Y no como quieren que seamos...

viernes, 21 de noviembre de 2014

"Me da mucha tristeza leer opiniones de esta índole". Ese fue el mensaje que alguien (anónimo) dejó en mi blog esta madrugada en la entrada A ser gay no se aprende. Supongo que lo que le da pena (que en realidad es un miedo terrible a lo "distinto") es que se diga que los homosexuales podemos vivir libremente y tener los mismos derechos que los demás. O que se reconozca la diversidad de agrupaciones familiares. O que se eduque a los niños y a las niñas en un entorno de tolerancia y respeto. O muchas otras cosas que no vienen el caso, pero que seguro se fundan en alguna moral inculcada hasta la médula que le dice que lo gay es malo, caca, asco... Esa misma moral que le dice que ame al prójimo como a sí mismo, que respete, que no le desee mal a nadie, etc. Pero bueno, no voy a ir por ahí porque no es mi cometido. Y si alguien quiere entrar por ese camino, que lo recorra solo. Hace tiempo que la literatura dejó de ser una amenaza para mi vida.
Voy a hablar de la temida ideología de género, el disfraz maligno y perverso con el que se ha disfrazado la reivindicación de los derechos sociales de los homosexuales. Sí, derechos sociales; ni morales ni cristianos ni religiosos. Sociales y bien laicos, porque nada tienen que ver con la fe ni con la religión ni menos con la moral de ninguna práctica. Solo tiene que ver con cuestiones de derechos humanos, de miembros de la sociedad civil. Queremos poder casarnos, poder divorciarnos, poder tener la opción de adoptar hijos, poder salir sin miedo a la calle, poder amar a quien queramos, poder ser respetados, poder ejercer nuestros derechos y deberes como personas, como ciudadanos, como seres humanos.
No aspiramos a nada más ni hay una intención de homosexualizar a nadie. Uno, porque es imposible hacerlo. Y dos, porque no venimos a "contaminar" ni a "expandirnos", sino que simplemente venimos convivir. Cuidado, no queremos imponer nuestra ideología, sino solo ser aceptados. Y es evidente que su rechazo no es otra cosa que la imposición de su propia ideología.
No le pedimos que nos quiera ni mucho menos buscamos su compasión; buscamos poder amar libremente a quien queramos. No le pedimos que nos abrace o que nos reciba en su casa, sino que no nos apedree en la calle, ni nos torture ni nos golpee hasta la muerte. No le pedimos que nos aplauda, sino que no nos discrimine en el trabajo, en el colegio o en la Universidad, y que nos valore como las personas que somos, no como las personas que usted quiere que seamos. No le pedimos que nos tolere, pero sí le pedimos que nos respete.
El paso siguiente a ese respeto y a ese reconocimiento de derechos no es la legalización de la pedofilia ni de la pederastia; tampoco es el fin de la familia o de la sociedad, ni mucho menos del Estado; no es el fin del mundo ni ninguna plaga apocalíptica. Es simplemente la convivencia en sociedad de individuos que, como seres humanos que son, aprenden a respetar sus diferencias y a vivir en paz. Ese es el siguiente paso, no hay otro. Pero no hay ideología ni planes maquiavélicos, no hay castigos ni condenas celestiales o astronómicas; no hay señales ni predicciones... Solo hay una minoría que ha sido atacada, escondida, vapuleada, condenada y segregada durante siglos, que aspira a poder vivir en una sociedad libre sin miedo, sin arrasar con nada y simplemente respetando y pidiendo respeto. Disfrazarlo de otra cosa es un recurso pueril y enfermizo, mucho más retorcido que todas las cosas de las que se nos acusa y de las generalidades y clichés que se nos achacan por el solo hecho de sentirnos atraídos por personas del mismo sexo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario