Sí, ya sé que se trata de un libro publicado en los años 70. Pero es que luego nos impresionamos al ver las noticias del día: un hombre que mata a su mujer, otro que la golpea, que si las desigualdades salariales, que si las oportunidades, que si la violación o ablación, y una larga lista de situaciones que no hacen más que regodearse en ese abismo que parece separar a ambos géneros.
Pero no me quedo sólo con la posición secundaria de las niñas: que si cocinan para sus hombres o necesitan de ellos para que les arreglen cosas o si nacen para ser primeras damas (que se lo digan a Angela Merkell o a Michelle Bachelet). Es que la imagen del niño no tiene desperdicio: es el que arregla, el que inventa, el que dirige y el que tiene que "ser alimentado", es decir, un pelele que por más listo que sea, no es capaz ni de freír un huevo. No tengo nada claro quien, según estos dibujos, es el que gana la batalla de los sexos.
Y como no puede ser de otra forma, esto me recuerda algo que me comentó una amiga respecto a la fiesta de Navidad de su empresa, donde había ciertos señores que, indignados, reclamaban que de quien había sido la idea de regalarles a los niños varones, juegos relacionados con la cocina. Que eso era aberrante (no sé si eran las palabras, pero me imagino que en su mente sonaba así) y que era cosa de "niñas". A ver si ellos tendrían los huevos (perdonando la expresión) de decirle eso a la cara a Arguiñano, Ferrán Adriá, José Andrés o Sergi Arola.
Si la educación no cambia y dejamos de ver estupideces como estas imágenes, que para hacer más grave la situación, formaban parte de un libro para pequeños en los años 70, es decir, en la década en la que nacimos los que hoy estamos en edad de formar una familia y ser padres (según las convenciones sociales, no según las convicciones particulares). Queridos coetáneos, estamos en peligro inminente de volver a cometer el mismo error o darles a las nuevas generaciones un mejor futuro. Quitemos las etiquetas, los roles y dejemos que cada uno de nuestros niños crezcan sin prejuicios ni limitaciones absurdas. Simplemente que sean felices, que sepan respetar y respetarse; y, sobre todo, amar y amarse.