La homosexualidad privilegiada

jueves, 29 de octubre de 2015


El estreno de Happy Together, programa emitido por TVN en Chile, marca un hito (para mí) en la historia de la televisión en ese país: una pareja gay protagoniza en horario prime una especie de docureality sobre su vida en pareja, como una forma de normalizar, de educar, de mostrar que dos hombres (o dos mujeres) se enfrentan a problemas similares que las heterosexuales: sentimientos encontrados, (des)organización, familia, trabajo, lo cotidiano, e incluso, la paternidad.

Para mí esa es su vital relevancia y, visto en este contexto, el programa me parece un triunfo. Pero entiendo de donde nacen las críticas que se han dejado ver en los comentarios en redes sociales: la representación de lo que se me ha ocurrido llamar "la homosexualidad privilegiada". Dos hombres guapos, exitosos, empresarios, en un entorno social más abierto, con una familia presente, sin problemas económicos evidentes, etc. Y es que se tiende a pensar, gracias a los estereotipos, que todas las parejas homosexuales son así.

Pero el abanico de posibilidades en el mundo gay (no voy a entrar en todas las letras) es tan variado como la bandera del arcoíris y todos los matices que pueda haber entre sus colores. 

¿Por qué no se sigue la vida de una pareja más "normal", en el sentido de que quizás todavía no pueden vivir juntos por falta de dinero (que las hay), que se desplazan en transporte público, que no pueden viajar, que no tienen una red de apoyo...? Y eso por no pedir que muestren la marginalidad de la vida homosexual: una pareja que no puede estar junta, que sufre acoso, que apenas tiene dinero para vivir, una cuyo entorno sociocultural resulte hostil o que no piensa en comprarse productos de cosmética masculina para utilizar después de la ducha. O, si me pusiera todavía más superficial, a una pareja de gordos, de hombres mayores, a personas con rasgos raciales menos "blancos", etc. ¿Dónde están? ¿No caben en pantalla? ¿No existen?

La normalización es un trabajo arduo y duro, a largo plazo, que requiere precisamente la mayor cantidad de información para conseguir su objetivo. Necesita diversidad, representación de distintas formas, necesita más colorido y menos estandarización. Estos dos hombres (que pobres, no tengo nada en contra de ellos y me han parecido un encanto, además de guapos) podrían ser una pareja gay en muchos otros lugares del mundo (EEUU, España, Argentina, Portugal, Brasil, Italia, etc.), pero representan a una porción de la sociedad chilena muy determinada y marcada. 

Supongo (y espero) que no se ha hecho con ninguna intención y que es una mera coincidencia, pero sería interesante ver otros "tipos" de homosexualidad en pantalla. Esa que ocurre a veces en las que no llegamos a fin de mes, en la que no nos gusta saltar en parapente o en la que no tenemos coche para desplazarnos por la ciudad. Esa en la que no hay espacio en la casa para hacer una fiesta o en la que los hermanos no quieren que te acerques a sus hijos para no "contagiarles" nada. Esa en la que todo es más real y menos televisivo, en la que todo parece o es más difícil que una conversación con una copa de vino blanco bien fresco en el sofá de un piso en la zona oriente de Santiago.

Me parece un gran paso la existencia de Happy Together, pero creo que la siguiente etapa es precisamente la de normalizar más, pero desde la diferencia, desde la diversidad, desde la realidad, sin caer en caricaturas, sino siendo lo más honestos que sea posible. Es esa la forma de conseguir que estas aventuras tengan el éxito esperado, no de público, sino de sensibilización.

La homofobia es producto de la educación y de la socialización

lunes, 26 de octubre de 2015


Yo tuve Ética en la carrera de Periodismo. Y no cualquier Ética: una claramente católica, muy ligada a los preceptos de la Iglesia. Era de esperar en una entidad con una clara influencia de personalidades pertenecientes al Opus Dei, pero no debería ser aceptable en un organismo que se hace llamar Universidad.

Recuerdo algunas discusiones sobre el aborto o el divorcio que acababan con un "qué triste que pienses así" por parte de la profesora. En general, yo me callaba y no decía nada, porque me parecía una pérdida de tiempo y porque tenía (o sentía que tenía) menos tablas que ahora para decir las cosas. A pesar de todo, tampoco sentí como si me presionaran a aprender determinadas cosas o a pensar de una forma en particular. Todo lo contrario a lo que "leo" en la actuación del DuocUC en una prueba de Antropología de la que se ha hecho eco el Movilh en las redes sociales.

Con dos preguntas han mostrado claramente su posición. En ambas, además de su rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo, queda en evidencia el "fin procreador" del sacramento, porque evidentemente al hablar de matrimonio en un país como Chile se hace referencia al vínculo eclesiástico (en rojo marqué las respuestas correctas).

Y siempre me hago la misma pregunta ante esta postura: entonces, las parejas heterosexuales en las que es imposible la fecundación por cualquier razón, ¿no deberían casarse?

