sábado, 17 de enero de 2009

"Milk" (2008)

La última película de Gus Van Sant, vuelve a tocar el tema de la homosexualidad desde el frente, desde las armas, centrándose en la vida de Harvey Milk, el primer supervisor abiertamente gay en California, que fue elegido por votación popular casi a finales de los años setenta, para ser asesinado poco más tarde por otro miembro del San Francisco Board of Supervisors, quien también mató al propio alcalde de la ciudad.

Con una trama conocida y un final anticipado por el propio personaje, lo que queda es hacer un viaje desde el nacimiento de un líder político, de un hombre que se ganó su lugar en la historia política de Estados Unidos por su carisma y su entrega a las causas por las cuales luchaba. Y Van Sant sabe como hacerlo.

"Milk" recurre con éxito y maestría a la mezcla de imágenes de archivo con las del rodaje, dando una idea general del ambiente en Estados Unidos, de los primeros y tímidos pasos del movimiento homosexual por hacerse un lugar en la sociedad civil, y del duro enfrentamiento con los poderes establecidos. Este toque de "realismo" favorece al desarrollo de la historia, teniendo como hilo conductor el testamento grabado que dejó el activista, antes de morir.

Junto con la carrera política de Milk, que conoció varias veces la derrota antes de conquistar a los habitantes de San Francisco, se desarrolla también la historia de un país, de una época, de un movimiento social, de una liberación, de la necesidad de reconocimiento y respeto a los demás. Si bien en este caso la motivación es clara, también se puede extrapolar la iniciativa de éste activista a todas las luchas de minorías que aún no consiguen alcanzar el lugar que merecen en la sociedad.

Sean Penn, es el protagonista de esta historia y, casi como siempre, su interpretación es fabulosa. Sin caer en la caricatura, es capaz de dotar al personaje de movimientos y expresiones que no le son propias, pero que sí pueden ser fácilmente identificables para el gran público. Del resto del reparto, suenan los nombres del cada vez más efectivo Josh Brolin, en el rol del asesino; Victor Garber (alcalde); James Franco y Diego Luna, como las dos parejas significativas en la vida de Milk; y Emile Hirsch (Speed Racer), casi irreconocible tras unas gafas muy de la época.

El resultado no es todo lo lacrimógeno que podría esperarse, pero eso no quiere decir que la película no tenga humanidad. Simplemente, Van Sant ha sabido emocionar y contar una historia, dejando de lado el activismo y la alegoría sin fondo. No pretende ahondar en la intimidad del personaje, explotando su tendencia sexual, sino que se centra en la vida pública, en la política y en la caída de una personalidad dispuesta a conseguir un mundo mejor no sólo para sí mismo, sino que para todos. Y es ahí donde se encuentra su principal fortaleza.

jueves, 15 de enero de 2009

La llamada del verdugo - Sesión 13 Taller Literario

Es la guerra total. Pese al entrenamiento diario, a los esfuerzos por superarse, al arduo trabajo y a la amplia experiencia, nunca estamos preparados para esto. No sabes muy bien porqué estás ahí ni que haces entre esta gente desconocida, todos en fila, esperando algo que no tenemos del todo claro qué es, aún cuando sabemos que el precio de conseguirlo es muy alto. No importa –nos decimos en voz baja-, cuando decides unirte a la lucha ya no hay vuelta atrás y te entregas con toda el alma.

Como si flotases sobre ti, ves la imagen de lo que ocurre y te dices: ésta será la última vez. Lo repites una y otra vez, como un mantra, buscando templar los nervios.

Observas con recelo al hombre, cuchillo en mano, disfrutando su papel de verdugo. Pese al disfraz que lleva puesto, que alguna vez vio mejores tiempos y hoy está desgastado, te das cuenta que se enorgullece de cumplir con su misión. Uno a uno van cayendo, mientras tú, esclavo de las circunstancias, observas a la distancia. La carne sangrienta ya no te da asco, has perdido la sensibilidad y el respeto por la vida de los demás. ¿Cómo llegamos aquí?

Quedan sólo 3 personas delante. Es el momento de ponerse religioso. Te encomiendas a Dios y a los santos que hagan falta. Rezas en silencio para que, al llegar tu turno, no sea una experiencia dolorosa. Sientes la responsabilidad sobre tus hombros y el saber que tras de ti hay más que seguirán el mismo destino. Aún así, cada quien ocupa su lugar con un matiz de orgullo, sabiendo que si están ahí es porque han conseguido lo que querían, han cumplido su objetivo. Pero es hora de aceptar las consecuencias.

