Las preocupaciones de un hombre blanco en el mundo occidental

jueves, 12 de febrero de 2015


Por trabajo o por ocio, me he encontrado en los últimos años con muchas cosas que, en gran medida, han remecido muchas de las cosas que antes me planteaba como urgentes, necesarias, absolutas y terribles. Lo que llamo "las preocupaciones de un hombre blanco en el mundo occidental" son aquellas cosas que a muchos nos parecen o nos parecían espantosamente preocupantes, pero que, puestas en perspectiva, no son más que mínimas tonterías sin sentido. No las enumeraré, porque cada uno de nosotros sabe a qué me refiero.

Sin mirar muy lejos, en pleno siglo XXI las mujeres como colectivo siguen sufriendo una serie de desventajas en las sociedades llamadas modernas: sus salarios son inferiores por un principio no reconocido, todavía se transmite la idea de sometimiento al género masculino, gracias a una cultura y a una educación eminentemente patriarcales y poco dispuestas a generar el cambio necesario, entre otras muchas cosas que no voy a recoger aquí porque no me da el tiempo ni el espacio.

Pero también ocurre en Egipto, donde muchas mujeres todavía perciben como su única salida a la situación de marginación social y económica en la que viven, la posibilidad de "venderse" como esposas temporales de hombres en el extranjero, por lo que ganan entre 500 y 5.000 euros, con el peligro de ser maltratadas o violadas, y con la certeza de que luego serán repudiadas en su tierra por haberlo hecho. Historias como esta están recogidas en el documental Sokar Barra, que en marzo volverá a estar en la cartelera de los Cines Doré en Madrid.

Y en buena parte de África, las mujeres apenas completan sus estudios, no reciben apoyos y son mutiladas, vendidas, maltratadas, violadas y asesinadas solo por el hecho de ser mujeres. O en América del Sur o en Asia, donde otras tantas son tratadas para su explotación sexual o como mano de obra en régimen de esclavitud, en un negocio que genera millones de dólares cada día en todo el mundo precisamente porque todavía existe demanda de "carne fresca y exótica". Sí, así de duro, así de bestia. Pero no solo ellas: el negocio de hombres esclavos también ha ido en alza en los últimos años. Creemos que la esclavitud era parte del pasado o de las películas, pero es una realidad muy vigente todavía.

En Paraguay, por ejemplo, encontramos adolescentes que han sido vendidas por sus familias para el negocio de la prostitución. Y el problema que se genera es de doble vertiente: los gobiernos no dedican esfuerzos para la lucha contra la trata de mujeres y las familias no las quieren de regreso porque no tienen cómo mantenerlas. Y eso, por supuesto, ocurre en sectores donde la educación es escasa y las comodidades son prácticamente inexistentes.

Y es que el tema de la educación es siniestro, porque si bien se estima que si la educación universal se extendiera, las cifras de crecimiento, producto interior bruto y esperanza de vida, por mencionar algunas, se incrementarían favorablemente. No obstante, ya bien entrados en el siglo XXI y con los Objetivos del Milenio rezagados en buena parte del globo, todavía la educación se considera un privilegio y no un derecho que, a la larga, terminaría por beneficiar a toda la sociedad.

Así, la lista de preocupaciones reales es larga. Evidentemente, cada uno tiene que hacerse cargo de sus propios problemas cotidianos, pero no debemos permitirnos perder la perspectiva de lo que realmente es relevante y de lo que deberíamos tener en cuenta no solo a la hora de "traumatizarnos" por nuestros "problemas occidentales" en una situación de privilegio, sino a la hora de decidir el futuro de nuestros países, de nuestras sociedades. 

El cambio no tiene por qué venir desde arriba, sino que desde nuestras mentes y nuestros corazones. Y, sobre todo, podemos hacer muchas cosas para mejorar la vida de los demás y, en suma, la nuestra. Solo debemos dejar de mirarnos el ombligo y salir de nuestras comodidades, para ver que, aquí al lado, están ocurriendo cosas muy graves que necesitan nuestra intervención y no nuestra ignorancia o desprecio.

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