Chile o el país de los "poco hombres"

viernes, 27 de febrero de 2015


A Chile se le reconoce como un país moderno, avanzado y estable. Sí, dentro de lo que hay en el mundo, lo es. Pero también es un país pacato, arraigado en la tradición, con una sociedad altamente clasista y donde la brecha conómica mantiene también una brecha cultural y una polarización social, que lo acerca bastante a otros países del entorno donde el mantenimiento de la distancia entre ricos y pobres articula sus realidades.

En Chile todavía resulta normal que una persona de tu entorno familiar cercano diga "qué maricón es este huevón" (refiriéndose a mí, claro) que, aunque de la forma jocosa y con toda la buena intención que puede haber tenido el comentario para resultar "gracioso", no hace más que posicionar a la persona homosexual en una posición secundaria. Como si ser "maricón" fuese un insulto, un elemento a destacar, un "algo" que resta en mi composición como persona. Haciendo el ejercicio contrario, nadie diría "qué heterosexual" para referirse a otra persona, en ningún contexto. Antes que gays somos hombres, seres humanos, iguales en todo contexto.

En Chile también resulta adecuado menospreciar los avances conseguidos con el Acuerdo de Vida en Pareja, Pacto de Unión Civil o como se llame (el nombre, de todo corazón, es lo que menos me importa). Y cuando nosotros los homosexuales celebramos su aprobación y la posibilidad que nos abre en el reconocimiento civil de nuestros derechos para "casarnos" con nuestras parejas, viene una persona, a la que quieres y respetas, y te suelta: "pero eso no es matrimonio". Duele. Duele mucho ese desprecio, esa infravaloración del significado, esa falta de empatía con la celebración de un avance social para quienes, como yo, además hemos vivido escondidos durante tanto tiempo.

Pero también en Chile resulta de interés general señalar al gay, recordarle que es "poco hombre" (¿es eso posible?, ¿puede ser alguien poco "mujer", por ejemplo?) y gritárselo a la cara las veces que haga falta, como si eso tuviera un resultado mágico de transformación hacia la "normalidad". No, de verdad que no. El único efecto que tiene es la anulación de una persona, de su libertad y de su expresión, de su ánimo y de su vida. Sí, muchos de ellos han acabado quitándose la vida ante un acoso permanente y agresivo. Las heridas que provocan esas palabras no acaban con la homosexualidad, como tampoco lo hacen las terapias de conversión, el electroshock ni las torturas.

Incluso, no hasta hace mucho (y espero de verdad que no vuelva a ocurrir), había un grupo reducido de personas que pensaron que darle una paliza a un chico por el hecho de ser gay era lo adecuado, era un triunfo, una necesidad o lo que fuese. Y así fue como Daniel murió después de ser torturado y maltratado. La noticia causó conmoción y un fuerte sentimiento de rechazo, pero todavía sigue siendo un peligro latente. Muchos siguen viviendo escondidos no solo porque puedan ser objetivo de una agresión, sino porque la condena social y la homofobia están arraigadas profundamente en un país como Chile, donde resulta mucho más importante el "qué dirán" que el "ser". Eso no habla muy bien de la madurez social, democrática y cultural de un país que siempre ha mirado mucho más allá de sus fronteras buscando sus referentes, sobre todo hacia EEUU y Europa.

Falta camino por delante a pesar de los avances, y yo estoy dispuesto a caminar lo que haga falta, a luchar, a levantar la voz, a seguir escribiendo, a seguir provocando... No me gustaría pensar que las nuevas generaciones puedan sufrir lo mismo que nosotros, que puedan tener miedo, que puedan ser víctimas del acoso, del maltrato y de cualquier otra manifestación por el hecho de ser quienes son. No estoy dispuesto a aceptarlo.

8 consejos eficaces para acabar con la homosexualidad

miércoles, 18 de febrero de 2015


1. Prohíba a miles de personas ser libres. Condéneles a actuar, pensar y a sentir como todo el mundo, porque eso es lo correcto, lo adecuado, lo necesario. Hágales olvidar su individualidad y, sobre todo, hágales sentir mal por haber llegado a pensar que sus diferencias podían ser aceptadas por los demás, por la sociedad "normal".