Yo no sé a ustedes, pero a mí me resulta muy complicado pensar en que la Iglesia Católica tomase cartas en el asunto y prohibiese el matrimonio entre un hombre y una mujer que se encuentren en estas circunstancias o que, por voluntad propia, hayan decidido no tener hijos. ¿Por qué entonces se utiliza como arma arrojadiza en contra del matrimonio homosexual?

Además, ¿por qué reducir el matrimonio a una simple fabricación de seres humanos, cuando debería valer únicamente el sustento del amor y la ayuda mutua, los otros fines esgrimidos por la entidad, "desde el punto de vista antropológico"? Pero no voy a entrar en el concepto, aunque sí lo haré en lo que conlleva el acto: la homofobia es producto de la educación y de la socialización.

Sí. Así es. Si fuera un rechazo natural, uno que viene grabado en nuestro ADN o como herencia de la Ley Natural, no sería necesario enseñarla en la Universidad ni en el colegio. Ni reforzarla de una forma tan baja: jugando con el futuro de quien pueda abstenerse de responder o quien simplemente estuviera en contra de la premisa.

Para mí tiene el mismo sentido que hacer de la Religión una asignatura evaluable en las escuelas: proselitismo. La formación de los seres humanos como hombres y mujeres de fe debe realizarse en los hogares y en los espacios destinados para ello: los distintos cultos. Pero no debería hacerse desde el mismo lugar en que se enseña, en el que se aprenden las competencias básicas para el desarrollo profesional. Y, si bien la escuela es el espacio en el que también aprendemos a "ser personas", por el bien social debería ser un espacio en el que aprendemos a ser personas individuales, sociales y civiles, pero no espirituales ni mucho menos religiosas. ¿Me explico?

Como sé que a estas alturas alguien pensará en por qué sí me he mostrado de acuerdo con la lectura de Nicolás tiene dos papás en los colegios, pero no con esto, explico mi razón: porque el libro del niño que vive con una pareja homosexual no educa en la fe ni en la religión, sino que lo hace en un ámbito social que está, que existe; en una realidad a la que solo se puede hacer frente con la represión y el miedo. Su misión es cívica: enseñar el respeto a la diversidad y a la diferencia, todo lo contrario a lo que una prueba de este tipo pretende.

Siguiendo este patrón, las religiones tienen cabida en las aulas, siempre que se enseñen como parte de la historia de la humanidad, como base para entender, incluso, muchos de los conflictos vigentes a los que las escuelas no deberían permanecer ajenas. Pero la enseñanza de una religión como forma de adoctrinamiento debería estar prohibida, así como cualquier manifestación personal de las creencias individuales que puedan afectar al funcionamiento colectivo, al respeto mutuo de todos los miembros del grupo y que atente contra la dignidad del ser humano como persona individual, social y civil. No olvidemos que formamos parte de sociedades y que, por lo tanto, es indispensable que aprendamos a convivir en armonía, respetando la diversidad y las diferencias, y no haciéndolas todavía más profundas. ¿No es eso lo que se supone que predica en parte la religión que después sesga en sus manifestaciones académicas, como la de esta prueba? Al parecer, es así en la teoría, pero no en la práctica. Coherencia es el punto. Coherencia.

** Última hora **
DuocUC anuncia la retirada de la polémica pregunta de sus pruebas y asegura que la entidad valora la diversidad social (Lea aquí el artículo).

Es cuestión de seguir en la lucha...

Carta a padres y madres que rechazan a sus hijos e hijas LGBT

lunes, 19 de octubre de 2015


Esta carta es una carta de dolor, del más profundo que usted le puede causar a un hijo o a una hija. La vida de una persona LGBT no es fácil, no al menos en aquellas sociedades donde todavía se cree que es una decisión racional el enamorarse de alguien de nuestro mismo sexo o que es una circunstancia a la que nos arrastra la vida; incluso peor, que es una enfermedad que se padece.

Se padece la homofobia, pero no la identidad sexual. La primera es la que usted genera en su hija o hijo y, por extensión, a toda la sociedad. Es la que condena, perpetúa los prejuicios y las concepciones erróneas; las generalizaciones que nacen del absurdo y del desconocimiento, esos que a usted seguramente le inculcaron con mucho ímpetu con una base en la religión y con otra en el miedo.

Sí, la LGBTfobia nace del miedo, del suyo, pero provoca mi miedo, el de su hijo y el de su hija. Provoca que haya sentido pánico a enamorarme, a que me haya dado pavor contarle a mi familia y a mis amigos que era homosexual. Me generó la necesidad de salir de mi país para poder vivir, poder amar, poder sentir deseo, ternura, sentirme querido y eliminar todas las barreras que una educación rígida, retrógrada y homófoba generó en mí. 

Su fobia es la culpable de cientos y miles de suicidios y lesiones, de ataques cobardes a personas que, por el simple hecho de manifestar públicamente su amor hacia otros o solo por ser diferentes del estándar social que otros han instaurado, son golpeadas, apedreadas, maltratadas, expulsadas, acosadas, despedidas, acusadas públicamente y condenadas a un ostracismo profundo.

