viernes, 29 de mayo de 2009

Horrorizado

Con infinita impresión leímos esta semana en la publicación de la Conferencia Episcopal las siguientes perlas:

"La cuestión es: reducido el sexo a simple entretenimiento, ¿qué sentido tiene mantener la violación en el Código Penal? ¿No debería equipararse a otras formas de agresión, como si, por ejemplo, obligáramos a alguien a divertirse durante algunos minutos? ¿Por qué tanta disparidad en las condenas?"

Y otra:

"Ése es el ambiente cultural en el que vivimos, y, sin embargo, la inmensa mayoría de españoles consideraría una aberración que se sacara la violación del Código Penal, aunque, a sólo cien metros, uno tuviera una farmacia donde comprar, sin receta, la pastillita que convierte las relaciones sexuales en simples actos para el gozo y el disfrute".

Me parece muy bien que la Iglesia y quienes la representan, opinen respecto a lo que ellos consideran correcto o no, adecuado o no, pecado o no. Pero llegar a tales aberraciones, donde aunque sea de forma metafórica se compare la violación con quitarle trabas a la venta de la píldora del día después o al aborto, creo que es pasarse bastante más allá en aras de unas convicciones que muchos en la sociedad no comparten.

Además, reducir el sexo a un simple acto de esparcimiento ("Cuando se banaliza el sexo, se disocia de la procreación y se desvincula del matrimonio, deja de tener sentido la consideración de la violación como delito penal") y se pone como una mera obligación marital, creo que hablamos en contra de la naturaleza.

Una cosa es que, perdonando la expresión, la gente folle libremente por las calles y otra es que cada uno haga con su cuerpo lo que quiera en su ámbito privado. Porque para muchos, el sexo no es sólo una actividad reproductiva, sino una forma de expresar el amor, la intimidad, de satisfacción y otros tantos calificativos absolutamente válidos.

Sí me parece positivo que exista una tendencia a remarcar la necesidad de un sexo seguro y responsable, ya no sólo por el riesgo de embarazos no deseados, sino por los contagios y enfermedades que tanto conocemos y que, pese a todo el trabajo realizado, continúan extendiéndose en una proporción muy preocupante. Y en ese sentido, a las actuales medidas del Gobierno les falta el componente educativo que es tan necesario.

La píldora del día después no debe ser considerada la panacea de las relaciones sexuales esporádicas e irresponsables, sino que debe ser asumida como una vía alternativa ante una situación complicada que requiere ser asumida con respeto, cuidado y madurez.

Tal como discutíamos ayer, el problema de raíz está en la educación de nuestros jóvenes y de nuestros niños -y porqué no decirlo que también en la de muchos adultos- donde se asuma que hay ciertos conceptos o restricciones que no afectan a todo el mundo y que la realidad va mucho más allá. La Iglesia, para muchos, es una voz desgastada, sin credibilidad o razón. Pero en vez de integrar a esas personas, las condena, las señala, las apunta, las degrada. Y no me cansaré de decir que éste es uno de los grandes errores actuales de la institución.

No recuerdo el nombre del autor de este artículo -y la verdad es que tampoco me parece relevante-, pero simplemente debo decir que su escrito me ha parecido desafortunado, erróneo y aberrante. Tal como dice usted, no pretende frivolizar el concepto de violación. Y ahí ha acertado, porque lo que ha frivolizado es el concepto de persona, de individuo, de ser humano. Y el concepto de víctima de una violación y el concepto de libertad de pensamiento.

Con medidas como ésta no se deshumaniza la sexualidad, pero con palabras como las suyas, nos ha deshumanizado un poco a todos, poniéndonos a la altura de unos animales en celo. Creo que no todos somos iguales y, sobre todo, todos podemos cometer muchos errores. No soy partidario del aborto y difiero de algunas expresiones "ministeriales" de las últimas semanas, pero eso no me da la autoridad para sentenciar, apuntar y "tirar la primera piedra". ¿Acaso no ha aprendido nada del ejemplo?
¿Nunca se ha equivocado? ¿Nunca ha querido volver atrás, arrepentido?

Marcas - Sesión 31 del taller literario

Resulta imborrable aquello que nos ha llegado al corazón”, leí al final de la página. Asentí sin palabras y cerré el libro que me habían dejado. Inevitablemente mi imaginación comenzó a volar.