2. Niégueles sus derechos. No les permita demostrar sus sentimientos, córtelos de raíz y hágales olvidar que algún día tendrán el derecho a ser felices. Limite sus manifestaciones públicas, coarte sus posibilidades de ejercer como personas civiles en la sociedad y apúnteles con el dedo a la más mínima posibilidad de hacerlo. Ridiculíceles, acóseles y siéntase con la total libertad de golpearles hasta la muerte si es necesario para hacerles entrar en razón de "normalidad".

3. Dígales que están enfermos, que son retorcidos, que sus cerebros funcionan de forma incorrecta y que nada de lo que piensan es adecuado. Condéneles al escarnio público, mófese de sus modos y de sus andares, de sus gestos y de sus estilos. Siéntase libre de gritarles todas las cosas que pasen por su cabeza, haga de sus vidas un infierno.

4. No les permita casarse, enamorarse, mantener relaciones y mucho menos tener sexo, porque todo eso es parte de su degeneración física, psicológica y moral, y por consiguiente de toda la sociedad. Ellos son los culpables de todos los males y del desmoronamiento de la institución del matrimonio religioso. Llámeles asquerosos, reaccione con asco a cualquier manifestación de cariño que puedan hacer y, por supuesto, aléjeles de las niñas y, sobre todo, de los niños, por los peligros que pueden representar para los y las menores. Esto es importante para hacerles sentir como la escoria que son para la "normalidad".

5. Rebaje sus relaciones a meras casualidades, no les permita llamarle matrimonio a una unión estable y duradera, porque pensarán que es correcto y adecuado, y porque eso deteriora el sentir de la sociedad "normal". Aléjese de ellos en lo posible, corte cualquier tipo de relación con ellos y manténgalos al margen del funcionamiento jurídico. Acúselos de depravados y confínelos dentro de lo posible a lugares apartados, lejos del correcto devenir de las ciudades y los pueblos.

6. Relegue sus actividades a las noches, a las sombras, a los cuartos oscuros, que es donde pertenecen y deberían estar, según las normas sociales adecuadas. Tíreles piedras en las piscinas, expúlselos de los locales de comida y, sobre todo, no les permita actuar como si fuesen personas.

7. Ignóreles legalmente, cree lagunas jurídicas que les impidan tener una vida plena y libre, hágales saber abiertamente que su "elección" no ha sido adecuada y que debe ser replanteada. Fría sus cerebros con electricidad, enciérrelos en instituciones para reconducir sus sentimientos y hagan terapias para que nieguen esa parte de ellos que dicen que es natural, cuando todos sabemos que nada que sea parte del hombre desde lo más profundo de su mente y de su cuerpo puede ser natural.

8. Mátelos, cuélguelos en las plazas públicas, decapítelos y haga saber a todo el resto de esos marginales que nada les salvará de una posible muerte en caso de que sigan siendo quienes son. Infúndales todo el miedo que sea posible, hágales sentir como una mierda caminante y, sobre todo, es fundamental hacerles entender que siempre serán personas de segunda o tercera categoría.

Haciendo todo esto, conseguirá tener un mundo como el actual, donde pese a los avances sociales, todavía se percibe el rechazo y el odio a los homosexuales en una buena porción de la sociedad, y donde nosotros los gays todavía debemos tener miedo a movernos libremente por el mundo y a expresar nuestros sentimientos. 

¿Le parece una exageración lo que ha leído? Si es así, le recomiendo que esté atent@ a la prensa, que escuche los comentarios de la gente y que haga un examen de su propia conciencia. Somos muchos los que hemos sufrido y seguimos sufriendo muchas de estas situaciones hoy mismo, en pleno siglo XXI. Todavía queda mucho camino por delante. Pero gracias a que somos muchos los que queremos un mundo respetuoso y seguro, #TodoMejora.