Es usted quien está mal, ¡entiéndalo de una vez! 

Su hija o su hijo (gays, lesbianas, transexuales o bisexuales), seguirán siendo sus hijas e hijos, sin importar si a usted le gusta o no de quién se enamoren o con quién se acuesten o cómo se identifiquen. La verdad es que, lo primero, es algo que no debería importarle, porque usted no debería decidir lo que el corazón siente y consiente. Su papel como padre o como madre es el de acoger, acompañar, educar, cuidar y querer, al menos es el que la mayoría de las religiones y cultos promueve. Y ser LGBT no es incompatible con ninguna de sus labores, simplemente es un factor independiente de ellas que jamás debería cambiar su condición de madre o padre.

Me gustaría que sintiera por un momento el rechazo de su padre o de su madre. Me gustaría que fuera señalado y condenado por amar a quien ama. Me gustaría que se rieran de sus modos y de su forma de vestir, como si la diferencia fuera un pase libre para mofarse de alguien hasta hacerle llorar. Me gustaría que sintiera el miedo de besar, de cogerle la mano a alguien, de querer. Me gustaría que por un momento su vida estuviera dominada por la soledad, el temor y la impotencia. Me gustaría por una vez que se pusiera en la piel de él o de ella…

Piense que nadie en su sano juicio elegiría ser gay o lesbiana con gente como usted en la tierra. Simplemente por eso le aseguro que no es una decisión que alguien tomaría a la ligera. La homosexualidad, la bisexualidad o la transexualidad no se “provocan”, de la misma forma en que no se curan. Las terapias que circulan por ahí para “enderezar” a sus hijas e hijos, lo primero es que reducen los sentimientos a pulsiones y las personas, en ratas de laboratorio. Ser LGBT no se refiere únicamente al deseo sexual o la excitación, sino que es toda la dimensión de la personalidad de un ser humano, incluyendo los sentimientos. Y por eso no se puede reconducir o reparar sin alterar el resto. Además, estoy seguro de que no es más que otra vía para reprimir lo que usted no quiere ver, pero no plantea ninguna solución sana para la persona que recibe el tratamiento, es decir, su hija o su hijo.

¡Hágase ver usted su homofobia y déjenos a nosotros en paz! Nuestro amor no le hace daño a usted ni a la sociedad. No altera el orden cósmico ni genera lluvia ácida. No atenta contra su matrimonio ni contra las convicciones de nada. No pervierte a menores ni los llena de dudas. ¿Acaso alguna vez ha dudado usted de su heterosexualidad? No, y nadie lo hace por ver a personas del mismo sexo amarse, tener una familia o por formar un hogar.

Los niños y las niñas vienen sin prejuicios hasta que personas sin cordura los convierten en las futuras generaciones de homófobas y homófobos que seguirán condenando a quienes como su hija, su hijo o como yo, queremos distinto a usted. Bueno, queremos igual, solo que a alguien distinto. Y eso a usted debería importarle más bien poco.

Siéntese, piense y medite en lo que está haciendo. ¿Quiere alejar a su hija o a su hijo para siempre? ¿Quiere hacer de su vida un infierno? ¿Quiere coartarle la posibilidad de amar a quien quiera? ¿Quiere provocarle el mayor dolor o sufrimiento que un padre o una madre le pueden provocar? ¿Quiere empujarlos a medidas más drásticas como las lesiones o el suicidio? ¿Quiere condenarles al acoso en sus colegios, en sus trabajos y en su entorno social? Si responde que sí a alguna de estas preguntas, es usted una persona desalmada que, quizás, debería convertirse en el blanco del odio y la persecución. Si la perdemos o lo perdemos, la culpa no es de nadie más que suya...

Pero no le deseo mal, de verdad. Solo le deseo que tenga la capacidad de amar a su hijo o a su hija de la forma en que mis padres lo hacen conmigo. Después de tanto miedo, me enseñaron que su amor era infinito, que era algo hermoso, que era eterno y que nunca se regía por lo que les decían sino por lo que ellos sentían. Me enseñaron que la familia es el lugar en el que siempre podemos estar seguros. Y me enseñaron que siempre podría contar con ellos. Me abrieron los brazos y siguieron queriéndome como siempre, quizás todavía más, porque yo fui capaz de dejar que me quisieran todo, entero, sin cerrarles ninguna puerta.

Solo espero que usted sea capaz de eso y de mucho más. Levántese y abrace a su hija o a su hijo, y hágale saber que nada en el mundo es más importante para usted que su bienestar, su protección y su amor. Solo así podremos construir una sociedad más justa, más respetuosa y más consciente de que el amor se siente y se vive, pero no se elige. Más abierta, menos ignorante. Solo así usted no perderá el amor que como hijos podemos darle a nuestros padres. Solo así lograremos vivir sin miedo, sin el suyo y sin el nuestro.

