Un gay de verdad

viernes, 18 de diciembre de 2015


Construir una pareja, una vida en común, no es tarea fácil. Tengo la suerte de que en mi caso, en nuestro caso, no ha sido complicado o no lo he sentido así. Lo cotidiano es muy llevadero cuando se ponen en perspectiva las pequeñas cosas, esas que a muchos les minan el amor, pero que realmente no son relevantes para el objetivo final: la convivencia sana, feliz y agradable.

En el último capítulo de Happy Together (Televisión Nacional de Chile, TVN, 2015), creo que fue Julio quien hizo referencia a la frase del título: un gay de verdad. E inmediatamente se me encendió este post en la cabeza. Creo recordar que hacía referencia a que los homosexuales somos personas como cualquier otra, que ocupamos un lugar en la tierra y respiramos el mismo aire que todos los demás. Y si bien es algo tan cierto y tan obvio, para muchos no resulta tan claro.

Nuestra pareja funciona como cualquier otra: compartimos sueños, sentimientos, ideas locas y terrenales; trabajamos y tenemos espacios para el ocio; pasamos mucho tiempo juntos y también tenemos nuestros momentos en solitario. Viajamos, reímos, comemos, dormimos, entramos y salimos. Cuidamos de nuestra casa, hacemos la compra y la comida, quedamos con amigos, vemos a las familias y un largo etcétera.

Un día cotidiano: suena el despertador, beso de buenos días y a comenzar con las duchas, el desayuno y el trabajo. Tenemos la suerte (o no) de trabajar en casa los dos y, según se den las cosas, uno u otro se encarga de compras, almuerzo y lo que sea. Después de comer descansamos un rato en el sofá mientras vemos alguna serie y volvemos a la carga toda la tarde. Cenamos, vemos algo, trabajamos si todavía queda algo pendiente y a la cama.

La verdad es que nos queda poco espacio para fiestas, plumas y discotecas. No vamos por la calle acosando a niños ni a hombres para "convertirlos". No nos pasamos el día comprando ropa o maquillaje, accesorios caros o planeando viajes a sitios paradisiacos. No tenemos tiempo (ni ganas) de machacarnos en el gimnasio y el poco deporte que hacíamos quedó relegado temporalmente hasta volver a tener la suficiente libertad horaria para hacerlo. Es la vida, es lo que hay.

No mantenemos reuniones con otros y otras del colectivo LGBT para planear campañas de presión ni para someter al mundo con nuestra ideología gay. De hecho, no tenemos ni conocemos esa ideología. No vamos a mítines ni a encuentros secretos para cambiar el mundo a nuestro favor. Tampoco quedamos en los baños de las grandes tiendas ni en los aparcamientos para mantener fugaces relaciones sexuales con otros hombres. No somos promiscuos ni nos disfrazamos para salir por las noches a quemar las calles...

Quizás así nuestra vida parezca aburrida. Diría que es más bien sencilla. Nos damos los gustos que podemos, compartimos muchos momentos y, sobre todo, nos amamos como cualquier otra pareja en la Tierra. Mi día no es el mismo si él no está, pero eso no significa que el mundo deje de girar. Soy mucho más feliz con él que sin él, eso es evidente, pero el amor es así. Eso es un gay de verdad. Eso es, más bien, una persona de verdad. Alguien que siente, quiere y ama, que quiere vivir, que quiere compartir su intimidad con otro o con otra, que quiere tener los mismos derechos que los demás. Que tiene días buenos y días malos, que se cae y se levanta, que acompaña y se deja acompañar.

Otra de las cosas que me hace reflexionar la serie de TVN es que, incluso aquí en España, los homosexuales estamos en cierta forma "determinados" a querernos públicamente -de lejos- y amarnos en privado. Hay espacios en los que no se me ocurre siquiera tomarle la mano a mi marido para evitar problemas. Pero luego pienso, ¿por qué debo tener miedo a demostrar mi amor, a simplemente tener un gesto de cariño con mi pareja de hace más de 11 años? Eso es injusto y me resulta muy violento.

Muchas veces, si me despido de él en el Metro, en el autobús o en un lugar público lo hago de lejos, con los ojos, con un gesto, por el simple hecho de no atreverme a darle un beso, un simple beso de despedida. No estoy hablando de calurosos escarceos. No, un beso para desearle un buen día, para decirle que lo amo. Como todos debemos tener derecho a hacerlo sin miedo a represalias, a que a la gente le incomode... Y eso que vivimos en un país medianamente civilizado en este tema.

Belén me decía hace poco que le había encantado ver en Facebook nuestra foto del beso el día de nuestra boda, porque es algo a lo que deberíamos irnos acostumbrando. Para mí fue un acto de reivindicación necesario y que tendría que hacer más a menudo, que todos deberíamos hacer por una cuestión de normalización.

Soy un gay de verdad, pero de verdad cotidiana, de la tangible, de la más aburrida, de la más segura, de la más normalizada. Y estoy casado con un hombre como cualquier otro (aunque para mí sea el más maravilloso del mundo). En la pareja aportamos por igual cosas buenas y malas, historias y fantasmas, sueños y alegrías, ganas y mucho amor. Como cualquier otro, como todos. Somos de verdad. Somos...

Queda mucho trabajo... ¡Mucho!

sábado, 5 de diciembre de 2015



Tres cosas me han demostrado estas últimas semanas que todavía queda mucho trabajo por hacer en cuanto a la falta de educación y a la homofobia latente, vigente y persistente:

1. Que me hayan tildado de "revanchista" (sin esas palabras, pero en suma era eso) por publicar una noticia sobre la renuncia de un párroco en Chile, porque parece que siempre hablo mal de la Iglesia "por todo lo que tuve que aguantar", algo que jamás en mi vida he dicho, más allá de reconocer lo incómodo y desagradable que resulta que te digan que eres un "enfermo" y un "condenado a la soledad" por el hecho de ser homosexual.

2. Que haya quien todavía (incluso siendo quien es y viniendo de donde viene) siga diciéndonos a la cara (sin ánimo de ofender, ojo) eso de que "no sé cómo será el vuestro" porque solo he estado "en un matrimonio normal".

3. La entrevista que le hicieron a Jaime Parada, concejal por Providencia, en un programa de televisión que no recuerdo (ni me interesa), en la que el periodista no hacía más que recurrir a la homosexualidad del entrevistado para jugar con ironías bastante burdas y con un humor que, al menos a mí, me pareció ofensivo.

