Críticas pendientes

miércoles, 29 de abril de 2009

Después de un fin de semana de muchos cortometrajes y un par de largos, tengo pendiente comentar "Persépolis" que, por fin, he visto. Eso sí, quiero verla de nuevo porque me gustó mucho y me dolió haber cerrado los ojos un par de minutos por culpa del cansancio.

Cuando la haya visto, vendrá la crítica, a la que se sumará la de "Déjame entrar", "Un cuento de navidad" y alguna más de las que tengo en mi lista de "deberes".

De todas formas, la primera impresión de Persépolis, después de haber disfrutado con el comic, es que el resultado es magnífico. Y hasta aquí puedo leer.

Tertulia Literaria de "Un día perfecto"

La celebración de la última tertulia literaria fue todo un éxito. Primero, de asistencia, porque sólo nos faltaron Marta y Paloma; segundo, porque todos coincidimos en lo genial del libro por primera vez; y, tercero, porque fuimos capaces de elegir rápidamente el siguiente camino que emprenderíamos para encontrarnos a finales de mayo: "La soledad de los números primos".

Es verdad que nos quedamos en Italia y no nos aventuramos a nuevos territorios, pero siempre habrá tiempo para seguir viajando.

La foto es una composición que, más o menos, resume el espíritu de nuestras sesiones: literatura y celebración. Celebramos que estamos juntos, que disfrutamos de buenas razones para compartir y que hay que buscar nuevas razones para seguir celebrando (que es lo que menos cuesta).

Adiós Dorothy

martes, 28 de abril de 2009

Hoy me enteré de que nos ha dejado Bea Arthur, la inolvidable Dorothy de "The Golden Girls". Ya van dos, porque el año pasado se fue Estelle Getty, dejándonos sólo el recuerdo de una serie magnífica que, todavía, nos hace reír como la primera vez.

Dejo el vídeo de la escena final de la última temporada de la serie, irónicamente, con la despedida de Dorothy. Un pequeño homenaje para una gran actriz y comediante.


Lo habitual - 26ª Sesión del Taller Literario

lunes, 27 de abril de 2009

La olla con los garbanzos recibía las lágrimas de Clara, mientras ella cortaba con cuidado unas zanahorias, prácticamente de memoria puesto que no veía nada detrás de sus ojos tristes. Si alguien le preguntase en ese momento qué le ocurría, siempre le podía echar la culpa a la cebolla. De todas formas, no le importaba mucho, ya todos se habían ido.

Esa mañana Clara intuía que no sería normal. Se despertó a las 6 y 13 minutos, lo que inmediatamente le provocó una sensación rara en el estómago. Nunca le había gustado ese número. Incluso cuando buscaban casa con Adolfo, se negó a entrar en una que tenía un 13 colgado sobre su puerta, el 13 de la calle Alegría. A ella le pareció una mala ironía.

Cuando avanzó a tientas por la habitación, como hacía siempre para no despertar a Adolfo, se dio con la pata de la cama en todo el pie, cosa que nunca le ocurría. Ahogó el grito en su garganta, pero no pudo evitar que una lágrima se escurriese por su mejilla izquierda, sin saber que sería la primera de tantas ese día. Maldijo con el pensamiento y siguió cojeando hacia la puerta.

Entró al baño, encendió la luz sobre el espejo y realizó su ritual de todas las mañanas. Completamente desnuda, se miró al espejo. Las arrugas de la frente estaban marcándose suavemente, mientras que la piel de los párpados se caía sin remedio. Su nariz seguía teniendo mucha personalidad y su boca todavía podía sonreír enseñando una cuidada dentadura. Deslizó sus manos por el cuello, tenso, largo. Se palpó los pechos como su madre le había enseñado. –“Es mejor prevenir que curar”, mascullaba la vieja hasta el último día de su vida, que no fue el último por enfermedad sino por determinación.

