Zero Dark Thirty, La noche más oscura (2012)

viernes, 22 de febrero de 2013


Zero Dark Thirty (La noche más oscura, su título en España), me ha parecido un peliculón. Tensión y buen ritmo en los casi 150 minutos que dura y dirigida con mano firme por Kathryn Bigelow, reafirmando que lo suyo son historias a base de adrenalina en estado puro.

Basada en hechos reales, aunque imagino que con muchos retoques de ficción y un buen maquillaje de cara a la historia "que debe ser contada", nos lleva desde los atentados del 11-S hasta la captura y asesinato de Osama Bin Laden. Y el viaje lo hacemos de la mano de Maya (Jessica Chastain) durante varios años de ardua investigación.

Bigelow no se corta un pelo (bueno, sí, se peina bastante y lo acomoda a gusto...) para enseñarnos y, de paso reconocer, que hubo torturas (aunque lo que vemos es mucho más light que cualquier escena de Disney), pero siempre, que no se nos olvide, en nombre de la libertad y la verdad. Quizás este es el punto más discutible de la historia y el hecho de que pueda provocar más urticaria fuera de las fronteras de EEUU: su política de postín y su superioridad valórica tratan de embellecer todo el relato en cuanto a la violación de derechos humanos, de fronteras, de seguridad, etc.

Aun así, creo que, guardando esa correcta distancia, la película está resuelta con holgura y pensando en un buen rato de puro entretenimiento, provocando esa conexión con el instinto de supervivencia más maquiavélico donde "el fin justifica los medios".

Sin embargo, no me parece carne de Oscar como muchos esperaban: no es una buena película, hablando en el sentido de la Academia, aunque sea muy resultona; no tiene el pulso de dirección que tenía The Hurt Locker (En terreno hostil) ni esa rabiosa testosterona con la que fue filmada; el trabajo actoral es decente y en su justa medida, donde solo podría lucirse Jessica Chastain como mucho (que ya tiene bastante con la nominación, porque el premio no será para ella).

Resumiendo, un buen momento de cine, pero nada para aplaudir con las orejas. Bigelow demuestra que tiene ritmo y que sabe hacer bien su trabajo, pero a Zero Dark Thirty le falta la mala leche que había detrás de su antecesora. Probablemente en los Oscar se vaya de vacío o se quede con alguna mención técnica. En el apartado de Mejor Guión, lo más alto que podría apuntar, tiene una dura competencia y pocas papeletas para levantar la estatuilla.

Humor gráfico de la semana

martes, 19 de febrero de 2013

 


 (Por eso es tan importante la ortografía... evita malentendidos)


 



  



¡Quiero ser!

miércoles, 6 de febrero de 2013

Permitirse el lujo de promover los estudios "eficientes" antes que los vocacionales, es un acto de mal gusto. Y es de mal gusto porque reduce a la persona a un pequeño engranaje dentro de todo un tinglado social y económico que necesita que cada individuo produzca, genere riquezas, consuma y gaste, ojalá sin mucho ruido, para que la máquina siga funcionando.

Es decir, quieren autómatas consumistas o consumidores automáticos, basándose en que es la única forma de que la crisis pase y la economía se recupere. El propio ministro Wert se refirió a este tema el lunes: "[Hay que] inculcar a los alumnos universitarios a que no piensen solo en estudiar lo que les apetece o a seguir las tradiciones familiares a la hora de escoger itinerario académico, sino a que piensen en términos de necesidades y de su posible empleabilidad".

Si realmente nos ponemos a pensar ahora mismo en términos de empleabilidad, lo mejor sería dejar de estudiar ya y dedicarnos a la política o al politiqueo, el único negocio rentable e impune. O a ser de la familia real (de cualquiera de ellas, para vivir del cuento -que no en un cuento-). O estrellita de telerrealidad, la nueva salida "profesional".

