¡Muéranse!

jueves, 25 de septiembre de 2014

Mi primera colaboración como columnista con el Periódico Escuela... Realmente, mi experiencia con ellos ya es larga y feliz, pero con mi columna particular estoy dando el primer paso. ¡Recién estrenada! Aquí van el texto y las fotos...

¡Muéranse!


Después de ver este vídeo (http://bit.ly/mueranse) no me queda ninguna duda: hay un desfase generacional. En él vemos una broma que se extendió el año pasado en cuestión de semanas por gran parte de Latinoamérica. Hay pocas maneras mejores de representar esa brecha: la vida de nuestros estudiantes se basa en la hiperconexión, en la socialización y en la exposición. Nosotros, en tanto, seguimos temiendo al fantasma de Internet, dándole la espalda a aquello que comparten a cualquier rincón del planeta.

La tarea de los padres en primer lugar, y del profesorado después, es estar atentos a las herramientas, usos, tendencias, apps de moda…, no necesariamente como usuarios activos, sino como testigos informados, capaces de comprender la dimensión de lo que nuestro alumnado tiene en su mano cuando les damos un smartphone.

Y es que el problema no es de ellos, sino de aquellos que les otorgamos una herramienta poderosa a quien apenas puede sostenerla y utilizarla con responsabilidad. No sacamos nada con prohibir o intentar “controlarlos parentalmente”, sino que debemos enseñarles a usar la tecnología como la herramienta que es.

Hoy en día, permítanme la metáfora absurda, es casi menos peligroso entregarle a un niño una espada que un móvil, porque al menos con la espada hay un único peligro. Con el teléfono, en cambio, la exposición al riesgo es mucho mayor si no somos capaces de transmitir una base sólida de responsabilidad, formación e información junto con la tecnología; y las posibilidades son infinitas.

Y esa es tarea primera de los padres, no de las escuelas. Aunque es cierto que estas también deben estar atentas a una parte de la vida que ya es casi irrenunciable, para poder adaptarnos juntos a ella de la mejor manera posible y, ojalá, obteniendo algún beneficio de su disposición, cercanía y capacidad en el proceso de enseñanza-aprendizaje.


Preguntas y dudas sobre la homosexualidad

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Cuando uno sale del armario (clóset) es inevitable que surjan muchas preguntas y dudas, sobre todo en sociedades más tradicionales y cerradas, donde la homosexualidad ha sido cargada con una serie de apelativos innecesarios y, en una gran mayoría de los casos, totalmente falsos: pederastia, degeneración, zoofilia, sordidez, feminización de la figura masculina, entre muchos otros. 

La base de una relación gay se da entre dos hombres a quienes les gustan los hombres, los de su mismo sexo. Y hago esta aclaración porque fue una de las preguntas que tuve que responder durante mi proceso:  
¿Es verdad que en una relación homosexual uno hace de hombre y el otro de mujer? La respuesta fue no, si la referencia apuntaba a una asunción de roles cotidianos estigmatizados y condicionados por una sociedad eminentemente machista; y fue sí, si se entendía como "hombre" y "mujer" a la variante sexual, a la posición o actitud frente al sexo (pasivo, activo o versátil), aunque no me parece una definición acertada. Y menos algo que se deba preguntar, porque en general no se cuestiona en una relación heterosexual quién es el que toma la iniciativa o el lugar que ocupa en una postura determinada. Tal como dijo alguien a quien quiero mucho, "si yo me cuelgo de la lámpara en la intimidad, es mi problema y de nadie más". Eso, al final, no define el género de nadie.

¿Cuándo te convertiste en gay? No, no me convertí. No decidí serlo ni se me ocurrió como una reivindicación social para hacerme más interesante o menos "promedio". No me levanté una mañana con los cables cruzados ni me di un golpe en la cabeza. Tampoco fue cuestión de un profundo desengaño amoroso. Simplemente nací así y así soy ahora. ¿Alguien se ha cuestionado alguna vez cuándo decidió ser heterosexual? ¿Acaso alguien pensó realmente en variar sus gustos y apetencias después de una ruptura, por muy dura que haya sido? En general, todos los "tratamientos" en contra de la homosexualidad no tienen que ver con los "sentimientos" y "apetencias", sino que simplemente bloquean o inhiben la posibilidad de los individuos de manifestar libremente sus sentimientos y emociones; es decir, es una anulación de su ser para solo parecer.

¿Sufriste mucho? La verdad es que siempre tiendo a minimizar las sensaciones y emociones que provocaron estar dentro del armario, pero en realidad debo reconocer que tampoco recuerdo que fuera una experiencia traumática profunda. Por supuesto que es triste tener que vivir la adolescencia y los primeros años de la juventud adulta escondido, sin compartir con nadie lo que sentía, lo que quería y lo que no me atrevía a buscar o pedir. Pero en mi caso, y me siento privilegiado, pude compensarlo con otros afectos: familia y amigos, que siempre me han rodeado y me han arropado bien. Quizás los últimos años fueron más duros, pero también tiene que ver con el hecho de que el tiempo pasaba y, a pesar de estar bien acompañado, en mi mundo interior estaba solo. Por eso empecé este viaje, por eso decidí dar el salto y empezar de nuevo. Creo que no podría haber tomado una decisión mejor en la vida. Otra opción podría haber sido salir del clóset en Chile, pero en ese momento no era mi posibilidad más concreta, así que huí. Hay quienes dicen que fue un acto de valentía, pero también tiene un gran componente de cobardía: intentaba huir de la verdad, de mí verdad.

