¡Salga del armario!

sábado, 27 de diciembre de 2014

No es la primera vez que me dirigen un piropo como este (que me dejaron en el artículo ¿Valiente o cobarde? publicado en Enehache.com): "escribes desde una posición sin resentimiento". Desde que empecé a inundar mi blog de temática homosexual (soy consciente de ello plenamente y lo hago con voluntad), una de las cosas que más llaman la atención de los lectores es la poca "mala baba", la ausencia total de sordidez, revanchismo o heridas abiertas en los posts sobre este asunto. Incluso alguien me llegó a preguntar que cómo era capaz de mantener una posición zen al respecto... Lo mejor es que, sin buscarlo, conseguí una paz con respecto a mí, a mi vida y a las personas que quiero, que no puedo hablar del tema sino desde una perspectiva constructiva, cálida, llena de experiencias de todo tipo, pero muy poco oscuras o retorcidas.

Hace pocos días me escribió alguien con la misma preocupación que yo arrastré durante muchos años: provenía de una familia tradicional, religiosa y conservadora, pero era gay. Convivía hace 4 años con su pareja y, aunque creía que sus padres sabían de qué iba su vida y su relación, nunca habían hablado del tema abiertamente y tenía miedo a perder contacto con ellos en caso de salir del armario. Una persona con una vida familiar muy rica, pero que ocultaba una parte de su vida para que no le apartaran de ese mundo que siempre había sido suyo. Estuvimos un rato chateando y me reconocí en sus palabras, en su angustia vital ante el posible rechazo (aunque ambos, en su momento, sabíamos que no era una posibilidad real, pero que no deja de ser un temor irracional con fundamento). Su miedo fue, alguna vez, mi miedo...

Es curioso como, pese a historias tan distintas, los sentimientos pueden ser tan parecidos. Y creo que es una cuestión muy común entre la comunidad LGTB que ha salido del armario en entornos más tradicionales, con una fuerte presencia de la religión y, sobre todo en países de Latinoamérica (o latinos en general), haber pasado por procesos bastante similares en cuanto a lidiar con la "culpa", el "pecado", el "infierno" y todas esas cosas que nos meten en la cabeza. Es duro tener que, además de "luchar" contra esa homosexualidad que nos aparta del estándar social que también nos graban a fuego en la piel y en la mente, tener que enfrentar todas esas construcciones sociales, culturales y religiosas con las que nos han educado. Todos esos juicios y prejuicios que nuestro entorno (escuela, familia, sociedad, etc.) nos transmiten, no nos lo ponen nada fácil...

Le aconsejé que ordenase sus pensamientos, sus palabras y que el momento de contarlo ya llegaría. Que el tiempo es cosa de cada uno y nadie debería ejercer presión en un momento tan personal, tan delicado. Vale que en mi caso mi hermano "presionó" positivamente y me aconsejó que lo hiciera, ofreciéndome toda su ayuda, pero la decisión final fue siempre mía. Lo mismo que hacer pública la carta que escribí y todo lo que he escrito en el blog desde entonces. La mía fue una decisión madura, consciente, meditada y de la que me hago responsable y de la que, en buena medida, me siento orgulloso, porque me ha liberado mucho y me ha permitido esa paz conmigo y con el mundo que me rodea.

Pero ojo, que no soy Buda ni tengo alma de santo mártir. No, para nada. No comulgo con la Pachamama, no beso árboles ni tengo revelaciones del nirvana. Es más simple. Soy hombre, soy gay, soy calvo y gordo. Tengo complejos, unos cuantos. Conozco mis limitaciones: soy incapaz (y no me interesa) entender nada del mundo de las matemáticas o de la física, y soy un fracaso intentando comprender un mapa; por el contrario, me gusta leer y escribir, me paso la vida conectado a Internet y amo la cocina, y creo que ninguna de ellas se me da del todo mal. Tampoco soy el novio o el marido perfecto, pero creo que la suma, al final, es positiva. Tengo mis días, como todo el mundo. Trabajo en cosas que me gustan y en otras que no tanto. Hay días en que soy productivo, creativo y eficaz, y otros días en que entro en modo automático y cubro expediente con lo mínimo. Soy humano, muy imperfecto y tengo el derecho a equivocarme, muchas veces, pero también a celebrar cada paso, cada logro y cada fracaso.

Después de convencerme durante años que jamás sería capaz de compartir intimidad con alguien, voy camino de los 11 años con mi novio y no hay nada que me guste más que estar a su lado. Y, con esas cosas claras (estas pocas entre muchas otras), he conseguido esa paz de la que hablaba. Llámele paz, llámele zen, llámele como quiera. A mí no me importa el nombre, porque es la maravillosa sensación de no tener que darle explicaciones a nadie, de no tener que esconderme y de poder ser quien soy con todos los derechos y consecuencias lo que me da la vida ahora mismo. Y eso es impagable. En mi caso tiene que ver con salir del armario y con quererme. En el caso de otros, tendrá que ver con otras cosas. Pero la sensación es muy recomendable. ¡Salga del armario! De cualquiera en el que se haya metido... Es mucho mejor decir las cosas que guardarlas, es más sano y es infinitamente más satisfactorio que comer mierda, propia y de los demás. Así, cuando cierro los ojos y con mis "cuentas" en balance, duermo mucho mejor. 

¡Duerma mejor, lo agradecerá!

¿Valiente o cobarde?

lunes, 22 de diciembre de 2014


Este año ha sido importante para mí en lo personal. Después de publicar en mi blog la dichosa carta que les mandé a mis padres hace casi 5 años, una carta que era muy familiar, pero que decidí (y decidimos con ellos) hacer pública en nuestra cruzada particular: ayudar a muchas otras personas que no están lidiando bien con la homosexualidad de sus hijos. Fue algo muy poco premeditado el revuelo que esto provocó no solo en mis redes, sino que en las de amigos y familiares que reprodujeron y multiplicaron el mensaje.

No es fácil exponer los sentimientos. Y, aunque de eso vengo yo curado porque en mi blog lo he hecho varias veces, resulta complicado todavía decir lo que sentimos, lo que queremos o lo que pensamos con libertad. Sobre todo cuando se trata de la vida privada, de algo tan personal como el amor, el cariño, los miedos, la liberación, el perdón...

Durante este viaje, que debo decir que ha sido maravilloso, he recibido muchos mensajes de apoyo y de cariño. Incluso me han escrito personas con las que no tengo la relación más fluida para reconocer mi valentía al asumir públicamente mi homosexualidad. Es cierto, en Chile y en muchas otras partes todavía resulta valiente levantarse y decirlo, más en aquellas donde ser gay se convierte en una sentencia de muerte. Y digo esto porque es aquí donde siempre me ha surgido la duda, desde mi salida del armario (clóset): ¿Valiente o cobarde? 

Entiendo el concepto de valiente por lo que decía: es un acto de valentía decir que se es gay, aunque en realidad es un tema que no debería ser tema. A nadie debería definirle su sexualidad, porque antes que eso está la persona y quién sea su compañero de vida o de cama no le afecta como persona con sentimientos, derechos y responsabilidades. Y al resto tampoco debería importarle. Pero bueno, nos hemos acostumbrado erróneamente a que así debe ser, y lo hacemos como una forma de reivindicación y de normalización, más cuando todavía hay quienes se quitan la vida por la presión social y cultural de su entorno ante su homosexualidad reprimida y su sufrimiento.

