Autoridad docente y padres culposos

viernes, 2 de octubre de 2015



Una de las cosas que siempre me pregunto es qué cambió tanto en 30 años, que el profesor pasó de ser una autoridad natural a necesitar una ley que se la otorgue. Cuando yo era pequeño, la profesora o el profesor, desde Infantil hasta el final, merecían no solo todo el respeto de sus estudiantes, sino también de padres y madres. En mi casa jamás se ponía en duda una decisión del profesorado: tenían una suerte de principio de infalibilidad que ponía en duda cualquier cosa que nosotros dijésemos.

"Si te ha regañado, será porque algo estabas haciendo", era una frase típica en casa. Incluso, aunque las circunstancias fueran absolutamente injustas y arbitrarias, a mis padres nunca se les pasó por la cabeza poner en duda la palabra del profesor ni menos cuestionar una sanción. Si llegaba a darse la situación, como mucho plantearían sus dudas o su posición, pero siempre desde el respeto que implicaba el simple hecho de "hacer clase a un grupo de energúmenos", como a veces decía mi madre reconociendo el valor que tenían de ponerse cada día frente a 25-35 niñas y niños.

Cuando me convertí en profesor en la Universidad, había dos cosas que me molestaban mucho y que la gran mayoría de mis estudiantes decía: "usted me tiene mala" (manía) y "¿Por qué me puso un 3?". La primera siempre era una opción viable, porque somos humanos. Pero no hubiera sido profesional si hubiese dejado que eso afectara mi capacidad de evaluar a alguien... Y la segunda, siempre obtenía la misma respuesta por mi parte: "No te lo puse, te sacaste un 3", que es muy distinto. Y digo esto, porque aquí ya se notaba una cierta tensión en el aula, donde la autoridad se ponía en duda, se cuestionaba. También es verdad que trabajaba con gente entre 18 y 24 años, pero eso no significaba (al menos nunca lo fue para mí) una postura diferente en cuanto a la posición de alumno y profesor. 

Peor parte me llevé cuando cogí las riendas de un curso de Redacción para adultos. Esa batalla fue dura, porque eran todos de mi edad o mayores que yo, y no solo me costaba "ejercer" la autoridad, sino que también era más complejo lidiar con vicios lingüísticos que arrastraban por años y, todavía más, que vieran la utilidad de lo que intentaba transmitirles para una profesión que no era del ámbito periodístico. Es uno de mis asuntos pendientes, de esas espinas clavadas en el corazón, porque creo que no supe llegar a ellos, que no encontré el camino para conectar con el trabajo que estábamos haciendo. Me faltó tiempo, me faltaron fuerzas y me quedé con las ganas de haber hecho mucho más.

Pero bueno, volviendo al tema del ejercicio de la docencia, hoy es casi una actividad peligrosa: padres, madres o menores violentos, acosando a los maestros y las maestras en vivo y en directo, a través de las redes sociales, golpéandoles en la vía pública, increpándoles en la calle... Hoy "el niño" o "la niña" tienen razón, veracidad y credibilidad. Hoy los padres, esos mismos culposos de los que ya he hablado en publicaciones anteriores, ven a los docentes como enemigos, quizás porque muchos de ellos pasan más tiempo con sus hijos que ellos mismos y la culpa les corroe.

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