¿Es España una sociedad más abierta y moderna? Sí y no. Por un lado, el hecho de que la ley nos "proteja" y nos permita casarnos, es un gran avance teniendo en cuenta lo que ocurre en Gambia y en otros países (desde castigos físicos a cadena perpetua o muerte por "ejercer" la homosexualidad). Pero la ley no siempre va de la mano con el desarrollo social y, si bien es cierto que para mucha gente no es tema ni problema, todavía existe gente dispuesta a encerrarnos, castigarnos y maltratarnos por el simple hecho de ser. La reciente agresión a una pareja gay a la salida de una discoteca en el centro de Madrid lo confirma: hay imbéciles en todas partes.

A modo de aclaración, también tuve que decir que no era mi costumbre usar zapatos de tacón, maquillarme o vestirme de mujer, usar boas de plumas ni sentirme Priscilla, reina del desierto. Si bien es una práctica que muchos homosexuales (y también heterosexuales) practican, no es mi caso y estoy seguro que tampoco lo es de la gran mayoría de los gays. El disfraz de carnavales o del día del orgullo no implica que sea algo habitual, ¿o acaso la gente que se disfraza de Batman o de elfa lo son siempre en su vida diaria?

Preguntas que parecen obvias y lógicas, pero que despiertan muchas dudas a los no iniciados. Totalmente entendible. Pero ojalá llegue el día en que no haga falta hacerlas...

Una magnífica lección

viernes, 12 de septiembre de 2014





La intervención de Rita Pierson es una de aquellas charlas que deberíamos visitar cada cierto tiempo, para comprender muchas cosas, pero entre ellas, sobre todo, nuestro lugar en el mundo.

Comienzo de curso

Empieza septiembre (hace un rato ya) y se viene cargado de proyectos. A mi colaboración habitual en la revista Versión Original, sumo dos nuevos compromisos: una columna mensual sobre Educación y TIC en el Periódico Escuela (del que también soy editor), a partir del 25 de septiembre; y un artículo mensual en la web Digital Marketing Trends sobre Social Media, a partir de octubre.

Además, estoy trabajando intensamente en el diseño e implementación de una campaña de comunicación online para el documental Chicas Nuevas 24 horas, sobre trata de personas, de la premiada directora española, Mabel Lozano. Todo esto, mientras sigo trabajando como community manager para distintos clientes; y también creando contenidos para páginas web y medios de comunicación de las áreas de legalidad, fiscalidad, prevención de riesgos laborales, educación, recursos humanos, empresas, comercio internacional, coaching, etc.

Pero también participo en dos programas coordinados por la Liga Española de la Educación y la Cultura Popular, organizando cursos en línea, supervisando y editando la publicación del segundo volumen del manual de buenas prácticas en educación, entre otras actividades.

Y no contento con lo anterior, estoy preparando la publicación de mi segundo libro de cocina (el tercer libro en 2 años, porque también me estrené como autor en el ámbito del Social Media) que, si todo sale bien, podría estar a la venta a finales de noviembre de este año.

A todo esto se podría sumar en breve otro proyecto muy bonito que, espero, se concrete antes de que acabe 2014...

Y así voy, sin tiempo, sin pausa y con mucha prisa... Pero igualmente intento dejar tiempo para mis otras actividades y pasiones, que tampoco son escasas.

¡Animo y feliz inicio de curso!

¡Gracias por venir!

jueves, 11 de septiembre de 2014


Los últimos 8 días han sido un viaje con muchas emociones, una suerte de montaña rusa con los pies colgando a la que jamás había pensado subirme. Pero las cosas se hacen cuando se tienen que hacer y por las razones que sean que las motiven.

Si bien es cierto que mi salida del armario (clóset) había ocurrido hace más de 4 años, la semana pasada fue por la puerta grande: en mi blog y en mis redes sociales, con una repercusión infinitamente mayor de la que se pudiera esperar. La carta que en su momento escribí a mi familia ha sido leída más de 1.000 veces, mientras que los post que vinieron después, superan las 500 visitas. Y qué decir de Facebook: muchísimos mensajes de apoyo y de cariño a lo largo de esta última semana me han reconfortado y me han sorprendido a partes iguales.

Si bien es cierto que ya expliqué las razones que motivaron la carta en el primer post del miércoles 3, y seguí hablando de cómo fue el proceso, hoy me gustaría dedicar este post a dar las gracias por tanto cariño, por tanto apoyo, por tantos mensajes y comentarios, por tantos "Me gusta", abrazos y besos recibidos. Sobre todo, me gustaría agradecer públicamente a mis padres por su valentía y su amor infinitos, porque para ellos también ha sido un proceso de varios años y un viaje esta última semana. 