A la vez, siempre me he sentido tremendamente cobarde. Cobarde, porque durante años fui incapaz de lidiar con mis sentimientos. Cobarde, porque durante tiempo me mentí a mí mismo y a mi familia, a mis amigos... Cobarde, porque prefería negarme a dejarme ser, a sentir, a asumir con orgullo (o sin él) quién era yo. Cobarde, porque prefería reprimirme, esconderme, cerrarme y huir de aquello que "ponía en peligro esa normalidad a la que, supuestamente, tenía que aspirar". Me costó años quitarme los miedos, que a veces vuelven a visitarme. Me costó tiempo borrar la culpa de esos pecados mortales, veniales y del tipo que sean que habían grabado a fuego en mi cabeza. Me costó muchas emociones, buenas y malas, aprender a vivir conmigo en paz.

Por suerte, tengo una familia como la mía: comprensiva, acogedora y amorosa. Por suerte, tengo un hombre maravilloso a mi lado que entendió (o al menos me acompañó en) cada uno de mis procesos mentales, de mis miedos, de mis penas, de mi liberación y de mis alegrías. Por suerte, tengo un grupo de amigos que valen un tesoro y, por suerte, vivo en un país que, a pesar de sus reticencias, convive con la homosexualidad de una forma más abierta. Y eso es algo a lo que todos deberíamos tener derecho: a ser libres, a vivir como queremos, sin que medie el terror a ser descubiertos, maltratados, procesados y ejecutados por amar. 

Nótese que uso amar, porque, a diferencia de las baratas creencias de muchos y muchas ignorantes, la homosexualidad no es únicamente sexo, no es solo carnalidad ni disfrute. Somos personas con sentimientos, como usted, como yo, como todos, que disfrutamos del sexo, sí; pero también del amor, el cariño, el afecto, la amistad, la familia y de todo lo demás, igual que el resto del mundo. Porque no somos animales con glándulas afectadas (Margarita), drogadictos degenerados (Juan Ortega Tapia), arrogantes superficiales (Nicolás tiene mamá y papá), enfermos mentales (Israel Parra) ni obsesos sexuales (Fernando Figueroa). Somos, aunque les duela a muchos y a muchas, tan iguales e imperfectos como todos.

Un terremoto geológico y emocional

viernes, 12 de diciembre de 2014


La primera persona de mi familia que se enteró "oficialmente" de mi homosexualidad fue mi hermano. Vino una vez a Madrid, hace muchos años, pero fue un viaje fugaz en el que estoy seguro de que ambos queríamos hablar, pero que al final resultó en una cena bastante inocua y un par de paseos por la ciudad que no llegaron a nada, a pesar de que lo llevé al corazón de Chueca, el barrio gay por excelencia... pero bueno, cuando las cosas no deben ser, sencillamente no son. Y, pese a que estuvo en casa y mi pareja y yo habíamos "preparado" una performance de diseño que no se sostenía por ningún sitio, todo quedó igual.

Luego vino una segunda vez, con más preparación y con más días para estar conmigo. Esta vez decidí tomar el camino grande, hablar con él y salir del armario (del clóset). Decidido, lo fui a esperar al aeropuerto. Estaba yo en la T4 más nervioso que nunca. En eso, le veo salir con una conocida de la infancia, estuvimos hablando un rato y después me dijo que nos fuéramos a casa (donde me esperaba mi novio, quizás más nervioso que yo). Le pedí que tomásemos un café, que no había prisa. Nos sentamos y él no paraba de contarme cosas que, en ese momento, no registraba ni procesaba. Solo recuerdo mirarlo de reojo, mientras jugaba peligrosamente con una taza de café, pasándomela de una mano a otra. Él seguía hablando y yo respiraba, tratando de juntar las ganas. 

Finalmente, cuando el café se había terminado hace rato y no quedaba mucho más que hacer ahí, le dije, con una suavidad apabullante: "Mira, soy gay y tengo pareja (que él ya conocía como mi "compañero de piso"). Si te gusta te vienes a casa y si no te busco un hotel". Me miró con su templanza habitual y me dijo: "Ok. Vamos a casa". Nos levantamos, me abrazó y nos fuimos. Subimos al taxi mientras yo hiperventilaba y conseguía recuperar parte del oxígeno perdido en las últimas horas. Hasta que me dijo: ¿Por qué no le llamas y le dices que vamos para allá?". ¡Evidente! No le había dicho a mi novio que íbamos hacia casa... mejor avisarle antes de encontrarnos en la puerta.

Llegamos a casa, comimos juntos, los tres; hablamos de la vida, de todo y de la familia. Pero ese tema quedamos de hablarlo a su regreso, ya que iba a estar en Barcelona unos días y volvía a Madrid. Mientras, yo me quedé pensando seriamente en hacer pública mi homosexualidad con mis padres y mi hermana, sopesando una vez más (como si no lo hubiera hecho ya mil veces) todos los pros y los contras.

Cuando volvió estaba decidido: se lo diría, pero a través de una carta que tenía escrita y que esa semana corregí, aumenté, edité y leí mil veces, hasta sentir que decía todo lo que tenía que decir. Mi hermano se la llevó, ofreciéndose a ser el mensajero. A los pocos días volvió a Chile. Era el 26 de febrero de 2010, se lo contó a mi cuñada, quien se emocionó y me dio todo su apoyo.

Al día siguiente, más bien en la madrugada, uno de los terremotos más devastadores arrasó con la zona central de Chile y, por supuesto, que mi carta quedó postergada. Yo esperaba que durante un buen tiempo, lo que me permitía relajarme y esperar tranquilamente a que todo pasara. Pensaba que dos o tres meses estaría bien, pero no contaba con mi hermano: el 10 de marzo de 2010 recibo un mensaje que dice: "Están leyendo la carta". Recuerdo que estábamos cenando en casa con una amiga que se quedaba esa noche aquí y casi vomité al leerlo. Inmediatamente me levanté, empecé a caminar por la casa... Recibía mensajes a cuentagotas, informaciones de cómo había sido y poco más.

Finalmente, me llamó y me dijo que estaba todo bien, que me llamarían después, que le contarían primero a mi hermana y que me quedara tranquilo. Mis nervios no podían más... Al poco rato me llamó mi hermana para decirme que me quería y que mi madre no podía hablar de lo emocionada que estaba. Pero, al final, ella se puso al teléfono y los dos, entre hipos y lágrimas, hablamos un poco y me prometió respuesta escrita. Es de familia lo de entenderse mejor escribiendo... Mi padre había tenido que salir y se tomaría su tiempo para responder, no porque estuviera en shock o algo así, sino porque la templanza de mi hermano tiene denominación de origen y ante una noticia así él necesitaba tiempo para digerirlo y para redactar su respuesta.

¿Por qué cuento todo esto? Porque eso fue, en suma, mi salida del armario. Con terremoto geológico y emocional, pero ya está. Después de eso, todo ha ido sobre ruedas. Atrás se quedó el miedo, el silencio, el no poder compartir con ellos mi vida y el intentar apartarlos de mi mundo privado. A los pocos meses me fui yo solo a verles, porque necesitábamos tiempo para hablar, para resolver dudas, plantear preguntas y ofrecer respuestas... simplemente, para ver que seguíamos siendo los mismos.

