Esclavos

jueves, 15 de julio de 2010

Cada día me impresiona más mi incapacidad de vivir alejado de los aparatos electrónicos. Si no es es mi fiel blackberry, es el Ipod o la cámara de fotos o el ordenador o la consola... ¡incluso en la cocina! Me paso el día enchufado a alguno de estos artilugios. ¿En qué momento me convertí en un electrodependiente? Lo peor es que, sin ser considerado una droga, es algo a lo que soy adicto. No puedo pasar el día sin mirar el correo, sin entrar en mi blog, sin escuchar música... por más que trato de pensar en una desconexión total, me es imposible ejecutarla.

No diré la de veces que he pensado en abandonar todos los juegos de Facebook, aquellos que me distraen mucho y que me entretienen, pero que también me quitan tiempo. El mismo tiempo del que me quejo carecer de forma continua. Es un bucle infinito...
Pero, a pesar de todo, sigo disfrutando de la simplicidad de un libro, de la sencillez de un paseo por la calle, de la maravilla de un momento compartido con alguien cercano. Pese a todos los avances y a toda la tecnología de la que disponemos, no hay nada que pueda reemplazar lo más básico, lo más humano: las emociones.
Lo importante, creo, es lograr un equilibrio entre ambas cosas, con todo lo que eso implica: sacrificios. Menos conexión virtual y más contacto directo. No es la primera vez que me quejo de lo fácil que resulta la interacción digital: nos abrimos más, derribamos muchas barreras, nos mostramos sin tanto recelo (no siempre, claro). Pero evitamos el cara a cara, mirar a los ojos de alguien y leer en ellos la información que nos falta; conocer los gestos, la postura, las sonrisas y obtener datos de todo ello.
Personalmente, muchas veces prefiero el correo electrónico al teléfono, sobre todo con la gente con la que no tengo confianza o a la que no conozco. Me resulta mucho más fácil. Y quienes me conocen saben que, pese a mi arraigada timidez, soy capaz de vencer mis propias barreras para socializar. Y también saben que, como coja confianza al teléfono, me puedo pasar unas cuantas horas hablando.
Que me desvío del tema. La dependencia "electrónica" es algo que se debería tener en cuenta como patológico o, al menos, alarmante. Quizás no sería mala idea, de vez en cuando, hacer el ejercicio de volver atrás. Tampoco hay que ir demasiado lejos. En nuestra infancia apenas teníamos videojuegos u ordenadores (por no decir que no existían) y cuando estudié en la universidad, el móvil era un lujo muy lejano. ¿Por qué nos cuesta tan poco acostumbrarnos a la comodidad? ¿En qué momento nos hicimos o nos hicieron esclavos? ¿En qué momento lo hice yo?
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(La foto es una viñeta de Eneko... lo último que quiero es apoderarme de sus derechos, que para eso son suyos)

2 comentarios:

  1. Anónimo20:13

    Tal como te contestaba en Face esos 3 días que pasé sin teléfono y si internet se me hicieron eternos, pero claro, me desconecto de tí y eso para mi es muy malo. Imaginate despues del terremoto 6 días sin agua, luz teléfono y en algunas casa sin gas, buscando algo en que hervir agua porque las teteras ya no existían, alumbrados por velas y solo con la ünica radio que trasmitía porque el dueño es Radio aficionado y pudo hacer una conección dados sus conocimientos del tema.Ahora el calor secaba el pelo, etc. etc. etc. pero ganamos en mucha vida social en el pasaje conversndo con vecinos que no conociamos etc. Asi que creo como tu que lo mejor es tener de las 2 cosas, la simple vida de campo y la conección a lo que sea necesario. (claro que comparado contigo yo soy casi antidiluviana)
    Contando días
    Con calculadora??????????no a manito pero contando
    faltan 15 14 13 12 11 10 etc.

    Mamá

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  2. Anónimo14:06

    Prueba, en serio, prueba un día a dejar la Blackberry en la mesilla de noche cuando salgas por la puerta...
    Otro día pruebas con otras cosas... Y sí, con adictivas, las tecnologías son adictivas y peligrosas y se estudian y tratan como drogadicciones.
    cosascorrientes.

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