No mejor, distinto (carta abierta a quienes se quedaron)

viernes, 16 de octubre de 2015


Me molesta mucho cuando alguien dice “quién se cree este (o esta)… porque vive en el extranjero, se siente superior…”. No, no me siento mejor que tú por ninguna razón. Es más, probablemente mi tendencia a infravalorar mis capacidades siempre haga que me sienta inferior. Pero es algo con lo que he aprendido a lidiar y que no frena un ápice mis ganas de hacer cosas, de probar experiencias, de conocer gentes y lugares. Tampoco te da a ti ninguna ventaja sobre mí…

El hecho de haber cambiado de país y de viajar me hace mejor persona, pero no en relación a ti (de verdad tienes que aprender a que el mundo gira sobre su eje y no a tu alrededor). Me hace mejor en cuanto a mi experiencia vital, a mi forma de ver el mundo, a mis ganas de aprender y de conocer, a la capacidad de comprender que en realidad no somos nadie y que seguramente más del 90% del resto de habitantes del planeta ha tenido que enfrentar cosas mucho más duras que las que me pueden haber tocado a mí.

Eso me hace más libre en cuanto a poner en perspectiva mis desgracias de mierda y darme cuenta de que no son nada comparables con quien no tiene libertad, quien vive con miedo, quien no puede sentir libremente, quien está sometido o quien ha sufrido alguna catástrofe, quien ha perdido sus amores (todos ellos, de todos los tipos) o quien no ha sabido nunca amar ni ser amado. Y también me hace más sabio, porque me deja tiempo para pensar y para hacer, para ocuparme en vez de preocuparme. Pero no me hace mejor en cuanto a ti ni a los demás. Como decía, solo me hace mejor a mí en cuanto a mí mismo, en cuanto a una versión mejorada de lo que era.

Echar de menos me ha hecho más fuerte y me ha permitido valorar los vínculos sentimentales que tengo con las personas de mi vida y con los lugares en los que he vivido. A la vez, me ha permitido olvidarme de lo irrelevante y de lo innecesario, de lo que parecía profundamente fundamental, pero que realmente no tenía importancia.

Conocer otras culturas me ha enriquecido como persona (siempre hablo con respecto a mi yo anterior) porque me ha permitido mirar con otros ojos cosas y dudar de lo tajante, de los absolutos y de las verdades infalibles. Me ha llevado a conocer otras historias, otras realidades, otras personas que me han dado mucho, que me han enseñado mucho y que han marcado mi trayectoria vital. Pero ojo, ellas tampoco son mejores en ningún sentido, sino que son diferentes. Y ahí está la riqueza: en la diversidad.

Salir de un entorno uniforme y estándar me ha dado herramientas nuevas, conocimientos nuevos, ideas nuevas, aprendizajes nuevos, valores nuevos, amores nuevos, sentimientos nuevos, miedos nuevos, certezas nuevas… Me ha permitido conocerme mejor y aprender a dejarme conocer por los demás tal como soy, sin esconderme. Ya no necesito esconderme de mí, ni de ti, ni de nadie. Pero no porque esté en otra latitud, sino porque me siento en paz conmigo mismo y con quien siento que debo estar en paz.

Aprendí a que me sobran los dobleces, a que la vida de los otros no es importante para vivir la mía y a que soy el único que tiene incidencia en lo que consigo y en lo que soy. Lo que haga el vecino o el político de turno no modifica mi existencia; me lo puede poner más fácil o más complicado para seguir, pero en realidad no afecta a mis objetivos ni al camino que día a día me trazo para seguir adelante.

Sí, sigo adelante. Camino ese camino que empecé hace más de 11 años cada día. Es largo… He tenido días de tormenta y muchos meses de sol y calma. He cruzado montañas y océanos, pero no de los geográficos, sino de los emocionales, que son mucho más escarpados y profundos. Me caí y me volví a levantar. Es más, cada día me caigo y me levanto, porque cada día es un aprendizaje nuevo.

Me cansé de dejar mi destino en las manos del destino y de acusar a la suerte de ser la fuente de todos mis males. Estar lejos del escudo protector de mi familia y de mis amigos, salir de ese metro cuadrado en el que nos movemos a diario, me ha permitido hacerme responsable de mis logros y de mis fracasos. Nadie más tiene la culpa de lo que me pase que yo. Nadie me castiga y nadie me aplaude o me coge en brazos para llevarme. El camino es mío y soy yo el que lo anda cada día.

Y nada de esto me ha hecho mejor que nadie. Nada de esto me ha puesto en una posición superior. Nada de esto tiene nada que ver con nadie más que conmigo mismo. Porque lo he hecho por mí y para mí. Ya no miro los éxitos ni las caídas de los demás como la medida de mis éxitos y mis caídas. De hecho es poco lo que miro, porque no tengo un interés morboso en compararme, en envidiar o en sentirme mejor con respecto a nadie. Resulta muy liberador llegar a ese punto donde lo relevante es celebrar con quien quieres aquello que merece ser celebrado y acompañar a quien realmente necesita un apoyo, un hombro, una mano.