Como ya conté antes, siempre intentaba ponerme en todas las posibles reacciones de mi familia. Pero, incluso en las mejores fantasías, nunca fue tan buena como la realidad. El miedo nos paraliza, a mí me paralizaba. Pero eso quedó atrás y hoy puedo decir con total y absoluta certeza, que Todo Mejora. Que nunca penséis en haceros daño por vuestra homosexualidad y no permitáis que nadie os haga daño por ello. Cada día somos más los que podemos ayudaros, los que podemos escucharos y compartir con vosotros nuestras historias, nuestras emociones, nuestra vida. ¡Ánimo!

¿Es normal que nos planifiquen el ocio?


Y sigo yo pensando respecto a la paternidad culposa, esa que queda bien demostrada en la campaña de Ikea (mira el post anterior), pero que desde hace ya varios años ensombrece la mirada de madres y padres que deben dedicar buena parte de su día a trabajar para satisfacer las necesidades de sus hijos e hijas. ¿Es justo el sistema que hemos construido? Pues no, claramente no. Y no lo es por varias razones:

1. Así, solo por encima, un mundo que permite no solo el aumento de la pobreza en los últimos 5 años (además de su sostenida presencia desde el principio) y pone en situación de riesgo a miles de niños y niñas, es claramente un sistema corrupto que no sirve para lo que dicen y quieren que sirva. ¡No nos engañemos más!

2. No es justo el hecho de que la "jornada laboral" de nuestros hijos e hijas sea mayor que la de cualquier adulto. Hagamos cuentas: entre horas en el aula, más deberes en casa, más actividades fuera del colegio, más los pasatiempos en los que les apuntamos, etc., pasan unas 10 horas diarias, es decir, cerca de 50 horas semanales, sin contar el hecho de que debemos incentivarles en la lectura, les pedimos que hagan cosas en casa para ayudar (educar), etc. ¿Qué ritmo es ese para un niño? Y si a eso le sumamos las horas del indispensable inglés, más la catequesis, el baloncesto y las horas de televisión (fútbol, películas, dibujos animados, etc.), la verdad es que a veces no sé a qué hora duermen. Y ya no digamos los minutos consumidos frente a teléfonos o tabletas (propias o de sus padres, incluso aquellas que les han sido encomendadas en el entorno laboral).

Yo no sé ahora, pero cuando yo era pequeño la hora de dormir era como muy tarde a las 21:00. Me ha tocado ver muchas veces, quizás demasiadas, que los niños andan deambulando por la casa a las 2 y 3 de la mañana porque sus padres han invitado a amigos, comiendo a esas horas, bebiendo gaseosas, etc. Cada vez que veo eso pienso que algo va mal, que hay un punto en que nos hemos perdido. ¿De verdad que olvidamos la forma de decir que no? ¿El valor de la educación en la casa, de las estructuras, de los horarios, del tiempo de descanso? No se trata de ser estrictos como la señorita Rottenmeir, sino de establecer normas, de trazar límites, de pensar en el beneficio para ellos y no para los adultos.

3. Tampoco es justo que la demanda de tiempo de los niños deba ser satisfecha con objetos materiales o con horarios planificados al dedillo para contrarrestar las ausencias. No hace mucho, me contaban el caso de una niña que, entre terapias y rehabilitaciones (es una persona con discapacidad), tenía clases de piano, natación, baile y no sé qué otras cosas, además de sus habituales actividades como estudiar o hacer deberes, lo que le dejaba apenas tiempo para el ocio, que también estaba puesto en su planificación semanal. ¿Es normal que nos planifiquen el ocio? 

La mejor paternidad responsable es dejar que las niñas y los niños se hagan responsables de lo que les corresponde. Siempre pienso en la única vez que llamé a mi madre por teléfono desde el colegio (que tuve que rogar para que me dejaran llamar desde portería, porque no era época de móviles) para decirle que se me había quedado algo en casa: "Tendrás que explicarle al profesor que se te olvidó y asumir las consecuencias... estoy trabajando". Algo así, como debería ser. No veo a mi madre corriendo desesperada por las calles de Talca para llevarme aquello que me dejé sobre la mesa. Mi responsabilidad estaba clara: estudiar y cumplir con lo que se me pedía. Nada más. El resto, dependía de mí: mi tiempo de ocio, mi tiempo de lectura, mi tiempo de reflexión, mi tiempo de desorden. Y mis límites eran: el horario en que compartíamos las comidas en familia, que mi habitación no fuese un caos y respetar los espacios de los demás. Suena simple, pero a día de hoy parece toda una aventura.
 
¿Por qué se sienten culpables los padres y las madres actuales? ¿Será que realmente sienten en su cabeza y en su corazón que el sistema es cruel con ellos y con sus hijos? ¿Y qué hacen por cambiarlo? Curiosamente, conozco a madres que se lamentan del poco tiempo que tienen para dedicar a su familia, para estar con ellos; pero, apenas tienen el espacio para estar juntos, todo lo convierte en actividades que tienen un fin "productivo". 

El ocio, eso que suena tan mal, es muy bueno para las familias. Jugar, divertirse, pasar tiempo juntos solo por pasarlo, salir de paseo únicamente para disfrutar de la compañía y del entorno. No sé, quizás hay algo que me perdí en el camino y que por el hecho de no ser padre no he comprendido. Pero, desde fuera, evidentemente que me horroriza ver lo que muchos y muchas están haciendo con los suyos: convertirlos en pequeños tiranos y tiranas con una nula capacidad a la frustración, al fracaso y a enfrentar la vida de manera autónoma y responsable. Sí, son niños, pero son también adolescentes y el futuro de todos nosotros. De ahí la preocupación, de ahí la necesidad de escribir esto.

Publicidad para emocionar (y quedarse)

jueves, 11 de diciembre de 2014

Una forma inteligente de las empresas y tiendas para optar a la viralidad de sus mensajes (campañas y estrategias, sobre todo en fechas tan apetecibles como la Navidad) es buscar la emoción sencilla, la que apela a lo más básico del ser humano: instinto, amor, imagen, culpa, etc. Sobre todo la culpa: la de no saber quiénes somos, la de no cumplir con lo que se espera de nosotros, la de no ser las buenas personas que pensamos, la de no alcanzar la meta... Ya lo hizo con éxito Dove con la campaña Bocetos de belleza y otras le siguieron (o se le adelantaron).

En ella, un grupo de mujeres se describían "a ciegas" ante un dibujante que elaboraba una imagen de lo que ella iba relatando, para luego contrastarla con lo que los demás veían en ella. El resultado, era que ellas se veían mucho peor de lo que realmente eran, sugiriendo que estamos dominados por unos cánones de belleza tan absurdos y que, aunque no seamos conscientes, los tenemos grabados en la cabeza. Siempre aspiramos a más, a mejor, y no somos capaces de disfrutar de lo que somos, de lo que tenemos, de lo que hacemos.


Esta vez es Ikea la que apela a uno de los sentimientos más complejos y vigentes: la ausencia de madres y padres, y su remplazo por objetos, por juguetes. Es decir, la crisis parental del siglo XXI llevada al máximo y utilizada para emocionar, para meterse en nuestras casas, en nuestras tabletas, en nuestros teléfonos. Pero la campaña está hecha con gusto y con mucha cabeza, y viene a decir que, a pesar de todo, lo más importante para nuestros hijos e hijas es el tiempo que pasamos con ellos. Y así nos sacan una lágrima y, de paso, se quedan en nuestra cabeza como una empresa "cool".


