Cuento sin nombre - Sesión 12 Taller Literario (Tema: Amor y miedo)

martes, 13 de enero de 2009

Matilde caminaba sola sintiendo las piedras húmedas bajo sus pies desnudos. Tenía frío, aunque el sol del atardecer aún podía calentar su descolorido pelo.

Hace más de 50 años que había conocido a Edgardo, aquel hombre de mirada verde y rostro sincero, que la había enamorado nada más con decirle buenas noches. Pero ella no era presa fácil y, aunque el amor ya le provocaba temblores en las tripas, no se dejó convencer tan fácilmente.

Se conocieron en una fiesta de nochevieja, en el casco antiguo, justo en la escalinata que sube desde la Plaza Mayor. Era una noche muy fría de invierno, pero la cantidad de gente y el alcohol de la cena previa mantenían los cuerpos calientes. Ella se sentó a mirar la luna, alejándose de su madre y sus primas, para despejarse la cabeza y asentar un poco las dos copas de vino que se había bebido.

Matilde estaba mirándose los zapatos, los más elegantes que tenía en su armario y que guardaba para las ocasiones especiales. No eran excesivamente cómodos, pero le sentaban de maravilla a sus pies desnudos y les hacía adquirir un aire digno, muy distinto al calzado que utilizaba para hacer las labores de la casa y atender a su madre enferma. Llevaba ya 5 de sus 20 años cuidándola, mientras ella se iba desvaneciendo poco a poco, sin que el médico del pueblo pudiese ayudarla. Su padre las había abandonado hace 3 años, desesperado ante la lenta muerte de su mujer.

Mientras observaba el desgaste de sus escasos tacones, vio como dos pies enormes se posaban frente a ella, un peldaño más abajo. Un hombre alto, cuidadamente vestido y bastante atractivo a la luz de la luna se presentaba:

- Buenas noches hermosa dama, me llamo Edgardo y estoy de paso por el pueblo. ¿Sería impertinente pedirle que fuese mi guía al menos por unos minutos para conocer algo más de la ciudad?

Ella se sonrojó, pero agradeció que la media luz de las velas repartidas por todo el lugar, ocultasen el color de sus mejillas. Le miró y no fue capaz de pronunciar palabra. Los años de encierro le habían provocado una profunda timidez y prácticamente había olvidado lo que era relacionarse con gente fuera de su familia. Edgardo repitió la pregunta, pero ella volvió a refugiarse en el silencio incómodo, aquel del que no era capaz de salir, pese a sentir unas inexplicables ganas de perderse en sus largos brazos.

Se clavó una de las piedras en el pie izquierdo, tambaleándose y sintiendo un agudo dolor que le llegaba hasta la cadera. Pero siguió andando.

Luego de ese primer encuentro con Edgardo, del cual ella huyó rápidamente sin articular palabra, mientras el la seguía con la mirada, no volvió a verle por varios meses. No obstante, ella soñaba continuamente con esos ojos verdes a la luz de las velas, mientras unos brazos largos y fuertes la sostenían dulcemente en el aire. Lo volvió a encontrar un viernes, en el mercado, junto al puesto de los tomates. Intentó esconderse al verlo, porque iba con un desgastado vestido marrón y unos zapatos que apenas contenían sus pies, pero él ya la había visto. Se acercó hacia ella, la saludó con una graciosa reverencia y la miró, esperando que esta vez hubiese alguna respuesta.

Ella intentó disculparse por su atuendo, pero él hizo un gesto como quitándole importancia. Le explicó que tenía que volver a casa, donde la esperaba su madre. Él le preguntó si podía verla más tarde, pero ella negó con la cabeza. Ante la tristeza de los verdes ojos, le explicó que su madre estaba muy enferma y que no podía salir de casa, así como tampoco recibirlo en ella. Mientras decía esto, sus pies comenzaron a moverse y él la acompañó guardando una prudente distancia.

Antes de llegar a la puerta de su casa, Edgardo la cogió suavemente del brazo y le volvió a pedir que se viesen en otro momento. Ella, ruborizándose otra vez sin remedio, le dijo que mañana tendría que volver al mercado por la mañana y que podía esperarla allí. Rápidamente liberó su brazo, entró a casa y cerró la puerta, mientras las piernas le temblaban y apenas podía sostenerse.

Esa noche apenas durmió. Se levantó a primera hora de la mañana, ayudó a su madre a lavarse después de darle el desayuno y le dijo que tendría que volver al mercado. Al salir de casa, vio que a menos de 10 pasos estaba él esperándola. Ella se había puesto un vestido más bonito y había sacado sus zapatos de domingo. Edgardo salió a su encuentro y ella pensó que nunca había querido a nadie tanto como a él. Parecía absurdo, pero su corazón amenazaba con traspasar la suave tela de su vestido y salir corriendo por la calle.

El dolor en la cadera se agudizaba con el frío. Matilde veía como sus fuerzas flaqueaban y su delgado cuerpo parecía que iba a partirse en dos.

