La geolocalización de la cuna y el determinismo social

viernes, 27 de marzo de 2015


Conceptos como movilidad social, equidad y Estado de bienestar suenan, para muchos, a rojo, a izquierda, a "términos marxistas" que quizás diría alguien. Y también suenan a impuestos, a "mezcla" y a terror. Sobre todo en una sociedad en que casi desde el momento de la concepción, se puede trazar un mapa de oportunidades que tendrá una persona a lo largo de su vida, simplemente por las coordenadas geográficas en las que nacerá.

Esto suena a siglo XIX, quizás al XX, pero es una realidad vigente ahora, hoy. Y, si bien me estoy refiriendo a un sistema socioeconómico neoliberal, como es el modelo chileno, España va caminando hacia un abismo que lo alejará de uno de sus principales valores como sociedad: la equidad. Era uno de los sistemas más equitativos del mundo en lo educativo y su movilidad social limaba asperezas de clase, de nivel socioeconómico, abría las puertas de la formación superior a todo hijo de vecino, independientemente de donde viniera, consiguiendo una sociedad más educada, mejor nivelada, menos resentida y, por supuesto, más responsable en alcanzar, aunque fuese en apariencia, una igualdad, un bienestar general.

La crisis ha dejado en evidencia que España está perdiendo muchos de sus avances y que la visión neoliberal de que "el pobre es pobre porque elige serlo y no emprende más allá" falla desde su concepción. Si al "pobre" se le pone el camino cada vez más difícil: costes más altos en todos los niveles educativos, recortes de becas y programas de ayudas, aumento de las tasas universitarias, el modelo 3+2, que abre la mano para que sea necesario el acceso a estudios de postgrado (evidentemente más caros que los de grado) para alcanzar cualificaciones profesionales más altas, etc., está claro que se quedará dentro de ese "círculo de pobreza" en el que la misma sociedad, egoísta, le sitúa, le condena a vivir. Y esa ha sido la política del Gobierno en los últimos años: cerrar la puerta a las posibilidades de cientos de miles de españolas y españoles.

El "pegamento social", lo que nos mantiene unidos como sociedad, no debe ser la solidaridad, sino el respeto y la equidad. La solidaridad genera dependencia, aumenta el poder de unos en desmedro de otros, nos hace sentirnos bien con nosotros mismos por ser "superiores" a otros. Eso, bajo ningún tipo de circunstancia, debería ser considerado como algo positivo para un país. Sí, la solidaridad está bien porque llena los vacíos que el sistema político-gubernamental no es capaz de cubrir: esa atención deficiente a las necesidades de sus ciudadanos, a mejoras en vivienda, accesos, caminos, transporte, etc., de los que se desentiende en manos de privados que invierten precisamente allí donde menos se necesita, persiguiendo la ganancia económica. Pero la culpa no es suya, al menos no únicamente.

En Chile sigue imperando la idea de "los de acá" y "los de más allá", donde sí, todos somos iguales, pero siempre hay unos que son más iguales a otros, y esos deben ser los círculos que nos rodeen. Ese tipo de sociedad tiende a una alta fragmentación, al resentimiento de unas clases que se sienten inferiores, faltos de oportunidades y aspirando siempre a más, a eso que se muestra en televisión, a los que nos empuja el marketing y las compras a crédito. Yo no sé si alguien se ha dado una vuelta por los comentarios de ciertas publicaciones digitales chilenas, en los que, al menos a mí, me resulta preocupante no solo la clara sensación de rechazo hacia los "cuicos" (pijos) y los "ricos", sino el odio subyacente de un estrato social evidentemente despreciado política, cultural y económicamente.

Los centros educativos, las universidad y hasta las guarderías son fiel reflejo de ese elitismo imperante, de ese sistema que no abraza la inclusión, la interculturalidad ni la "mezcla de clases", donde los unos con los unos y los otros con los otros conviven en espacios absolutamente diferenciados, creando guetos sociales y desmembrando no solo la conciencia de la sociedad como algo de todos, sino en la que no se enseña el respeto por lo público, por lo que es de todos, como ese algo que todos deberíamos cuidar y potenciar, precisamente porque es un bien de todos y para todos.