Como estrategia es sensacional, pero siempre me deja ese regusto a "por qué"... ¿Por qué caemos con tanta facilidad ante las emociones? ¿Por qué somos tan fácilmente manipulables? ¿Por qué nos dejamos manipular de esa forma? Creo que la respuesta es todavía más sencilla: somos humanos, inseguros, con taras, con cicatrices, con lo bueno y lo malo; y eso nos hace estar más expuestos a este tipo de mensajes. ¿Malo? Seguro que alguien le parece espantoso. ¿Bueno? Seguro que nada bueno hay detrás de todo esto (solo que seamos más receptivos a comprar en Ikea). ¿Conclusión? Podemos verlo y darnos cuenta de que lo realmente importante es el mensaje: dedicar tiempo a quienes queremos antes de que no tengamos más oportunidad de hacerlo. Si esa es la única moraleja que sacamos, bienvenida sea la campaña.

Libres de prejuicios

miércoles, 10 de diciembre de 2014


Desde que surgió la polémica de "Nicolás tiene dos papás" y desde mucho antes en realidad que llevo defendiendo la pureza con la que nacen los niños y las niñas, y de su forma de ver el mundo libre de prejuicios, conceptualizaciones forzosas y limitaciones absurdas. Para ellos, su entorno se configura de personas que, como mucho, pueden separar entre quienes le demuestran cariño y quienes no, pero nada más. Ellos y ellas sienten curiosidad por todo lo que ven, pero lo conocen libremente, sin ideas preconcebidas... esas ya llegarán en la escuela, en su familia, en su entorno social.

En el primer video, se puede ver la forma en que para ellos todas las personas son iguales, dejando de lado todo el paternalismo y las inhibiciones que esa "normalidad" nos mete en la cabeza a presión para dejar de ser diferentes y pasar lo más desapercibidos posible. Una persona con discapacidad para un adulto es simplemente una persona a los ojos de un niño...



El segundo video, refleja la naturalidad de la visión de un niño que, ante un conocimiento nuevo, se plantea algunas preguntas, pero que no le provocan absolutamente ninguna duda existencial ni ponen en peligro su humanidad.



El tercer video, para cerrar este post, es una muestra de que el sistema falla. Nuestros niños y nuestras niñas tienen una imaginación infinita, seguridad, autoestima, libertad de pensamiento, espontaneidad y un sinfín de virtudes que, poco a poco, les vamos cercenando a base de "normalidad". Como dijo Ricard Huguet: "¿Qué clase de sistema educativo tenemos que los niños entran queriendo ser astronautas y salen queriendo ser funcionarios?".


No les cortemos las alas y dejemos que las niñas y los niños sientan, piensen, creen... su imaginación y su naturalidad tienen muchas cosas que enseñarnos, muchas más de las que pensamos. Si aprendiésemos a ver el mundo como es y no como querríamos que fuese dentro de los cánones de una normalidad construida a base de limitaciones artificiales, y aprendiésemos que la diversidad es mucho más valiosa que la uniformidad, probablemente estaríamos en otra posición como sociedad, más libres de miedo y más llenos de creatividad. ¿Utopía? Puede ser, pero ya puestos a buscar alternativas a este sistema que nos aplasta, bienvenidas sean las ideas. Y si mirar al mundo con naturalidad nos puede llevar a un mejor lugar, yo me apunto ¡libre de prejuicios!

Bullying homofóbico: El maricón del curso

viernes, 5 de diciembre de 2014


"Nadie puede guardar un secreto tan grande por tanto tiempo". Esta es una de las frases sacadas de la carta de Raimundo Hinzpeter y que ha tenido bastante revuelo en las redes sociales en los últimos días. El hijo del exministro es una cara más de una generación que está reivindicando su condición, diciendo basta a la vergüenza y a la homofobia.
Como Raimundo, como yo y como muchos otros, vivir dos vidas, ocultar sentimientos y no poder disfrutar de las distintas etapas con la libertad que deberíamos, nos ha dejado huella. En algunos, han sido tan profundas, que los han llevado a quitarse la vida debido a que no consiguieron hacerse un hueco en una sociedad que, de base, nos rechaza.
Ser judío y gay no es fácil, como fue su caso. En el mío, no fue fácil ser gay y gordo en un colegio católico de provincia. Pero como siempre digo, tuve la suerte de que, a pesar de todas las negaciones y limitaciones a cualquier manifestación pública de mis sentimientos, no fue un abismo insondable ni un lugar extremadamente oscuro. Tuve muchísimos momentos buenos y encontré la forma de llenar esos pequeños vacíos. También tuve episodios malos, complejos, pero nunca, por suerte, pensé que eran tan grandes para tomar otras decisiones. Simplemente fui postergando mi posibilidad de querer y ser querido, como hombre, como pareja.
"Muchos jóvenes creen que a través del abuso verbal, mágicamente, esta enfermedad se cura, como si después de cincuenta veces que te digan no seai maricón, te comenzarán a gustar las mujeres, como a la sociedad le gustaría, pero no". Esta frase de Hinzpeter es brutalmente cierta. La homosexualidad no se elige ni se cura, no se decide y, mucho menos, se "supera" a base de acoso. Es tanto el daño que se puede hacer a una persona, es tan grande el dolor que le podemos causar... 
Yo fui acosado (poco) y se sufre. Siempre fui el "maricón" del curso, pero tuve la suerte de que no fue nunca un padecimiento. Simplemente era un hecho que se constataba de vez en cuando, por parte de alguien que seguramente necesitaba ocultar sus inseguridades a base de resaltar los "defectos" de los demás. En este caso, de los míos. Que me llamaran gordo o maricón, al final, no me importaba demasiado. Hace daño, duele, sorprende... Sí, sorprende, porque no es mi estilo restregar en la cara de los demás sus carencias, sus imperfecciones, sus cualidades. Pero ahí estaban, para recordarme de vez en cuando que no era igual a los demás, en muchos sentidos.
Así y todo, y pese a saber lo mal que se pasaba, también tuve mis experiencias como acosador, pero era tan mal el rato que pasaba después pensando en que no tenía derecho a atacar, a acorralar, a dañar a otra persona, que no duré mucho tiempo. No podía hacerle a otro lo que a mí me dolía, lo que a mí no me gustaba que hicieran conmigo.
El acoso y los delitos contra las personas del colectivo LGTB no han disminuido pese a los avances en la ley y en ciertos entornos sociales. Por ejemplo, de los 1.172 delitos de odio denunciados el año pasado en España, 452 se debieron también a LGTBfobia (38,6%) por delante del origen étnico o racial (el 32,5%) y la discapacidad (el 24,7%), según la web De aquí al pans. En Madrid, hace pocos días echaron a una pareja gay por besarse en un Burger King mientras esperaban a ser atendidos, en un acto sorprendente porque no hay ninguna ley que lo prohíba. Es pura y simple homofobia.
Hay un vídeo de un experimento que hizo un chico "vistiendo" como gay y caminando por las calles de Nueva York, y aquí se puede ver un resumen de la experiencia, en una ciudad supuestamente cosmopolita, abierta y gay friendly.