¿Por qué una mujer como ella, que apenas puede sostenerse en pie, llega a una situación así? ¿Qué la ha llevado a la misma aventura en la que tú, hombre fuerte y lleno de vida, te has metido?

Ha llegado tu hora. Tus piernas tiemblan ante el destino inminente. Ya no hay vuelta atrás. Adelantas dos pasos ante la llamada del verdugo, que balbucea algo tras el filo de un enorme garfio. Miras de reojo a los que están detrás de ti, con una mezcla de entrega y ansiedad. “Me pone un cuarto de jamón”, dices nervioso.

Haikus sueltos - Sesión 13 Taller Literario

Ruido de caudal,
Oigo a mi corazón
Decir tu nombre.


Árbol que cae
Viejo, cansado, roto.
Como mi amor.


Amaneciendo
Cada día sobre ti,
Anocheciendo.


Sol de enero,
Quemando el lado sur
Lejos del norte.


Al atardecer,
Mis ojos lloran ríos
Viéndote partir.


Ve al alto sol
Cantando tus penurias.
Calla al llegar.


Árbol mustio.
En sus ramas se posa
Un viento frío.


La noche negra
Esconde la belleza
De verte reír


La alta cumbre
Me recuerda lo bajo
Que puedo caer


Siete colinas
Nos rodean atentas
Al primer beso


Siembra la tierra
De canciones de amor.
Nace tu fruto.

El espejo - Sesión 13 Taller Literario

Mientras leo estas líneas, el mundo se desmorona sobre sí mismo. Las heridas, casi curadas, se vuelven a abrir en torrentes para esparcirse sobre mis pies. Tus palabras me hacen pensar que la vida nunca ha tenido sentido. Me quedo con la última frase de la despedida: “cada mañana recordaré que algún día fui feliz contigo”. Para mí no será posible. Ahora no me siento con fuerzas para hacerlo. Quizás en el futuro, quien sabe, lo lograré. Tengo la carta aún entre mis manos, mientras me miro al espejo.

Mientras al espejo me miro, entre mis manos aún la carta tengo. Lo lograré, quien sabe, quizás en el futuro. Para hacerlo, con fuerzas no me siento ahora. Posible no será para mí. De la despedida, con la última frase me quedo: “Cada mañana recordaré que algún día fui feliz contigo”. Que nunca ha tenido sentido la vida, me hacen pensar tus palabras. Sobre mis pies, para esparcirse, en torrentes se vuelven a abrir las casi curadas heridas. Sobre sí mismo se desmorona el mundo mientras leo estas líneas.

De la telebasura a la telemierda

Estoy impactado con las novedades televisivas. Esta última semana ha habido una lluvia de anuncios y desaciertos que no dejan de sorprenderme. Lo primero, la caída de Telecinco -cadena líder por mucho tiempo-, fagocitándose a sí misma con el desgaste de programas y rostros. Nunca podremos entender el porqué de una cuesta abajo que, de momento, parece no tener solución. Claro que si miramos con un poco de cuidado, al menos tendremos algunas pistas.

Ayer, por primera vez, me mantuve algo así como 5 ó 10 minutos viendo "El juego de tu vida", creo que el programa más asqueroso e infumable que se ha presentado en pantalla. Para quienes no saben de qué se trata, lo explico: una persona debe responder a una serie de preguntas -que previamente ha contestado entre unas 200- relacionadas con las áreas más íntimas y escabrosas de su vida. Así vemos cuestionamientos de corte sexual, de adulterios, de vínculos con los padres-hijos-maridos-esposas, que invitan al participante a continuar o le persuaden para retirarse. Y todo eso para llevarse 100 mil euros.

Pero no se queda sólo ahí, ya que en un lugar destacado del público, están los familiares o parejas de quienes se someten al interrogatorio, para que sea una suerte de macabro cara a cara. Debo reconocer que, asqueado, apagué el programa a los pocos minutos, preguntándome la real necesidad de, en primer lugar, participar en este juego; y, en segundo, invitar al público masivo a verlo. Por lo visto, mucha gente no piensa igual que yo, porque "El juego de tu vida" tiene una audiencia nada despreciable, a pesar de su tardía franja horaria.