Soy de cultivar muchas amistades y de mantenerlas en el tiempo. Pero de hacerlo, lo hago con las que me alimentan el alma, el corazón y la mente. Las otras se quedaron atrás, simplemente porque no tenemos puntos en común. No porque sea mejor que tú (que a estas alturas espero que te haya quedado claro), sino porque soy distinto al que era y porque seguí adelante. Pude hacerlo.

Esto no significa que nunca vaya a volver al principio, a donde empezó todo. Quizás la vida me lleve al mismo punto geográfico; pero, aunque vuelva allí, nunca volveré de la forma en la que me fui. Lo haré siendo distinto, queriendo distinto, sintiendo distinto y viviendo distinto. No mejor, distinto.

Me confunden con personas que dejé de ser hace tiempo

miércoles, 14 de octubre de 2015





"Me confunden con personas que dejé de ser hace tiempo"...

Esta mañana leí esta frase en Facebook y no he podido parar de darle vueltas en mi cabeza, de masticar todas las cosas que se disparan en mi mente cuando la recuerdo, cuando entiendo el poder de sus palabras o el sentido que yo le veo.

Sí, hace tiempo que dejé de ser yo para seguir siendo yo. Hace tiempo que soy otro sin dejar de ser el mismo. Hace tiempo que dejé de ser otro, ese que todos querían, para ser otro yo, el que yo no quería que se viera, el que estaba siempre ahí. Ahora soy ese.

Siempre fui otro, aunque igualmente fuera yo... pero solo en parte. Porque había otra mitad que estuvo escondida por mucho tiempo, una mitad que fue encontrada por casualidad y que me trajo aquí. Pero ese otro ya no está y se fue, me fui; ahora el otro está con otro que también dejó de ser esa persona hace tiempo y que hoy es quien está conmigo. Mañana estaremos juntos y seremos otros...

Somos otros, somos otros juntos. Somos otros construyendo otros, en vía de dejar de ser quienes somos desde hace tiempo para comenzar a ser otros, otros que vendrán y que también se irán, otros que no sabemos por dónde van a ir, aunque la idea es que vayan juntos, que sean otros juntos también.

A mi familia le pasó cuando estuvimos juntos este año. Yo era yo, pero era otro. Y ellos seguían confundiéndome con personas que dejé de ser hace tiempo, porque hace muchas experiencias, hace muchas filosofías, hace mucha vida que ya no vivimos juntos. Y eso no me hace peor ni mejor, no me hace más ni me hace menos; me hace ser yo, pero otro.

Cuando yo me fui de Chile hace muchos años, era una persona, aunque realmente ya no era la persona que creía ser. Algo había cambiado. Me costó entender que no era el mismo, aceptarlo y estar en paz conmigo. Pero lo conseguí, mucho más tarde que temprano. Sobre todo, comenzó a ocurrir cuando comprendí que huir de mis fantasmas era más bien absurdo. Y aprendí a convivir con ellos, primero, y a dejarlos de lado poco a poco, después. Y así me convertí en mí, en una versión previa del que seré después de escribir este texto... Y así sucesivamente.

Y toda esta parrafada solo para dejar claro que a pesar de ser el mismo, no lo soy. Encajar todo esto resulta complejo, pero debemos aprender a conocernos y re-conocernos. La vida da vueltas y nos da vueltas con ella, es un permanente juego de espejos entre quienes somos y quienes quieren que seamos o sigamos siendo. No obstante, hoy somos unos y mañana seremos otros; los mismos, aunque distintos. Y no hay nada que podamos hacer para evitarlo...

Cómo pelar ajos fácilmente

miércoles, 7 de octubre de 2015


Un breve y claro video que te ayudará en las tareas culinarias.

Descubriendo Ámsterdam - Día 1 (y nada más)

viernes, 2 de octubre de 2015




¡Nunca más elijo el vuelo de las 6 AM! Quedarme dormido a las 2 para despertarme a las 3, estar en el aeropuerto a las 4, tardar 4 minutos en pasar control y después tirarnos más de 1 hora dando vueltas por una terminal en penumbras, solo con unos televisores haciendo ruido y emitiendo luz como parte de un reclamo publicitario, y alguno que otro casi-viajero intentando cogerle a Morfeo algunos minutos más de sueño. Pero bueno, la experiencia no es tan terrible... solo traumática. Sobre todo cuando en el avión dormí 20 minutos como mucho, despertándome de tanto en tanto ahogado en mis propios ronquidos y con la conciencia de estar molestando a mi alrededor, con lo cual el descanso no llegaría hasta la noche.