No soy un experto en Antropología ni en Sociología, pero creo que resulta evidente que ese quiebre entre unos y otros no ayuda al progreso de un país, en ningún sentido. Que ese determinismo de cuna al que aludo en el título no es más que una fuente profunda de conflicto social y que, por más que se intente soterrar, en algún momento saldrá a la superficie arrasando con una estructura injusta, lo peor, avalada y construida sin un ápice de conciencia como sociedad.

Lo siento, pero me resulta absolutamente injusto que porque mi familia sea de un determinado barrio, haya estudiado en determinados sistemas y no haya podido acceder a otros tipos de estudio porque la propia estructura que nos sostiene se lo pone muy difícil, por no decir imposible, a una gran mayoría. Si la educación pública, gratuita y laica fuese de calidad, respetable, respetada y cuidada, Chile (y cualquier otro país que se nos ocurra) podría disminuir esa brecha en el medio o en el largo plazo (nunca en el corto), desterrando o aminorando ese resentimiento y alcanzando niveles más altos de equidad y de cohesión social.

Lo mismo ocurriría con una redistribución equitativa de la riqueza (quimera casi imposible, porque siempre habrá caminos para que unos sean muchísimo más ricos que otros, pero a la que igualmente debemos aspirar) o con algo que se le acerque, pero eso requiere un sistema impositivo pensado, consensuado y que realmente vaya en beneficio de quienes más lo necesitan. 

Y sí se puede vivir en un Estado de bienestar si está construido sobre una base sólida, si se educa a la sociedad en actitudes cívicas acordes al sistema y si se respeta lo esencial de nosotros mismos: que somos seres humanos con derechos y deberes, iguales ante la ley y ante los demás, y que deberíamos tener las mismas oportunidades básicas: acceso a una educación de calidad; a un sistema de salud eficaz, preventivo y reactivo; una burocracia transparente, ágil y comprometida (muy de la mano con una educación cívica fundamental a lo largo de toda la vida escolar), y unos valores que deben ir más allá de las cambiantes ideologías políticas y aferrarse a valores como respeto, dignidad, libertad, y responsabilidad individual y social.

¿Utopía? Sí, siempre que escribo y pienso en estas cosas me siento como un soñador, viviendo en el engaño de que una sociedad más justa es posible. Pero realmente creo que podemos y debemos aspirar a ella. Por supuesto que es más cómodo continuar como estamos y no cambiamos nada si nuestra posición está en la parte más "alta" de la pirámide, pero no podemos seguir dando la espalda a los demás y recordarlos solo cuando hay una catástrofe. Eso cuenta, sí; es muy bonito, por supuesto; es positivo, en gran medida; pero no soluciona problemas ni acaba con las diferencias que nos hemos impuesto nosotros mismos como sociedad y que hemos permitido a los gobiernos para que las mantengan y las aumenten. Para eso hace falta una conciencia global y darnos cuenta, de una vez, que si bien este sistema en el que estamos parece ser el mejor, no lo es ni de cerca. 

Quedarse en esa "certeza" no hará otra cosa que seguir hundiéndonos en crisis consecutivas y cada vez más graves, aumentando los índices de pobreza y llegando al límite de que casi 1 de cada 3 niños y niñas viven en riesgo de exclusión social, en un país del entorno europeo con aspiraciones de potencia mundial (mejor ni pensar en las condiciones que se dan en otras sociedades). Pero si alguien considera que esto refleja "brotes verdes" o una buena gestión de Gobierno, que venga y me lo diga a la cara. El aumento de la desigualdad, del riesgo de pobreza y exclusión social, así como una tasa de paro que rebasó el 25% demuestra que el sistema falla. Y ahora podrán mejorar las cifras globales, pero los contratos son más precarios, tenemos menos derechos, contamos con menos ayudas y todo en un sistema con un coste de vida en continuo crecimiento, sin que los salarios reflejen esa realidad. ¿Estamos dispuestos a seguir considerando que este modelo es el ideal? No digo que no tenga elementos buenos (todos, al final, los tienen), pero claramente no ofrece respuestas equitativas para todos y algo están, estamos, haciendo mal. Y solo depende de nosotros poner el pie en el suelo y cambiarlo. ¿Utopía? Sí, siempre... Pero quiero un mundo donde el lugar en que nací no trace mi destino, al menos no de forma tan arbritraria y cruel.

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