Sigo preguntándome cuál es el problema con que dos personas del mismo sexo puedan ejercer libre y voluntariamente su derecho a enamorarse, su derecho a ser correspondidos, a tener una aventura, un noviazgo, un romance, un ligue, un lo que sea, como cualquier otra persona. Y por favor no vayamos al tema de lo antinatural que resulta el sexo entre ellos o entre ellas, porque no se trata solo de eso. No es solo sexo, no es pura carnalidad. Me atrevería a decir que la mayoría de las veces no es así. Los homosexuales también nos enamoramos, también sentimos mariposas en el estómago, también sufrimos por amor, también miramos y nos gusta que alguien nos mire, nos gusta ligar... en fin, las mismas cosas que a todos. Podemos tener pena, sentir celos, echar de menos.
Alguien me dijo en Twitter que yo era gay simplemente porque obtenía placer de ello. Tal como le respondí, yo soy gay desde mucho antes de que obtuviera placer por ello. Desde mucho antes de saber lo que realmente era el placer, el sexo y la vida en general. Decir eso o pensarlo es una peligrosa reducción del valor de una persona y de sus sentimientos, de su vida interior. Decir eso no es más que una muestra de ignorancia.
Pero volviendo a la carta de Raimundo, comparto su postura de "iniciar el proceso". Yo tardé mucho en hacerlo y no me arrepiento (casi todo el tiempo), pero siempre pienso "y si lo hubiera dicho antes". Sé que parece mucho, que hay personas que solo de planteárselo tiemblan... pero no hay nada más liberador que ser uno mismo, volver a tener una sola vida y no dos, poder hablar libremente del amor y del desamor con quienes quieres. Cada vez que puedo, lo recomiendo. Es sano y es bueno. Y si alguien no es capaz de bancarlo o de procesarlo, que allí se quede. Ya hemos sufrido y soportado muchas cosas durante mucho tiempo y es tiempo de decir ¡basta!
No permitas que el acoso te reste y no dejes que te destruya. Denuncia, defiéndete y busca los apoyos que necesites para salir adelante. Escribe, comparte, cuéntalo, sácalo de dentro y vive tu vida. Es cierto lo que dice la campaña de #todomejora. Pese a todo lo malo, pese a los episodios oscuros, incluso pese a ser el maricón del curso, aquí estoy hoy, escribiendo este blog de forma totalmente libre, transparente y sin miedo. Vivo con quien quiero, tengo una relación maravillosa que no cambiaría por nada y soy feliz. Y, aunque ahora soy el maricón del edificio (al menos uno de ellos), no hay nada que me pueda importar menos que su intolerancia y su ignorancia.

¡Muy agradecido!

domingo, 30 de noviembre de 2014




Aprovecho de compartir esta publicación por dos razones que me han llenado de alegría esta semana y por dos razones muy distintas:

1. Han publicado la carta que envié a mi familia hace unos años en la web mexicana enehache.com, y ya lleva una buena cantidad de "Me gusta" (aunque también unos cuantos "no me gusta" y "es agresiva").

2. Por el mensaje que me envió mi querida Carolina Alí, una amiga muy especial de mi época universitaria a la que, a pesar del tiempo que no la veo, le guardo un cariño inmenso y tengo muy buenos recuerdos de ella.

¡Gracias a tod@s quienes me habéis escrito y apoyado en este proceso! Muchos lo reconocen como un gran acto de valentía, pero yo creo que es una cuestión de supervivencia, de poder vivir tranquilo, de poder mirar a los ojos a quienes quiero y de poder estar en paz conmigo y con la gran persona que tengo a mi lado. No me puedo sentir más bendecido y afortunado por todo el apoyo, el cariño y por la grata compañía durante todo este viaje.

Y no como quieren que seamos...

viernes, 21 de noviembre de 2014

"Me da mucha tristeza leer opiniones de esta índole". Ese fue el mensaje que alguien (anónimo) dejó en mi blog esta madrugada en la entrada A ser gay no se aprende. Supongo que lo que le da pena (que en realidad es un miedo terrible a lo "distinto") es que se diga que los homosexuales podemos vivir libremente y tener los mismos derechos que los demás. O que se reconozca la diversidad de agrupaciones familiares. O que se eduque a los niños y a las niñas en un entorno de tolerancia y respeto. O muchas otras cosas que no vienen el caso, pero que seguro se fundan en alguna moral inculcada hasta la médula que le dice que lo gay es malo, caca, asco... Esa misma moral que le dice que ame al prójimo como a sí mismo, que respete, que no le desee mal a nadie, etc. Pero bueno, no voy a ir por ahí porque no es mi cometido. Y si alguien quiere entrar por ese camino, que lo recorra solo. Hace tiempo que la literatura dejó de ser una amenaza para mi vida.
Voy a hablar de la temida ideología de género, el disfraz maligno y perverso con el que se ha disfrazado la reivindicación de los derechos sociales de los homosexuales. Sí, derechos sociales; ni morales ni cristianos ni religiosos. Sociales y bien laicos, porque nada tienen que ver con la fe ni con la religión ni menos con la moral de ninguna práctica. Solo tiene que ver con cuestiones de derechos humanos, de miembros de la sociedad civil. Queremos poder casarnos, poder divorciarnos, poder tener la opción de adoptar hijos, poder salir sin miedo a la calle, poder amar a quien queramos, poder ser respetados, poder ejercer nuestros derechos y deberes como personas, como ciudadanos, como seres humanos.
No aspiramos a nada más ni hay una intención de homosexualizar a nadie. Uno, porque es imposible hacerlo. Y dos, porque no venimos a "contaminar" ni a "expandirnos", sino que simplemente venimos convivir. Cuidado, no queremos imponer nuestra ideología, sino solo ser aceptados. Y es evidente que su rechazo no es otra cosa que la imposición de su propia ideología.
No le pedimos que nos quiera ni mucho menos buscamos su compasión; buscamos poder amar libremente a quien queramos. No le pedimos que nos abrace o que nos reciba en su casa, sino que no nos apedree en la calle, ni nos torture ni nos golpee hasta la muerte. No le pedimos que nos aplauda, sino que no nos discrimine en el trabajo, en el colegio o en la Universidad, y que nos valore como las personas que somos, no como las personas que usted quiere que seamos. No le pedimos que nos tolere, pero sí le pedimos que nos respete.
El paso siguiente a ese respeto y a ese reconocimiento de derechos no es la legalización de la pedofilia ni de la pederastia; tampoco es el fin de la familia o de la sociedad, ni mucho menos del Estado; no es el fin del mundo ni ninguna plaga apocalíptica. Es simplemente la convivencia en sociedad de individuos que, como seres humanos que son, aprenden a respetar sus diferencias y a vivir en paz. Ese es el siguiente paso, no hay otro. Pero no hay ideología ni planes maquiavélicos, no hay castigos ni condenas celestiales o astronómicas; no hay señales ni predicciones... Solo hay una minoría que ha sido atacada, escondida, vapuleada, condenada y segregada durante siglos, que aspira a poder vivir en una sociedad libre sin miedo, sin arrasar con nada y simplemente respetando y pidiendo respeto. Disfrazarlo de otra cosa es un recurso pueril y enfermizo, mucho más retorcido que todas las cosas de las que se nos acusa y de las generalidades y clichés que se nos achacan por el solo hecho de sentirnos atraídos por personas del mismo sexo.