Sus pechos estaban bien y ahora se miró la tripa. No estaba en su sitio. Claro, se había caído después de 2 embarazos tan largos como los de una elefanta, o al menos eso le parecía a ella, porque uno de ellos lo pasó completamente tumbada por orden del médico y el otro se extendió más allá de los 9 meses y medio, porque ella no quería dar a luz en sus vacaciones. De todas formas, la redondez de su ombligo no era nada que le preocupase. Después se fijó en sus piernas, sin problemas más complicados que algunas pecas, y en sus pies, notando que el meñique del pie izquierdo se había hinchado algo. Suspiró mientras volvía a maldecir y se volvió para mirarse el culo en el espejo. Seguía siendo su baza ganadora. Se sonrió a sí misma en el espejo y entró en la ducha.

Cuando estaba debajo del agua, notó como Adolfo la cogía por detrás y le pasaba los brazos justo por debajo de sus pechos húmedos, apoyando su cara sobre su hombro, mientras le besaba el cuello. Él sabía que a ella le gustaba compartir la ducha con él. Pero él no tenía tiempo para juegos y ocupó su sitio, desplazándola hacia atrás, donde comenzó a sentir el frío en su piel, que se erizó notoriamente. No quiso hacer ni decir nada, simplemente esperó dos o tres minutos, lo que tardaba Adolfo en lavarse, y pudo sentir otra vez el agua caliente sobre su cabeza, lo que le devolvió la temperatura perdida.

Al salir, se envolvió en una toalla blanca, mullida y suave. Era su momento de gloria. Se secó cuidadosamente y se arregló un poco. Pensó que la única forma de sobreponerse al mal augurio del día, era con una buena cara. Apenas salía al pasillo, se cruzó con Adolfo quien le lanzó un beso en el aire a la vez que cerraba la puerta de casa.

Ella se metió en la habitación, resignándose a esa intimidad rutinaria, y terminó de vestirse. Nada especial, porque no saldría de casa, pero con el suficiente cuidado para que, en caso de que tuviese que hacerlo, no parecer un mamarracho. Ya sabe lo que dirían en el barrio si la viesen mal arreglada. Miró el reloj y apenas eran las 7 de la mañana. ¿Qué hacía ya vestida? Obviamente –pensó- a estas horas Adolfo estaba desayunando en la mesa de la cocina, mientras ella se sentaba a su lado para hojear con él el periódico. Pero hoy no estaban ninguno de los dos.

Se sentó a los pies de la cama y encendió el televisor. Informativos, todos trágicos. Como hoy estaba especialmente sensible, lo apagó. Suspiró, miró por la ventana. Una nube negra se acercaba por el norte. Volvió a suspirar. ¿Qué significaban esas señales? El número 13 en su reloj por la mañana, la nube negra, la salida súbita de Adolfo. Se puso a llorar. Intentaba secarse las lágrimas como para evitar que las siguientes encontrasen fácilmente el camino de salida, pero no surtía efecto. Miró hacia atrás, hacia la cama vacía, deshecha. Sus lágrimas se agolparon con mayor intensidad en sus ojos y así estuvo un buen rato.

Cansada por el llanto, se puso en pie, hizo la cama y dejó la habitación en orden. Ahora le tocaba el resto de la casa. Entró a la habitación de Miguel, su hijo mayor. Estaba todo en orden, impecable como siempre. Era un orgullo para ella, un ejemplar de joven. Nada que ver con los animales que tenían las vecinas, siempre desarreglados, con medio culo al aire por esa manía de usar los pantalones en los muslos. No, el suyo siempre iba impecable y era respetuoso. A ella se le hinchaba el corazón al verlo.

Cogió con cuidado los libros que había sobre su escritorio y los puso en la estantería suavemente. Se giró y salió de la habitación. Siguió por el pasillo y se asomó a la habitación de Antonio, que dormía plácidamente. Simplemente lo miró un par de segundos, le lanzó un beso sin sonido y volvió a cerrar la puerta. Otra vez lloraba. Se fue a la cocina y estuvo guardando las cosas de la cena. Era una tarea de Adolfo, pero esta mañana no la había cumplido. La verdad es que no le importaba.