En la misma conversación, Wert se muestra sorprendido de que en la actualidad más de la mitad de las titulaciones sean en el ámbito de las Ciencias Sociales. Entiendo que su sorpresa viene a que es un sector improductivo y poco eficiente para el tejido empresarial. Pero ¿qué sería de nuestra sociedad sin los profesionales del ámbito de las Ciencias Sociales? Una sociedad más homogénea y manipulable, seguro; una sociedad con menos capacidad crítica y disonante, también.

Lo que más me llama la atención es que a nadie le preocupa la dimensión humana y personal del trabajo. Es decir, que da igual si somos infelices en un trabajo productivo mientras seamos capaces de alimentar y sostener la máquina de consumo. Entiendo que la idea de esto es que el propio consumo será nuestra vía para alcanzar la felicidad. ¡Qué equivocación!

Y como me gusta siempre provocar y llegar hasta el límite, entiendo que con esto echamos por tierra todas las vocaciones contemplativas y solidarias:

- Padres, he decidido seguir mi voz interior y ser sacerdote.
- Déjate de tonterías, improductivo, y estudia ingeniería o económicas. Si no, serás un muerto de hambre.

Sí, es un exceso, pero no dista mucho de quienes hemos tomado la decisión de ser periodistas, bailarines, actores, cantantes, filósofos, escritores, etc. La primera reacción de muchos es precisamente esa: "morirás de hambre", pero mi respuesta siempre ha sido: ¿a quién más le importa? Si paso hambre, es mi derecho y mi responsabilidad, asumida desde el momento en que tomé mi decisión. Pero prefiero pasarme la vida con el cinturón estrecho a trabajar en algo que no me gusta por el simple hecho de pensar en la empleabilidad como única referencia de futuro.

Así tenemos a muchos profesionales hoy, desmotivados y estresados, y a muchos jóvenes cuya única aspiración en la vida es a ser funcionarios públicos. Pero la respuesta no está en entrenarlos desde pequeños a ser emprendedores, consumidores y a plantearse su futuro en términos productivos, sino en dejar que las personas se desarrollen en los ámbitos en los cuales tienen talento, en los cuales puedan crecer como individuos y aspirar a una felicidad más filosófica que la felicidad otorgada por el dinero, esa misma que desde hace unos años demuestra ser tan efímera para la gran mayoría de la población.


Pedirle a una persona que deje de lado su vocación es casi tan peligroso como pedirle que deje de lado su esencia. ¿Podemos pedirle a alguien que deje de ser persona? No, es un caso perdido. De la misma forma en que espero que nadie vuelva a pedirme que deje de ser periodista. También es un caso perdido, porque es lo que soy. Y no desde la mera definición laboral, sino como persona. Nací para esto y es lo que más me gusta hacer en el mundo. Así de poderosa es la vocación, al menos la mía. Y no hay mayor valor que ese, que me motiva a diario para hacer muchas otras cosas que, tarde o temprano, me permitirán hacer lo que yo quiero. 
 
Eso es, para mí, ser productivo y eficiente: la coherencia con lo que soy, con lo que quiero y con lo que espero hacer en el futuro, la motivación que me mueve cada mañana a formar parte del mundo y de la sociedad. Pero no de una sociedad que me considera un ser productivo o improductivo, sino aquella que simplemente me considera un ser humano más y no espera de mí nada más que respeto, civismo y que sea feliz, con el efecto que eso pueda tener en mi entorno, como principal aportación.

De ahí que recupere una idea que leí hace unos meses y que me llegó hasta lo más produndo del corazón: ¿qué hacemos con nuestros estudiantes que entran al colegio queriendo ser astronautas y salen queriendo ser funcionarios públicos? Claramente hay algo que falla y, precisamente, la respuesta no viene dada por el ¡debes ser!, sino por el ¡soy! o el ¡quiero ser!

Mentiras sin pudor

viernes, 1 de febrero de 2013

La libertad, si no va acompañada de responsabilidad, se pervierte. Todos somos seres libres, pero esa libertad va de la mano con una serie de derechos, deberes y responsabilidades que van desde las leyes hasta el sentido común, hasta lo meramente humano y social para la convivencia de las personas.