Perlas de sabiduría en las redes sociales

miércoles, 12 de noviembre de 2014

En medio de la polémica surgida de Nicolás tiene dos papás, he dedicado tiempo a repasar los comentarios que la gente ha hecho a través de Facebook, en Twitter y también en diversas páginas web.
 
Resulta curioso, por llamarlo de alguna forma, ver que el rechazo se basa en cuestiones que apuntan al daño social, cultural y moral que generaría la aceptación del matrimonio homosexual y la adopción de hijos, siempre basándose en evidencia "empírica" de personas que han sufrido o padecido haber sido criadas por parejas gay. Por supuesto, esta postura no se puede sostener cuando la evidencia se basa en generalizaciones de casos puntuales que, por muy trágicos que sean, no se pueden argumentar como realidades evidentes y contrastadas de todos los casos y, más aún, cuando por esa misma regla también se debería prohibir el matrimonio heterosexual por las mismas razones.
 
Dejando de lado todo lo demás, me preocupa que en la cabeza de muchas personas, de distintas generaciones, todavía se equipare a la homosexualidad con la pedofilia, con la violencia, con la promiscuidad y con otros muchos delitos. Sobre todo, cuando esa base no tiene ningún asidero científico que justifique esa correlación.
 
¿En qué mente retorcida la voluntad responsable de dos personas del mismo sexo que deciden tener una relación consentida es equiparable a la pederastia, a una violación o incluso a un asesinato?
 
Además, se recurre a la biología para "aclarar" que Nicolás no puede tener dos padres hombres biológicos, llegando a argumentar que es hasta anticonstitucional "mentir" a los niños. Pero eso es disfrazar la homofobia de legalidad, con una idea que, en el fondo, no tiene asidero. Nadie habla de "engañar" a los niños. No se trata de decirles que la mujer que le parió no ha tenido nada que ver en su historia (de hecho en el cuento ella forma parte de la vida del niño), sino de explicarles, como en el caso de cualquier adopción, de dónde viene y porqué vive con quien vive. Y eso es mucho menos engañoso que serpientes parlanchinas, papás noeles, ratoncitos o hadas de los dientes, querubines que disparan flechas y abejitas que ponen semillitas o cigüeñas que viajan desde Paris...
 
En fin, que el tema da para mucho y solo quiero compartir algunas de las "perlas de sabiduría" que se pueden encontrar en las redes sociales. Y las pongo con nombre y apellido, tal como las publican, porque ninguno de ellos es un comentario privado. Esto debería ser mucho más preocupante que Nicolás tiene dos papás.
 









 

¡Váyase a tolerar a otra parte!

sábado, 8 de noviembre de 2014

Define la RAE el término "Tolerar" de la siguiente forma:

tolerar.
(Del lat. tolerāre).
1. tr. Sufrir, llevar con paciencia.
2. tr. Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente.
3. tr. Resistir, soportar, especialmente un alimento, o una medicina.
4. tr. Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

Cuando hablamos de tolerancia -y sí, me estoy refiriendo al tema de la homosexualidad-, ¿cuál de las acepciones es la que más se ajusta a su realidad? ¿Sufre y lleva con paciencia que dos hombres se besen y puedan casarse? ¿Prefiere la conveniente -para algunos- alegalidad de esa unión que no se tiene por lícita, pero que se permite, aunque siempre con reparos y con condescendencia mal entendida: "mientras no tenga que verlo o no se me acerquen o no me intenten convertir"? ¿O es de los que simplemente resiste y soporta su existencia?

La tolerancia resulta siempre un arma de doble filo. ¿Por qué un ser humano debe tolerar a otro? ¿No sería más adecuada la sana convivencia, el respeto y la aceptación de las individualidades? O, incluso más, ¿quién es usted para tolerar o no a alguien? ¿Quién le ha otorgado ese poder superior que le permite decidir si sufre, permite, resiste o soporta a otra persona? No confundamos el concepto de querer a o de intimar con todo el mundo, porque es imposible. Somos humanos y no tenemos que llevarnos bien ni ser todos amigos; pero sí debemos convivir, compartir espacios, ser educados, ser cívicos, ser sociales, ser personas. Y en eso no tiene cabida la "tolerancia" en sus tres primeras acepciones, sino en la cuarta: "Respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias". ¡RESPETAR!

Así llego al siguiente punto: cuando pedimos legislar sobre el matrimonio homosexual, el AVP, la convivencia civil, las parejas de hecho o póngale el nombre que quiera, no se trata de una falta de "tolerancia" al matrimonio entre un hombre y una mujer; no es una falta de respeto a la sociedad ni a la vida; no es un atentado contra la Constitución ni contra la Iglesia ni contra sus creencias, cualesquiera que ellas sean... Es simplemente la petición de reconocimiento de los derechos que, como ciudadanos en igualdad de condiciones ante la Ley y ante el Estado, nos corresponden a todos. Y eso, señoras y señores, se llama convivencia, se llama igualdad, se llama equidad, se llama respeto.

Ni usted ni nadie tiene el derecho a despreciar a nadie por su "Ser". Yo no le desprecio por sus creencias ni por las decisiones que ha tomado en su vida; no le rechazo por ser heterosexual, por ser fanático del fútbol o por rezar antes de dormir; no le repudio por la forma en que educa a sus hijos o a sus hijas; no desapruebo sus manifestaciones públicas de cariño, excesivas o discretas; ni siquiera me planteo o no "tolerarle"; simplemente, asumo que es parte de la convivencia social y le respeto. Le respeto porque es un ser humano, sin siquiera valorar si es buena o mala persona, que para eso hay otras instancias. Pero sí me doy el espacio de elegir con quién comparto mi vida y con quién celebro triunfos y fracasos, penas y alegrías, noticias nuevas y viejas... Y los "tolerantes" y los "intolerantes" no tienen espacio en mi vida. Ya no. Me aburrí de ser tolerado. Quiero ser respetado. Así que, si no tiene esa capacidad humana y social básica, ¡váyase a tolerar a otra parte!

La sociedad no se destruye, solo se transforma

miércoles, 5 de noviembre de 2014


En su colaboración de esta semana con el Periódico Escuela, Carmen Guaita cita a Lourdes Gaitán, presidenta del Grupo de Sociología de la Infancia y la Adolescencia (GSIA), quien "anima a considerar a los niños y adolescentes única y exclusivamente como presentes, es decir, sujetos plenos y reales, aquí y ahora. Exige que se aprecie cómo aportan su singularidad a la construcción de la familia, la escuela y la sociedad, y no solamente cómo reciben pasivamente de ella".

Y sigue: "Si los niños y adolescentes son verdaderos actores de la vida social, entonces participan de las mismas ventajas, desventajas y riesgos que el siglo XXI impone al resto de las personas, y están afectados de lleno por los cambios vertiginosos de nuestro mundo globalizado. Si son personas del presente, plenas en su estado actual, son capaces de ser y de obrar, de participar y de reinterpretar lo que sucede (...) Solo así se puede comprender por qué los niños son sujetos de derechos, por qué aprenden mucho más de lo que les enseñamos los adultos, por qué se impregnan de lo que les rodea y reciben tantas influencias externas, por qué deben ser escuchados, atendidos y considerados en la familia, la escuela y la sociedad".