Ellos han tenido que enfrentarse a sus propias convicciones y creencias, a su conciencia, a su educación; pero creo que no lo han dudado ni por un momento: el amor que sentían por mí, su hijo, era superior a cualquier cosa. Y por eso me quito el sombrero, me pongo de pie, los aplaudo y los abrazo a la distancia, sin dejar nunca de agradecer todo lo que han hecho por mí y por mis hermanos. Ellos -él y ella- jamás dudaron tampoco en brindarme su apoyo y su amor.

Desde ahí en adelante, familiares, amigos, amigas, conocidos y conocidas han sido un gran apoyo y unos excelentes compañeros y compañeras en este viaje. No puedo cerrar este post sin darles las gracias por hacer de mi mundo, en particular, y del mundo entero, un lugar en el que vale la pena vivir y donde cabemos todos, sin complejos, sin miedos. Espero que este mundo que hoy me rodea seamos capaces de replicarlo en otros espacios, alrededor de aquellos y aquellas que no han tenido mi suerte y que están sufriendo o se sienten abandonados por su entorno. Si somos capaces de llevarles una pequeña parte de este cariño, habremos triunfado en muchos aspectos.

¡Gracias a tod@s! Besos y abrazos.

¡No estás sol@!

miércoles, 10 de septiembre de 2014


"Si tuviera la posibilidad de elegir, elegiría ser heterosexual, porque como gay me siento vacío y menos que otros hombres. Solo siento rechazo por parte de otras personas, incluso de mis padres (ellos me aman, pero odian el hecho de que sea homosexual)...".

Este mensaje aparece en un video en el que se recogen una serie de testimonios y comentarios en redes sociales. Sin importar su origen, la profundidad de su mensaje es para quedarse helados...

1. Si tuviera la posibilidad de elegir: la vida sería mucho más simple si un día me levantara de la cama y pudiese tomar la decisión de ser homosexual, heterosexual, transexual, etc., según lo conveniente que resultase en ese momento. Pero no, nacemos así, no nos convertimos ni tenemos la opción de convertir a nadie: no somos vampiros ni zombis, no nos propagamos ni es cierto que hoy haya más gays que antes. Proporcionalmente, la cifra debe ser estable, aunque numéricamente hemos aumentado, lo que resulta lógico teniendo en cuenta que somos más habitantes y hoy se reconoce más abiertamente que hace años. Lo que quiero decir es que ser homosexual no es un acto reivindicativo ni una salida profesional, no es una nueva vocación o una provocación antisistema, no es una enfermedad ni un trastorno; simplemente es, de la misma forma en que lo es la heterosexualidad.

2. Elegiría ser heterosexual: simplemente, porque es lo que nos meten en la cabeza como normal. Pero alguien comentaba hace poco en mi Facebook que los niños no nacen con esos prejuicios en la cabeza y solo ven personas que se quieren, hasta que la educación recibida forja en ellos los estereotipos. Hace algunos años, una amiga nos invitó a su casa y les comentó a sus hijos que vendría su amigo Tomás con su novio (pololo, pareja, etc.). Uno de ellos la miró y le dijo: "Mamá, será novia". Y ella, simplemente le explicó que a su amigo le gustaban los hombres, a lo que el niño respondió: "Ah, vale", sin tener que entrar a hacer ningún juicio de valor, porque la explicación era totalmente válida para él. Hay que acabar con esa predominancia de lo heterosexual como lo único normal. Es cierto que es mayoritaria, pero eso no significa que sea única.

3. Como gay me siento vacío y menos que otros hombres: Esta frase es arrolladora. No se siente vacío por el simple hecho de ser gay, sino porque se le ha dejado vacío. Se le aparta, se le castiga, se le condena... En la parte que sigue del comentario, dice este joven que "hasta Dios le rechaza" y que "si fuera heterosexual, seguramente sería más feliz". Es decir, que siente que tiene que convertirse en quien no es, negar su naturaleza, negarse a sí mismo, negar sus sentimientos y emociones, anularse como individuo, para poder ser como los demás quieren y alcanzar la felicidad. Quien no haya sentido esto en sus carnes, no sabe lo que llega a doler. Una forma muy habitual de torturar a los prisioneros es, precisamente, anular su personalidad, su humanidad. Y si en Guantánamo esto nos parece macabro, ¿por qué lo permitimos en la calle, en nuestro colegio, en nuestra oficina, en nuestra casa?

4. Solo siento rechazo por parte de otras personas, incluso de mis padres (ellos me aman, pero odian el hecho de que sea homosexual): Apartamos al diferente, le excluimos y lo condenamos al ostracismo. No sé la de veces que he escuchado "si a mí los gays me dan igual, pero que no se acerquen"... ¿De dónde viene ese miedo? Es muy duro no poder compartir tus sentimientos con nadie, es muy duro cruzar por el amor y el desamor sin el apoyo de un amigo o una amiga, de tu familia. Es muy triste amar a alguien y no poder disfrutar de ese amor en libertad. Es muy doloroso sentir el rechazo por ser quien eres. Es terrible que haya gente que piense morir por este motivo y, todavía peor, que haya quien se ha quitado la vida por sentirse apartado, por sentirse sola, por no tener en quien confiar, por sentir que su vida no vale nada, simplemente porque no entra dentro de los parámetros de una normalidad impuesta, absolutamente artificial y subjetiva.