Vi a un niño reír, a una madre llorar, a un padre haciendo caricias, a un hermano listo para jugar, a una hermana ignorando a su familia. Vi a dos abuelos distantes y fríos, y a una abuela cálida y generosa. Vi un piano, una gran casa, un infinito parque para jugar. Vi muchos árboles, una enorme piscina, un lago y un mar. Una playa de arena negra y un torrente de agua muy fría. Vi decenas de niños, vi amigos y enemigos, vi amor y distancia, vi lágrimas, pero también muchas, muchas risas. Vi bodas y funerales, bautizos y despedidas, celebraciones y fracasos. Vi un abrazo cálido y un desprecio tibio. Vi mucha música y, afortunadamente, poco silencio. Vi gente bailar, vacas pastar y tomates crecer en su rama. Vi cerezos en flor y árboles caídos. Vi tormentas y soles, lunas y nubes de algodón. Vi mullidos sofás y acogedoras alfombras bajo la chimenea. Vi noches de frío intenso y tardes de calor. Te vi a ti, a ti y a ti. Os vi a todos. Me vi a mí. Vi las marcas de cada uno de vosotros y las marcas de los que no están. Vi el mapa de mis triunfos y de mis errores, y el trazado de mis daños. También vi el conjunto de mis buenas acciones, porque tan malo no he sido en la vida. Vi mis ojos, mis manos y mi corazón y comprendí que realmente es imposible borrar todo aquello que es importante y que nos ha llegado profundamente, así como algunas cosas que consideramos intrascendentes, también se han perfilado en nuestro recuerdo.

Volví a abrir el libro donde lo había dejado, cogí el aire que me faltaba para continuar y seguí dibujándome las marcas que habré de mirarme antes de morir.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Encontré mi media naranja...

No podía dejar de poner esta foto (pese a que tiene ya unos cuantos años). Y es que ha aparecido en distintos momentos de mi vida y siempre me hace reír. No puedo evitarlo. Soy así de simple.

Es que la ideao me parece genial y cuando la gente espera encontrarse otra cosa, no ves más que esta horrorosa "media naranja" y, casi todos, luego de meditarlo un rato, se dan cuenta del concepto oculto.

Gracias "media naranja" por hacerme reír una vez más en medio de mis estudios, tan poco graciosos. Sobre todo porque hoy me centré en la historia contemporánea desde la Segunda Guerra Mundial en adelante y, la verdad, es que el panorama no era de lo más jocoso.

Mañana me pondré con el repaso de las democracias modernas para Introducción a la Ciencia Política y releeré mis anotaciones de historia, para dejar el viernes unos escasos minutos a matemáticas y a la última revisión total para el sábado. Después de eso, me sentiré libre, pese a que el lunes me tengo que poner de cabeza a trabajar.

Recostada - 30ª Sesión del Taller Literario

El tema de la semana: "Un momento de gozo"...

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“Yo prefiero estar algo recostada”, dijo ella casi susurrando, mirándole hacia arriba con unos ojos brillantes y temblorosos. Se le notaba inexperta, pero eso siempre le provocaba a él más morbo. Le gustaban los territorios inexplorados y llevar sus dedos hacia lugares insospechados.

“Así está bien”, dijo él con su voz grave y profunda. Ella, simplemente asintió, mientras se acomodaba en su nueva postura. Él, más satisfecho, sonrió y también ajustó su cuerpo al de la joven. Se acercó a ella, mirándole de cerca, a escasos centímetros. La tocaba delicadamente, mientras ella acompasaba su respiración entrecortada a las caricias que el hombre le hacía. Sin esperarlo, a los pocos segundos conformaban un armonioso conjunto de suspiros y movimientos de pecho. El de ella, subía y bajaba tímidamente, mientras el de él, amplio y poderoso, parecía que fuese a reventar en una tormenta.

Él no dejaba de mirarla, de tocarla. Ella, al principio muy tensa, se iba relajando y las manos cruzadas habían abandonado su regazo, para situarse detrás de la nuca. No podía creer que esa chica se hubiese entregado tan fácilmente. Se ve que a sus casi 50 años, todavía resulta confortable estar con él.

