¡Qué bello día!

jueves, 25 de octubre de 2012

Hoy el día está gris y llueve. Estamos a las puertas del frío otoñal... ¡Yo estoy encantado! La verdad es que lo necesito y tengo ganas. Mi cuerpo no puede procesar dos veranos en un año.

Además, en este otoño-invierno tengo dos viajes preparados, lo que me tiene feliz y contento (además de ansioso), porque necesito "horas de vuelo". He estado demasiado tiempo con los pies en la tierra y ya comienzo a necesitar aire. ¿Le podríamos llamar "earth lag"?

Ya os iré contando mis aventuras viajeras... solo puedo decir que no serán en el intranjero.

Humor negro

martes, 16 de octubre de 2012


Esta respuesta es bastante macabra, pero tiene un punto de humor negro y profunda ignorancia que me resulta inevitable compartir.

Despropósitos educativos

miércoles, 3 de octubre de 2012

Tal como dice el documental "La educación prohibida", la escuela pública y gratuita es un concepto relativamente nuevo. Su origen es la escuela prusiana, muy militar en sus formas y, como tal, muy estandarizada y rígida. Se basa en un concepto industrial de la educación: llenar las cabezas del alumnado de datos e información (elegidos adecuadamente) para generar una sociedad educada y preparada para trabajar (que es igual a, posteriormente, consumir). Pero no crítica, no consciente de la realidad que le rodea y muy complaciente.

Teniendo en cuenta esa idea, la educación deja mucho que desear. Es más, hoy se repiten ciertos comportamientos "prusianos" y de la Revolución Industrial, al menos en España: se incorporan actividades que enseñan al alumnado a ser consumidores responsables, curiosamente avalados por agrupaciones y fundaciones que, en muchas ocasiones, tienen detrás a grandes empresas. Esta idea me resulta bastante perturbadora, porque responsable o no, se les enseña a consumir en un sistema insaciable desde la infancia. Y ya sabemos, por la propia experiencia, que eso va a más.

Pero volvamos a la base. La estandarización de la educación deja inmediatamente fuera al diferente; diferente, claro, según los estándares impuestos por la política y la sociedad. ¿Quién es el diferente? El más lento, el que presenta alguna discapacidad física, psíquica o sensorial, la más inmadura, el rarito, etc. Eso ya marca una desigualdad de primeras, en una sociedad en la que todos deberíamos ser iguales según las bases de la democracia moderna. Pero todos iguales desde nuestras diferencias, porque a diario vemos que la sociedad no es homogénea, sino que es una suma heterogénea de valores, aptitudes y actitudes que enriquecen el trabajo, la educación, la cultura...


Una vergüenza de integración es la que, por ejemplo, se está haciendo con las personas sordas. ¿Cuántos docentes conocen y manejan la lengua de signos, por cierto, lengua oficial en España? La realidad es que el porcentaje es muy bajo y, por tanto, la atención hacia ellos es mínima (menos ahora con tantos recortes y sin desdobles ni refuerzos). Tanto es así, que la anécdota más triste es que se comenta que los niños sordos son los que mejor dibujan; en un esfuerzo de "integración" se les admite en las aulas, pero se les ofrece un programa alternativo: dibujar mientras el resto de la clase lee o realiza otras actividades. Así no se "molestan" los unos a los otros y se puede avanzar con el programa.

Y así llego a otro punto importante: la mecanización del sistema. Todo se rige por programas académicos establecidos por las autoridades y administraciones educativas que, desde mi humilde punto de vista, no siempre son los adecuados y los necesarios. En el colegio, si bien es cierto que aprendemos muchísimas cosas, una buena porción de ellas son absolutamente inútiles en el desarrollo cotidiano de nuestra vida. Parece ser mucho más importante recitar a los reyes godos que adquirir destrezas sociales como el respeto, la tolerancia y la convivencia social. O parece más relevante aprender logaritmos que ponerse en contacto con sus emociones y con las de los demás, o simplemente aprender a convivir con el entorno de una forma menos agresiva.

Todo esto porque se ha instaurado una actitud obsesiva con los resultados: los mejores colegios, los mejores alumnos, las mejores calificaciones, los rankings internacionales... ¿para qué? Es evidente que las mediciones no son nunca reales ni totalmente ciertas. Ya no solo porque muchos centros preparan a su alumnado para rendir mejor en esas pruebas o porque simplemente "aíslan" al alumnado con menor rendimiento para que no "altere" los buenos resultados; sino porque nunca tienen en consideración factores tan importante como el entorno físico, económico y sociocultural de los centros, más aún en sistemas donde no existe una distribución equitativa de población en las escuelas. ¿Se puede medir la intensidad de una sonrisa? ¿Se puede cuantificar la gratitud de unos padres que ven progresar a sus hijos a pesar de sus dificultades y particulares circunstancias?

Si seguimos privilegiando la homogeneización educativa y pretendemos formar futuros consumidores y expertos en resolver calificaciones internacionales, la reforma educativa propuesta por el ministro Wert y los presupuestos anunciados por el Gobierno para 2013 son la respuesta acertada. Acertados en su propósito porque generarán un aumento de la brecha social entre quienes puedan o no pagarla; abrirán las puertas a la educación diferenciada; eliminarán los programas de becas, de nuevas tecnologías y otros programas de integración; reducirán la capacidad económica para contratar más docentes y para mejorar sus condiciones laborales, lo que directamente afectará a la calidad de la educación. ¿Es esa la forma de mejorar los índices de calidad de la educación en España?

La futura LOMCE no es otra cosa que una vuelta al pasado, casi 40 años de golpe, hacia una escuela segregadora, elitista, poco equitativa y casi totalmente dirigida por el Gobierno. Gracias a ella se reinstaura la idea del deber de "llegar a ser alguien", pero solo para quienes puedan permitirse llegar a ello. Cierra las puertas a la movilidad social y al crecimiento productivo de una sociedad abierta y emprendedora; retoma las ideas de clase como base del ¿entendimiento? social y se construyen las bases para una sociedad polarizada. Restablece la importancia de la calificación por encima del aprendizaje y deja en manos de externos la valoración (o ignorancia) de las circunstancias que rodean a los procesos de enseñanza.

La LOMCE no es más que un despropósito, totalmente contraria a casi todas las experiencias internacionales de éxito (valoración de la labor docente, libertad de los centros para establecer programas educativos, menor rigidez de las calificaciones, apoyo en las nuevas tecnologías, inclusividad y coeducación, solo por mencionar algunas). Lo peor, es que es un despropósito que tiene fecha de caducidad, pero que, en su corta vida, sentenciará de muerte a lo poco que están dejando de educación pública y gratuita.