alguna vez te planteaste ser de otra forma a causa de algún evento relevante en tu vida? ¿En qué momento de tu vida hiciste un proceso consciente para empezar a morderte las uñas o ser fanático del fútbol? ¿Cuánto tiempo valoraste y razonaste la idea de enamorarte de esa persona que te acompaña en la vida? Para mí, son cosas que simplemente son, que pasan por cuestiones que escapan al raciocinio y tienen más que ver con lo visceral y con lo emocional, con los componentes más básicos de nuestra esencia como personas. Por lo tanto, no pueden ser decisiones, sino que pasan a ser sensaciones que se exteriorizan. Pero yo no soy filósofo ni pensador, ni menos pretendo sentar cátedra al respecto.

Si bien el debate de si se nace o se hace sigue vigente, mi experiencia me lleva a creer que se nace. Pero hay muchos grupos que consideran que es una forma de vida, una moda pasajera provocada por fuerzas demoníacas o por simple falta de carácter. Y, lo mejor, es que con una “vida santa” se puede curar.

Sinceramente, creo que las terapias de conversión no son más que acciones conductistas que pretenden modificar el comportamiento público, pero que jamás pueden alterar el sentimiento privado, lo más profundo. Hasta ahora no he visto ningún caso creíble de “exgays” (como se llaman ellos), al menos no en los documentales o reportajes que he visto al respecto, que me deje con la certeza de que está curado. Ayer decía uno que seguía mirando hombres, que miraba sus piernas fuertes y quería ser como ellos, pero que ya no lo hacía con deseo… en fin, que el que no se consuela es porque no quiere.

Y dejando el tema polémico aparte, ¿por qué habría de pensar en dejar de amar a la persona con la que comparto mi vida? ¿Alguien se lo ha planteado alguna vez así porque sí? Gay o no gay, me enamoré de otro ser humano y así me quiero quedar. ¡Sobre todo con lo difícil que resulta encontrar a tu media naranja! Maldito Zeus

Sinceramente, yo no cambiaría este amor por ningún otro, ni por la necesidad de reproducirme ni por una aspiración eterna a vivir sobre las nubes en un cielo imaginario que nadie de nosotros ha visto. Ha sido bastante habitual que en los últimos meses haya mucha gente preocupada por si mi alma arderá en el fuego eterno del infierno, invitándome a convertirme a sus dioses (los que sean) para dejar de vivir en pecado, para dejar de ser un paria social, para dejar de ensuciar la mente de los niños, para dejar de ser un sodomita, para dejar de ser una serie de cosas entre todas las que me han llamado. Y la verdad es que no quiero…

Primero, porque ¿quién les ha dado esa posición superior desde la que pretenden salvarme? Insisto en que detrás de esa noble intención hay una profunda soberbia de creerse dueños de la única y gran verdad, jugando a ser dioses y a juzgar a sus pares por lo que hacen y dejan de hacer. Eso, según yo, no les hace mejores personas. Al menos, no les hace parecer mejores personas.

Segundo, porque ese asunto, si me interesase, sería una cuestión personal que a nadie tiene que importarle. La vida espiritual es de cada uno y querer intervenir en ella, para mí, vuelve a ser un acto de soberbia absoluta. Lo mismo me pasa con quien intenta imponer su pensamiento político, su visión de la vida o que su receta de la tortilla de patatas es la mejor del mundo.

Y tercero, porque ¿por qué habría de arrepentirme de amar a mi marido? Estoy en una relación amorosa, tierna, larga y cómoda, en la que nos queremos y nos aceptamos, nos acompañamos y disfrutamos juntos, en la que nos reímos y lloramos, en la que compartimos, en la que celebramos lo bueno y enfrentamos lo malo. Y todo lo hacemos de a dos, codo con codo, mano con mano. ¿Dejaría yo de mirar esos ojos azules y de disfrutar en la forma en la que ellos me miran? No, no lo haría. Ni aunque me jurasen la vida eterna en un cielo lleno de vírgenes dispuestas para mi gozo y satisfacción.