El aeropuerto de Schipol es grande, pero me dio la sensación de ser muy manejable y cómodo. Incluso hasta agradable, con todo lo anodinos que son en general. Muy luminoso y, a pesar de ser mediados de julio, bastante tranquilo. En pocos minutos alcanzamos la cinta para recoger el equipaje y emprendimos en dirección al tren que nos llevaría a Centraal Station, punto neurálgico de la red de transporte en Amsterdam. El tren a Centrall Station iba bastante lleno, pero al cambiar al metro en dirección al hotel, la cosa fue más relajada. Sobre todo, porque el hotel estaba en las afueras de la ciudad, en un entorno muy agradable: parque, río, paz, tranquilidad...

Aprovecho para decir que el transporte funciona bastante bien, es cómodo, limpio y eficaz. Tuvimos la oportunidad de ir en metro, tren, autobús y tranvía, y la verdad es que en todos los casos fue un servicio estupendo. De todas formas, Amsterdam es una ciudad para caminar, para recorrer con calma, para fijarse en las líneas de las casas, en los detalles que diferencian a un edificio de otro; en las contraventanas, coloridas o no, muy características en buena parte de los barrios, y en tantas otras cosas que la convierten en un destino delicioso.


Pero volvamos a la crónica diaria, para no perder detalle alguno. El hotel estaba a 10 minutos caminando desde la parada de metro de Gaasperplatz, lejos del mundanal ruido. Recomendado para personas que van por varios días, que quieren disfrutar de la tranquilidad, de unas agradables vistas y de una terraza a orillas de un río para descansar. El servicio y el hotel en sí estuvieron muy bien, aunque los desayunos me parecen un robo: 15 euros por persona para un bufet bastante normal y exactamente igual cada día, sin la más mínima sorpresa e innovación. La comida no estaba mal, pero claramente había un problema conceptual en llamar a ciertos platos, sabrosos por cierto, de una forma que no les correspondía: un vitello tonnato que poco tenía que ver con la receta base, al igual que la ensalada cesar y el tabbouleh, pero que resultaban agradables en sabor y textura.

Llegamos a hotel sobre las 10:30 de la mañana, dejamos bultos, nos refrescamos un poco y salimos a pasear cerca del mediodía. Con los horarios cambiados y la cabeza adormecida, comenzamos con una agradable comida en el Lokaal, un sitio con terraza muy cerca de Wibautsraat que resultó tener muy poco público a esa hora, con lo cual estuvimos tranquilos y pudimos disfrutar del entorno. A partir de ahí, como siempre, nos dejamos llevar por la intuición y por el placer: hedonismo turístico puro; es decir, simplemente caminar hacia las calles y rincones que más nos gusten, que mejor pinta tengan, que destaquen por alguna razón imposible de explicar... en suma, go with the flow my friend.


Y el destino fue el barrio De Pijp después de cruzar el río Amstel. Ese día recorrimos la zona sur de Amsterdam, fuera de los semicírculos de agua y alejados del centro, pero nos animamos a llegar hasta el Museum-Plein para cruzar una de las zonas más concurridas de la ciudad. Paseamos por el Albert Cuyp Market, una larga fila de tenderetes llenos de ropa, comida y curiosidades. Después nos lanzamos simplemente a caminar. La razón, ninguna en especial. Solo disfrutar de lo que había: barrios, casas, canales, parques, plazas y calles, muchos cafés y cómodas terrazas para dejar pasar el día. Poco a poco, y de terraza en terraza, deshicimos el camino hasta el río Amstel y hacia la misma estación de Metro que nos había recibido por la mañana. 

El cuerpo ya estaba pidiendo calma (que no salsa) y finalmente decidimos volver al hotel a descansar y, sobre todo, a recuperar fuerzas para el día siguiente. ¡La vida del turista es muy dura! Hace años creo que no me metía a la cama tan pronto y hace muchos meses que no tenía una reparadora noche de más de 10 horas de sueño. Claramente es un lujo no tener una autopista al lado de casa... la paz del hotel era exagerada y hasta podía parecer sospechosa; pero no, todo es cuestión de saber que más allá del ruido de Madrid hay un mundo de remansos de silencio.


Sin pensarlo, nuestra comida durante todo el viaje se centró en los sándwiches, pero es que el pan está buenísimo en prácticamente todas partes y la oferta era suculenta y deliciosa: hummus con tomate; queso feta, calabaza asada y tomate seco, etc. ¡Imposible resistirse! Pero, en general, la comida no es cara y, buscando, se pueden encontrar muy buenas ofertas en lugares con encanto, vistas y comodidad.

(La crónica diaria del viaje quedó inconclusa en su momento y más de un año después no tiene mucho sentido contarla... al menos, están mis primeras impresiones de un viaje maravilloso).

Autoridad docente y padres culposos



Una de las cosas que siempre me pregunto es qué cambió tanto en 30 años, que el profesor pasó de ser una autoridad natural a necesitar una ley que se la otorgue. Cuando yo era pequeño, la profesora o el profesor, desde Infantil hasta el final, merecían no solo todo el respeto de sus estudiantes, sino también de padres y madres. En mi casa jamás se ponía en duda una decisión del profesorado: tenían una suerte de principio de infalibilidad que ponía en duda cualquier cosa que nosotros dijésemos.