La verdad es que no me levanto por la mañana ni me acuesto por la noche con intención de joder a la Iglesia Católica o a cualquier otra, por la simple y sencilla razón de que no forma parte de mi vida. Como organización me parece completamente desprestigiada, además de turbia. Eso no quita que miles de personas hagan un estupendo trabajo en muchas acciones y que haya personas muy valiosas dentro; pero, sin duda, que la Iglesia como entidad para mí no tiene nada que decir hoy en día.

Creo en las personas, no en las organizaciones, ni menos en las que no son transparentes e incoherentes. Tampoco tengo especial interés en enlodar la vida del párroco en cuestión porque no le conozco. Simplemente informé con los datos que tenía hasta el momento y que, por ahora, son los únicos que se tienen. Todo lo demás es cuestión de fe.

En cuanto a lo segundo, sé que no hay malicia alguna en sus palabras. Lo sé, pero me molesta que persista esa idea de "normalidad" y "anormalidad", incluso cuando el tema le toca bastante de cerca. Vale que es una persona a la antigua y de otra época, pero las excusas no siempre son válidas y la gente debe aprender a evolucionar. ¿Cómo? A través de la educación.

De la misma forma que es incorrecto que una señora llame "defectuosas" a las personas con diversidad funcional, me niego a seguir siendo llamado "anormal". Por eso falta educación, falta realizar más intervenciones, crear más espacios de contacto, dar más visibilidad y seguir trabajando...

Y respecto al tercer punto, a Jaime Parada no le pareció mal (se lo pregunté por Facebook y comentó que era "Te entiendo. Pero opté por dejar de vernos a nosotros mismos como víctimas y reírnos un poco. Un abrazo!"), pero a mí, por un lado, me sobró por completo ese "humor" lamentable y muy poco gracioso; y, por otro lado, no es una cuestión de tomarse las cosas más a la ligera ni de vernos a nosotros mismos como víctimas (porque nunca me he sentido víctima de nada y cuando publico este tipo de cosas no es para que me tengan pena), sino precisamente para educar, para enseñar que no está bien hacer preguntas íntimas ni de doble sentido a una persona, independientemente de su orientación sexual.

¡Queda mucho trabajo! ¡Mucho! Y si queda todavía por hacer aquí en España, en Chile...

¡Preocúpese... y mucho! (Religión, homosexualidad y redes sociales)

Leo una noticia en la Red que habla sobre una pastoral de padres y madres de hijas e hijos LGBT, es decir, un grupo de personas que creen firmemente que se puede integrar la diversidad sexual al alero de la Iglesia Católica. Para ello cuentan con la ayuda de religiosas y sacerdotes, y realizan distintas actividades (el artículo completo se puede leer aquí).

Más allá de lo interesante o no de la iniciativa (que a mí me parece muy válida y necesaria para muchas personas que no saben lidiar con la diversidad sexual de sus hijas e hijos), quiero fijarme en los comentarios, que es un ejercicio que, a pesar de todo lo desagradable que puede resultar, creo que muestra varias cosas:

1. La gente no tiene filtro y claramente no sabe ni plantear una argumentación, ni rebatir ni mucho menos debatir.
2. El nivel educativo es bajo. Medio como mucho.
3. El uso de las redes sociales y su masificación requieren con urgencia el desarrollo de una competencia tecnológica y de educación cívica, ambas absolutamente necesarias para evitar comentarios como los que siguen.

La Real Academia Española dice que matrimonio es "Unión de hombre y mujer, concertada mediante ciertos ritos o formalidades legales, para establecer y mantener una comunidad de vida e intereses". Es más, hace referencia también a lo que significa para la religión católica: "En el catolicismo, sacramento por el cual el hombre y la mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la Iglesia". En ninguna de ellas se habla de procreación. Y vuelvo siempre a la misma cuestión: ¿Una pareja estéril o que no desea tener hijos no debería poder acceder al sacramento del matrimonio? Es una ridiculez de tal magnitud, que no me voy a detener más en ella. Pero, curiosamente, es uno de los argumentos más utilizados.


Otro más. No queremos ser hermafroditas ni reproducirnos por parto natural. Somos homosexuales, pero comprendemos cómo funciona el cuerpo humano. Nuestra misión no es perpetuar la especie ni salvar a la humanidad. No tenemos por obligación que repoblar la Tierra, que ya somos muchos...


¿Perdón? No intentamos imponer nada, solo queremos vivir en plenitud de deberes y derechos civiles, como todos los demás. Su hogar, su familia y su entorno es cosa suya, no mía ni nuestra (si es que realmente fuésemos un colectivo organizado, como muchos creen).


De verdad que no pretendo hacerle daño a nadie. La manifestación del amor, del cariño, del deseo de hacer el bien, de cuidar, de proteger, etc., creo que nunca es un mal ejemplo para nadie, como sí lo es la manifestación del odio, la violencia y la falta de educación generalizada.

Solo puedo reírme ante este argumento. Lo siento, no da para más...


Este señor da muchísimo juego. Insisto, no soy un mal ejemplo para nadie. No pretendo ni siquiera ser un buen ejemplo. Ahora, la relación curas = homosexuales es casi tan absurda como la de homosexuales = pederastas. Conozco a muchos gays y lesbianas, y ninguno de ellos jamás ha tenido la intención de abusar de menores de edad. Sacerdotes conozco varios también y tampoco quieren hacerlo. Dar por hecho que así es, es una visión reduccionista y claramente interesada de una realidad muy particular y sesgada. Abusos hay y ha habido, pero ser cura y/o gay no es un condicionante definitivo.

Lo que me resulta más preocupante de todo esto es como se transmiten esas creencias erróneas, esos prejuicios y esas opiniones aberrantes, sobre todo entre personas que predican su fe (todas ellas lo hacen) a través de sus redes sociales. Hablan del amor de Dios, de la luz que ilumina la Tierra, de la primera, segunda o tercera venida del salvador, citan versículos de la Biblia, recurren a cursis fotografías y a manidas citas para expresar su calidad de "buenas personas" y desear lo mejor para los demás. Pero ojo, solo para los demás que sienten, piensan y viven como ellos. ¡No se equivoque!