Se preparó un café y dispuso el almuerzo: garbanzos con verduras. Ya los había dejado en remojo la noche anterior, así que no tenía mucho que pensar. Repasó que tenía lo necesario y se alegró de ser tan previsora porque así evitaba tener que pensar en salir al mercado. Dejó las cosas preparadas y se preocupó de recoger las cosas del día anterior: el periódico de ayer, la película que apenas había visto, porque se quedó dormida en el sofá, la manta con la que se cubrieron y otras cosas que había por el salón. Barrió y fregó el suelo con esmero. Lloró mientras quitaba el polvo de la mesa frente al sofá y se enjugó las lágrimas mientras limpiaba los cristales.


Antonio pasó rápidamente a su lado y sin detenerse a mirarla, gritó: -“Adiós mamá, me voy a la universidad” y Clara apenas pudo decirle nada, porque la puerta se había cerrado a su espalda. –“Siempre igual –pensó-, corriendo a todas partes. Este niño no para un minuto quieto”. Volvió a la cocina, se tomó el segundo café de la mañana y se dispuso a preparar la comida. Vació los garbanzos en la olla, echó el agua y los puso a hervir. Mientras, cortaba la cebolla, y lloraba desconsoladamente sobre el cazo.

El teléfono la distrajo por un momento, pero no quiso cogerlo. Si era importante, volverían a llamar. Además, Adolfo la llamaba al móvil. Seguro que era algún vendedor agresivo a los que odiaba en exceso, porque siempre preguntaban por el dueño de casa, cuando la que realmente movía los hilos de su hogar era ella.

Siguió cortando las zanahorias, entre lágrima y lágrima, y las echó dentro de la olla. Agregó las acelgas y la tapó, bajando el fuego al mínimo para que se hicieran tranquilamente durante lo que quedaba de mañana. Pasadas las dos de la tarde, puso la mesa y se quedó sentada mirando hacia un lugar indefinido, hasta que el ruido de las llaves en la puerta le hizo volver a la realidad. Se levantó rápidamente, comprobó que la comida iba bien y apagó el fuego.

Adolfo entró con un paso cansino, lento a la cocina. Se notaba que había tenido una mañana agitada en el trabajo. Dejó su chaqueta sobre la silla, el periódico al lado de su plato y se sentó. Clara se acercó a besarle más por costumbre que por gusto. El beso fue más bien soso y torpe, pero esos rituales –pensaba ella- le permitían mantener el amor.

Intercambiaron unas pocas palabras mientras ella servía los platos y los dejaba en la mesa.

- ¿Qué tal tu mañana?, le preguntó ella sin levantar la vista de los garbanzos.
- Nada especial. Sólo que nos han enviado un proyecto enorme que debe estar listo antes del jueves y es demasiado trabajo para dos días. He dejado a los becarios recopilando la información necesaria para ponerme con ello esta tarde.

Clara le miró interesada, aunque en el fondo realmente no le parecía nuevo. Esa historia se repetía cada semana.

- Antonio ha salido disparado por la puerta. No sé si volverá a comer o no, porque no me ha dado tiempo a preguntárselo. Seguro que comerá algo cerca del colegio, que esta tarde tiene baloncesto.
- ¡Ah!, asintió Adolfo moviendo la cabeza. ¿Y qué has hecho hoy?
- Pues recoger, limpiar, lo habitual.
- ¿Entraste en la habitación de Miguel, verdad?, dijo él mirándola inquisitivamente.
- Sí, ¿por qué?
- ¿Y has estado llorando, no?

Ella se asustó, pensando en cómo se había dado cuenta. ¿Soy tan transparente?

- Noto el exceso de sal en los garbanzos. Déjalo estar Clara, han pasado 6 años desde que Miguel nos dejó y todavía sigues en lo mismo. Antonio no comerá en el colegio. Está en la universidad hace dos años. Hoy tiene clase todo el día y mañana un examen. ¿Hace cuánto que no sales a la calle? ¿Hace cuánto que no hacemos el amor? ¿Hace cuánto que te pasas las noches en vela sentada en la cama de Miguel?

Clara no contestó. Dejó la cuchara dentro del plato y se echó a llorar.

"The visitor" (2007)

viernes, 17 de abril de 2009

¿Quién dijo que el cine americano estaba en crisis? Vale que la película tiene dos años y que tampoco la idea es lo más original, pero nunca había visto retratados el racismo, la amistad, el amor y la incertidumbre vital en un marco tan bien estructurado.