"Si te ha regañado, será porque algo estabas haciendo", era una frase típica en casa. Incluso, aunque las circunstancias fueran absolutamente injustas y arbitrarias, a mis padres nunca se les pasó por la cabeza poner en duda la palabra del profesor ni menos cuestionar una sanción. Si llegaba a darse la situación, como mucho plantearían sus dudas o su posición, pero siempre desde el respeto que implicaba el simple hecho de "hacer clase a un grupo de energúmenos", como a veces decía mi madre reconociendo el valor que tenían de ponerse cada día frente a 25-35 niñas y niños.

Cuando me convertí en profesor en la Universidad, había dos cosas que me molestaban mucho y que la gran mayoría de mis estudiantes decía: "usted me tiene mala" (manía) y "¿Por qué me puso un 3?". La primera siempre era una opción viable, porque somos humanos. Pero no hubiera sido profesional si hubiese dejado que eso afectara mi capacidad de evaluar a alguien... Y la segunda, siempre obtenía la misma respuesta por mi parte: "No te lo puse, te sacaste un 3", que es muy distinto. Y digo esto, porque aquí ya se notaba una cierta tensión en el aula, donde la autoridad se ponía en duda, se cuestionaba. También es verdad que trabajaba con gente entre 18 y 24 años, pero eso no significaba (al menos nunca lo fue para mí) una postura diferente en cuanto a la posición de alumno y profesor. 

Peor parte me llevé cuando cogí las riendas de un curso de Redacción para adultos. Esa batalla fue dura, porque eran todos de mi edad o mayores que yo, y no solo me costaba "ejercer" la autoridad, sino que también era más complejo lidiar con vicios lingüísticos que arrastraban por años y, todavía más, que vieran la utilidad de lo que intentaba transmitirles para una profesión que no era del ámbito periodístico. Es uno de mis asuntos pendientes, de esas espinas clavadas en el corazón, porque creo que no supe llegar a ellos, que no encontré el camino para conectar con el trabajo que estábamos haciendo. Me faltó tiempo, me faltaron fuerzas y me quedé con las ganas de haber hecho mucho más.

Pero bueno, volviendo al tema del ejercicio de la docencia, hoy es casi una actividad peligrosa: padres, madres o menores violentos, acosando a los maestros y las maestras en vivo y en directo, a través de las redes sociales, golpéandoles en la vía pública, increpándoles en la calle... Hoy "el niño" o "la niña" tienen razón, veracidad y credibilidad. Hoy los padres, esos mismos culposos de los que ya he hablado en publicaciones anteriores, ven a los docentes como enemigos, quizás porque muchos de ellos pasan más tiempo con sus hijos que ellos mismos y la culpa les corroe.

5 cosas que aprendí en las últimas semanas


Las experiencias de la vida siempre se encargan de enseñarnos cosas, si es que estamos atentos a lo que ellas nos dicen. Estas últimas semanas he aprendido algunas que, si bien en el momento no las comprendí del todo, ahora, con más calma, he podido analizar y sacar conclusiones. Aquí van:

1. Somos un manojo de contradicciones. Sí, lo había reconocido como parte de mi ser hace tiempo, pero lo he visto en más personas: la distancia entre lo que decimos y lo que hacemos es, muchas veces, notable. Lo importante es aprender a convivir con ello y, dentro de lo que cabe, ser coherente con las propias incoherencias... ¿suena complicado? ¡Lo es!

2. Internet nos ha dado la libertad de opinar, pero nos hemos tomado la atribución de decir todo aquello que pasa por nuestras cabezas en absoluto libertinaje. Un artículo de este post provocó tal revuelo, que he recibido insultos de todos los colores. Lo mejor es que, cuando les pedía que leyesen con atención lo que había escrito, más allá de las primeras líneas, venían las disculpas y los arrepentimientos. Me parece sano, cívico y muy humano hacerlo, además de valiente. Pero otros se dedicaban a seguir insultándome en distintos canales, sin siquiera tomarse el tiempo de saber por qué se quejaban... ¡Triste! La comprensión de lectura sigue siendo una asignatura pendiente.

3. La lealtad de las personas no es tan ciega ni tan inmortal como la que suelen exigir de los demás. Es más, la lealtad suele ser bastante egoísta... Y he comprobado, también, que el orgullo saca lo peor de las personas.

4. Me gusta la polémica, pero la que genera conversación, discusión, aprendizaje. No la que promueve la violencia, el insulto y muestra ese lado tan oscuro que siempre intentamos ocultar. Prefiero hablar con gente dispuesta a construir que con aquella que solo destruye y barre para su casa.

5. La vida del autónomo es dura. Trabajar por cuenta propia tiene ventajas y, sobre todo, muchas desventajas. Ahora veo como algunos se dan cuenta de eso cuando dejan de ser trabajadores por cuenta ajena, y aprenden en sus carnes lo que es sacar adelante los proyectos y las cosas que no vienen dadas, que no están protegidas bajo el paraguas de una gran organización. ¡Bienvenid@s al mundo real!