No contentos con este absurdo, ahora pretenden lanzar (o relanzar) un programa en el cual la gente podrá solicitar pruebas de paternidad que se harán públicamente, para aclarar las dudas de quienes participen sobre si su ADN corresponde o no con su historial familiar. Y me pregunto: ¿es neceario hacerlo ante desconocidos? Si alguien tiene inquietudes al respecto, ¿por qué no lo solucionan en el ámbito privado?

Ante el panorama que se viene, creo que la telerrealidad, al menos la inicial, no era más que un juego de niños. Programas como "Gran Hermano" o "Supervivientes" o "La Isla de los Famosos", podrían contar con el sello Disney al lado de lo que se propone en la parrilla televisiva para los próximos meses. Además, ya se están viendo otras producciones más terroríficas, más sangrientas y cada vez más crudas. ¿Realmente el público quiere tanto circo?

No dejo de esperar programas interesantes, amenos, gratificantes y para un amplio público. Creo que una buena parte de la población también lo espera. Pero somos esclavos de las mediciones de audiencia y de la publicidad, quizás los peores enemigos de la televisión de calidad, que sólo recurren a mínimas porciones del mercado para elevar a un producto a las alturas o condenarlo al sacrificio. Nada más alejado de la satisfacción de haber disfrutado de un buen momento frente a la pequeña pantalla.

Hace un tiempo hablé de que la televisión iba por buen camino. No dejo de recomendar algunas magníficas series y telefilmes, pero aún queda toda una parte de la parrilla programática que está descuidada y en total abandono. Las mañanas están llenas de infumables bodrios, salvo contadas excepciones; y, las tardes, no son más que un batiburrillo de programas pseudoperiodísticos del corazón sin ningún tipo de vergüenza, además de culebrones y otros concursos tan tristes como "Mujeres, hombres y viceversa" o el fallido intento de versionar el éxito argentino de "La Lola".

Nos gustaría ver que las productoras externas y los gerentes de programación hagan funcionar sus neuronas más allá de la fórmula culo-caca-pis y de la telemierda, la peor cara de la televisión actual.

martes, 13 de enero de 2009

Cuento sin nombre - Sesión 12 Taller Literario (Tema: Amor y miedo)

Matilde caminaba sola sintiendo las piedras húmedas bajo sus pies desnudos. Tenía frío, aunque el sol del atardecer aún podía calentar su descolorido pelo.

Hace más de 50 años que había conocido a Edgardo, aquel hombre de mirada verde y rostro sincero, que la había enamorado nada más con decirle buenas noches. Pero ella no era presa fácil y, aunque el amor ya le provocaba temblores en las tripas, no se dejó convencer tan fácilmente.

Se conocieron en una fiesta de nochevieja, en el casco antiguo, justo en la escalinata que sube desde la Plaza Mayor. Era una noche muy fría de invierno, pero la cantidad de gente y el alcohol de la cena previa mantenían los cuerpos calientes. Ella se sentó a mirar la luna, alejándose de su madre y sus primas, para despejarse la cabeza y asentar un poco las dos copas de vino que se había bebido.

Matilde estaba mirándose los zapatos, los más elegantes que tenía en su armario y que guardaba para las ocasiones especiales. No eran excesivamente cómodos, pero le sentaban de maravilla a sus pies desnudos y les hacía adquirir un aire digno, muy distinto al calzado que utilizaba para hacer las labores de la casa y atender a su madre enferma. Llevaba ya 5 de sus 20 años cuidándola, mientras ella se iba desvaneciendo poco a poco, sin que el médico del pueblo pudiese ayudarla. Su padre las había abandonado hace 3 años, desesperado ante la lenta muerte de su mujer.

Mientras observaba el desgaste de sus escasos tacones, vio como dos pies enormes se posaban frente a ella, un peldaño más abajo. Un hombre alto, cuidadamente vestido y bastante atractivo a la luz de la luna se presentaba:

- Buenas noches hermosa dama, me llamo Edgardo y estoy de paso por el pueblo. ¿Sería impertinente pedirle que fuese mi guía al menos por unos minutos para conocer algo más de la ciudad?

Ella se sonrojó, pero agradeció que la media luz de las velas repartidas por todo el lugar, ocultasen el color de sus mejillas. Le miró y no fue capaz de pronunciar palabra. Los años de encierro le habían provocado una profunda timidez y prácticamente había olvidado lo que era relacionarse con gente fuera de su familia. Edgardo repitió la pregunta, pero ella volvió a refugiarse en el silencio incómodo, aquel del que no era capaz de salir, pese a sentir unas inexplicables ganas de perderse en sus largos brazos.