Por ellos y por ellas, hoy 10 de septiembre se celebra el Día Internacional por la prevención del suicidio. Que nadie más se sienta sol@ y apartad@ al punto de plantearse dejar de vivir.

¡Recuerda: #NoEstasSolx!

¡No soy gay!

lunes, 8 de septiembre de 2014


"¡Nooooo! Para nada". La de veces que habré negado lo innegable...

La primera vez que me lo preguntaron directamente y sin ánimo de broma, fue en 2000, cuando vivía en Santiago de Chile. Fue en la puerta de nuestra sala de clase en la Universidad, sin nadie alrededor. Y lo negué, mientras el miedo me atenazaba el cuerpo y me revolvía el estómago.

En general, quienes lo sospechaban, se comportaron siempre de manera muy discreta, al menos de cara hacia mí, porque al parecer no era raro que surgiese el tema en las sobremesas o en ciertas reuniones sociales en las que yo no estaba cerca. En ese entonces, incluso todavía, era un tema al que recurrir cuando la vida de los demás resulta vacía o cuando no quieren exponer sus propios asuntos. En ese caso, hay que recurrir al recurso fácil: si fulanito es gay o si menganita es lesbiana o es puta (parece que no hay puntos intermedios en este último caso).

Y en estos últimos días, con la publicación de la carta que envié a mis padres, así como ocurrió también durante el proceso de salida del armario hace algunos años, resulta que "todo el mundo lo sabía, pero nadie quiso preguntar por respeto". Lo entiendo, es normal. Y lo agradezco. Si yo no quería hablar entonces de forma espontánea, menos lo iba a hacer de forma "obligada" ni ante una pregunta directa.

La segunda vez que me lo preguntaron directamente fue en Madrid, muchos años después. Al menos unos 5 años habían pasado desde aquella primera pregunta. Hasta entonces no había tenido que responder a la pregunta, porque era obvio o no era importante. Fue en el metro, con una amiga, que me preguntó directamente y yo lo negué abiertamente, sin mover un músculo. En ese momento me di cuenta de que tenía un problema...

No era mi homosexualidad el problema, sino el miedo que me paralizaba. ¿Miedo a qué?, me preguntaba muchas veces. Estaba al otro lado del mundo y aquí incluso ya era legal el matrimonio gay. Pero lo negaba, excusándome en que, como mi familia no lo sabía, por alguna extraña conexión astral o por la dichosa teoría de los 6 grados de separación, alguien se enteraría. Era absurdo, pero para mí tenía toda la lógica en ese entonces. Claramente, una lógica dominada por el miedo...

Al poco tiempo, empecé mi salida del armario más planificada. Poco a poco, fui contándoles a las personas que me parecía relevante que lo supieran, principalmente amigos y familiares en Chile y otros del trabajo en Madrid, porque aquí no tenía que esconderme, al menos no en mi círculo más cercano, porque ya me habían conocido como gay y no había nada que comentar.

No fue tarea fácil. Las primeras son muy difíciles, porque no sabes cómo plantear el tema, no sabes qué hacer, cómo ponerlo en palabras y, la gran mayoría de las veces, damos demasiadas vueltas para algo tan simple y natural.

Recuerdo una de las peores noches de mi vida, al menos durante un par de horas. Una amiga de Chile venía a Madrid y habíamos quedado para salir de marcha con mi "compañero de piso". Salimos, nos encontramos con unos amigos de mi pareja y yo solo recuerdo la tensión de mi cuerpo ante cualquier mínimo desliz que pudiese poner en evidencia mi homosexualidad. Pero obviamente se produjeron, porque para esos amigos no era tema: delante de mi amiga me preguntaron cuánto tiempo llevábamos juntos mi pareja y yo, mientras yo sentía el amargor de la hiel en mi garganta y el bar daba vueltas a mi alrededor. Al poco, mi amiga me rescató: me miró, me preguntó algo y me dijo: "Gordo, ya lo sé y estoy feliz". En ese momento, volví a respirar...

Momentos tensos tuve unos cuantos. Incluso aquel en el que supe que mis padres estaban leyendo la carta, a más de 10.000 kilómetros, unos cuantos años más tarde. Yo estaba terminando de cenar y un mensaje me puso en alerta: durante un par de horas no dejé de pasearme por casa, hiperventilando y fumando a partes iguales. Pero ya estaba, era lo último que me quedaba y, para mí, lo más importante. Simplemente ocurrió cuando tenía que ocurrir, cuando tanto mis padres como yo habíamos recorrido el suficiente camino para valorar lo realmente importante y para querernos como siempre, tal cual éramos, tal cual somos, tal cual seremos.

Ahora ya no tengo que negarlo más y quizás debería decirlo más, deberíamos decirlo más. Simplemente por el hecho de normalizar socialmente algo que es normal. Y tal como lo escribe claramente Jesús Encinar en su blog, "Para empezar, ser gay (incluyo también a las lesbianas) no es parte de mi vida privada, es mi vida. Soy gay cuando trabajo o voy de vacaciones. No dejo de ser gay cuando estoy con mi familia o cuando entro en una reunión. Mi visión del mundo, mi entendimiento de la realidad, mi comprensión de los demás, está inevitablemente teñida de todos los aspectos de mi identidad (varón, blanco, español, emprendedor, 40 años, etc.) y lógicamente, también, como gay. Nunca nadie me ha criticado por decir en mi perfil que soy de Ávila o que nací en 1970, ¿por qué se sorprenden entonces que diga que soy gay?".

