
En la vida pesan las diferencias, cuando una de las bases de todas las filosofías, religiones o pensamientos es la individualidad del ser humano. Entonces, ¿por qué pesan esas diferencias como si fuesen un castigo?
Se es diferente por muchas razones: por gustos, por pensamientos, por el físico, por el intelecto, por vocación o por necesidad. Da igual el motivo y me parece un poco ridículo buscar el origen de esas diferencias, cuando lo que importa no es de donde vienen sino cómo enfrentarlas y hacia dónde nos llevan.
Pero el ser humano es muchas veces cruel y condena al diferente por serlo: lo lapida, lo apunta, lo tortura, lo persigue, lo acosa, lo intimida. Y eso es uno de los dolores más intensos que una persona -sobre todo un niño- puede sentir: el no sentirse aceptado, el sentirse diferente.
Ayer hablábamos de que los niños, siendo muy pequeños, saben y conocen sus diferencias; se sienten distintos y están felices con su individualidad. Hasta que un día alguien se los hace notar y comienza el acoso: si llevas gafas, si eres gordo, si eres más alto o más delgado, si eres marica, si eres "negro" o "chino" o "moro", si hablas raro, si tienes dientes grandes... la lista es interminable.
Los motivos de la persecución son miles, pero los efectos de ella son generalmente el mismo: la alienación del resto, la pérdida de la autoconfianza y la autoestima, problemas en las relaciones con los demás, ansiedad, depresión y muchas otras cosas. Y todo esto ocurre en una edad en la que se es mucho menos resistente a tanta presión, cuando todavía no tienes las herramientas necesarias para enfrentarte al mundo.
La semana pasada leía una hermosa carta de una madre en el New York Times que hacía alusión a un artículo publicado recientemente en ese periódico sobre la homosexualidad en niños y adolescentes, donde explicaba precisamente esto: si ya la adolescencia es de por sí una etapa complicada para la gente "normal", imagínate lo que es para un niño o una niña homosexuales que viven escondidos, torturados y torturándose por ser distintos, que no tienen a quién recurrir para contarle sus historias amorosas o sus pulsiones sexuales. Eso sí que debe ser una tortura. Y la madre hacía un llamado a todas las demás madres y padres para que no hicieran caso omiso de ese llamado y se sobrepusieran a sus propias limitaciones o creencias, porque sus hijos eran mucho más importantes que cualquier teoría, filosofía, religión o tendencia.
Si realmente fuese así creo que la sociedad estaría algo menos enferma, sería menos problemática, más tolerante, más abierta y más cómoda.
Y porque la respuesta no está en el origen de las cosas, sino en la forma de enfrentarlas, me parece que el ejemplo de esta madre debe servir de guía a muchas personas no sólo en cuanto a la paternidad, sino en cuanto a las relaciones sociales en general, a las ideologías, a los intereses particulares y a todo aquello que nos hace diferentes.