Se clavó una de las piedras en el pie izquierdo, tambaleándose y sintiendo un agudo dolor que le llegaba hasta la cadera. Pero siguió andando.

Luego de ese primer encuentro con Edgardo, del cual ella huyó rápidamente sin articular palabra, mientras el la seguía con la mirada, no volvió a verle por varios meses. No obstante, ella soñaba continuamente con esos ojos verdes a la luz de las velas, mientras unos brazos largos y fuertes la sostenían dulcemente en el aire. Lo volvió a encontrar un viernes, en el mercado, junto al puesto de los tomates. Intentó esconderse al verlo, porque iba con un desgastado vestido marrón y unos zapatos que apenas contenían sus pies, pero él ya la había visto. Se acercó hacia ella, la saludó con una graciosa reverencia y la miró, esperando que esta vez hubiese alguna respuesta.

Ella intentó disculparse por su atuendo, pero él hizo un gesto como quitándole importancia. Le explicó que tenía que volver a casa, donde la esperaba su madre. Él le preguntó si podía verla más tarde, pero ella negó con la cabeza. Ante la tristeza de los verdes ojos, le explicó que su madre estaba muy enferma y que no podía salir de casa, así como tampoco recibirlo en ella. Mientras decía esto, sus pies comenzaron a moverse y él la acompañó guardando una prudente distancia.

Antes de llegar a la puerta de su casa, Edgardo la cogió suavemente del brazo y le volvió a pedir que se viesen en otro momento. Ella, ruborizándose otra vez sin remedio, le dijo que mañana tendría que volver al mercado por la mañana y que podía esperarla allí. Rápidamente liberó su brazo, entró a casa y cerró la puerta, mientras las piernas le temblaban y apenas podía sostenerse.

Esa noche apenas durmió. Se levantó a primera hora de la mañana, ayudó a su madre a lavarse después de darle el desayuno y le dijo que tendría que volver al mercado. Al salir de casa, vio que a menos de 10 pasos estaba él esperándola. Ella se había puesto un vestido más bonito y había sacado sus zapatos de domingo. Edgardo salió a su encuentro y ella pensó que nunca había querido a nadie tanto como a él. Parecía absurdo, pero su corazón amenazaba con traspasar la suave tela de su vestido y salir corriendo por la calle.

El dolor en la cadera se agudizaba con el frío. Matilde veía como sus fuerzas flaqueaban y su delgado cuerpo parecía que iba a partirse en dos.

Se vieron muchas mañanas más, mientras ella iba al mercado con distintas excusas cada día y él, que ahora se había establecido allí por trabajo, siempre estaba ahí con ella. Solamente los domingos no podían verse, porque ella no podía salir con ninguna excusa y sólo se aventuraba a la calle cuando su madre le pedía que la llevase a misa, siempre que ese día hubiese podido reunir las fuerzas para hacerlo.

Edgardo y Matilde ya se habían declarado su amor, pero ella no podía dejar a su madre. Él, comprensivo, había entendido que la paciencia sería su mejor aliada para no perder a esa joven mujer. A sus 32 años, no encontraría a nadie que le mirase así.

Otra vez el dolor de la cadera. Las piedras estaban cada vez más resbalosas, pero al menos se habían vuelto menos puntiagudas y más redondeadas. Así era más fácil continuar caminando.

Tres meses después de que la madre de Matilde muriese, ella aceptó casarse con Edgardo, con la única condición de irse del pueblo, porque no quería llevar más el vestido negro ni taparse la cara en público. Él le ofreció irse al mar, donde su empresa comenzaría a desarrollar reformas en la zona portuaria. Sin pensarlo, ella se dejó llevar. Antes de cumplir el año, se habían casado en una pequeña ceremonia, con unos pocos amigos.
A partir de ese momento, Matilde pudo olvidar los años dedicados a su madre y al encierro al que había sido sometida. El hombre de los ojos verdes la había rescatado de ese destino y ahora se amaban libremente al ritmo de las olas.

Intentaron durante años tener hijos, sin conseguirlo. Decidieron que si el cielo no les ofrecía una familia más grande, tampoco era tan grave. Se tenían el uno al otro y eso bastaba. Él seguía dedicado a su trabajo en el puerto, mientras ella aprovechaba para leer y viajar por el mundo con su imaginación mientras observaba el mar azul de las costas mediterráneas.