Que no borren nuestras diferencias

domingo, 7 de septiembre de 2014


Me eduqué mayoritariamente en un colegio de curas, mixto y de pago. Y pese a algunas carencias que se notan más tarde en el ámbito universitario, no puedo quejarme de mi educación. Despuntaron excelentes maestros y profesores, ellos y ellas, pero también destacaron mediocres hombres y mujeres que jamás deberían haberse dedicado a la pedagogía. Aunque eso, estoy seguro, nos ha pasado a todos.

Mi vida en el colegio la recuerdo con agrado, en general. Tuve un grupo de amigos amplio y en el que me sentía protegido y querido, que si bien fue variando con el pasar de los años, siempre tuvo elementos comunes con los que hasta hoy tengo contacto y con quienes celebro cada encuentro, por muy breve que sea. 

Pero no es fácil ser homosexual en un colegio de provincias en Chile. Imagino que sigue siendo complicado, aunque antes quizás lo era todavía menos, porque ni siquiera era un tema de discusión en los medios, no existían referentes y la globalización no había alcanzado todavía las aulas.

La verdad es que no me sentí nunca acosado, incluso no me sentía así cuando el apodo de maricón me llegara de frente, de lado o por la espalda. Pero igualmente dolía. Dolía más, quizás, el hecho de que, quienes debían protegerme, dejasen pasar el ataque sin más que una débil reprimenda o una simple mirada a modo de llamada de atención. Incluso recuerdo a un profesor con una sonrisa cómplice una de aquellas veces. Puede que sea una jugada de mi memoria, pero él evidentemente no supo gestionar lo que ocurría ni jamás pensó en el daño que eso podía hacer.

No obstante, insisto, eso no me afectaba o no llegó a afectarme como quizás sí le ha ocurrido a más de una persona. Esto no quiere decir que sea un hombre de hierro o una roca invencible. También tuve mis momentos de derrumbe, incluso de no querer ir al colegio una tarde, aunque en ese momento realmente no pudiese ser capaz de poner en palabras la frustración que sentía y la pena que podía causarme. Pero me levanté y seguí. Sentí que era lo que debía hacer.

Sí hay algo que recuerdo con cierta pena, una pena que la distancia física y temporal apenas deja percibir, pero que en su momento recuerdo que me calaba más hondo. Y es que nunca fui uno de "ellos", de "los hombres". En los encuentros "mixtos", casaba bien: pasábamos muy buenos ratos, nos reíamos, compartíamos, salíamos a bailar en grupo, bebíamos, etc. Pero en las barbacoas o los viajes de ellos, no cabía... Obviamente, en los de ellas tampoco. Y si bien no puedo decir que me sentí abandonado, porque afortunadamente siempre he tenido una red de amistades (mucho antes de Facebook) muy sólida y amplia, a ratos dolía ese sentido de no pertenecer, de no ser; de ser apartado, quizás de forma inconsciente, de espacios en los que podría haber querido estar o no. Al menos me hubiese gustado tener la posibilidad de decidir si quería participar o quedarme fuera...

Por suerte, no fue una época cruel. La adolescencia ya es lo bastante cruel con nosotros como para, además, vivirla en un entorno hostil. Y eso sí que debe ser duro. Muchas veces he pensado en que me perdí una buena porción de los primeros amores adolescentes, los primeros besos, "pinchar" (ligar) con alguien, hacer lo que todos, antes o después, hacían. Pero, siendo justo conmigo, no es que me perdiese esa etapa, sino que llegó más tarde, mucho más tarde.

Por eso le resto peso específico a esos detalles y recuerdo mi vida escolar con una sonrisa. De ella me llevé a grandes personas y de ella, todavía, tengo muy buenos momentos guardados. Es verdad que no es fácil ser el gay del colegio, pero tuve la suerte de que jamás tuve que temer por mi integridad o plantearme medidas más radicales a causa del acoso, del sufrimiento, de la persecución, de las golpizas, etc. Y eso sí que es buena fortuna. No puedo ni siquiera imaginar lo que significa para una persona vivir toda esta etapa con miedo. 

Es precisamente esa la razón por la que cuento esto, no para dar pena, sino para que seamos capaces de comprender lo importante que es el respeto al otro, la comprensión de las diferencias y la convivencia natural con ellas en la sociedad. Y no solo para los gays y lesbianas que viven su vida en silencio, en la sombra, sino para todas aquellas personas que han sufrido y están sufriendo de acoso en el colegio por esas diferencias que, si bien ahora parecen un infierno, en el futuro son las que harán que sean individuos únicos. No podemos permitir que borren nuestras diferencias... ¡Todo mejora!

Tenía miedo

viernes, 5 de septiembre de 2014


Después de publicar la carta en la que contaba a mi familia quién era realmente, vino un proceso importante de mi reafirmación como persona. Es verdad que llevaba ya un tiempo fuera de casa de mis padres, de mi ciudad, de mi país, pero no podía dejar de pensar en las posibles consecuencias que tendría el que ellos supiesen que era homosexual. Tenía miedo, sí. Lo tenía. A veces hoy todavía lo tengo, porque resulta complicado cambiar todas las estructuras; incluso a veces reacciono por instinto y me sorprendo que, a día de hoy, se me hace un nudo en el estómago cuando alguien pregunta directamente si soy gay o no.