Se vieron muchas mañanas más, mientras ella iba al mercado con distintas excusas cada día y él, que ahora se había establecido allí por trabajo, siempre estaba ahí con ella. Solamente los domingos no podían verse, porque ella no podía salir con ninguna excusa y sólo se aventuraba a la calle cuando su madre le pedía que la llevase a misa, siempre que ese día hubiese podido reunir las fuerzas para hacerlo.

Edgardo y Matilde ya se habían declarado su amor, pero ella no podía dejar a su madre. Él, comprensivo, había entendido que la paciencia sería su mejor aliada para no perder a esa joven mujer. A sus 32 años, no encontraría a nadie que le mirase así.

Otra vez el dolor de la cadera. Las piedras estaban cada vez más resbalosas, pero al menos se habían vuelto menos puntiagudas y más redondeadas. Así era más fácil continuar caminando.

Tres meses después de que la madre de Matilde muriese, ella aceptó casarse con Edgardo, con la única condición de irse del pueblo, porque no quería llevar más el vestido negro ni taparse la cara en público. Él le ofreció irse al mar, donde su empresa comenzaría a desarrollar reformas en la zona portuaria. Sin pensarlo, ella se dejó llevar. Antes de cumplir el año, se habían casado en una pequeña ceremonia, con unos pocos amigos.
A partir de ese momento, Matilde pudo olvidar los años dedicados a su madre y al encierro al que había sido sometida. El hombre de los ojos verdes la había rescatado de ese destino y ahora se amaban libremente al ritmo de las olas.

Intentaron durante años tener hijos, sin conseguirlo. Decidieron que si el cielo no les ofrecía una familia más grande, tampoco era tan grave. Se tenían el uno al otro y eso bastaba. Él seguía dedicado a su trabajo en el puerto, mientras ella aprovechaba para leer y viajar por el mundo con su imaginación mientras observaba el mar azul de las costas mediterráneas.

Ella sentía ahora las piedras entre sus dedos, húmedas, con restos de arena. Las asía fuertemente con sus manos, mientras no paraba de caminar.

Matilde pudo decir que era feliz. No le faltaba nada en la vida, tenía al mejor hombre con el que hubiese soñado nunca. Se pasaban horas cogidos de las manos, hablando de lo que ella aprendía y de lo que él ya sabía. Ella se sentía segura, cómoda y plenamente enamorada. Él sentía lo mismo. Cada vez que Matilde comentaba sus lecturas del día, él hinchaba de aire sus pulmones y respiraba orgulloso ante su mujer, que se preocupaba de atenderle como a un rey, pero que siempre le sorprendía con su agilidad para aprender y entender lo que ocurría a su alrededor. Él la animaba a desarrollar ese don, pero ella sólo quería compartirlo con él. No necesitaba nada más.

Durante años se amaron, viendo como la vida y la historia se desarrollaba a la par que sus largas conversaciones: los cambios que se producían en España y el resto de Europa los impresionaban, a la vez que disfrutaban sabiendo que ellos lo habían anticipado como simples observadores.

Finalmente ella accedió a compartir lo que había aprendido, pero de una forma muy personal. Comenzó a escribir en innumerables cuadernos, con una caligrafía al principio muy infantil, pero que alcanzó una enorme belleza con los años. En ellos repetía casi palabra por palabra sus largas charlas con Edgardo, además de aventurarse con pequeños pensamientos y simples versos, llenando cientos de hojas cada semana. Él, además, alentaba esta distracción y le traía a casa todo lo necesario para continuar con sus escritos.

Cogió unas cuantas piedras y se las metió en el bolsillo del vestido. Las volvía a asir con fuerza, una y otra vez, haciéndose daño en los huesudos dedos.

Edgardo murió una mañana de junio. Un tonto accidente en el puerto se lo llevó para siempre. Matilde se enteró por los sollozos de la vecina subiendo la calle. Al mirarla, salió corriendo calle abajo, hacia el mar, lo más rápido que sus 71 años le permitían. Al llegar ahí le explicaron lo sucedido: una grúa se había descolgado y le había dado directamente en la cabeza. Nada que hubiesen hecho le podía salvar la vida. Ella no derramó una lágrima, se giró sobre si misma y se fue a casa.

Matilde cogió más piedras y las volvió a meter en los bolsillos. Las piedras húmedas ahora se habían convertido en arena fina, que se escurría junto con el agua entre sus pies. Ella siguió andando mientras el agua la iba abrazando suavemente, decidida a no volver.

Al recoger las cosas de Matilde, encontraron un cuaderno extendido sobre la mesa que estaba bajo la ventana del salón, frente al mar. Con una letra decidida se leía al final: “Tengo miedo de no saber vivir sin tu amor, de no hablar ni escribir nunca más. No quiero volver a tener miedo. Espérame mañana junto al mercado”.

1 comentario:

  1. Anónimo14:49

    Muy bonita Tomás, triste pero bonita.Claro que como soy porfiada no me gusta que parezca tan fácil, aunque sea en cuentos, terminar con la vida por no saber enfrentarla.

    mama

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