
Hace 10 años nos despertamos una mañana y el mundo cambiaba ante nuestros ojos. Recuerdo que por ese entonces me despertaba con la televisión. Vivía solo en Santiago, trabajaba principalmente en casa, había dejado de estudiar Ciencia Política y había comenzado el Máster en Historia.
Me desperté con las imágenes de la primera torre impactada por un avión. Paulina Nin, la presentadora del programa matinal que estaba puesto, comentaba que a ella no le parecía un accidente. Yo esperaba creer que solo fuese eso. Pocos minutos más tarde, el segundo avión chocó contra la otra torre y la teoría de la casualidad se esfumaba: estábamos viendo en vivo y en directo un atentado.
Todavía sin creer lo que veía, tuve que entrar a la ducha y salir corriendo al dentista. En la sala de espera, todo el mundo estaba hipnotizado por el televisor: apenas se oían los ruidos habituales. Entré rápidamente a mi consulta y volví a casa, mientras las torres cedían y dejaban de existir como símbolo de Nueva York. Me pasé el resto del día entre la TV e Internet.
Siempre quise conocer las Torres Gemelas. Me llamaban mucho la atención, así como siempre lo hizo Nueva York. Cuando finalmente pude ir, hace un par de años, era incapaz de dimensionar lo que había ocurrido. Mi breve paso por la zona cero, que además estaba en obras y completamente vallada, no fue procesado hasta tiempo después, cuando me di cuenta de que había estado a escasos metros del lugar de aquellas terribles imágenes, repetidas una y otra vez durante días, semanas, meses, años...
El mundo había cambiado. Guerras, invasiones, enfrentamientos, amenaza terrorista... el miedo dominaba el mundo. Podríamos decir que comenzaba un nuevo periodo bipolar, entre todos y el miedo. Miedo a distintas cosas: a Occidente, a Oriente, a Osama, a Bush, a los aviones, a los rascacielos, a los medios de comunicación. Todos temíamos a algo...
Fue ese 11 de septiembre cuando realmente comenzó el siglo XXI. Fue el punto de inflexión que rompió con la herencia del siglo XX y sentó las pautas de lo que tendríamos en los próximos años. Hoy, 10 años después, el mundo no ha cambiado mucho. Seguimos teniendo miedo, aunque ya no tenemos a Bush o a Osama. El miedo a Oriente y Occidente todavía sigue vigente en muchas personas y es fuente de conflictos permanentes. El miedo a la avaricia de los mercados y a la volátil estabilidad marcan las preferencias actuales. Pero siempre tenemos miedo a algo o a alguien. Parece ser la única forma de gobernarnos.
¿Dónde estaremos en 10 años? ¿Seguiremos teniendo miedo? ¿A qué?