Los intentos de padres y madres por hablar de la diversidad sexual de sus hijas e hijos en sus entornos religiosos o entre sus amistades, son muchas veces acallados por comentarios violentos, por reacciones de absoluta intolerancia y falta de respeto. Sé de alguien que se golpea el pecho a menudo en (y desde) el altar, que es progresista políticamente, pero que pone obstáculos a cualquier intento por abordar el tema desde dentro de la Iglesia.

¿Por qué no podrían hacerlo? No me parece incoherente. Es más, creo que para las personas creyentes sería un gran alivio poder contar con espacios dentro de su propia fe en la que expresar sus alegrías, sus dudas, sus penas, como parte de esa pastoral familiar que al menos para los católicos es tan relevante. Pero esa pastoral no debería ser únicamente para familias, en apariencia, "modelo", porque todos sabemos que de esas hay poquísimas, por no decir ninguna. No vaya a ser que alguien se sienta ofendido. Las familias son de todos los gustos y colores, y el error está en querer imponer un único modelo.

Si volvemos a la RAE para definir familia, vemos que ninguna de las dos primeras acepciones (1. f. Grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas, y 2. f. Conjunto de ascendientes, descendientes, colaterales y afines de un linaje), ni ninguna de las otras ocho que allí se encuentran, hace mención al género, cantidad o calidad de sus miembros. Y vuelvo a lo que comentaba antes: en general, los intentos por establecer rangos o categorías de familias por su composición, casi siempre acaban en un error grave de omisión intencionada o casual.

Las familias existen desde el momento en que dos o más personas comparten un techo, una relación, un proyecto de vida, afectos, sentimientos, etc. Pero nada de habla de procrear, de educar en la religión, de multiplicar... Simplemente habla de afinidad, de afectos, de relaciones, de vínculos. Añadirle más condicionantes lo único que hace es enturbiar un concepto que nos pertenece a todos, pero que algunos se han apropiado de forma arbitraria, sintiéndose con la superioridad moral de calificar a otras agrupaciones familiares que para su reducido concepto de mundo resultan incómodas (y realmente no sé por qué, puesto que ¿de qué manera mi vida con mi marido podría alterar el funcionamiento del grupo familiar que vive en el 8ºC o en el 5ºA o en el 2ºD?).

Además de pensar en esto último, simplemente piense. Hágalo, no le hará daño. Piense en que si mi vida es una elección, como usted quiere hacernos creer, ¿por qué habría elegido una que me traería tantas complicaciones en vez de ser un heterosexual más? Después piense en algo más simple aún: ¿eligió usted ser heterosexual? Yo no soy gay por decisión, simplemente lo soy. Y al menos tengo la decencia de asumirlo y aceptarlo, no como otros que se esconden en relaciones con personas de distinto sexo para que nadie vaya a darse cuenta. Tenga usted la decencia de guardarse una opinión que nadie le ha pedido, en primer lugar, y cuya base tiene la misma credibilidad que cualquier libro de ficción, ya sea El señor de los anillos o Harry Potter. Lea más, escuche más y, sobre todo, hable menos.

Y no escriba si no sabe hacerlo... Se lo pido de todo corazón. Y, antes de irme, solo quería decirle que si usted llegó a la publicación de mi blog en la que hablo de mi matrimonio a través de Facebook, mire bien su historial de navegación o repase sus gustos y amistades, o pregúntese por qué llegaría a leer algo que, según usted, abomina: el anuncio iba dirigido a un público LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transexuales) con interés en el matrimonio igualitario y en las relaciones entre personas del mismo sexo. Siguiendo su propia línea de pensamiento: ¡Preocúpese... y mucho!

It gets better (and better)!

lunes, 30 de noviembre de 2015


La verdad es que todavía no puedo creer la última semana. Incluso hoy, 8 días después, me cuesta procesar toda la información recibida. Pero voy a intentar descomponerla para ir, poco a poco, repasándola...

1. La sorpresa. El domingo pasado era un domingo cualquiera en casa: levantarse con calma, desayunar, ducharse, ver algunas series y relajarse, que para eso están los fines de semana. Después de comer, a eso de las 16:15, suena el telefonillo (el citófono en Chile) y, sin ver a nadie por la cámara, oigo una voz que dice: "Subo pedido de Telepizza". Independientemente de lo absurdo del mensaje en mi actual vida sin gluten y de que nadie en casa había encargado nada, la voz de mi hermano era inconfundible. Pero olí que no venía solo... Después de comentarlo con Ivor, caí en la cuenta de que era mi padre el acompañante. ¡Sorpresón! Ya tenía una representación de mi familia chilena para el martes.

2. La reacción. Lo que más esperaban todos era ver mi cara de sorpresa. Curiosamente, siento que me sorprendí menos de lo que esperaban. No solo porque, atando cabos, sentía que algo pasaba; pero, sobre todo, es que la impresión fue rápida y dio paso a una sensación de felicidad y tranquilidad. Todo resultó tan natural y me resultó tan fácil verlos sentados en nuestro salón, que de grandes desmayos me quedé con una sensación "calentita" ante esa muestra de amor.

3. Madrid. Paseamos a las visitas todo lo que pudimos por la ciudad, sobre todo por "nuestro" Madrid: lugares preferidos, dónde habíamos trabajado, vivido, etc. Además, por supuesto, los hitos que creemos son los más relevantes. A ratos parecía que no se interesaban mucho por la "historia" de cada lugar o la razón por la que habíamos llegado allí con ellos, pero sé que en su memoria y en la de su teléfono, se fueron varias imágenes para el recuerdo.

4. La boda. El martes era el gran día para nosotros y voy a intentar repasarlo entero. Nos levantamos como cualquier día normal, aunque debo decir que estaba especialmente feliz. Ya había dicho antes en este blog que me parecía muy raro que llegase el día de mi matrimonio, cuando durante años ha sido (y sigue siendo en muchos países) un tema de gran discusión. Pero sí, nos casamos con todas las de la Ley y tenemos los mismos derechos, deberes y garantías que cualquier otra pareja casada bajo la legalidad española. ¡Y nadie puede quitarnos eso! Es nuestro, es legal, es reconocido y está hecho. Es un Matrimonio con mayúsculas, pese a quien pese.

Desayunamos en familia, nos vestimos y nos fuimos al Registro Civil donde, tras una breve espera, entramos a casarnos. Sin pensarlo, reunimos a un grupo maravilloso de personas que nos acompañaron durante todo el día: la familia directa (mi padre y el de Ivor, mi hermano y la hermana de Ivor), los amigos (Sara y Pablo -los testigos/padrinos-, Sonia, Mar, Soraya, Greg, Marina, Belén, Coco, Andrea, Moira, María, Víctor, Carolo, Celine, Ana y Begoña) y nosotros.


