Roma (Crónica de viaje - día 4)

viernes, 18 de febrero de 2011

El cuarto día en Roma comenzó en el autobús con dirección a la Piazza Navona. Aprovechando que era pronto y que todavía no llegaban las olas de turistas, disfrutamos de un café a orillas de la plaza y pudimos sacar unas cuantas fotos sin mucho público invadiendo la imagen.

De ahí, teníamos planeado callejear hasta llegar al Tevere, por la parte que bordea a El Vaticano, cruzar hasta el Castel Sant'Angelo, volver a pasar sobre el río y comenzar a bajar recorriendo las calles del centro de Roma. Cosas por ver había muchas, muchísimas, pero optamos por lo mismo de siempre: perderse caminando, elegir las calles por instinto y dar las vueltas que sea necesario para conocer a fondo la ciudad. Así nos movimos entre plazas, edificios, callejones y callejuelas.

Llegamos a Campo de Fiori, donde re-desayunamos: café y una tarta artesanal de pera y chocolate que estaba espectacular. Menos mal que todavía quedaba mucho día para caminar, porque tanto dulce había que bajarlo de alguna manera.

Seguimos andando para pasar por el Panteón, impresionante por dentro y por fuera; por Santa Maria sopra Minerva, la Piazza del Parlamento y volvimos a subir hacia el río para encontrar por fortuna un restaurante llamado "La Campana" donde decidimos entrar a comer (queda cerca de la via della Scrofa). Magnífica elección porque la comida estaba espectacular: la lasagna, casi tan perfecta como la de mi madre; unos ravioles con mantequilla y salvia para relamerse de gusto. Falló en el tiramisú que, pese a ser casero, estaba demasiado suave de mascarpone y con un exceso de chocolate amargo que disfrazaba todo lo demás. Pero una tarta de ricotta con frutas estaba buenísima.

Paseo después de comer para ayudar a la digestión, ahora con planes de ir hacia la otra orilla del río, la que separa el barrio judío del Ghetto del Trastevere. Agradable caminata y bonito panorama. El Ghetto, así como toda la ciudad, guarda rincones maravillosos para descansar, para disfrutar la vista y ver de cerca la vida cotidiana de la ciudad. Hay ahí, también, una mezcla de lo antiguo con lo nuevo, de tradición con vanguardia, de belleza y de fealdad que le dan una característica única.

Estuvimos en un sitio de cervezas artesanales que era una atracción por su diseño y por la oferta de bebidas que tenían. Lo curioso es que el público era tan variopinto como la variedad de "birre". Yo, que no soy fan de la cerveza, probé una de menta piperita y, si bien el sabor era curioso, no terminó de convencerme. Pero bueno, hay que probar algo distinto de vez en cuando.

Una vez que salimos de ahí, los pasos nos llevaron hacia el Trastevere, otra vez. Aprovechamos de pasear de nuevo por el barrio y cenar en el restaurante Ivo, que me había recomendado Pablo. La pizza no estaba nada mal, pero la masa fina y yo no somos grandes amigos. Creo que sólo nos toleramos. Así y todo, cuando me trajeron la copa de tiramisú de postre olvidé por completo la pizza y el mundo mejoró por un momento. ¡Vaya copón! Y estaba riquísimo. Lo recomiendo a ojos cerrados y a boca salivando... ¡cómo perro de Pavlov!

De ahí, otro breve paseo por el Trastevere y a casa, que nos esperaba un lunes madrugador para llegar a nuestra cita con los Museos Vaticanos. Y ya habíamos sumado otros 10 kilómetros a nuestros paseos romanos.

4 comentarios:

  1. Anónimo16:10

    Gracias por los méritos a mi lasagna.

    Tienes otro error en tu blog, perdere caminando no es lo mismo que perderse caminando.

    Te corrijo porque tu harías lo mismo conmigo.

    Que manera de comer tiramisú. No hay mas postres?????????

    Mamá

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  2. Anónimo16:12

    Linda chaqueta veo que les sacado el jugo.

    Gracias Andrés

    Mamá

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  3. Sí, linda chaqueta.

    Errata corregida.

    El tiramisú también estuvo acompañado de otra alternativa en algunas ocasiones: zuppa inglese.

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  4. Anónimo22:07

    Pero nunca tan buena como la que hace tu papa a su way

    Mama

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