viernes, 11 de diciembre de 2009

¿Hasta dónde podremos resistir?

Para el sábado 12 a las 12 hay convocada en Madrid una manifestación, organizada por los sindicatos, bajo el lema "Que no se aprovechen de la crisis", aludiendo a las iniciativas de muchas empresas que están renovando plantillas, prescindiendo de trabajadores o, simplemente, utilizando contratos-basura con la excusa de que es la única forma de solventar la actual situación económica.
No soy entendido en el funcionamiento económico de la sociedad, pero una de las cosas que siempre hemos escuchado por parte de los expertos es que, para superar una crisis, se debe incentivar el consumo y fomentar la inversión. Si no hay un respaldo contractual en el trabajo, poco se está haciendo en ese sentido. Se habla de "abaratar los despidos", de ampliar las jornadas laborales, de buscar una situación intermedia de empleo/desempleo, donde las arcas fiscales pasarían a asumir parte de los ingresos de los trabajadores. La verdad es que no entiendo hacia dónde van esas iniciativas.
Si se abaratan los despidos, con lo que por consecuencia eufemística habría mayor movilidad laboral, lo que se provocará será un aumento progresivo del desempleo y la sobrecarga de trabajo para aquellos que mantengan sus contratos ante el "temor" de quedarse en la calle. Esto no es una idea paranoica, sino que una realidad salida de un estudio de la Facultad de Economía de la Universidad de Valencia, que dice que más del 55% de los empleados, trabajan bajo presión y temor a ser despedidos. ¿Funciona el sistema entonces? Pues no, hay algo que no está bien.
Cada día más me sorprende la precariedad de los contratos y, tal como escribí en un reportaje el año pasado, la poca importancia que se da hoy a la retención del talento y a la necesidad de potenciarlo. Hablamos de conciliación de la vida familiar y laboral, pero eso no es más que un mito político para llenarse la boca en temas de igualdad, familia y progreso. Hoy en día la única forma de conciliar ambas, sobre todo en esta situación de crisis, es ceder a las presiones de las empresas y aceptar las condiciones que pongan para mantener el empleo. Eso no es ético y menos debería ser legal.
Pero luego escuchas que todos los empresarios son personas buenas que intentan sacar el máximo partido a sus recursos. Todo estaría bien si "máximo partido" no significase explotación. Si no que alguien me explique por qué razón hay personas capaces de ofrecer un contrato temporal (dos semanas) para trabajar 8-9 horas diarias, pagando 300 euros brutos (a los que hay que restar un 15% de retención de impuestos, quedando 255 euros líquidos), es decir, alrededor de 3€ la hora laborable. ¿Eso es trabajo digno? Y luego nos horrorizamos por las fábricas en el sudeste asiático donde la gente puede cobrar (por decir algo) 30 dólares al mes. Obviamente las situaciones no son comparables y es una burrada lo que acabo de escribir, pero simplemente quería llegar a decir que las tendencias "esclavistas" no están tan lejos como se cree. Están a la vuelta de la esquina. Dentro de nuestras propias casas.
Alguien tiene que hacer algo. De momento, los trabajadores y los parados se manifestarán contra los empresarios. Pero debería entenderse también como un llamado de atención a las autoridades gubernamentales, a quienes se les está escapando entre los dedos su idea del Estado del Bienestar.