¿A alguien le han preguntado directa y hasta violentamente si es heterosexual alguna vez? Suena ridículo pensarlo al revés, pero es cierto que se espera de los gays y lesbianas que "anuncien" su condición, que "hagan públicas sus preferencias", que compartan una intimidad que no es un factor relevante para ningún otro aspecto de la vida que no sea el privado, el íntimo, ese que la gran mayoría de las personas guardan celosamente.

Ser homosexuales no nos hace más ni menos competentes en el trabajo, en el deporte o en la vida diaria; nos nos hace mejores ni peores en ningún aspecto; no nos favorece ni nos perjudica en las relaciones interpersonales con otros individuos; no nos otorga beneficios ni costes extra como ciudadanos ante los ojos de la ley... Simplemente nos hace iguales, personas, seres humanos. ¿Por qué hacer de ello una diferencia cuando en realidad no implica ninguna?

Pero vuelvo al tema que motivó este post. Es normal tener miedo. No me parece mal. Somos humanos y es uno de nuestros sentimientos básicos, está en nuestro instinto. Pero ese miedo no puede ni debe ser paralizante, ni mucho menos debemos permitirnos que nos haga daño. Ni el miedo a los demás ni el miedo a uno mismo deben controlar nuestra vida.

Mi experiencia personal no es distinta a la de muchos y muchas, sobre todo en países como Chile donde la tradición y la religión siguen pesando fuertemente en la sociedad. Mi familia es católica practicante y creyente, con un entorno muy homogéneo, y la homosexualidad era algo mal visto, condenable, sucio y un largo etcétera. Por eso tenía miedo de decepcionarles, incluso hasta de perderles. Aunque también sabía, en el fondo de mi corazón, que eso jamás sería así. Pero el miedo era mayor y me dominaba, me volvía agresivo, me aislaba, me dolía.

Con mis amigos nos pusimos en todos los posibles escenarios que se nos ocurrían ante mi eventual salida del armario. Debo reconocer que la forma en que se produjo y la reacción de mi familia no era, ni mucho menos, similar a la mejor que mi miedo me permitió dibujar. Ni en la más bonita de mis fantasías previas me imaginé que mis padres y mis hermanos reaccionarían tan bien. Su calidez, acogida y comprensión han sido uno de los mejores regalos que he recibido nunca. Y su evolución posterior ha sido impresionante.

Tenía miedo, sí. Pero ya no lo tengo. Es verdad que todo mejora cuando se vive en paz con uno mismo y con los demás, sobre todo con tu familia, pero también con tus amigos y cercanos. Los demás, realmente, poco importan y no deberían afectarnos en nuestras decisiones, en nuestras acciones. No obstante, la sociedad debe entender que el respeto es esencial para la convivencia, y que calificarnos de "distintos" o de "no normales" es una forma de discriminación agresiva y dura, que no hace más que agrandar cualquier brecha que se ha establecido en base a creencias o tradiciones poco solidarias. No se debe olvidar que somos personas con los mismos derechos y deberes.

Carta abierta de un gay a sus padres

miércoles, 3 de septiembre de 2014


Esta carta la empecé a escribir unos 3 años antes de decidirme a entregarla... La corregí, la edité y la tuve en "Borradores" durante largo tiempo, tratando de encontrar el valor de darle a "Enviar". Mil veces pensé "qué pasaría sí..." y me puse en todos los escenarios posibles que se me ocurrieron. Ninguno fue tan bueno ni tan cálido ni tan acogedor como el que viví con mi familia. Ellos son tradicionales y católicos, pero ni la religión ni la presión social pudieron vencer el amor de mis padres. Para ellos, lo más importante de todo fue que yo era su hijo y que debía haber sufrido mucho durante mucho tiempo.



Madrid, 10 de marzo de 2010

Queridos padres:

Esta es una carta que mi mente lleva meses escribiendo y corrigiendo, quizás años, pero que mis manos se resistían a traspasar al papel. Quizás por lo duro que resulta abrir el corazón y volcar el alma, por lo difícil que es mostrar las fortalezas y debilidades que me componen, por el miedo a decir sin temor que siento y vivo, que tengo ideas propias, que hay tanto por contar y tanto que ha estado en las sombras.

Sí, en las sombras. Mi vida en la luz no ha sido completa. Hay muchas cosas de mí que muchos desconocen, que nunca he querido mostrar, que siempre me he encargado de esconder, ya sea por comodidad, por cobardía, por recelo o como forma de protección ante el mundo que me rodea. Pero las sombras resultan agotadoras y siempre termina por vencer la luz. No es que mi vida sea una mentira y que las cosas que he vivido, sentido o dicho no sean verdaderas, pero es que cuando el ser no se muestra por completo, la totalidad se pierde en un abismo y el corazón termina por desgarrarse.