"The visitor", dirigida por Thomas McCarthy (el realizador de otra buena cinta independiente: "The Station Agent") tiene un planteamiento simple: un hombre que no encuentra sentido a su vida, se ve remecido cuando el destino lo cruza con una pareja de inmigrantes ilegales en una Nueva York bastante menos agobiante que a lo que nos tienen acostumbrados. De ahí en adelante, y gracias a la música, cada uno descubre en el otro aquellas cosas que los hacen más humanos.

Los personajes, donde brilla sin duda un sensacional Richard Jenkins -el candidato "desconocido" al Oscar al Mejor Actor-, están bien delineados, aunque sin profundizar en las carencias de cada uno. Vemos sólo lo que tenemos que ver y lo demás queda a nuestra imaginación, pero sin dejar nada incompleto.

Mención especial se merece el personaje de Mouna Khalil, interpretado por Hiam Abbass -una de las miradas más intensas y de las facciones más interesantes que he visto últimamente en el cine-. La actriz, más habitual del cine fuera de las fronteras americanas, logra mostrar la fortaleza y fragilidad de una madre sin caer en la caracterización facilista.

El guión, que contiene grandes momentos y frases arrolladoras, tiene también algunas debilidades, pero que no le hacen perder fuerza. Simplemente se perdonan esas faltas gracias a imágenes que se abren y se cierran, cumpliendo la misma misión en la historia global, convirtiendo la trama en un círculo completo.

Tal como decía, encontrar este tipo de películas -además con una crítica social profunda y con muchos matices- en el cine norteamericano, sorprende gratamente. Es bueno saber que pueden mirar más allá de su propio ombligo y que, por más que lo auguren, el llamado Séptimo Arte tiene todavía mucho que decir, incluso detrás (y también dentro) de una industria que parece agotada.

Prejuicios

miércoles, 15 de abril de 2009

Creo que este vídeo habla por sí mismo (http://www.youtube.com/watch?v=9lp0IWv8QZY). Un público crítico ve como una mujer "mayor", más bien "de pueblo", habla de su sueño de ser cantante y se presenta a un concurso de talentos. La recepción, como es de esperar, es con risas y caras de desprecio o incredulidad, incluso de parte del jurado que tiene que valorarla.

Lo mejor es que todo cambia al momento de comenzar a cantar una canción de "Los Miserables", gracias a la que no tarda más de 15 segundos en ganarse a los presentes y recibir una gran ovación al final. Ya sé que soy carne de televisión y de concursos de cantantes, pero lo mejor de esta secuencia es que nos enseña -sin pretenderlo- que los prejuicios no sirven para nada y que, quizás, por ellos nos podemos perder algunas buenas cosas de la vida.

Dejemos de dar cátedra de buenas costumbres, moral, sentimientos, educación, nivel social, vestimenta o estilo, y pongámonos a acoger realmente a los demás no por lo que parecen ser o por las etiquetas que les podamos colgar, sino por lo que valen y por lo que guardan en su interior que, como en el caso de Susan Boyle, puede ser algo maravilloso.

¡Ya lo tengo!

martes, 14 de abril de 2009

Gracias a ITunes, ya tengo el disco de Rosana en mi PC. "A las buenas y a las malas" se llama y de momento, me está gustando. Como diría mi mamá: "lo raro sería que no te gustase".

Fiel a su estilo, Rosana está probando algunas cosas nuevas. Pero no diré más, porque prefiero escucharlo con calma para comentarlo, además con más distancia y objetividad (si es que eso es posible en este caso en particular).

Cambiando de tema radicalmente, por fin llegué al final de "Un día perfecto" de Melania Mazzucco, un libro muy intenso que relata un día en Roma y las historias de varios personajes, conformando un relato coral tan doloroso como lleno de talento. No diré más, porque quiero dejar más impresiones para la tertulia del día 22. Después contaré más cosas sobre él. Sólo agregaré que es MUY recomendable.

"Falling slowly"

lunes, 13 de abril de 2009

Tenía que agregar esta canción a mi colección de música. Pertenece a la banda sonora de "Once", una de las mejores de los últimos años.