Chicago, el musical

Con el único antecedente de la película de Rob Marshall (2002) y una idea de la historia, me senté el miércoles en lo más alto (literalmente) del Teatro Coliseum de la Gran Vía madrileña a ver el musical "Chicago". Nada más comenzar, All that jazz, una canción que ha pasado a la historia de la mano de grandes voces como Ute Lemper, y una Natalia Millán (en la foto) impresionante en su rol de Velma Kelly, una cantante de cabaret que se convierte en asesina por traición y en heroína por defecto. Al poco andar, Roxy Hart (Marcela Paoli) se come el escenario y brilla con intensidad en un sobrio diseño que incorporaba a la orquesta como parte del espectáculo, pero que daba la impresión de ser demasiado estrecho y sencillo.
Geniales en sus papeles: Fedor de Pablos (Amos), Linda Mirabal (Mama) y G. Rauch (Mary Sunshine), tres grandiosos artistas con mucho talento. Flaquea Manuel Bandera como el abogado defensor sin escrúpulos, incluso desafinando una larga nota en la sesión en la que estuve, más aún cuando quienes te rodean son muy buenos en lo suyo. De todas formas, la suma sigue dando un resultado positivo.
Una historia entretenida, con momentos muy graciosos y que no se hace nada larga. Cerca de 2 horas y media de duración con un intermedio de 10 minutos, es más breve que otros musicales que he visto y está perfectamente estructurado para que el interés del público no decaiga.
Dicen por ahí que no tiene nada que envidiarle a las producciones de otras ciudades. Creo que todavía sí, algo de envidia puede tener Madrid hacia, por ejemplo, Nueva York (en Londres todavía no he visto musicales), pero como dije hace un tiempo, va por el buen camino. Quizás falta evitar "los nombres sonoros" y dejar que sea el talento desbordante de muchos "desconocidos" el que ocupe el sitio que le corresponde sobre las tablas.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Un mini-cuento: "Página 75"

“Las acciones del cuerpo son las explicaciones del alma”. Por al menos 4 segundos no fui capaz de soltar el aliento. Me atraganté con mi propia saliva, se me cayó el libro que tenía sujeto sólo con mi mano derecha, mientras la izquierda se apoyaba sobre mi muslo de forma casual. Era una postura que siempre me había parecido elegante, con cierto aire intelectual.

Intenté agacharme a recogerlo, pero no fue más que un vano intento: mi espalda presionaba con firmeza, recordándome que no habían pasado dos días desde que apagué las 46 velas en la tarta aquella que me obligué a comprar, simplemente para que no me repitieran lo amargado que me había vuelto. Una cara feliz en coloridas cremas y un gusto amargo que llegaba hasta la boca de mi estómago. Odiaba las tartas, los cumpleaños y las caras felices.

Traté otra vez de recogerlo y esta vez mi musculatura cedió a las presiones. Le quité el polvo acumulado en la mugrienta moqueta, un par de pelusillas rebeldes que rápidamente se pegaron a mis pantalones de lana, y me dispuse a continuar la lectura. No podía. Mis ojos no se despegaban de aquella frase: “Las acciones del cuerpo son las explicaciones del alma”. Malditos libros de sicología y autoayuda. Jamás había encontrado nada en ellos y ahora me daban en toda la cara, con un golpe seco, doloroso.

No, no quiero pensar que lo que hice tuvo sentido o que significa que sentí algo. No, lo hice por hacerlo, porque no estaba en mi centro, porque fui obligado. No, seducido. Eso es, me sedujo y caí. Había bebido de más, me había fumado un porro de marihuana y mi cabeza iba a una velocidad distinta. Siempre me ocurría lo mismo. Incluso vomité a los dos minutos de echar a andar, porque mis pasos y los suyos iban descompensados, provocándome un inexplicable mareo. El libro se me volvió a caer de las manos. La mujer sentada a mi lado miró de reojo, haciendo un gesto desagradable y cruzando la pierna hacia el lado contrario de mi asiento, dejando claro que no quería hablarme. Al menos en algo coincidíamos. Recogí el libro, otra vez en medio de una punzada aguda de dolor, pero algo más acostumbrado al movimiento.

Maldita página 75. Cogí el libro en la misma página. Al menos si accidentalmente se hubiese pasado, quizás hubiese continuado como si nada. Quizás hubiese sido capaz de engañarme sin más. ¿A quién engaño? La puta frase no se irá de mi memoria. “Las acciones del cuerpo son las explicaciones del alma”. Pero, ¿qué tengo que explicar? Mi pregunta resuena en mi cabeza, se agranda, la inunda.

Respiraba agitadamente, con bocanadas entrecortadas de aire caliente. Notaba como subía la temperatura de mis brazos, de mi cuello, mientras un frío antártico se me colaba por medio de las vértebras. Solté un gemido. Nada. Nadie. Sólo el culo de la mujer de al lado que cada vez parecía más grande.