En el vídeo (¡Gracias Belén!) se puede ver el momento de la ceremonia y el beso. ¡Mi voz no se oye! Como no sabía muy bien qué responder, apenas se escucha mi sí, pero lo digo fuerte y claro: ¡SÍ!

5. La comida. Desde el principio habíamos planeado casarnos y ya. No nos gustan los "bodorrios" ni nada que se le parezca. Y, como además era un martes, jamás pensamos en contar con la convocatoria que tuvimos. Pero esa falta de organización fue uno de los puntos altos: sin estrés, comimos en uno de nuestros rincones favoritos (en el que al menos habíamos pedido un lugar para nosotros) y la comida estaba deliciosa: ensaladas, raciones de jamón y de croquetas, lubinas a la sal, chuletones, patatas y tarta de Santiago. Todo muy familiar, muy casero y, por supuesto, delicioso. La Esquina Ibérica es siempre una apuesta segura para nosotros. Además, lo mejor es que todo el mundo se integró, compartió y participó, lo que fue para nosotros uno de los grandes regalos del día.

6. La "intervención". Pasada la comida y una larga sobremesa, decidimos volver a casa. Nada más entrar, tuve que intentar comprender qué pasaba...


La casa estaba llena de globos, citas y flores (además de especias y "granos" que iríamos encontrando después al final de cada globo). Había una tarta sobre la mesa con dos figuras que nos representaban. Intentando descifrar cómo y cuándo había ocurrido todo eso, a cada paso veía algo nuevo y más cosas por todo el piso. ¡Menuda sorpresa! (Otra más). Nos emocionó mucho ver todo el trabajo y el amor que habían puesto los artífices de la sorpresa (Celine, Víctor, Carolo, Nacho y David) para llenarnos la casa de luz y color. Para mi padre fue la constatación definitiva de que, cito, "tienen unos amigos que valen un tesoro". A partir de ahí, todo fue relax y gozo: café, infusiones y las impresiones del día, además de historias compartidas cerraron un día esencialmente redondo.

7. El resto de la semana: transcurrió entre paseos, comidas, trabajo y descanso. Seguimos llevando a las visitas chilenas por Madrid y alrededores cuando el tiempo nos lo permitía, además de acompañarles y hacer que su estadía fuese lo más cómoda posible. ¡Lo intentamos de todo corazón! Hoy ya están de vuelta en Chile (aterrizados recién) y esperamos que hayan disfrutado este viaje de locos de apenas una semana, únicamente para venir a acompañarnos en esta semana tan importante para nosotros.

Hemos recibido muchísimo amor y cariño desde distintas partes. Facebook ha sido la herramienta de comunicación esencial en este proceso y me gustaría agradecer a todos quienes han dado a "Me gusta", han comentado o han enviado mensajes: ¡Sin ustedes esto no hubiese sido igual! ¡Gracias, gracias y más gracias! Estamos felices, contentos y recién casados, que es lo que queríamos. Nos seguimos amando igual o más que hace 11 años y medio. 

Y yo, aunque ya lo había hecho, doy por enterrado al fantasma de aquel gay de provincias que tenía tanto miedo y que siempre pensó que moriría solo, sin haber podido nunca amar ni ser amado (con todo lo cursi que eso suena, pero la adolescencia es muy macabra a ratos... y todos tenemos un pasado). Ahora soy un hombre casado, feliz y pleno. No es que el matrimonio haya cambiado nada en ese sentido, porque ya era feliz y pleno. Pero ahora he podido ejercer un derecho aquí que se nos niega en tantas partes, y eso me satisface profundamente. Seguiré luchando, en todo caso, para que haya muchos y muchas como yo que puedan ejercerlo. El matrimonio civil es un derecho de todas y de todos.

It gets better (and better)!

A punto de cumplir los treintaytodos

jueves, 12 de noviembre de 2015


Quedan 4 días para cumplir los 39 y no estoy ni cerca de una crisis. Más bien estoy plenamente feliz.

Si bien soy de la idea de que la felicidad tiene que ser una cuestión ajena a los factores externos, entiendo que estos nos acercan o nos alejan de ella, o nos hacen pensar que nos acercamos o nos alejamos de esa idea de felicidad.

¿Qué es la felicidad? La verdad es que no sabría describirlo, pero creo que tiene que ver con un estado mental, con una sensación (o un cúmulo de ellas), con una cuestión que se vive o se percibe, y que no hay que racionalizar.

Lo primero, y cada vez que lo pienso me hace más feliz, es que salí del armario por la puerta grande hace unos años. Mi mayor miedo en la vida, ese que me acompañó durante tanto tiempo, se disipó por completo: mi familia se quedó conmigo, de mi lado, acompañándome, abrazándome como siempre. Me lo pusieron tan fácil, de una forma que hasta en mis mejores fantasías jamás resultó tan simple, tan amable, tan amorosa... Ellos han sido el mejor apoyo durante tanto tiempo y tienen mi admiración y mi respeto para siempre. ¡Todo mejora, chicxs!

Lo segundo es que amo y me aman. Como ya dije en mi último post, durante mucho tiempo pensé en que me quedaría solo, que nunca compartiría mi vida con nadie. La vida en Talca no me daba muchas más perspectivas (tampoco en Santiago ni en Concepción, los otros lugares donde viví). Pero ahora entiendo que no era cuestión de lugar, sino de mí mismo: me cerré a cualquier posibilidad de amar de verdad, de querer. Me venció el miedo y me consumió durante años. Ese fue el mayor dolor, el mayor problema. Y no vino de fuera... lo hice yo solo. En cambio ahora, estoy con el hombre que amo y con el que me voy a casar en 12 días (¡no queda nada!) y, lo mejor, es que puedo decirlo libremente, sin que me tiemblen las manos ni se me apague la voz. No me avergüenzo ni dejo que los demás lo hagan. Será un matrimonio legal, real y lleno de amor. Y a quien no le guste, pues que no se preocupe: no me voy a casar con usted, así que no hay problema.