Las preocupaciones de un hombre blanco en el mundo occidental

jueves, 12 de febrero de 2015


Por trabajo o por ocio, me he encontrado en los últimos años con muchas cosas que, en gran medida, han remecido muchas de las cosas que antes me planteaba como urgentes, necesarias, absolutas y terribles. Lo que llamo "las preocupaciones de un hombre blanco en el mundo occidental" son aquellas cosas que a muchos nos parecen o nos parecían espantosamente preocupantes, pero que, puestas en perspectiva, no son más que mínimas tonterías sin sentido. No las enumeraré, porque cada uno de nosotros sabe a qué me refiero.

Sin mirar muy lejos, en pleno siglo XXI las mujeres como colectivo siguen sufriendo una serie de desventajas en las sociedades llamadas modernas: sus salarios son inferiores por un principio no reconocido, todavía se transmite la idea de sometimiento al género masculino, gracias a una cultura y a una educación eminentemente patriarcales y poco dispuestas a generar el cambio necesario, entre otras muchas cosas que no voy a recoger aquí porque no me da el tiempo ni el espacio.

Pero también ocurre en Egipto, donde muchas mujeres todavía perciben como su única salida a la situación de marginación social y económica en la que viven, la posibilidad de "venderse" como esposas temporales de hombres en el extranjero, por lo que ganan entre 500 y 5.000 euros, con el peligro de ser maltratadas o violadas, y con la certeza de que luego serán repudiadas en su tierra por haberlo hecho. Historias como esta están recogidas en el documental Sokar Barra, que en marzo volverá a estar en la cartelera de los Cines Doré en Madrid.

Y en buena parte de África, las mujeres apenas completan sus estudios, no reciben apoyos y son mutiladas, vendidas, maltratadas, violadas y asesinadas solo por el hecho de ser mujeres. O en América del Sur o en Asia, donde otras tantas son tratadas para su explotación sexual o como mano de obra en régimen de esclavitud, en un negocio que genera millones de dólares cada día en todo el mundo precisamente porque todavía existe demanda de "carne fresca y exótica". Sí, así de duro, así de bestia. Pero no solo ellas: el negocio de hombres esclavos también ha ido en alza en los últimos años. Creemos que la esclavitud era parte del pasado o de las películas, pero es una realidad muy vigente todavía.

En Paraguay, por ejemplo, encontramos adolescentes que han sido vendidas por sus familias para el negocio de la prostitución. Y el problema que se genera es de doble vertiente: los gobiernos no dedican esfuerzos para la lucha contra la trata de mujeres y las familias no las quieren de regreso porque no tienen cómo mantenerlas. Y eso, por supuesto, ocurre en sectores donde la educación es escasa y las comodidades son prácticamente inexistentes.

Y es que el tema de la educación es siniestro, porque si bien se estima que si la educación universal se extendiera, las cifras de crecimiento, producto interior bruto y esperanza de vida, por mencionar algunas, se incrementarían favorablemente. No obstante, ya bien entrados en el siglo XXI y con los Objetivos del Milenio rezagados en buena parte del globo, todavía la educación se considera un privilegio y no un derecho que, a la larga, terminaría por beneficiar a toda la sociedad.

Así, la lista de preocupaciones reales es larga. Evidentemente, cada uno tiene que hacerse cargo de sus propios problemas cotidianos, pero no debemos permitirnos perder la perspectiva de lo que realmente es relevante y de lo que deberíamos tener en cuenta no solo a la hora de "traumatizarnos" por nuestros "problemas occidentales" en una situación de privilegio, sino a la hora de decidir el futuro de nuestros países, de nuestras sociedades. 

El cambio no tiene por qué venir desde arriba, sino que desde nuestras mentes y nuestros corazones. Y, sobre todo, podemos hacer muchas cosas para mejorar la vida de los demás y, en suma, la nuestra. Solo debemos dejar de mirarnos el ombligo y salir de nuestras comodidades, para ver que, aquí al lado, están ocurriendo cosas muy graves que necesitan nuestra intervención y no nuestra ignorancia o desprecio.

