El cine del fin de semana

lunes, 19 de julio de 2010

Este fin de semana tuve dos experiencias cinematográficas que me han dejado buen sabor de boca. Lo mejor es que lo han hecho por razones muy diferentes.

"London River" nos cuenta la historia del 7-J, el día de los atentados en el metro y en autobuses de Londres. Pero no nos cuenta la tragedia, sino que recurre a ella para introducirnos en dos disfuncionales relaciones de familia, envueltas en el desconocimiento, la ignorancia y el alejamiento.

Madre busca a hija, padre busca a hijo. Ella es inglesa de pura cepa y protestante. Él, africano musulmán. Ella le tiene miedo a casi todo lo que no sea inglés. Él no le teme a nada más que a su hijo desconocido. Y el actor que le interpreta, Sotigui Kouyaté, está magnífico en su papel.

"La vida privada de Pippa Lee" es un cuento, una fantasía tan real como la vida misma. La protagonista, casada con un editor 30 años mayor que ella, tiene una vida perfectamente calculada y construida para ser feliz. Pero no es así y asistimos a un repaso por su vida (o sus vidas, como en el título original) para entender las razones de su necesidad de cambiar.

La primera película es un drama intenso. No cae en la lágrima fácil, lo que se agradece. Se aproxima a la tragedia desde las desigualdades, los prejuicios, el desconocimiento y la esperanza continuada de recuperar el tiempo perdido, de volver atrás. Tiene tintes de humor de la mano de la inmejorable Brenda Blethyn y su larga lista de miedos.

La crítica entre quienes fueron conmigo fue su falta de profundidad en el drama o el no mojarse ante ninguna situación. Yo no puedo estar más en desacuerdo. Creo que es bastante medida y recatada, a la vez que deja entrever cada recoveco de la oscuridad que quiere transmitir, pero sin caer en la iluminación excesiva que no hubiese sido más que un regodeo miserable en el sufrimiento ajeno y una ristra de tópicos clichés demasiado vistos.

"Pippa Lee", por el contrario, es una comedia dulce y ácida. Tiene tintes dramáticos, sí, pero también huele mucho a parodia, a fantasía, a sueño, a saber reírse de uno mismo, con todos los dolores que eso pueda provocar. Las relaciones de madres e hijas, las parejas, las infidelidades, las apariencias, las necesidades y las propias pulsiones. Todo eso y más tiene cabida en una historia llena de sombras, de cosas no dichas.

Robin Wright está magnífica como protagonista y tiene a su lado un reparto de lujo: Alan Arkin, Keanu Reeves, Winona Ryder, Monica Belucci, Julianne Moore, Blake Lively, entre otros. La historia se basa en un libro de Rebecca Miller y es la misma autora la que ha querido llevarla a la pantalla.

Acabo de leer que hay quienes la califican de "demasiado literaria", pero no concuerdo con esa descripción. Sí tiene un pequeño problema de "ralentí" hacia el final; no obstante, está contada con vivacidad y resuelve con elegancia las transiciones espacio-temporales. Magníficos momentos de acidez (mis preferidos), y escenas capaces de desconcertar con inteligencia y sensibilidad.

Dos buenas experiencias en dos géneros distintos. ¡Qué gozada volver al cine de esta forma! Mención aparte tienen las dos cenas posteriores: hindú el sábado y más "local" el domingo. La compañía en ambas fue inmejorable, entretenida y plenamente agradable.

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