"Sola en casa" - 16ª sesión del taller

jueves, 5 de febrero de 2009

El móvil no dejaba de sonar insistentemente. Comenzaba a ponerme de los nervios, pese a mis intentos por concentrarme. Tenía los ojos cerrados, respiraba profundamente, sentía que mi cuerpo comenzaba a relajarse. Otra vez. ¿En qué estaría pensando cuando puse esa horterada de politono? Finalmente tuve que ceder. Me levanté, abrí el bolso y miré la pantalla del teléfono: 5 llamadas perdidas y 4 mensajes nuevos. Miré la esterilla tendida a lo largo de la ventana que da hacia la calle y pensé que no sería capaz de concentrarme hasta que no me pusiese al día. Además, aún me quedaban unas cuantas horas de tranquilidad en casa. No sería para tanto.

Primer mensaje, recibido a las 9 horas 12 minutos: “Hola Marta, soy tu mamá –como si no lo supiese, pensé-. Recuerda que hemos quedado esta tarde para comprar el regalo de tu padre. Te veo a las 17:30 en el Corte Inglés de Goya, como siempre. Después te invito a un café”. Ya sabía yo que ese café, más que un premio por acompañarla, era el interrogatorio obligado de cada semana. “Besos y no te retrases, ya sabes que odio esperar en la calle”. Suspiré.

Segundo mensaje, recibido a las 9 horas, 16 minutos: “Marta, hija, se me olvidó comentarte que la vecina del cuarto me preguntó por ti. No sabía qué decirle. ¿Qué le dices a la gente cuando tu hija es como tú? Bueno, no importa. Ya lo hablamos esta tarde. –Debo reconocer que el mensaje me puso de mala leche, pero bueno, tengo que concederle el tiempo de adaptación, ya que no se lo tomó tan mal cuando se lo dije-. Por cierto, me pasaré por tu casa esta mañana a dejarte una tartera que tu abuela me trajo ayer para ti. Así tienes algo que comer, mientras yo preparo el resto de las cosas para mañana”.

Tercer mensaje, recibido a las 9 horas, 23 minutos: “Buenos días guapísima, ¿qué tal? Ayer por la noche estuvo genial. Te aseguro que es algo difícil de superar. Fue como si pudiese volar, sentí cosas que nunca había sentido. Ni mi pareja hubiese sido capaz de superar lo de anoche. Espero que lo repitamos la próxima semana. Sé que tú te lo has pasado bien también. Seguro que aún duermes del cansancio. Hablamos mañana. Besos”. ¡Qué pasada lo de ayer! ¿Quién lo hubiese dicho de mí hace un par de años?

Cuarto mensaje, recibido a las 9 horas, 29 minutos. “Hol… rta. Voy conduc… por la… 30 y me acordé de ti al pasar por el… ¿Has pensado bien lo que pasa entre n…tros? Llevo… manas esperando tu llama… fgfgfhhhkkkk. No hay más mensajes”. ¡Qué plasta de tío! Si te dije claramente que no me gustabas, que no eras mi tipo, que quería probar cosas nuevas, que había cambiado.

Por fin lo puse en silencio. Volví a sentarme en la esterilla, miré por la ventana y cerré los ojos. Mi cuerpo comenzaba a relajarse. Notaba cada centímetro de mi anatomía dejándose llevar. BRRRRRRR BRRRRRR. Me cago en la meditación y en el móvil. Se me olvidó quitarle el vibrador. Me levanté de golpe, cogí el móvil, abrí la ventana y lo lancé con todas mis fuerzas. Sentí un golpe fuerte, un frenazo y otro ruido aún mayor. Me asomé al balcón y vi a 3 coches que habían chocado en cadena. Cogí el jersey que tenía a mano, bajé las escaleras corriendo y salí a la calle.

Me acerqué tímidamente al primer coche. ¡Dios! ¡EL PLASTA! ¿Pero qué haces aquí?, le pregunté. No supo que decirme y sólo atinó a explicar que sintió que algo golpeaba la luna del coche, antes de que estallase en mil cristales pequeños. Ella, muda, se mostró asombrada. ¿Pero qué crees que era? Ni idea, dijo él. Sólo sé que me dio algo y mi primera reacción fue frenar.

- ¡Marta, por Dios! ¿Qué haces?
- ¿MAMÁ?, exclamé.

Ella iba en el tercer coche. Maldita suerte. ¡¿Carlos, querido, qué tal?! ¿No me digas que has sido tú el que ha montado este desastre? -Lo que me faltaba: mi ex y mi madre, mascullé entre dientes, mientras ambos se explicaban los detalles de cómo y porqué estaban ahí. Y, como si yo no existiese, comenzaron a hablar de mí, de lo mal que estaba, de las decisiones equivocadas que estaba tomando. ¡BASTA!, grité. ¿Estáis los dos bien? Según veo sí. Pues tú, dame la tartera esa y tú, por favor no vengas más a casa.

Di media vuelta y subí. Cerré la puerta. Miré la esterilla. Ahí se quedaría hasta mañana. Fui a coger el móvil, pero claro, no estaba. Había salido volando por la ventana. Me odié a mí misma. Estaba sola, incomunicada y ellos intentaban recomponer mi vida. ¡NO LO SOPORTO MÁS!

Llené la bañera, me metí dentro y cerré los ojos, mientras me hundía suavemente en el agua tibia.

3 comentarios:

  1. ¡Qué bueno saber que POR FIN actualizas y que lo haces nada menos que con este gran relato que nos ha amenizado la tarde de hoy!

    Tomasín, Tomasín, eres un grande!!!

    Un beso enorme de la Amelie más naranja que conoces jajajaja

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  2. Anónimo20:17

    Tomás me gusto como esta escrito, pero siempre me queda la duda si soy tonta o no se leer. Porque no aclaras las cosas, me cargan con tantas posibilidades.
    besos
    mama

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  3. Anónimo00:56

    buenisimo ¡¡¡¡¡¡ me entretuvo ene parece drama de treintona tipo consuelo aldunate, un abrazo.
    judith

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