Homofobia encubierta

martes, 10 de febrero de 2015


Una de las cosas que más detesto de las personas homófobas es la forma en la que encubren su rechazo hacia la homosexualidad, realizado a través de "razones lógicas" que disfrazan la verdad de lo que sienten. Con el tema del libro de Nicolás tiene dos papás, que causó un gran revuelo en la prensa y en la sociedad chilena, y el Pacto de Unión Civil (PUC), la figura recién aprobada en el Parlamento y que permitirá el reconocimiento de la vida en común de parejas heterosexuales y homosexuales, muchas de estas personas han quedado en franca evidencia.

No obstante, lo hacen siempre desde una posición de superioridad moral, legal, social o cultural, pero ocultando la base de su pensamiento: no aceptan la homosexualidad como tal, pero temen decirlo para no ser políticamente incorrectos ni parecer retrógrados. De ahí a que algunos hayan calificado al cuento infantil de "mentira constitucional", recurriendo a un resquicio pueril para decir que "como la historia engañaba a los menores (porque legalmente no está reconocida la adopción por dos hombres, entonces era imposible que Nicolás tuviera dos papás), debía ser retirada y prohibida. Muchos y muchas se asieron a ese endeble clavo como si en ello se les fuera la vida.

Con el PUC ha ocurrido lo mismo. El menosprecio hacia un triunfo legal que muchas personas demandaban en Chile, proveniente desde aquellos que tienen una posición privilegiada (la de las parejas reconocidas civilmente, porque tienen la vida resuelta en cuanto a derechos, protección, herencia, etc.), confirma mi sensación (que obviamente no es certeza, porque no estoy dentro de la cabeza ni del corazón de nadie) de que todavía queda mucho camino por andar para que las parejas del mismo sexo vean no solo reconocidos sus derechos, sino también validados y legitimados por una sociedad que todavía vive entre el pacatismo y la negación, y en el egoísmo de la "generalización "normalizad(or)a.

La sociedad, como buen conjunto organizado de individuos, debe aceptar, asumir y proteger a todos sus miembros. Hoy más que nunca debe hacerlo, cuando en países como España avanzan los índices de pobreza y se recortan derechos sociales; o en países como Chile, donde el modelo existente sigue profundizando una brecha social, económica y cultural en base al lugar y a la posición en la que se nace (que no es otra cosa que una fuente de futuros conflictos sociales y de serios problemas nacionales que pueden explotar en los próximos años).

Por eso es relevante la educación en general y la cívica en particular, la de la Ciudadanía; esa que enseña los valores de respeto y tolerancia basándose en principios sociales y no en creencias religiosas; esa que comprende la diversidad del ser humano y la acepta, la acoge y la promueve, en vez de permitir y promover la dominación o el sometimiento de unos sobre otros (creyentes sobre no creyentes, hombres sobre mujeres, blancos sobre negros, etc.). 

No se trata de la imposición de una filosofía particular, sino de aprender a convivir con los demás, por el simple hecho de ser personas, sin que sea relevante (porque realmente no lo es) su profesión de fe, su posición social, lo abultado de su cuenta bancaria o con quien duerme al lado. Es el reconocimiento y respeto de los derechos humanos que nos son inherentes a todos y que nadie, NADIE, debería poder violar ni recortar.

Y vuelvo con esto a un argumento recurrente en mis últimos posts: si se me considera un ciudadano para pagar impuestos, para cumplir con ciertos deberes constitucionales o mandatos legales, ¿por qué no se me considera un individuo en igualdad de condiciones al momento de ejercer mis derechos de unirme civilmente con otro adulto con pleno consentimiento? (Nota: no voy a caer en el juego de que el paso siguiente a la unión homosexual es aceptar la pederastia, porque es una línea argumental absurda y pueril, como cualquiera de los resquicios comentados más arriba). 

Vale que el PUC no es el equivalente a un "matrimonio" una institución que se sacraliza en boca de los homófobos encubiertos, pero es la forma en la que mi novio y yo podemos "celebrar" nuestro reconocimiento legal como pareja, sin tener que ser sometidos al vapuleo moral de quienes se sienten con la capacidad de menospreciar nuestro amor y nuestro compromiso. He ahí su valor. Y, aunque mejorable, es un primer paso digno de reconocimiento, que no se merece el desprecio de nadie. Aunque solo sea por respeto...