Ella sentía ahora las piedras entre sus dedos, húmedas, con restos de arena. Las asía fuertemente con sus manos, mientras no paraba de caminar.

Matilde pudo decir que era feliz. No le faltaba nada en la vida, tenía al mejor hombre con el que hubiese soñado nunca. Se pasaban horas cogidos de las manos, hablando de lo que ella aprendía y de lo que él ya sabía. Ella se sentía segura, cómoda y plenamente enamorada. Él sentía lo mismo. Cada vez que Matilde comentaba sus lecturas del día, él hinchaba de aire sus pulmones y respiraba orgulloso ante su mujer, que se preocupaba de atenderle como a un rey, pero que siempre le sorprendía con su agilidad para aprender y entender lo que ocurría a su alrededor. Él la animaba a desarrollar ese don, pero ella sólo quería compartirlo con él. No necesitaba nada más.

Durante años se amaron, viendo como la vida y la historia se desarrollaba a la par que sus largas conversaciones: los cambios que se producían en España y el resto de Europa los impresionaban, a la vez que disfrutaban sabiendo que ellos lo habían anticipado como simples observadores.

Finalmente ella accedió a compartir lo que había aprendido, pero de una forma muy personal. Comenzó a escribir en innumerables cuadernos, con una caligrafía al principio muy infantil, pero que alcanzó una enorme belleza con los años. En ellos repetía casi palabra por palabra sus largas charlas con Edgardo, además de aventurarse con pequeños pensamientos y simples versos, llenando cientos de hojas cada semana. Él, además, alentaba esta distracción y le traía a casa todo lo necesario para continuar con sus escritos.

Cogió unas cuantas piedras y se las metió en el bolsillo del vestido. Las volvía a asir con fuerza, una y otra vez, haciéndose daño en los huesudos dedos.

Edgardo murió una mañana de junio. Un tonto accidente en el puerto se lo llevó para siempre. Matilde se enteró por los sollozos de la vecina subiendo la calle. Al mirarla, salió corriendo calle abajo, hacia el mar, lo más rápido que sus 71 años le permitían. Al llegar ahí le explicaron lo sucedido: una grúa se había descolgado y le había dado directamente en la cabeza. Nada que hubiesen hecho le podía salvar la vida. Ella no derramó una lágrima, se giró sobre si misma y se fue a casa.

Matilde cogió más piedras y las volvió a meter en los bolsillos. Las piedras húmedas ahora se habían convertido en arena fina, que se escurría junto con el agua entre sus pies. Ella siguió andando mientras el agua la iba abrazando suavemente, decidida a no volver.

Al recoger las cosas de Matilde, encontraron un cuaderno extendido sobre la mesa que estaba bajo la ventana del salón, frente al mar. Con una letra decidida se leía al final: “Tengo miedo de no saber vivir sin tu amor, de no hablar ni escribir nunca más. No quiero volver a tener miedo. Espérame mañana junto al mercado”.

Frío día productivo

Ya entregué el primer artículo en colaboración con la revista de PRL. Esta mañana he estado con Ana viendo el material (fotos, gráficos, organigramas, etc.) y entra a la primera revisión. En los próximos días me dirá qué le ha parecido.

Por un lado, contento de haberlo entregado; por otro, aliviado por la misma razón. La falta de práctica y el estar un poco oxidado en materia de escritura periodística me han sacado canas verdes. Aún así, espero que el resultado no esté del todo mal.

Además de eso, desayuné con Marta y Sonia, poniéndonos al día de los últimos éxitos literarios y preparando la próxima tertulia que, tal como vamos, tendrá que ser para los primeros días de febrero. Además, saludé a los ex compañeros de trabajo, que siempre viene bien verlos y saber de ellos.

Por lo demás, hace un frío espantoso en Madrid. Para mañana esperamos unos 2-3 centímetros de nieve, cuajada como el viernes pasado, pero el termómetro de hoy apenas superó los grados positivos. Ni con calefacción a 25º hay forma de entibiarse. Pese a todo, mañana tengo que salir a la calle a hacer algunas cosas que no puedo seguir postergando. Así que gorro, guantes y bufanda para enfrentar la aventura.

