Recostada - 30ª Sesión del Taller Literario

miércoles, 27 de mayo de 2009

El tema de la semana: "Un momento de gozo"...

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“Yo prefiero estar algo recostada”, dijo ella casi susurrando, mirándole hacia arriba con unos ojos brillantes y temblorosos. Se le notaba inexperta, pero eso siempre le provocaba a él más morbo. Le gustaban los territorios inexplorados y llevar sus dedos hacia lugares insospechados.

“Así está bien”, dijo él con su voz grave y profunda. Ella, simplemente asintió, mientras se acomodaba en su nueva postura. Él, más satisfecho, sonrió y también ajustó su cuerpo al de la joven. Se acercó a ella, mirándole de cerca, a escasos centímetros. La tocaba delicadamente, mientras ella acompasaba su respiración entrecortada a las caricias que el hombre le hacía. Sin esperarlo, a los pocos segundos conformaban un armonioso conjunto de suspiros y movimientos de pecho. El de ella, subía y bajaba tímidamente, mientras el de él, amplio y poderoso, parecía que fuese a reventar en una tormenta.

Él no dejaba de mirarla, de tocarla. Ella, al principio muy tensa, se iba relajando y las manos cruzadas habían abandonado su regazo, para situarse detrás de la nuca. No podía creer que esa chica se hubiese entregado tan fácilmente. Se ve que a sus casi 50 años, todavía resulta confortable estar con él.

Los roces se volvieron más naturales, menos pensados. La tensión había desaparecido por completo y cada uno se dejó hacer. Él sentía la boca húmeda de la chica, sus labios suaves, y aunque a veces le hacía daño con los dientes –pese a un par de advertencias-, el resultado fue más que satisfactorio. Le gustaba a él llevar la iniciativa, no dar tregua a segundas interpretaciones. Las cosas se hacían como él quería, por algo era el que más experiencia aportaba. Ella, se dejó llevar, ignorando sus miedos iniciales.

Nunca la había tocado un hombre cercano a los cincuenta y tampoco pensó ella nunca que resultaría tan cómodo, tan natural, tan agradable. Incluso, en alguno de sus movimientos, su mano había acariciado el cuerpo de él, y ella se sonrojaba. Había cosas que era imposible evitar o superar, al menos no tan rápido.

Su cuerpo se estremeció por completo y de entre sus labios se escapó un lánguido ¡ay! ¿Te he hecho daño?, preguntó él, separándose un poco. Lo miraban dos ojitos pequeños, entrecerrados, mientras una lágrima rodaba por la mejilla de ella. “Lo siento”, a veces no me doy cuenta y me dejo llevar. Ella no fue capaz de asentir, ni siquiera de sonreír. El dolor y el miedo le comenzaban a recorrer el cuerpo. Él, dándose cuenta, intentó tranquilizarla. Le cogió la rodilla derecha, dándole calor y le pedía que aguantase, que se quedase, que no le dejase así, a medias.

Ella sólo pensaba en salir corriendo de ahí, en coger sus cosas, abrir la puerta y volar escaleras abajo. Ya buscaría un lugar cómodo para recomponerse, terminar de arreglarse. Él se lo impedía o, más bien, se lo pedía. Había algo en ese hombre que la hacía sentirse confiada. Finalmente, ante sus ruegos y las propias necesidades despiertas, se quedó. Volvió a acomodarse en la posición que tanto le gustaba, pero sin poner los brazos detrás de la nuca, sino que los dejó en los costados de sus caderas, como sirviéndole de apoyo.

El hombre volvió a la carga, pero con mayor delicadeza que antes. Sabía que, al próximo error, la perdería irremediablemente. Se acercó con algo más de timidez, pero igualmente no podía evitar transmitirle todo su calor a través del contacto de los cuerpos. Ella lo notaba, pero le resultaba agradable. Creyó que le recordaba el regazo de su madre o el abrazo de su padre. Claro que no era el momento para echar la mente a volar y volver a la casa familiar. Ahora estaba ahí, recostada y algo indefensa ante un hombre que pasaba con creces el doble de su edad.

Se sentía un poco inútil. Ella estaba allí, sin hacer mucho, dejando toda la carga sobre el hombre, pero creyó que era necesario así. Él, intentaba integrarla en el juego, hacer que participase más. Le daba algunas instrucciones que ella asumía obedientemente, pero muchas veces el corregía con algún gesto los errores cometidos. No sabía muy bien que hacer. Trataba de concentrarse, pero su cabeza viajaba sin parar. Quería estar allí del todo, pero no era capaz.

Algunas veces le volvió a doler, pero se debía a sí misma una recompensa. Habían sido meses muy duros y ella lo había pasado mal. La verdad es que le costó decidirse a buscar a alguien que pudiese llenarla, pero cuando lo vio, supo que era el indicado: lo suficientemente paternal como para protegerla y lo bastante atractivo como para que no le resultase una mala experiencia.

Cuando el hombre estaba por acabar, ella comenzó a sentir un hormigueo profundo, algo que quiso describir como de euforia, pero acompañada de una sensación de relajo, de paz. La verdad es que para ella todo fue mucho más rápido de lo que pensaba. Se sentía un poco traicionada, porque después de tanta espera y tantas expectativas, sentía que el tiempo había volado y que ella necesitaba más atención.

Él se levantó rápidamente y se fue al baño. No era lo más romántico. Ella esperaba algo más de ternura, quizás una conversación cálida y cercana, algún gesto especial ante el dolor que le había provocado. Se sintió usada y su sensación de hormigueo desapareció por completo y el relajo, aunque había estado ahí, también se fue. Ella se levantó, recogió sus cosas y cuando él volvió y la vio cerca de la puerta, le dijo: “No te vayas… antes pídele hora a mi secretaria para sacarte la otra muela el próximo lunes”.

1 comentario:

  1. Anónimo22:19

    Era lo que esperaba de ti, un final sorpresivo e inisperado. No podía ser más de lo mismo.

    Mamá

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