De eso se han dado cuenta desde siempre, cuando me reclamaban el constante silencio en cuanto a mi mundo privado, al misterio que ha parecido rondar mi ser interior. Y no niego que eso ha sido así durante mi vida. Autosuficiente y poco comunicativo en lo profundo, me he refugiado en lo externo para proteger mi metro cuadrado, mi espacio próximo, mi yo. Aunque creo que siempre lo han sabido en el fondo de sus corazones y lo que digo no tiene nada de novedoso.

Pero siento que ha llegado la hora de abrir mi corazón a los que amo incondicionalmente, a mi familia y a mis amigos. Es tiempo de compartir ese mundo interior, ese espacio tan celosamente guardado por años. Una vez me preguntaron si alguien me había roto el corazón y yo contesté que no. Mitad verdad, mitad mentira, mi corazón sí estuvo roto durante mucho tiempo, pero no fue por culpa de alguien ajeno, sino que yo fui el causante de ese dolor. Tenía tanto miedo de sentir, que me negué a hacerlo. Cerré las puertas de mi corazón y de mi mundo interior porque me sentía más seguro. Por mucho tiempo pude vivir así, pareciendo que tenía el control de las cosas, pero me engañaba, porque me dolía el alma, me sentía fuera de lugar, me faltaban demasiadas cosas para sentirme realizado.

Mi vida siempre ha estado marcada por el amor: de mi familia en primer lugar, de mis amigos, de mis cercanos. No puedo quejarme. Nunca me ha faltado una mano, un abrazo, un beso, una caricia, un oído. Y me siento bendecido por ello. He tenido una educación maravillosa, marcada por la independencia, la responsabilidad, la ternura, los mejores consejos y ejemplos. Todo ello lo guardo y lo utilizo, lo aprovecho a diario. Siempre recuerdo aquello de que la mejor herencia de mis padres sería la enseñanza que me dieron y pienso en lo certero que resulta. De todas formas, esto no lo es todo en la vida. Me faltaba otro tipo de amor para florecer, para crecer.

Luego de años de luchar con mi corazón y mi mente, de negarme a sentir, de cerrar las puertas al mundo exterior, me vi en la necesidad de dar un paso adelante. Me agotó esa lucha constante conmigo mismo para intentar ser normal, normal en el sentido en que se me había enseñado, que se había inscrito en mis valores y mi herencia. Quise amar sin temor a personas que, en el fondo, no me despertaban mayores sentimientos. Quise seguir el ejemplo de mis padres, de mis hermanos. Pero no pude con ello. Estaba destinado al fracaso, porque mi vida entonces se basaba en una frágil estructura hecha de una mentira, de una mentira que yo intentaba que mi corazón creyese.

Tanto tiempo dediqué a sostener esa estructura que finalmente se derrumbó, todo a causa de su propio peso. No era capaz de amar a quienes todos esperaban, a quién el entorno social me asignaba por defecto. No, mi amor iba en contra de lo establecido, de lo cotidiano, de lo marcado por la religión, por la moral heredada. Sin tramarlo, me enamoré de alguien que ni yo mismo esperaba. De un hombre. Sí, de un hombre tierno, dulce, inteligente y brillante. De alguien que ha llenado mi vida de una forma que no conocía. Y por primera vez me siento capaz de amar (muchas veces había dudado de mi capacidad de amar ante los fallidos intentos de enamorarme de una mujer) y me siento amado, importante en la vida de una persona que no me ha criado ni ha crecido conmigo, alguien que vino de fuera, que entró en mi vida y que, espero, pueda quedarse en ella por mucho tiempo.

El camino no ha sido fácil. Mis bases se han visto remecidas, mi vida se ha desmoronado y vuelto a montar en poco tiempo, a una velocidad que, al menos a mí, me ha parecido vertiginosa. He entrado en conflicto con mis creencias, mi Fe, mi manera de ser, mi educación y lo que mi familia espera de mí. Me he sentido desgraciado, desdichado, valiente, temerario, egoísta, poca cosa, grande, maduro, feliz e infeliz, triste, ansioso, traidor y traicionado. Horas son las que he dedicado a darle vueltas a todo lo que implica asumir una condición que, en el corazón de mi familia, ha sido criticada y desdeñada tantas veces.

Sí, porque sin saberlo, me sentía como el centro del ataque. Ante dichos como pervertidos, degenerados, enfermos y asquerosos, no podía más que sufrir en silencio porque el pervertido, asqueroso, enfermo y degenerado era yo, según lo que decían. Nunca les he culpado, porque yo mismo me he acusado muchas veces de lo mismo. Es lo que resulta de la disonancia que implica la imagen que me formé de pequeño de lo que sería mi vida según lo que se esperaba de mí, en contraposición de lo que la vida fue forjando en mi interior.

Y es que yo no decidí ser homosexual, de la misma forma en que nadie decide ser heterosexual. Es algo que llevo conmigo desde que nací y que pude notar desde pequeño. Pero asumir algo que desde fuera es criticado, no resulta nada fácil cuando no se cuenta con las herramientas necesarias…

En este camino no hay víctimas ni verdugos, culpables o inocentes. Las cosas se han dado así y, pese a los vanos intentos por cambiar el rumbo, el destino se ha trazado así y me he asumido como homosexual, no de la forma como quisiera, porque aún siento temor de reconocerlo ante el mundo. Es lo que tiene vivir en las sombras por tanto tiempo e intentar no romper las ilusiones que tenían puestas en mi futuro. Mi miedo radica en perder a mi familia por sobre todas las cosas, porque siempre he creído que jamás serán capaces de aceptarme tal como soy y que solo les provocaré un irremediable dolor. Quizás no me equivoque.