Lo tercero es que hago cosas que me gustan: mi trabajo, si bien tiene más y menos, siempre se queda en una suma positiva y me da muchas satisfacciones. No podría ser otra cosa que periodista en la vida. El trabajo de editor y redactor me resulta fascinante, y lo que hago con la comunicación a través de redes sociales me motiva de forma permanente a encontrar formas nuevas de conectar, de llegar a los usuarios, de comunicar. Y mis libros de cocina me tienen absolutamente encendido y lleno de actividades. Además, varios proyectos, personales y colectivos, acaban por consumir mis horas de vida, pero a la vez me dan tanto y aprendo tanto, que no podría dejarlos ni decir que no a los que vengan.

Lo cuarto, y que es algo reciente, es que la vida sana es mejor de lo que nunca hubiese pensando. No sé cuánto va a durar ni quiero hacer un discurso al respecto, pero estoy en un momento de bienestar que, a pesar de lo complicado que resulta, es altamente gratificante en cuanto a sensaciones positivas, a notar mejoras en batallas que había dado por perdidas y a darme cuenta de que si uno está bien física y emocionalmente, hay algo de vicio, de poder, de adrenalina, de endorfinas, de qué sé yo, pero que es maravilloso poder sentirlo.

Lo quinto, y último, es la buena compañía en general. Grandes amigas y amigos, la posibilidad de hacer lo que me gusta, de darme algún gusto de vez en cuando, de poder viajar... No por la cuestión superficial de "popularidad" o "lifestyle", sino porque me gusta saber que formo parte de la vida de otras personas, así como ellas forman parte de la mía. Es muy bonito sentirse parte de algo y de alguien, como seres individuales que somos. Porque en la amistad no soy el marido de o el hijo de, sino que soy yo, con todo lo bueno y lo malo que arrastro. Y eso tiene mucho valor. Por eso, para mí, la amistad es tan importante y por eso le dedico tiempo a cuidarla.

¡Felices (casi) treintaytodos para mí!

Siempre pensé que iba a estar solo...

miércoles, 4 de noviembre de 2015


Cuando decidimos casarnos, lo hicimos sobre todo por cuestiones prácticas: la formalización civil de nuestra unión nos iba a dejar protegidos en una serie de cuestiones que ya comenté en el post 6 razones por las que me caso, y que se resumen en temas de protección en caso de que al otro le pase algo y de acceso a decisiones médicas que sean de relevancia, sin que nadie más pueda mediar en el proceso.

Evidentemente también había un componente romántico, pero después de una convivencia de 11 años, es poco lo que un papel podría cambiar nuestra vida. Para nosotros, en realidad, ya estamos casados hace mucho tiempo. Este paso que damos es una mera formalidad, pero eso no le resta ni un mínimo de ilusión.

Pero esta mañana me he dado cuenta de otra cosa: me hace inmensamente feliz casarme, más de lo que pensé cuando empezamos todo el proceso. Y la razón es muy simple: es una vuelta de tuerca a un destino que en mi adolescencia parecía imposible, cuando todo el proceso idealizado del amor, el sexo y la pasión comenzaban a bullir en mi cabeza y en mis hormonas.

Siempre pensé que iba a estar solo y que no podría ser feliz con nadie. Que sería el tío solterón, el que va a todas partes sin compañía, el que nunca "hizo su vida" por comodidad, por maña o por lo que sea. Idealicé potenciales matrimonios heterosexuales ("normales" como les llamaba en mi cabeza), pero de forma recurrente llegaba a la misma conclusión: sería incapaz de ser feliz. A pesar de esa idea de soledad futura, tenía la esperanza de que mi vida fuera distinta. Y por suerte lo fue...

Ahora que me caso me doy cuenta de que, a pesar de las (pocas) dificultades y momentos tristes, estoy con la persona que amo, puedo vivir con él y seguir planeando una vida juntos. Lo conocí por casualidad y me enamoré de la misma manera. Y, a pesar de que la sociedad (la chilena sobre todo) es reticente a la idea de que dos hombres hagan su vida como una pareja formal con todos los derechos y deberes que eso implica, me siento absolutamente privilegiado por poder hacerlo con quien yo elegí y que, da la casualidad, también me eligió a mí.

Es para mí un logro y una alegría. Más cuando mi familia ha estado apoyándonos y queriéndonos desde que lo supieron. Justamente ayer, a raíz de otra pregunta, me volvieron a brindar todo su amor y buenos deseos para ese momento. "Veo que ustedes son felices y eso es muy bueno para nosotros", me dijo mi madre. Y mi padre escribió que "la decisión que ustedes asumieron de casarse es una decisión consensuada y personal de ambos. Y tienen todo el derecho a hacerlo".

¡Cómo no me voy a sentir feliz! Después de tantos años de ocultarme, saber que ellos siempre han estado conmigo y que nos han acogido a ambos de forma tan natural, a pesar de todo lo que les costó procesarlo, es algo de lo que estaré eternamente agradecido. Sé que no ha sido fácil, pero a nosotros nos lo han hecho sentir muy fácil, muy amable, muy cómodo. Ellos y toda la familia, porque ha sido cuestión (y trabajo) de todos. Para vosotros va todo nuestro amor y agradecimiento.

La homosexualidad privilegiada

jueves, 29 de octubre de 2015


El estreno de Happy Together, programa emitido por TVN en Chile, marca un hito (para mí) en la historia de la televisión en ese país: una pareja gay protagoniza en horario prime una especie de docureality sobre su vida en pareja, como una forma de normalizar, de educar, de mostrar que dos hombres (o dos mujeres) se enfrentan a problemas similares que las heterosexuales: sentimientos encontrados, (des)organización, familia, trabajo, lo cotidiano, e incluso, la paternidad.

Para mí esa es su vital relevancia y, visto en este contexto, el programa me parece un triunfo. Pero entiendo de donde nacen las críticas que se han dejado ver en los comentarios en redes sociales: la representación de lo que se me ha ocurrido llamar "la homosexualidad privilegiada". Dos hombres guapos, exitosos, empresarios, en un entorno social más abierto, con una familia presente, sin problemas económicos evidentes, etc. Y es que se tiende a pensar, gracias a los estereotipos, que todas las parejas homosexuales son así.

Pero el abanico de posibilidades en el mundo gay (no voy a entrar en todas las letras) es tan variado como la bandera del arcoíris y todos los matices que pueda haber entre sus colores. 