Platonov, de Anton Chéjov

jueves, 9 de abril de 2009


¡Qué falta me hace ir más seguido al teatro! Ayer fui a ver "Platonov", una de las primeras obras de Chéjov, y me dí cuenta de la experiencia completa que implica asistir a un espectáculo teatral: lo vives, vibras, te dejas llevar. Pero también ves la transformación de los actores en carne y hueso, sus errores, su interacción, su desplazamiento sobre el escenario. Con todo lo fan del cine que soy, es algo que jamás podremos ver en pantalla, ni siquiera en aquellas que son prácticamente una obra de teatro en celuloide.

La obra es muy intensa. Un grupo de personajes que coinciden en una fiesta y, a partir de la cual, se desatan todas las pasiones contenidas, se reabren las heridas y se crea el conflicto. Con una muy buena adaptación -porque la original dura 6 horas o más- han dejado un texto de 2 horas y 45 minutos en los que la acción y la tensión no decaen nunca.

Romance, desamor, dolor, risas, traición, soberbia, avaricia y venganza; todos ingredientes de un texto en el que se pueden ver los arquetipos de una sociedad -según dicen, los que corresponden a la Rusia de finales del siglo XIX- pero que podríamos ubicar en alguna más actual. Platonov es un hombre que va caminando hacia un lugar del que no podrá volver. Desde el primer momento, y pese a una felicidad aparente, nos damos cuenta de que el mundo le queda pequeño -o demasiado grande- y que arrastrará en su camino a todo aquel que se interponga.

La puesta en escena es muy sobria, pero bien pensada y resuelta. Paneles móviles y proyecciones, nos transportan a los distintos escenarios donde se produce la acción, sin necesidad de grandes transiciones ni excesivos movimientos. Muy lograda la ambientación, además, con el sonido y las luces, que mantienen la misma sobriedad, pero que cobran fuerza en los momentos adecuados.

Los actores, como media, han estado muy correctos en sus respectivos papeles. En la individualidad, es cuando se muestran las marcadas diferencias de talento entre uno y otro, además de su presencia en el escenario y la capacidad para transmitir sus emociones. Aún así, la producción del Centro Dramático Nacional se convierte en un espectáculo digno de ver, de disfrutar y de sentir en lo más profundo.

Ella era esa

miércoles, 8 de abril de 2009

Hoy ha muerto Mari Trini. Debo decir que, sin ser un fanático devoto ni gran conocedor de su carrera musical, creo que se merece una pequeña mención en el blog. Simplemente, dejo la canción que más conozco de ella, sin desmerecer a "Te amaré, te amo y te querré".


"Vals con Bashir" (2008)

martes, 7 de abril de 2009

Nunca una cinta de animación había sido tan dura, tan difícil de digerir. Ni la violencia de los comic ni la dura experiencia de "Bambi" o de "El Rey León" (guardando las distancias) se pueden comparar a la barbarie humana, a la realidad más descarnada de un dibujo.

"Vals con Bashir", la candidata israelí al Oscar a la Mejor Película Extranjera, es todo un ejercicio de mea culpa. La guerra vista desde dentro, no desde el conflicto en sí mismo -cosa que también hace- sino desde el interior del ser humano, desde sus sueños, del hombre como máquina de matar, del miedo, del dolor, de la desesperanza, de la violencia por la violencia.

Su estética es simple, pero el colorido y la música permiten al espectador adentrarse en el horror de un trozo de la historia reciente, acompañando al protagonista a un viaje introspectivo, a través del cual intenta reconstruir su propio papel en los acontecimientos, gracias a los testimonios de quienes estuvieron con él en el campo de batalla. Así, vamos conociendo, con la estructura de un documental y sin perder el poder de la animación, el desarrollo de la invasión a El Líbano a comienzos de los años ochenta, y de la masacre de Sabra y Chatila, en la cual murieron centenares de personas, entre las que se contaron muchos civiles.

Quizás uno de sus puntos fuertes -y también una de las razones de su crudeza- es el ambiente onírico que envuelve toda la historia, hasta que la desgranamos y desmenuzamos en una realidad concreta al final de la película. Es difícil no sentir que el corazón se detiene cuando nos damos cuenta de que, detrás de la animación hay un dolor de carne y hueso.