Me solté un poco la corbata, miré hacia arriba como hacía siempre que quería encontrar una respuesta, claro que esta vez no tuve éxito. Sólo tenía al libro, una imprudente cita y una pregunta que me acosaba sin descanso. Me levanté sin hacer demasiado ruido y con mis cosas recogidas de antemano, para no dar posibilidad a nadie de reaccionar. Salí a la calle, tiré el libro a la basura, dejé mi abrigo en el respaldo de un viejo banco de madera y nunca volví.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Revolución en Internet

Llevamos mucho tiempo escuchando cosas sobre las redes P2P y el intercambio de archivos en Internet, que violan la propiedad intelectual y los derechos de sus creadores. Ahora, la idea que se baraja oficialmente en algunos países europeos sobre restringir o cortar el acceso a la Web no sólo de los responsables de ofrecer los archivos, sino de quienes hagan uso de ellos, comienza a echar su sombra sobre España y ha provocado una crisis muy profunda en el propio Gobierno, además que ha levantado una nube de polvo entre los usuarios que no pasará en un buen tiempo.

No estoy muy puesto en el tema ni me he informado mucho (no he tenido el tiempo necesario) y la verdad es que es un asunto que me crispa tanto el ánimo que prefiero evitarlo. Por un lado me parece una bestial forma de censura el que se piense cerrar o restringir el acceso a un blog, el mismo que puede tener el "secuestro" de una publicación o el corte de un programa de televisión. Por otro, un esfuerzo inútil en una lucha contra una aventajada tecnología que siempre ofrecerá alternativas a la legalidad.
La solución al problema no es otra que dejar de engañar a la gente, a los usuarios que mantenemos con esfuerzo a toda la bien llamada industria del entretenimiento y que se lucra excesivamente de nosotros. La cultura y lo que la rodea (seamos honestos, no todo es CULTURA) es cara, tiene una carga impositiva absurda y unos precios que, en ocasiones, llegan a las nubes. No pueden pretender que una persona que cobra mil euros al mes pueda gastarse 100 o 200 euros mensuales en música, cine, DVD o espectáculos en vivo.
Actualmente, el precio medio de un CD ronda los 15-16 euros. Si calculamos que cada semana salen más de veinte o treinta, ya los resultados no cuadran. Lo mismo con el cine, que ronda los 7 euros por sesión, cuando muchas de las veces las películas son un bodrio. Y para qué decir de algunos conciertos que superan los 40, los 80 y los 100 euros con facilidad, por no mencionar el precio de los musicales, del teatro y de la ópera. ¿Cómo es posible que se mantenga una "industria" así en tiempos de crisis? Yo lo veo difícil. Pero en vez de rebajar precios y pensar en el consumidor, lo que han decidido es ir en su contra, joderlo todavía más.
Absurdas resultan las medidas de la SGAE (la sangrante sociedad general de autores) de cobrar "extras" en bodas, fiestas, bares y restaurantes por tener la radio puesta o por usar música por la cual ya ha pagado el consumidor. Diabólicas me parecen las sanciones a algunos usuarios que han puesto archivos en las redes P2P para compartir, que superan los miles de euros. Nefastas me parecen las intenciones de restringir o cortar el acceso a Internet.
Lamentablemente, estamos ante un grupo cada vez mayor de incapaces corporativistas, que sólo buscan el lucro personal y no piensan en la manoseada cultura de una forma distinta al negocio. Reprochable es la gestión del Gobierno en esta materia, porque supuestamente se han retractado de sus intentonas de censura, pero de una forma tan poco clara, que espero no sorprenda a nadie en los próximos meses, cuando calmadas las aguas, vuelva a la carga con sus propuestas, tras la presión económica y política de los interesados.

Actualización de blog de cine

3 nuevas películas llegan al blog "Soy un espectador": "Jennifer's body", "Mi vida en ruinas" y "Un lugar donde quedarse", la última cinta de Sam Mendes. ¡Vaya día más productivo!
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