Traicionera compañera de viaje

martes, 31 de enero de 2012


Una de las cosas que más disfruto es el mar... pero nunca he sido de nadar entre las olas (más bien de pequeño me daban pánico), sino que me gusta mirarlo, contemplar su movimiento, escuchar su música, ver como la luz se refleja en sus subidas y bajadas... Si es desde las alturas, mucho mejor. ¡Cómo me gustaba sentarme en lo alto de las dunas de Constitución y mirar el mar desde arriba!

Y pese a que no tengo un mar favorito, siempre me gusta volver al Pacífico, el primero que vi, el que es mucho más inquieto de lo que su nombre esconde, aquel de aguas frías en el sur de Chile y que, en este brazo de mar nos tocó áspero y oscuro, pero mucho más hermoso que en otras visitas.


Para Ivor era el primer encuentro con el océano Pacífico... no sé qué pasó entre los dos y prefiero que quede como parte de su historia, esa cosa personal que guardamos con los paisajes en nuestra memoria, incluso idealizando los espacios, los momentos, las circunstancias. Hablando de eso, justo hoy hablaba con una querida amiga sobre la idealización de la tierra, de nuestra tierra original, una parte que teñimos de magia y de recuerdos especiales, pero que en la realidad se destiñe, se desgrana, se escurre entre la memoria.

Llevo muchos años sintiéndome como extranjero en todas partes. "No soy de aquí ni soy de allá...", no es la primera vez que lo digo, pero es pura verdad. Me siento bien aquí y tengo mi espacio, mi lugar en el mundo. Y, lo mejor, tengo con quien compartirlo. En Chile tengo mi historia, mi familia, mis amigos y muchas cosas que guardo conmigo. Y aunque todo eso permanece, es inevitable que se vayan desdibujando, que se mezclen, se destiñan, se pierdan entre mis propios recuerdos.


Así como el mar va y viene, las sensaciones también se mueven, cambian, se agitan o se calman. Pero esas sensaciones no deben impedir que seamos capaces de disfrutar, de conocer, de sorprendernos, de celebrar, de mirar, de perdonar... los ideales hay que conservarlos como tales y lo mejor es reconocer pronto a la nostalgia como una traicionera compañera de viaje, capaz de colorear los blancos. Pero no es una traición dura, sino que es un ejercicio de realidad: nuestras imágenes siempre serán mucho más atractivas como tales que cuando las volvemos realidad. Los personajes y los espacios estarán ahí, pero todo será distinto.

Si asumimos esto como una condición inevitable, el viaje será mucho mejor y seremos capaces de disfrutar mucho más de cada momento. Igualmente, cuando seamos capaces de asumir el bamboleo sobre las olas, será mucho más llevadero el trayecto. La vida es un viaje que nunca acaba...

4 comentarios:

  1. Convertir la nostalgia en un arcón lleno de tesoros. Eso me gusta.

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  2. Anónimo13:56

    como siempre tienes razón hijo, todos hemos sido enamorados del mar desde siempre, quizás porque fué parte de nuestras vacaciones, de nuestros recuerdos.siempre en las vacaciones tiene que haber agua que mirar, de preferencia mar, ahora el lago, que aunque baje o suba es AGUA con sus reflejos y su paz.Tu dualidad de mundos hace que tengas visiones distintas sobre las mismas cosas y te hace mucho mas interesante en tus escritos y conclusiones. Pero tu raíz es ESTA y lo será siempre aunque estés lejos

    Mamá

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  3. Anónimo16:14

    Tomas, bien dicho!! Te confieso que es el mar lo que mas me atrae de Chile...el resto lo cambiaria, incluso que la octava region sea un pais independependiente. Para que tener un pais tan grande?, mejor pequenos paises y que se organizen bien. Finlandia, Suiza, son estupendos ejemplos. Para que mas?

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  4. Que foto más bonita la primera... ! Y sí, viva el MAR!

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