No quiero adentrarme más en la historia o en el desarrollo del film. Simplemente quiero decir que, después de verla, entiendo el motivo por el cual finalmente no se llevó la estatuilla a casa: es demasiado provocativa y dura para conquistar al amplio público, a la vez que despertaría una serie de tensiones entre la poderosa comunidad judía en Hollywood. No obstante, creo que es un interesante ejercicio cinematográfico evocar el pasado a través de la animación, y con la crudeza con la que es capaz de abordar un tema tan sensible.

Aun así, "Vals con Bashir" ha sido reconocida en diversos festivales y con muchos importantes premios alrededor del mundo como mejor película extranjera. Otro de los puntos fuertes de la cinta, que también ha sido reconocido, es la música. Resulta impresionante y adquiere un rol de relevancia en los momentos más brutales, con una excelente selección de canciones para las diversas secuencias.

Toda una experiencia sensorial que nos invita a ser testigos de nuestra naturaleza, de nuestro pasado y que, además, nos muestra que como seres humanos aprendemos poco de los errores cometidos. Quizás lo más lamentable es que su desgarradora historia no puede ser más actual, pese a que nos separan de ella más de dos décadas.

"Los abrazos rotos" (2009)

viernes, 3 de abril de 2009

Estas últimas semanas he leído muchas cosas sobre "Los abrazos rotos", la última de Almodóvar: que si no está nada bien, que si está lejos de la calidad de "Volver", que si está mal actuada, mal dirigida, mal montada y muchas otras valoraciones. Debo decir que estoy profundamente en contra, pero también a favor.

Primero, debo decir que tiene escenas muy logradas -la de los zapatos negros y rojos, la desilusión de Ernesto gracias a la lectora de labios, entre otras- y muchas que, realmente, no hacían falta, pero siempre filmadas con maestría. En ese punto, la labor del director es, como de costumbre, impecable.

En segundo lugar, la historia central de la película es magnífica, con un Lluis Homar que está muy correcto en su papel de ciego; una Blanca Portillo que es un lujo de actriz y una Penélope Cruz que se desenvuelve con soltura en un papel hecho a su medida. Esta vez, la intensidad no está en su desequilibrio -como ocurría en Vicky Cristina Barcelona- sino que en su sacrificio, en su dolor, en su pasión.

Muy bien está José Luis Gómez, como el amante despechado y vengativo; o Ángela Molina, en un brevísimo pero arrollador papel. Lo mismo que Lola Dueñas, muy bien puesta en su sitio de lectora de labios o Tamar Novas como el hijo de Judit. ¿Y los demás? En principio, me sobran por malos: Kira Miró, Dani Martín y Alejo Sauras, cuyos personajes no aportan nada a la película y más parecen estar por compromiso o conveniencia. Luego, Chus Lampreave y Rossy de Palma, siempre bien ambas, no llegan a sumar más de 3 minutos en pantalla. ¿Eran necesarias? Y Carmen Machi, muy graciosa, pero sin aportar nada a la historia.

Y es aquí donde radica la fuerza negativa del film: la innecesaria aparición de subtramas -por llamarlas de una forma eufemística- o pseudo-personajes que no despliegan tensión, no resuelven y sólo adornan un metraje que, al final, resulta innecesario. Entiendo el sello almodovariano y su creatividad vital, pero en una historia tan intensa, tan profundamente romántica y trágica, podría haber obviado el adorno y habernos sumido en el abismo del desamor.

Aún así, el resultado final no me deja la boca amarga como a tantos otros. No puedo equiparar "Los abrazos rotos" a la desastrosa "La mala educación", pero tampoco elevarla como una de las grandes. Siempre lucharé para que cada película sea vista en sí misma y no por sus antecesoras; por lo tanto, bajo esa premisa, puedo decir que esta cinta no está mal, pero que se fagocita a sí misma por gula, por lujuria y por vanidad. Almodóvar no tiene que demostrarle nada a nadie, y menos "pagar deudas" con breves cameos. Lo suyo debería ser contar buenas historias y dejar todo lo demás fuera. Los excesos nunca son buenos, Pedro.