El paletismo digital o la infinita capacidad para creer cualquier tontería


No, Facebook no ha incluido ningún software especial para acceder a sus datos ni compartirlos a terceros. Eso ya lo hace de base, desde el momento mismo en que usted se da de alta en la red social y acepta todas las condiciones, precisamente esas que nadie se lee. Por eso aparece publicidad que le puede interesar, por eso ve ciertos contenidos antes que otros (o en vez de otros), etc. No es azar, sino un cálculo cada vez más sofisticado para mostrarle contenido que pueda resultar interesante para el usuario, según la versión oficial, pero que resulta más interesante para los anunciantes y para Facebook.

Lo mismo ocurre en todas las redes sociales, así que no nos engañemos. Y lo hace Windows 10, esa actualización gratuita que lo único que busca es la legitimización del intrusismo informático, es decir, que Microsoft recoge cada paso y cada huella de lo que hacemos para "mejorar el servicio" (vender información, adaptar contenidos y resultados, etc.). Y Apple, al menos según el técnico informático que me repara todo lo que se estropea, lo lleva haciendo desde el principio de los tiempos.

Y pasa también cada vez que utilizamos el teléfono móvil y nos conectamos a una red o página, cada vez que activamos la geolocalización o el roaming. Pero lo mismo ocurre con las tarjetas de débito y de crédito: allí donde paguemos, algún registro de nuestros comportamientos de compra se van guardando, y luego se venden y se utilizan para "mejorar la experiencia del cliente".

Nombres para el tráfico y la venta de datos hay muchos, y su valor a futuro es vital para las actuales empresas y para el mercado en que nos encontramos. ¿Con qué fin? Vendernos más y mejor (para ellos), con mayor facilidad, con ofertas adaptadas al tiempo y al espacio en el que nos encontremos, etc. 

Es decir, mejora nuestra experiencia, por supuesto que sí, porque accederemos más fácilmente a aquello que la estadística de nuestro comportamiento arroja como estándar; pero también nos limita y nos esclaviza, nos hace más vulnerables a la tentación y al capitalismo exacerbado del compra, compra y compra, poniéndonos los ojos grandes, acelerándonos el corazón y aumentando las endorfinas con maravillosas y tentadoras ofertas, o con productos que necesitamos urgentemente (al menos después de que nos insinuaran que debíamos quererlos... lo que en economía se entiende como las necesidades infinitas del ser humano).

Dicho todo esto y aclarando de dónde viene, infórmese antes de poner en su muro, en su estado o incluso de comentarlo con alguien, que todas esas tonterías que se le ocurren a alguien no son más que un experimento social para ver hasta dónde llega la estupidez humana. Ni las empresas donan por cada Me gusta que obtiene una foto (prácticamente nunca), ni Facebook dejará de utilizar sus datos según no sé qué resquicio legal que se ponga como estado, ni tampoco pasará a cobrarle (o dejará de) si hace esto o lo otro. El día que alguna de estas redes o sistemas quiera cobrar, lo hará sin más y sin previo aviso. Y ya nos enteraremos al pasar por caja. Pero unas palabras escogidas al azar por algún iluminado o gracioso no nos salvarán de nada. Ni siquiera vale el por si acaso...

Por si acaso, mejor no haga el tonto. Busque la fuente, contraste la información y, sobre todo, dude con pensamiento crítico todo lo que lee, escucha o ve. Ni los medios de información, ni la televisión ni las redes sociales dicen toda la verdad. Nadie, ni siquiera las iglesias, las religiones y mucho menos sus familias. Cada uno cuenta su verdad, pero no la verdad. Esa es muy escurridiza. Compare, contraste, critique, piense, medite y evite a toda costa las ideas conspiranoicas, los vaticinios y las declaraciones de cualquiera de las Kardashian. Tienen exactamente el mismo valor...

Eduque a sus hijos para que piensen antes de actuar como borregos. Permítales espacios de tiempo para pensar, para sacar conclusiones, para dudar, para preguntar y para discutir. Aprenda a debatir de forma constructiva, a hablar con fundamento y corrección, con conocimientos diversos y con civismo, dejando de lado las emociones y las bajas pasiones que nublan la razón y el discernimiento. Lea, comente, escriba y comparta con los demás, porque las ideas y el pensamiento se construyen en sociedad, no surgen de forma espontánea por inspiración, sino en base a experimentos, al aprendizaje conjunto y a la interacción de nosotros con el mundo, con los demás y con nuestro entorno.

Deje de ser un paleto digital, pero también un paleto a secas. Antes de abrir la boca, permita que el pensamiento fluya y no lo bloquee desde el origen. Tómese el tiempo para reflexionar lo que quiere decir y la mejor forma de hacerlo, de acuerdo al público y al lugar en el que se encuentre, y también en cuanto al medio utilizado para comunicarse. La sociedad se lo agradecerá. Es una cuestión de ganancia para todos.