Con esta idea en mi cabeza, entiendo que la libertad de información y de expresión también debe ir de la mano con la responsabilidad de no tergiversar la información, de no mentir. Pero cuando me encuentro con artículos de esta categoría, no me queda más que dar el golpe sobre la mesa.

Esta mañana me encontré con un artículo de Mónica Mullor (completo aquí) que me enviaron por correo electrónico, donde habla del posible futuro escenario político de Chile, con el regreso de Bachelet a la presidencia. Hasta ahí, ningún problema. El desastre comienza cuando hace una descripción de los gobiernos socialistas de Zapatero y augura los peores males a los chilenos en caso de traer de vuelta a la actual líder de ONU Mujer.

Mullor cae en una serie de errores, claramente intencionados, que no solo son imprecisiones conceptuales, sino que miente deliberadamente a los potenciales lectores (en un medio de un marcado sesgo político, tan ciego como para publicar una montaña de mentiras) sin ningún tipo de remordimiento, traspasando y violando cualquier atisbo de ética informativa y de respeto por el nivel intelectual de su público.

Dice (en cursiva algunos trozos de su artículo):  

El desempleo no para de crecer y ya supera los 5,8 millones; el 52% de los jóvenes no tiene trabajo, 1,7 millones de hogares tienen a todos sus miembros en paro. No sin razón, en lo que va de año en Madrid se han celebrado ya más de 3.000 manifestaciones, autorizadas o no [refiriéndose a 2012].

Este es el resultado de los años locos de España, de cuando estuvo gobernada por un colega socialista de Michelle Bachelet. ¿Lo recuerdan? Su nombre es José Luis Rodríguez Zapatero, que tiró la casa por la ventana e hizo que se olvidase la relación existente entre deberes y derechos, entre esfuerzo y resultado. Su política de promesas a destajo, de ofrecer múltiples derechos a la ciudadanía, como si fueran maná caído del cielo, hizo que España llegara a la situación en que está ahora: endeudada, embargada y desacreditada.

Yo no sé en qué país vive esta señora, pero el Gobierno de Zapatero, si bien reforzó las ayudas a los desempleados, a los jóvenes y a las madres recientes, también fue el Gobierno que empezó con los recortes en las prestaciones sociales cuando la crisis económica ya había explotado. A partir de 2009, se retiran muchas de las ayudas o se restringen y se toman las primeras medidas ordenadas por Europa para subir impuestos, incluida una reforma constitucional exprés y sin consulta ciudadana para calmar a Francia, Alemania.


En tiempos de bonanza económica, el colega de Bachelet permitió que en España se inflaran muchas burbujas, empezando por la crediticia y la inmobiliaria, que a su vez condujeron a una burbuja política, sustentada en la acumulación de ingresos tributarios de todo tipo.

Curiosamente, se achaca a la Liberalización del suelo de 1997 como el comienzo de la burbuja inmobiliaria, cuando se facilitó la recalificación del terreno y comenzó el gran tesoro de las empresas constructoras. Si bien no se puede culpar de todos los males a Aznar, es verdad que Zapatero no fue ni de cerca el promotor y gestor de la crisis del ladrillo. Ya venía dada desde antes...

Los tiempos del despilfarro y del todo gratis de Zapatero dieron también lugar a la burbuja sanitaria. Todos los partidos políticos (sin excepción) coreaban al unísono que la sanidad pública sería siempre universal y gratuita, lo que condujo a un uso irresponsable de los recursos sanitarios.

¿Cómo es el uso irresponsable de los recursos sanitarios? Soy incapaz de comprender a qué se refiere Mullor con este asunto. Quizás a los hospitales privados que se gestaron en Madrid, por ejemplo, y que se inauguraron en épocas de elecciones cuando todavía no estaban terminados o de los servicios sanitarios que se fueron privatizando en las comunidades autónomas, cuando podrían haber seguido siendo servicios costeados por la Administración.

En el plano educativo, hace ya mucho que España optó por la vía populista argentina: universidad para todos y gratuita. Se apostó por la cantidad y no por la calidad, lo que llevó a la masificación de la educación superior, que abrió sus puertas a estudiantes poco preparados. Y así continúa hasta hoy la universidad española, navegando en un mar de mediocridad institucionalizada. Por eso no es de extrañar que España no tenga una sola universidad entre las 150 mejores del mundo.