¿Por qué no se sigue la vida de una pareja más "normal", en el sentido de que quizás todavía no pueden vivir juntos por falta de dinero (que las hay), que se desplazan en transporte público, que no pueden viajar, que no tienen una red de apoyo...? Y eso por no pedir que muestren la marginalidad de la vida homosexual: una pareja que no puede estar junta, que sufre acoso, que apenas tiene dinero para vivir, una cuyo entorno sociocultural resulte hostil o que no piensa en comprarse productos de cosmética masculina para utilizar después de la ducha. O, si me pusiera todavía más superficial, a una pareja de gordos, de hombres mayores, a personas con rasgos raciales menos "blancos", etc. ¿Dónde están? ¿No caben en pantalla? ¿No existen?

La normalización es un trabajo arduo y duro, a largo plazo, que requiere precisamente la mayor cantidad de información para conseguir su objetivo. Necesita diversidad, representación de distintas formas, necesita más colorido y menos estandarización. Estos dos hombres (que pobres, no tengo nada en contra de ellos y me han parecido un encanto, además de guapos) podrían ser una pareja gay en muchos otros lugares del mundo (EEUU, España, Argentina, Portugal, Brasil, Italia, etc.), pero representan a una porción de la sociedad chilena muy determinada y marcada. 

Supongo (y espero) que no se ha hecho con ninguna intención y que es una mera coincidencia, pero sería interesante ver otros "tipos" de homosexualidad en pantalla. Esa que ocurre a veces en las que no llegamos a fin de mes, en la que no nos gusta saltar en parapente o en la que no tenemos coche para desplazarnos por la ciudad. Esa en la que no hay espacio en la casa para hacer una fiesta o en la que los hermanos no quieren que te acerques a sus hijos para no "contagiarles" nada. Esa en la que todo es más real y menos televisivo, en la que todo parece o es más difícil que una conversación con una copa de vino blanco bien fresco en el sofá de un piso en la zona oriente de Santiago.

Me parece un gran paso la existencia de Happy Together, pero creo que la siguiente etapa es precisamente la de normalizar más, pero desde la diferencia, desde la diversidad, desde la realidad, sin caer en caricaturas, sino siendo lo más honestos que sea posible. Es esa la forma de conseguir que estas aventuras tengan el éxito esperado, no de público, sino de sensibilización.

La homofobia es producto de la educación y de la socialización

lunes, 26 de octubre de 2015


Yo tuve Ética en la carrera de Periodismo. Y no cualquier Ética: una claramente católica, muy ligada a los preceptos de la Iglesia. Era de esperar en una entidad con una clara influencia de personalidades pertenecientes al Opus Dei, pero no debería ser aceptable en un organismo que se hace llamar Universidad.

Recuerdo algunas discusiones sobre el aborto o el divorcio que acababan con un "qué triste que pienses así" por parte de la profesora. En general, yo me callaba y no decía nada, porque me parecía una pérdida de tiempo y porque tenía (o sentía que tenía) menos tablas que ahora para decir las cosas. A pesar de todo, tampoco sentí como si me presionaran a aprender determinadas cosas o a pensar de una forma en particular. Todo lo contrario a lo que "leo" en la actuación del DuocUC en una prueba de Antropología de la que se ha hecho eco el Movilh en las redes sociales.

Con dos preguntas han mostrado claramente su posición. En ambas, además de su rechazo al matrimonio entre personas del mismo sexo, queda en evidencia el "fin procreador" del sacramento, porque evidentemente al hablar de matrimonio en un país como Chile se hace referencia al vínculo eclesiástico (en rojo marqué las respuestas correctas).

Y siempre me hago la misma pregunta ante esta postura: entonces, las parejas heterosexuales en las que es imposible la fecundación por cualquier razón, ¿no deberían casarse?

Yo no sé a ustedes, pero a mí me resulta muy complicado pensar en que la Iglesia Católica tomase cartas en el asunto y prohibiese el matrimonio entre un hombre y una mujer que se encuentren en estas circunstancias o que, por voluntad propia, hayan decidido no tener hijos. ¿Por qué entonces se utiliza como arma arrojadiza en contra del matrimonio homosexual?

Además, ¿por qué reducir el matrimonio a una simple fabricación de seres humanos, cuando debería valer únicamente el sustento del amor y la ayuda mutua, los otros fines esgrimidos por la entidad, "desde el punto de vista antropológico"? Pero no voy a entrar en el concepto, aunque sí lo haré en lo que conlleva el acto: la homofobia es producto de la educación y de la socialización.

Sí. Así es. Si fuera un rechazo natural, uno que viene grabado en nuestro ADN o como herencia de la Ley Natural, no sería necesario enseñarla en la Universidad ni en el colegio. Ni reforzarla de una forma tan baja: jugando con el futuro de quien pueda abstenerse de responder o quien simplemente estuviera en contra de la premisa.

Para mí tiene el mismo sentido que hacer de la Religión una asignatura evaluable en las escuelas: proselitismo. La formación de los seres humanos como hombres y mujeres de fe debe realizarse en los hogares y en los espacios destinados para ello: los distintos cultos. Pero no debería hacerse desde el mismo lugar en que se enseña, en el que se aprenden las competencias básicas para el desarrollo profesional. Y, si bien la escuela es el espacio en el que también aprendemos a "ser personas", por el bien social debería ser un espacio en el que aprendemos a ser personas individuales, sociales y civiles, pero no espirituales ni mucho menos religiosas. ¿Me explico?

Como sé que a estas alturas alguien pensará en por qué sí me he mostrado de acuerdo con la lectura de Nicolás tiene dos papás en los colegios, pero no con esto, explico mi razón: porque el libro del niño que vive con una pareja homosexual no educa en la fe ni en la religión, sino que lo hace en un ámbito social que está, que existe; en una realidad a la que solo se puede hacer frente con la represión y el miedo. Su misión es cívica: enseñar el respeto a la diversidad y a la diferencia, todo lo contrario a lo que una prueba de este tipo pretende.

Siguiendo este patrón, las religiones tienen cabida en las aulas, siempre que se enseñen como parte de la historia de la humanidad, como base para entender, incluso, muchos de los conflictos vigentes a los que las escuelas no deberían permanecer ajenas. Pero la enseñanza de una religión como forma de adoctrinamiento debería estar prohibida, así como cualquier manifestación personal de las creencias individuales que puedan afectar al funcionamiento colectivo, al respeto mutuo de todos los miembros del grupo y que atente contra la dignidad del ser humano como persona individual, social y civil. No olvidemos que formamos parte de sociedades y que, por lo tanto, es indispensable que aprendamos a convivir en armonía, respetando la diversidad y las diferencias, y no haciéndolas todavía más profundas. ¿No es eso lo que se supone que predica en parte la religión que después sesga en sus manifestaciones académicas, como la de esta prueba? Al parecer, es así en la teoría, pero no en la práctica. Coherencia es el punto. Coherencia.