Los roces se volvieron más naturales, menos pensados. La tensión había desaparecido por completo y cada uno se dejó hacer. Él sentía la boca húmeda de la chica, sus labios suaves, y aunque a veces le hacía daño con los dientes –pese a un par de advertencias-, el resultado fue más que satisfactorio. Le gustaba a él llevar la iniciativa, no dar tregua a segundas interpretaciones. Las cosas se hacían como él quería, por algo era el que más experiencia aportaba. Ella, se dejó llevar, ignorando sus miedos iniciales.

Nunca la había tocado un hombre cercano a los cincuenta y tampoco pensó ella nunca que resultaría tan cómodo, tan natural, tan agradable. Incluso, en alguno de sus movimientos, su mano había acariciado el cuerpo de él, y ella se sonrojaba. Había cosas que era imposible evitar o superar, al menos no tan rápido.

Su cuerpo se estremeció por completo y de entre sus labios se escapó un lánguido ¡ay! ¿Te he hecho daño?, preguntó él, separándose un poco. Lo miraban dos ojitos pequeños, entrecerrados, mientras una lágrima rodaba por la mejilla de ella. “Lo siento”, a veces no me doy cuenta y me dejo llevar. Ella no fue capaz de asentir, ni siquiera de sonreír. El dolor y el miedo le comenzaban a recorrer el cuerpo. Él, dándose cuenta, intentó tranquilizarla. Le cogió la rodilla derecha, dándole calor y le pedía que aguantase, que se quedase, que no le dejase así, a medias.

Ella sólo pensaba en salir corriendo de ahí, en coger sus cosas, abrir la puerta y volar escaleras abajo. Ya buscaría un lugar cómodo para recomponerse, terminar de arreglarse. Él se lo impedía o, más bien, se lo pedía. Había algo en ese hombre que la hacía sentirse confiada. Finalmente, ante sus ruegos y las propias necesidades despiertas, se quedó. Volvió a acomodarse en la posición que tanto le gustaba, pero sin poner los brazos detrás de la nuca, sino que los dejó en los costados de sus caderas, como sirviéndole de apoyo.

El hombre volvió a la carga, pero con mayor delicadeza que antes. Sabía que, al próximo error, la perdería irremediablemente. Se acercó con algo más de timidez, pero igualmente no podía evitar transmitirle todo su calor a través del contacto de los cuerpos. Ella lo notaba, pero le resultaba agradable. Creyó que le recordaba el regazo de su madre o el abrazo de su padre. Claro que no era el momento para echar la mente a volar y volver a la casa familiar. Ahora estaba ahí, recostada y algo indefensa ante un hombre que pasaba con creces el doble de su edad.

Se sentía un poco inútil. Ella estaba allí, sin hacer mucho, dejando toda la carga sobre el hombre, pero creyó que era necesario así. Él, intentaba integrarla en el juego, hacer que participase más. Le daba algunas instrucciones que ella asumía obedientemente, pero muchas veces el corregía con algún gesto los errores cometidos. No sabía muy bien que hacer. Trataba de concentrarse, pero su cabeza viajaba sin parar. Quería estar allí del todo, pero no era capaz.

Algunas veces le volvió a doler, pero se debía a sí misma una recompensa. Habían sido meses muy duros y ella lo había pasado mal. La verdad es que le costó decidirse a buscar a alguien que pudiese llenarla, pero cuando lo vio, supo que era el indicado: lo suficientemente paternal como para protegerla y lo bastante atractivo como para que no le resultase una mala experiencia.

Cuando el hombre estaba por acabar, ella comenzó a sentir un hormigueo profundo, algo que quiso describir como de euforia, pero acompañada de una sensación de relajo, de paz. La verdad es que para ella todo fue mucho más rápido de lo que pensaba. Se sentía un poco traicionada, porque después de tanta espera y tantas expectativas, sentía que el tiempo había volado y que ella necesitaba más atención.

Él se levantó rápidamente y se fue al baño. No era lo más romántico. Ella esperaba algo más de ternura, quizás una conversación cálida y cercana, algún gesto especial ante el dolor que le había provocado. Se sintió usada y su sensación de hormigueo desapareció por completo y el relajo, aunque había estado ahí, también se fue. Ella se levantó, recogió sus cosas y cuando él volvió y la vio cerca de la puerta, le dijo: “No te vayas… antes pídele hora a mi secretaria para sacarte la otra muela el próximo lunes”.
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