El problema universitario no se le puede achacar a Zapatero tampoco. Es darle demasiado crédito... Curiosamente, el fenómeno de la titulitis ya venía desde antes y la aparición de las universidades privadas estuvo avalada por los gobiernos populares anteriores a la época de Zapatero. Durante el último gobierno socialista no hubo modificaciones en el acceso a la universidad, sino una flexibilización de las vías de estudio con la intención de facilitar la movilidad de los itinerarios educativos para recuperar a todos aquellos jóvenes que habían abandonado estudios en los años del boom del ladrillo, pero también se fomentó la Formación Profesional y diversos programas de calificación.

En el ámbito de las infraestructuras, los políticos (con dinero de los fondos europeos) invirtieron miles de millones de euros en la construcción de aeropuertos sin viajeros, autopistas sin automóviles, palacios de congresos sin congresos, tranvías y trenes de alta velocidad sin pasajeros.

Lo que Mullor parece haber olvidado o directamente no ha investigado para escribir sus mentiras, es que las obras del Aeropuerto de Castellón, uno de los polémicos proyectos que, a día de hoy, solo significan un agujero para las arcas públicas, comenzó a gestionarse en 1997 y cuya primera piedra se puso en enero de 2004, meses antes de que Aznar saliese de La Moncloa. Lo mismo ocurrió con el AVE, esas líneas de tren que hoy ofrecen un servicio estupendo, pero sin pasajeros en muchos trayectos, provocando pérdidas millonarias, que expandieron su servicio ampliamente a partir de 1997, con el PP en el Gobierno.

Fueron los años del populismo desenfrenado del Estado de Bienestar, de la generosidad irresponsable del Estado y la inflación de derechos. Su efecto más dañino fue una concepción falsa del progreso... Resumiendo: el socialista Rodríguez Zapatero embaucó a los españoles, y ahora a España no le queda más que mendigar el dinero que precisa.

Quizás puedo entender que Mullor se sienta embaucada por Zapatero. Todos un poco nos sentimos así, porque su política fue servil ante las presiones de Europa y su socialismo neoliberal no cuajó entre sus seguidores que, a día de hoy, le han quitado buena parte del apoyo a su partido. 

Pero Mullor también debería sentirse embaucada por Mariano Rajoy, que ha puesto en marcha una buena cantidad de medidas políticas y económicas que nunca mencionó en su programa de Gobierno en ninguna de las elecciones a las que se presentó y perdió (subida de impuestos, por ejemplo, una de las medidas que más criticaron durante los años de Zapatero, y que fue una de las primeras que adoptó al llegar a La Moncloa).

Y voy a dejar de lado cualquier predisposición política, porque no es el caso (y además es bastante evidente). Lo que me preocupa de todo esto, más allá de si Bachelet vuelve al poder o no, o si Rajoy es más o menos incompetente que Zapatero, es el tema de la mentira, de la tergiversación y de la ceguera a la que se quiere someter no solo Mullor, sino a todo quien por desgracia tenga que toparse con sus comentarios falsos, absurdos y sesgados, lejos de todo rigor periodístico y, además, absolutamente ridículos desde la evidencia reciente.

Creer en la voz de Mullor sin poner en duda la información que entrega no es más que una muestra de la idiotización de la sociedad ante los medios, que por más que avalen su independencia y rectitud, no son más que grupúsculos de profesionales (que no profesionales en sí) sometidos a los vaivenes de los intereses particulares y de la mezquindad de quienes les dirigen. 

Por ello se hace necesaria una sociedad educada, crítica y despierta, menos centrada en el evento deportivo de turno, y más puesta en lo que ocurre en su entorno inmediato y en su ámbito de influencia social y ciudadana. Así, personajes como esta irresponsable que motiva este post, no tendrían cabida ni repercusión mediática y no podrían dibujar una verdad a su medida y polarizar posiciones a su antojo, que es el mayor daño que se le puede hacer a la sociedad.