** Última hora **
DuocUC anuncia la retirada de la polémica pregunta de sus pruebas y asegura que la entidad valora la diversidad social (Lea aquí el artículo).

Es cuestión de seguir en la lucha...

Carta a padres y madres que rechazan a sus hijos e hijas LGBT

lunes, 19 de octubre de 2015


Esta carta es una carta de dolor, del más profundo que usted le puede causar a un hijo o a una hija. La vida de una persona LGBT no es fácil, no al menos en aquellas sociedades donde todavía se cree que es una decisión racional el enamorarse de alguien de nuestro mismo sexo o que es una circunstancia a la que nos arrastra la vida; incluso peor, que es una enfermedad que se padece.

Se padece la homofobia, pero no la identidad sexual. La primera es la que usted genera en su hija o hijo y, por extensión, a toda la sociedad. Es la que condena, perpetúa los prejuicios y las concepciones erróneas; las generalizaciones que nacen del absurdo y del desconocimiento, esos que a usted seguramente le inculcaron con mucho ímpetu con una base en la religión y con otra en el miedo.

Sí, la LGBTfobia nace del miedo, del suyo, pero provoca mi miedo, el de su hijo y el de su hija. Provoca que haya sentido pánico a enamorarme, a que me haya dado pavor contarle a mi familia y a mis amigos que era homosexual. Me generó la necesidad de salir de mi país para poder vivir, poder amar, poder sentir deseo, ternura, sentirme querido y eliminar todas las barreras que una educación rígida, retrógrada y homófoba generó en mí. 

Su fobia es la culpable de cientos y miles de suicidios y lesiones, de ataques cobardes a personas que, por el simple hecho de manifestar públicamente su amor hacia otros o solo por ser diferentes del estándar social que otros han instaurado, son golpeadas, apedreadas, maltratadas, expulsadas, acosadas, despedidas, acusadas públicamente y condenadas a un ostracismo profundo.

Es usted quien está mal, ¡entiéndalo de una vez! 

Su hija o su hijo (gays, lesbianas, transexuales o bisexuales), seguirán siendo sus hijas e hijos, sin importar si a usted le gusta o no de quién se enamoren o con quién se acuesten o cómo se identifiquen. La verdad es que, lo primero, es algo que no debería importarle, porque usted no debería decidir lo que el corazón siente y consiente. Su papel como padre o como madre es el de acoger, acompañar, educar, cuidar y querer, al menos es el que la mayoría de las religiones y cultos promueve. Y ser LGBT no es incompatible con ninguna de sus labores, simplemente es un factor independiente de ellas que jamás debería cambiar su condición de madre o padre.

Me gustaría que sintiera por un momento el rechazo de su padre o de su madre. Me gustaría que fuera señalado y condenado por amar a quien ama. Me gustaría que se rieran de sus modos y de su forma de vestir, como si la diferencia fuera un pase libre para mofarse de alguien hasta hacerle llorar. Me gustaría que sintiera el miedo de besar, de cogerle la mano a alguien, de querer. Me gustaría que por un momento su vida estuviera dominada por la soledad, el temor y la impotencia. Me gustaría por una vez que se pusiera en la piel de él o de ella…

Piense que nadie en su sano juicio elegiría ser gay o lesbiana con gente como usted en la tierra. Simplemente por eso le aseguro que no es una decisión que alguien tomaría a la ligera. La homosexualidad, la bisexualidad o la transexualidad no se “provocan”, de la misma forma en que no se curan. Las terapias que circulan por ahí para “enderezar” a sus hijas e hijos, lo primero es que reducen los sentimientos a pulsiones y las personas, en ratas de laboratorio. Ser LGBT no se refiere únicamente al deseo sexual o la excitación, sino que es toda la dimensión de la personalidad de un ser humano, incluyendo los sentimientos. Y por eso no se puede reconducir o reparar sin alterar el resto. Además, estoy seguro de que no es más que otra vía para reprimir lo que usted no quiere ver, pero no plantea ninguna solución sana para la persona que recibe el tratamiento, es decir, su hija o su hijo.

¡Hágase ver usted su homofobia y déjenos a nosotros en paz! Nuestro amor no le hace daño a usted ni a la sociedad. No altera el orden cósmico ni genera lluvia ácida. No atenta contra su matrimonio ni contra las convicciones de nada. No pervierte a menores ni los llena de dudas. ¿Acaso alguna vez ha dudado usted de su heterosexualidad? No, y nadie lo hace por ver a personas del mismo sexo amarse, tener una familia o por formar un hogar.

Los niños y las niñas vienen sin prejuicios hasta que personas sin cordura los convierten en las futuras generaciones de homófobas y homófobos que seguirán condenando a quienes como su hija, su hijo o como yo, queremos distinto a usted. Bueno, queremos igual, solo que a alguien distinto. Y eso a usted debería importarle más bien poco.

Siéntese, piense y medite en lo que está haciendo. ¿Quiere alejar a su hija o a su hijo para siempre? ¿Quiere hacer de su vida un infierno? ¿Quiere coartarle la posibilidad de amar a quien quiera? ¿Quiere provocarle el mayor dolor o sufrimiento que un padre o una madre le pueden provocar? ¿Quiere empujarlos a medidas más drásticas como las lesiones o el suicidio? ¿Quiere condenarles al acoso en sus colegios, en sus trabajos y en su entorno social? Si responde que sí a alguna de estas preguntas, es usted una persona desalmada que, quizás, debería convertirse en el blanco del odio y la persecución. Si la perdemos o lo perdemos, la culpa no es de nadie más que suya...

Pero no le deseo mal, de verdad. Solo le deseo que tenga la capacidad de amar a su hijo o a su hija de la forma en que mis padres lo hacen conmigo. Después de tanto miedo, me enseñaron que su amor era infinito, que era algo hermoso, que era eterno y que nunca se regía por lo que les decían sino por lo que ellos sentían. Me enseñaron que la familia es el lugar en el que siempre podemos estar seguros. Y me enseñaron que siempre podría contar con ellos. Me abrieron los brazos y siguieron queriéndome como siempre, quizás todavía más, porque yo fui capaz de dejar que me quisieran todo, entero, sin cerrarles ninguna puerta.