Además, Gaitán propone "considerar que la etapa escolar es un trabajo real, que los niños llevan a cabo sin que nadie lo considere como tal, pero que constituye una aportación indudable a la riqueza de un país. A la riqueza moral y cultural de su ciudadanía, claro está".

Y las palabras de Lourdes Gaitán vienen como anillo al dedo para volver al tema de la poca confianza que tienen los padres en la capacidad de sus hijos de discernir lo que ven en su entorno y de aprender sin prejuicio, al menos, sin aquellas barreras que la sociedad, a través de la familia, la escuela y las religiones, va imponiendo para conformar entornos cerrados, intolerantes y polarizados, además de individuos potencialmente castrados emocional y socialmente, entre los que por supuesto me incluyo, porque también he padecido mi buena dosis de "socialización".

Por otra parte, Virginia Galvin, en su blog Agujeros Negros II, se dedica a comentar cómo ha cambiado de una generación a otra el rol de los padres, pasando de una "distancia esforzada" a una "vigilancia obsesiva". Y añade: "Como si nos creyéramos capaces de llevarlos en brazos para que no pisen las inevitables brasas ardiendo del suelo que es la vida".

Hay quienes todavía consideran que la etapa de 0 a 6 años es asistencial, casi como una eterna guardería poblada de hadas, duendes, dragones y unicornios, donde el juego y la fantasía deben llenar las cabezas de los niños y las niñas, separándolos de "todo ese mal" que ocurre fuera de sus perfectas burbujas. Tampoco se trata de soltarlos libremente y sin vigilancia, no exageremos las cosas. Pero que empiecen a aprender, de acuerdo a su edad y a sus capacidades, qué hay ahí fuera, no solo facilitaría el trabajo futuro de los maestros y de las maestras en la educación básica o primaria, sino que también permitiría a los padres liberarse de la carga de esos pequeños tiranos y compartir con sus hijos las alegrías, pero también las frustraciones y los sinsabores.

Los padres y las madres no están para librar a sus hijos de todo mal, sino para entregarles las mejores herramientas con las que insertarse en la sociedad, ser sujetos de derecho y también responsables de sus deberes, ser solidarios y mejores personas, ser abiertos y considerados, educados y sociables. En suma, ser uno más en la sociedad que los acoge. Por eso, si se les enseñan valores como el respeto y la tolerancia desde pequeños, no solo ganan ellos, los niños y las niñas, sino que ganamos todos como grupo.

Mentes privilegiadas


Minimizar su intelecto, su inmensa curiosidad y esa naturalidad con la que aprenden todo sin cuestionamientos moralizantes incorporados de forma artificial e interesada, es restarles todo tipo de capacidad para construir. Experimentos como el documental Solo es el principio simplemente nos muestran que los niños pueden aprender y hablar de cualquier cosa, y es su propia "mente" la que pone el contexto, suaviza la realidad, la hace encajar con su realidad y con lo que ha recibido, consiguiendo memorables definiciones y explicaciones acerca de la vida.

¿Por qué "Nicolás tiene dos papás" sería algo diferente? Cada niño y cada niña encajará el cuento de la forma en que mejor le parezca. Habrá algunos que pregunten la razón por la que el niño tiene dos papás y habrá otros que ni se planteen una duda. Pero, estoy seguro de ello (y a los comentarios de padres y madres que lo han leído con sus hijos me remito), es que a ninguno le ha generado problemas para dormir, desconfianza en el entorno ni, mucho menos, tendencias homosexuales.

Es agotador pensar que hay gente de mi edad, preparada, bien educada, que considera que la unión de parejas homosexuales "atenta" contra algo. En España, hace 10 años se esgrimían ese tipo de argumentos ante la inminente Ley de Matrimonio Homosexual: "Atentan contra la familia", "La sociedad se destruye", etc., y todas esas argumentaciones basadas en la fantasía rigurosa de una creencia religiosa particular, sin respaldo empírico alguno. Y aquí estamos, 10 años después en una sociedad que se rompe por la corrupción de los políticos que apuntaban con el dedo los "peligros" de promulgar dicha ley, que se rompe por la falta de credibilidad en las instituciones de Gobierno y sociales, pero que se ha visto amenazada por el matrimonio civil entre parejas del mismo sexo.

Que dos hombres o dos mujeres compartan techo, cama o críen hijos, no pone en peligro a nadie. Sí que lo hace, al contrario, el apuntarlos con el dedo, el lanzarles piedras, el hecho de seguir educando intolerantes polarizados, ajenos a las diferencias y poco solidarios con las minorías, con los diferentes, con "los de más allá", como diría alguien. 

La sociedad no se destruye por la homosexualidad, sino por la homofobia, por la xenofobia, por la violencia contra la mujer, por las guerras, por la corrupción, por las desigualdades, por la falta de acceso a una educación y por tantas cosas más que, sin duda, no generan la misma oleada de rechazo que un libro, que no es más que una historia ficcionada de una realidad vigente. Esa misma que vuestros hijos y vuestras hijas tendrán que enfrentar en poco tiempo. ¿No es mejor prepararlos ya y permitir que sean mejores personas construyendo una sociedad mejor, basada en el respeto, en la tolerancia, en la convivencia, en la paz y en el amor? ¿No es eso, al final, a lo que todos deberíamos aspirar?

Y recurro a las palabras de Alexander Neill, un pedagogo escocés, para cerrar: "Cuando las personas nos sentimos amadas, es decir, aceptadas y seguras de poder ser tal como somos, nuestro cerebro disfruta del ambiente óptimo para desarrollar todo su potencial (...) Cuando la emoción es libre, la inteligencia viene por sí misma".

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martes, 28 de octubre de 2014



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Todo sobre mis padres

lunes, 27 de octubre de 2014



Déjenme que hable de mis padres. Además de ser dos personas absolutamente maravillosas, con todas sus virtudes y todos sus defectos, han sido dos estupendos padres que, desde que éramos pequeños (hablo en plural, porque tengo un hermano y una hermana, mayores que yo, y a quienes admiro y quiero por muchas y distintas razones), nos dijeron que nuestra herencia sería nuestra educación, pero no solo la formal (colegios, universidades, postgrados...), sino aquella que nos aportaban cada día, a cada paso. Que eso era lo realmente valioso. Y así es. Cada uno en un espacio diferente, en un ámbito distinto, ha estado obteniendo ganancias de esa herencia. Y muchas.

Pero volvamos a ellos. Mi madre proviene de una familia muy tradicional, de sangre italiana y, supongo que por eso, muy visceral y pasional, pero siempre con la capacidad racional que se espera de ella en las decisiones importantes. Siempre ha sido muy católica, devota y activa en su expresión de la religión. Educada en un colegio de monjas y con un alto sentido del deber, ella ha sabido ser firme y exigente, pero también cariñosa y comprensiva. De hecho, una de las frases que creo que la representa muy bien es: "si haces algo malo, primero te voy a cachetear y después te voy a abrazar". Si bien nunca ha cumplido la primera de forma literal (siempre duele más una mirada de decepción que un golpe), la segunda la ha ejecutado con creces: nunca ha dejado de abrazarnos. Su capacidad de amor hacia su familia es infinita y, junto con su risa y su pícara ironía, es uno de sus rasgos más entrañables.