Ya he escrito algunas cosas para el taller del jueves, pero sigo esperando la inspiración definitiva. Hemos comenzado a escribir haikus, composiciones de origen japonés que van a lo esencial del lenguaje. No sabía que en castellano había varios autores que han dedicado parte de su obra a este tipo de creación. Veremos que va resultando en las próximas semanas.

lunes, 12 de enero de 2009

¿La verdad? III y final

Así terminó la polémica de la semana pasada. Reproduzco los dos últimos mensajes que intercambié con María. Creo que no se podía pedir más.

María dijo:

Inherente, según el diccionario de la RAE: "que por su naturaleza está de tal manera unido a algo, que no se puede separar de ello". Si te los quitan, o no los tienes ( como las mujeres o los negros en gran parte del mundo), es porque son adquiridos, no inherentes. Es decir, producto de una larga y difícil lucha en nuestro proceso de civilización ( concepto distinto al de "cultura". Diferencia importante, porque está en el orígen, por ejemplo y sin ir más lejos, de todas las grandes guerras europeas del siglo XX - y sospecho, que en el orígen de tu error con el relativismo cultural-). Hay un hermoso epitafio griego: "doy las gracias por ser griego y no bárbaro, hombre y no mujer, libre y no esclavo" (este hombre, hace más de 2000 años, ya tenía claro que los derechos no son inherentes). Me sorprende que un estudiante de ciencias políticas niegue la esencia de la misma. Tenemos derechos no por Naturaleza, sino por convención, porque hemos decidido, después de muchos avatares, que ese es el modo inteligente y bueno de vivir que corresponde al ser humano. Esa es la grandeza del ser humano.

No soy romántica en mi argumentación ( que sí en otros aspectos de mi vida,) sino racionalista. Me considero, orgullosamente, una "hija de la patria" ( heredera de la Revolución Francesa).

Creo que nuestas posturas ya están suficientemente claras. Un saludo.


Tomás en Europa dijo:

Creo que ya ha sido suficiente como bien dices, en cuanto a declaración de principios y posturas.

La discusión de inherencia-adquisición daría para mucho análisis y teorización, pero la verdad es que ahora se me vienen encima muchas cosas como para dedicarle el tiempo adecuado -aunque debo reconocer que me encantaría poder hacerlo-.

Sólo quiero puntualizar que una cosa es que por convención se hayan reconocido y otra muy distinta que, por naturaleza, los individuos puedan tener derechos que les son inherentes. Con esto quiero dejar claro que aún cuando no existiese esa convención, el Hombre seguiría contando con esos derechos.

En cuanto a la visión romántica, me refería más a la visión de los hechos históricos que ocurren en la lejanía que jamás se compararán con los realistas de quienes han participado de ellos. Espero que tú, tal como dices, y todos tengamos la oportunidad de ser románticos en otros aspectos de la vida, pues de lo contrario no estaríamos completos.

Ha sido un placer "conocerte" a través de este medio. Saludos.

Un globo dorado

Kate Winslet ha triunfado. Y aunque reconozco mi derrota porque apostaba a ganador con Penélope Cruz y su papel de "Elena" en la última cinta de Woody Allen "Vicky Cristina Barcelona", no puedo dejar de hacerle un pequeño homenaje a una actriz que me gusta desde antes de Titanic y que nunca ha dejado de sorprenderme con su talento y fuerza interpretativa.

Este año, la actual esposa de Sam Mendes, ha resultado doblemente premiada: por "The Reader", como mejor actriz secundaria y por "Revolutionary Road", como actriz principal. Lamentablemente, aún no he visto ninguna de las dos, pero están en la lista de deseos hace algún tiempo.

Es el premio al esfuerzo de una larga y exitosa carrera que comenzó con "Heavenly Creatures", del neozelandés Peter Jackson, el mismo de la saga de "El señor de los anillos". Continuó con "Sense and sensibility", "Titanic", "Holly smoke", "Olvídate de mí", "Finding Neverland", "La vida de David Gale", "Iris" y otras tantas que le han valido siempre el reconocimiento de la crítica y varias nominaciones a los Oscar (es una de las pocas, sino la única, en reunir 4 nominaciones antes de cumplir los 30 años).

Con este triunfo, el camino hacia la estatuilla dorada está marcado. Quizás sería mucho pedir el premio en ambas categorías, pero al menos creo que podría salir de la ceremonia con algo más que una sonrisa. Se merece un reconocimiento que le ha sido negado tantas veces, por su entrega, su dedicación y por un talento que parece no tener límites.

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