Solo espero que usted sea capaz de eso y de mucho más. Levántese y abrace a su hija o a su hijo, y hágale saber que nada en el mundo es más importante para usted que su bienestar, su protección y su amor. Solo así podremos construir una sociedad más justa, más respetuosa y más consciente de que el amor se siente y se vive, pero no se elige. Más abierta, menos ignorante. Solo así usted no perderá el amor que como hijos podemos darle a nuestros padres. Solo así lograremos vivir sin miedo, sin el suyo y sin el nuestro.

No mejor, distinto (carta abierta a quienes se quedaron)

viernes, 16 de octubre de 2015


Me molesta mucho cuando alguien dice “quién se cree este (o esta)… porque vive en el extranjero, se siente superior…”. No, no me siento mejor que tú por ninguna razón. Es más, probablemente mi tendencia a infravalorar mis capacidades siempre haga que me sienta inferior. Pero es algo con lo que he aprendido a lidiar y que no frena un ápice mis ganas de hacer cosas, de probar experiencias, de conocer gentes y lugares. Tampoco te da a ti ninguna ventaja sobre mí…

El hecho de haber cambiado de país y de viajar me hace mejor persona, pero no en relación a ti (de verdad tienes que aprender a que el mundo gira sobre su eje y no a tu alrededor). Me hace mejor en cuanto a mi experiencia vital, a mi forma de ver el mundo, a mis ganas de aprender y de conocer, a la capacidad de comprender que en realidad no somos nadie y que seguramente más del 90% del resto de habitantes del planeta ha tenido que enfrentar cosas mucho más duras que las que me pueden haber tocado a mí.

Eso me hace más libre en cuanto a poner en perspectiva mis desgracias de mierda y darme cuenta de que no son nada comparables con quien no tiene libertad, quien vive con miedo, quien no puede sentir libremente, quien está sometido o quien ha sufrido alguna catástrofe, quien ha perdido sus amores (todos ellos, de todos los tipos) o quien no ha sabido nunca amar ni ser amado. Y también me hace más sabio, porque me deja tiempo para pensar y para hacer, para ocuparme en vez de preocuparme. Pero no me hace mejor en cuanto a ti ni a los demás. Como decía, solo me hace mejor a mí en cuanto a mí mismo, en cuanto a una versión mejorada de lo que era.

Echar de menos me ha hecho más fuerte y me ha permitido valorar los vínculos sentimentales que tengo con las personas de mi vida y con los lugares en los que he vivido. A la vez, me ha permitido olvidarme de lo irrelevante y de lo innecesario, de lo que parecía profundamente fundamental, pero que realmente no tenía importancia.

Conocer otras culturas me ha enriquecido como persona (siempre hablo con respecto a mi yo anterior) porque me ha permitido mirar con otros ojos cosas y dudar de lo tajante, de los absolutos y de las verdades infalibles. Me ha llevado a conocer otras historias, otras realidades, otras personas que me han dado mucho, que me han enseñado mucho y que han marcado mi trayectoria vital. Pero ojo, ellas tampoco son mejores en ningún sentido, sino que son diferentes. Y ahí está la riqueza: en la diversidad.

Salir de un entorno uniforme y estándar me ha dado herramientas nuevas, conocimientos nuevos, ideas nuevas, aprendizajes nuevos, valores nuevos, amores nuevos, sentimientos nuevos, miedos nuevos, certezas nuevas… Me ha permitido conocerme mejor y aprender a dejarme conocer por los demás tal como soy, sin esconderme. Ya no necesito esconderme de mí, ni de ti, ni de nadie. Pero no porque esté en otra latitud, sino porque me siento en paz conmigo mismo y con quien siento que debo estar en paz.

Aprendí a que me sobran los dobleces, a que la vida de los otros no es importante para vivir la mía y a que soy el único que tiene incidencia en lo que consigo y en lo que soy. Lo que haga el vecino o el político de turno no modifica mi existencia; me lo puede poner más fácil o más complicado para seguir, pero en realidad no afecta a mis objetivos ni al camino que día a día me trazo para seguir adelante.

Sí, sigo adelante. Camino ese camino que empecé hace más de 11 años cada día. Es largo… He tenido días de tormenta y muchos meses de sol y calma. He cruzado montañas y océanos, pero no de los geográficos, sino de los emocionales, que son mucho más escarpados y profundos. Me caí y me volví a levantar. Es más, cada día me caigo y me levanto, porque cada día es un aprendizaje nuevo.

Me cansé de dejar mi destino en las manos del destino y de acusar a la suerte de ser la fuente de todos mis males. Estar lejos del escudo protector de mi familia y de mis amigos, salir de ese metro cuadrado en el que nos movemos a diario, me ha permitido hacerme responsable de mis logros y de mis fracasos. Nadie más tiene la culpa de lo que me pase que yo. Nadie me castiga y nadie me aplaude o me coge en brazos para llevarme. El camino es mío y soy yo el que lo anda cada día.

Y nada de esto me ha hecho mejor que nadie. Nada de esto me ha puesto en una posición superior. Nada de esto tiene nada que ver con nadie más que conmigo mismo. Porque lo he hecho por mí y para mí. Ya no miro los éxitos ni las caídas de los demás como la medida de mis éxitos y mis caídas. De hecho es poco lo que miro, porque no tengo un interés morboso en compararme, en envidiar o en sentirme mejor con respecto a nadie. Resulta muy liberador llegar a ese punto donde lo relevante es celebrar con quien quieres aquello que merece ser celebrado y acompañar a quien realmente necesita un apoyo, un hombro, una mano.

Soy de cultivar muchas amistades y de mantenerlas en el tiempo. Pero de hacerlo, lo hago con las que me alimentan el alma, el corazón y la mente. Las otras se quedaron atrás, simplemente porque no tenemos puntos en común. No porque sea mejor que tú (que a estas alturas espero que te haya quedado claro), sino porque soy distinto al que era y porque seguí adelante. Pude hacerlo.

Esto no significa que nunca vaya a volver al principio, a donde empezó todo. Quizás la vida me lleve al mismo punto geográfico; pero, aunque vuelva allí, nunca volveré de la forma en la que me fui. Lo haré siendo distinto, queriendo distinto, sintiendo distinto y viviendo distinto. No mejor, distinto.