Mi padre también viene de una familia muy tradicional, quizás más rígida, pero no menos cariñosa. Una figura paterna fuerte y estricta, una madre quizás más silenciosa pero siempre presente, con carácter, criaron y mantuvieron a cuatro hijos sin grandes sobresaltos. Si bien se crió en un colegio religioso, estuvo muchos años lejos de la Iglesia. Si no recuerdo mal, fue para mi Primera Comunión cuando se reconcilió con ella y volvió. Hoy, es un miembro muy activo de la parroquia que les corresponde, además de participar en múltiples actividades relacionadas. De las cosas que más admiro de mi padre puedo mencionar el don de la responsabilidad, su complicidad, su templanza y su eterna bondad, además de su rectitud.

Y cuento esto porque mi infancia fue feliz. Porque no me crié en un hogar inestable ni tuve experiencias traumáticas. Porque recibí una excelente educación en mi casa y porque nunca me faltó amor, atención, cuidado ni nada. Nos entregaron muy buenas herramientas para enfrentar la vida y construir nuestro futuro, y así lo hemos hecho desde pequeños: dando nuestros pasos, siempre acompañados, pero por nuestra cuenta, haciéndonos responsables de nuestros actos y de nuestras decisiones. Sin duda, lo mejor que podrían haber hecho por mí y por nosotros.

Por lo tanto, mi homosexualidad no viene por esa vía, aunque muchos la "acusen" como la única fuente. No fui abusado, no fui maltratado, no tuve carencias afectivas ni ningún otro caso "doméstico". Simplemente soy quien soy porque sí, porque siempre lo he sido.

Pero vuelvo otra vez a mis padres. Tardé muchos años en contarles mi verdad, no porque tuviera miedo a su rechazo (sabía que, pese al golpe que podría significar para ellos, no nos alejaríamos), sino porque no me sentía capaz de decepcionarlos. Fue un proceso muy largo para mí y también para ellos, porque en el fondo veían que algo ocurría conmigo y ninguno de los tres fuimos capaces de ponerlo en palabras durante largo tiempo. Hasta que llegó el día. Ellos lo supieron y su reacción fue exactamente como tuvo que ser: mi madre, visceral, respondió al momento, con la voz quebrada, llorando emocionada y dolida a la vez, y dándome todo su amor; mi padre, más reposado y templado, se demoró un par de días, pero también me dio su apoyo.

Sé que su proceso tampoco ha sido fácil, siendo quiénes son, cómo son y de dónde vienen, pero están conmigo y lo han hecho siempre, en lo bueno y en lo malo. Hoy, no muchos años después, mi madre escribe un mensaje así en Facebook ante la "polémica" de Nicolás tiene dos papás: "los niños no necesitan que se les enseñe que los hombres o las mujeres se aman entre ellos, solo hay que enseñarles que el amor es importante en la vida de las personas, que algunas aman a personas de su mismo sexo, otras no y que todo amor es valioso". Eso jamás lo hubiera dicho hace 5 años y ella lo sabe; pero hoy, cuando la experiencia le ha tocado de cerca y la vida le ha puesto a prueba más de una vez, ella ha sabido reaccionar positivamente, guiada por la comprensión y por el amor, y se ha sobrepuesto a todo aquello que durante años recibió como única respuesta.

Esas palabras hablan muy bien de ella, hablan muy bien de ellos dos, y a mí me llenan de orgullo y de agradecimiento, porque ha sabido ser madre antes de cualquier otra cosa, más cuando yo necesitaba uno de esos abrazos para saber que todo estaría bien. Y han sabido ser padres siempre, justos y cariñosos. Y así es. Todo está bien y yo los quiero tanto, que a veces duele la distancia física, pero siempre estamos juntos, en alguna de todas nuestras conexiones: las digitales o las emocionales. No podría ser otra forma, en el fondo, ellos me modelaron.

A ser gay no se aprende

sábado, 25 de octubre de 2014

Sin  ánimo de polemizar, ¡qué poco crédito dan algunos padres y madres a sus hijos y a sus hijas!

Las niñas y los niños no tienen un problema de base con la homosexualidad, y el hecho de que se "enfrenten" a ella no les provocará daños irreversibles, físicos ni psíquicos...

Sea en el Jardín Infantil, en la Escuela, en la Universidad o en la misma calle, ver a dos personas del mismo sexo en una relación no afectará a su desarrollo ni alterará virtudes humanas como la lealtad, el respeto, la solidaridad, el amor, la prudencia, la perseverancia, la honestidad, la justicia, la bondad, la generosidad, la responsabilidad, la libertad, la compasión, la paciencia, la humildad, la amistad... y tampoco la tolerancia. Y de ninguna manera afectará valores como la vida, la dignidad de todas y cada una de las personas, la verdad, el bien, la humildad, la abnegación, la caridad fraterna, etc. Tampoco los hará peores personas ni los desviará por otros caminos, y menos aún podrá determinar la moral que le hayan transmitido. Seguro que no los convertirá en delincuentes ni en maltratadores. Simplemente los hará más receptivos a la diversidad social en la que viven.

No se necesita una preparación especial para lidiar con el amor y con otros tipos de familia. Solo se necesita poner en práctica cualquiera de esos valores o virtudes contra los que, supuestamente, se está atentando con #nicolastienedospapas, y hablarles a los niños y a las niñas de que el mundo es diverso y de que no hay nada malo en ello. Por experiencia propia, cuando en la vida te toca de cerca ser "diferente a lo normal" (aparte del hecho de que nadie ha podido determinar nunca qué es "lo normal", en ningún ámbito), las cosas se ven con otra perspectiva.

La diversidad de las familias está ahí, al lado, al frente... Es simplemente hablar de lo que se ve y ponerlo dentro del contexto de lo cotidiano, de lo normal. No entro en lo valórico (bueno o malo) para cada uno, porque para eso somos libres, y eso ya podrá valorarlo cada uno en cuanto a qué tipo de personas quiere educar. Pero Nicolás tiene dos papás no es propaganda ni mucho menos algo peligroso que atente contra la "formación" o la "educación moral" de los niños. Es simple y pura convivencia social con algo que ocurre a diario y que, de una forma o de otra, es o será parte de la vida de todos, aunque sea por solidaridad con el vecino.

Es obvio que un libro no cambia el comportamiento de un día para otro, pero consigue algo: visibilización y que se esté hablando de un tema que ha dormido durante mucho tiempo. Respeto y valores se aprenden en la familia de forma primaria, pero también deben compartirse en espacios de interacción de la sociedad, para poner en común los distintos valores que en ella coexisten. Porque el tema es ese: coexistencia, inclusión, integración... la tolerancia, está claro, que no es suficiente, porque, ¿quiénes somos nosotros para "tolerar" a los demás? Eso no es más que una posición de superioridad desde la que se pretende "aceptar a regañadientes" al "rarito" de turno. Yo no quiero que me toleren, quiero que me acepten. Y si este libro permite que, al menos, se entienda que las familias no son exclusivamente papá-mamá-hijos, ya es un gran paso adelante.

Que los niños y niñas sepan que el amor entre dos personas del mismo sexo es posible no les pervierte, no les convierte, no les perturba ni les provoca pesadillas. No afecta a su desarrollo físico ni sicológico, ni tiene secuelas. A ser gay no se aprende, por eso no es "peligroso" este libro. Y si educar mentes más abiertas y mejor preparadas para una sociedad en constante cambio es considerado "peligroso", entonces sí tenemos un problema mucho mayor que un libro.