Me considero una buena persona, capaz de entregar mucho a los demás, de querer, de amar, de sentir, de empatizar con el prójimo. No robo, no he matado a nadie, soy fiel, amable e intento no dañar a quienes me rodean. Deseo lo mejor a mis pares, soy trabajador y limpio. En fin, un hombre que pasa la treintena y que se dedica a su casa, su trabajo y sus cercanos con devoción. Por eso pido que no me juzguen como desviado o enfermo, como anormal o mala persona. Soy el mismo que siempre he sido, con la única diferencia de que mi alma es capaz de enfrentarse abiertamente al mundo con la fuerza que la experiencia de los años y el amor me ha dado.

Quiero agradecer por todo lo que me han entregado y por lo presentes que están siempre en mi vida. Qué más quisiera yo que poderles responder de la manera que esperan. Lamentablemente, creo que es más válido abrir mi corazón y contarles todo lo que siento y espero, mis anhelos y planes futuros. No quiero sentir que los he defraudado ni que se empeñen en calcular el tiempo que he mantenido ocultos mis sentimientos. Me gustaría que pensaran en que por fin he adquirido el coraje para enfrentar la verdad y compartir con ustedes todo aquello que ha vivido en las sombras por años.

Solo puedo decir que lo siento, que sé que he dejado pasar demasiado tiempo y que, sin duda, lamento no ser lo que quieren que sea. Soy como soy y es tiempo de dejar de mentirme y de mentirles. Los quiero sobre todas las cosas. Espero que sean capaces de entenderme y de aceptarme por lo que valgo y por lo que soy. Creo que nunca seré capaz de agradecer todo lo que me han brindado y de utilizar las herramientas que han puesto en mis manos.

Quizás se sientan decepcionados o engañados. Mi intención nunca ha sido esa. Solo he entendido que mi felicidad como persona es alternativa a la que normalmente se esperaría, pero que resulta tan válida como la de cualquier individuo. Basta ya de esconderme y de luchar contra mis sentimientos. Me gustaría que me entendieran y que nunca olviden que, sea quien y como sea, siempre seré el mismo que han querido y que los ha querido. Nada ha cambiado en mí en los últimos años, porque la verdad es que prácticamente desde pequeño me he sentido distinto y he luchado contra ello. Lo que sí ha cambiado es mi forma de asumirme como persona y de enfrentar el mundo, y es por ello que hoy me atrevo a escribir esta carta y a abrir mi alma.

Los quiero mucho y entenderé cualquier reacción que estas líneas les provoquen, aunque obviamente preferiría que compartieran conmigo mi felicidad y mi vida, como siempre lo hemos hecho. Si no lo he contado antes y me he esperado todos estos años, es porque en mi corazón tenía una enorme confusión y no tenía claras muchas cosas. Lo que no quiero es iniciar un debate sobre lo que debe ser, sino dar un paso adelante y asumir lo que es como algo que la naturaleza, el destino o lo que sea, ha forjado en mí. No hay paso atrás ni manera de retroceder el tiempo. No hay malos ejemplos ni una educación equivocada. Es la vida la que me ha traído hasta aquí y es hora de vivirla en plenitud, en la luz y de la mejor manera posible. Espero que me acompañen.

Gracias por todo.
Los quiero mucho.

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¿Por qué publico hoy esta carta?

Porque hoy me han pedido esta carta para trabajar con familias, con padres, madres, hijas e hijos, que están atravesando un proceso difícil.

Solo espero que esta carta sirva de inspiración para muchos y muchas jóvenes que todavía viven escondidos, que no se atreven a decir qué sienten y cómo se sienten... Y también que sirva de inspiración para aquellos padres y madres que no sabe cómo gestionar la homosexualidad de sus hijos. Puedo decirles que he sido testigo de una forma de abordarlo: el amor incondicional que los padres pueden sentir por sus hijos y es el mejor regalo que pueden hacerse y hacerle a sus hijos.

La homosexualidad no se elige, se vive. No es una moda ni un acto de rebeldía. Es simplemente una cualidad más en la vida de una persona, que no la hace ni mejor ni peor persona, sino simplemente más humana y valiente al reconocerla como tal, y al permitirse vivir y amar libremente, lejos de prejuicios y, sobre todo, lejos del miedo.

Es cierto que la adolescencia es dura, pero lo es todavía más cuando ni siquiera puedes compartir tus sentimientos con otras personas. No obstante, y lejos de cualquier cliché, todo mejora. Pero mejora, sobre todo, cuando se educa, cuando se invierte en la normalización, en la convivencia libre y abierta de todos y de todas, cuando se deja de marginalizar la homosexualidad y se asume como natural, no ante los ojos de ninguna fe, sino ante el hecho de que se trata de personas con derechos, deberes y libertades bajo una ley que nos debe proteger a todos como ciudadanos de un Estado.

Todo mejora si estamos dispuestos a respetar y a acoger.

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