lunes, 30 de junio de 2008

Por los pelos...

Después de leer Persépolis y ver como un país tan avanzado como Irán volvía a la represión masiva e intolerante de su gente, no puedo menos que asombrarme o enojarme con noticias como la que leí en El País esta mañana: unos jóvenes son detenidos por usar ropas o peinados muy "occidentales", es decir, que se "levantan de la cabeza". Estas detenciones, en principio muy comedidas y a modo de "recordatorio de las costumbres", terminan en varios latigazos si son reiteradas.

¿Es eso lo más importante en la religión o en la política? ¿Es necesaria la no "occidentalización"? ¿Tan grave es llevar un ropaje menos extenso y "acomodarlo" un poco? Parece que no y que este tipo de acciones se acompañan con la necesidad de someter al pueblo iraní bajo el miedo, la incertidumbre y unas costumbres cada vez más ridículas.

No quiero ir en contra de sus tradiciones y su rica cultura, pero creo que hay otras cosas más importantes de las que preocuparse que el largo de un ropaje o los centímetros que separan a unos cuantos pelos de la cabeza.

domingo, 29 de junio de 2008

Otra de burkas...

El Incidente (M. Night Shyamalan)

La última película del creador de "El sexto sentido" es perturbadora de principio a fin.

Perturba su atmósfera de tensión, congoja, desesperación y desesperanza. Nos perturban sus tiempos, pausas o ausencia de ellas; sus imágenes desgarradoras y el acecho de un enemigo común, desconocido e implacable.


Perturba su humor gracioso y disonante. Su guión bien trabajado en principio y decadente hacia el final. Sus personajes, entrañables y turbadores, insoportables y perfectos. Su continua percepción de que hay algo ahí que no somos capaces de ver, pero que nos ahoga. Lo humano de sus protagonistas y lo absurdo de muchos de ellos.

Perturba un final predecible, edulcorado, poco impactante y mucho menos interesante. Su mensaje ecológico, de la efímera naturaleza humana y de las fuerzas de la tierra. De lo facilón que resulta como folleto del acuerdo de Kioto y del movimiento "verde".

Perturba su egocentrismo americano y el aroma a 11-S que se desprende en las reacciones de la gente. La costa este de EE.UU. vuelve a estar en el centro de las miradas y en absoluto peligro. Nada como meter el dedo en la herida una y otra vez para lograr la identificación y despertar los oscuros sentimientos colectivos.

Perturba por sobre todas las cosas, el enemigo común, tan irremediablemente invencible. La ley natural y el orden de las cosas se deben mantener pues, de lo contrario, el fin será inevitable. Moralina americana al por mayor, pero con la satisfacción de lograr gran parte de su cometido: someter al espectador a una tensión permanente y a una tortura hacia el final.

Entenderlo de una vez: el cine y el romance no siempre deben ir de la mano. Hubiera sido mucho mejor dejar a la raza humana sin esperanza en una situación límite muy actual. Al menos, habría resultado más desgarrador. Sin embargo, como experiencia inquietante y atmósfera tensa, resulta totalmente efectiva.

Nace "Mecca XXI"

Con la creación del "Movimiento para el Estudio y la Crítica del Cine y del Audiovisual del S. XXI" (MECCA XXI) se espera acercar el mundo cinematográfico y audiovisual a la gente de calle, a lo no expertos y dejar atrás la crítica poco constructiva, elitista y codificada.

La tarea no es fácil ni menor. Hay muchos intereses creados y "grandes pensadores" del cine que no querrán ceder su auto proclamado trono de filósofos audiovisuales. Pero el cine hispanoamericano tiene mucho que decir y, sobre todo, el público desea compartir, aprender, conocer y vivir lo que ocurre dentro y fuera de la gran pantalla.

"Este Movimiento para el Estudio y la Crítica del Cine y del Audiovisual del S. XXI tiene nombre de arcadia y de robot futurista, en parte porque son dos de los universos buscados, soñados: el futuro y la ilusión. Se trata, además, de un proyecto integrador cuyos impulsores creemos en el consenso y en el debate, en el intercambio dialéctico y en el diálogo hasta la extenuación. Queremos ser un foro de opinión, un laboratorio sin límites de experimentación, un nido donde nazcan ideas nuevas o un taller donde se restauren los conceptos usados. Creemos que la cultura nace del movimiento, de la participación, del cambio, del riesgo y de la permanente imbricación del pasado, el presente y el futuro, de esa ambición por el intercambio de ideas con que nace este proyecto".

Ya iré contando los pasos que demos y los desafíos que enfrentaremos. De momento, los que estén interesados y crean que puedan aportar sus conocimientos, arte y dedicación, serán bienvenidos.

El lenguaje y la política (sacado de El País.com)

EN ESPAÑOL SE DICE CRISIS, por Javier Rodríguez Marcos (El País.com)

Vivimos en el tiempo del maquillaje. El Gobierno llama desaceleración a lo que la humanidad vive como crisis, y el PP no ve más que distintas sensibilidades donde todo el mundo ve tendencias enfrentadas. Detrás de cada eufemismo hay un tabú indeseable y, por tanto, impronunciable. El lenguaje de la política siempre ha estado lleno de unos y de otros, como si las palabras pudieran neutralizar la realidad que se niegan a nombrar.

El pesimismo no crea puestos de trabajo. Está por ver que los cree el optimismo. El vocabulario político trata siempre de mostrar el vaso medio lleno, pero en los últimos años el ambiente se ha llenado de sintagmas de buen ver como conducciones de agua, soluciones habitacionales o derecho a decidir. Por no hablar de clásicos como impuesto revolucionario o regulación de empleo. La cosmética verbal se extiende.

Los lingüistas definen tabú como la palabra que un hablante evita por motivos religiosos, supersticiosos o sociales. Pero la venenosa realidad tiene un antídoto, el eufemismo (del griego eu -bien- y pheme -modo de hablar-). En su clásico Diccionario de Términos Filológicos (recién reeditado por Gredos), Fernando Lázaro Carreter proponía varias causas para explicar su uso: el deseo de adaptarse a una circunstancia en la que la palabra resultaría plebeya (cabello por pelo, seno por pecho); el ennoblecimiento de la persona (profesor por músico); la cortesía (que resulta en fórmulas de "dudoso gusto" como "su señora" por "su mujer"); o la necesidad de atenuar una evocación penosa. Esta última causa ha modificado términos supuestamente negativos y ha originado la inflación de vocabulario políticamente correcto: el ciego es invidente, el inválido, minusválido o discapacitado. Sin olvidar que Barack Obama puede ser para unos negro y para otros, afroamericano. Y para casi nadie, mulato, palabra en desuso en tiempos poco dados al matiz.

El eufemismo, con todo, no es más que uno de los muchos medios de la lengua para renovarse. De algunos ni siquiera recordamos que lo son y que tienen origen en un tabú. Igual que nadie repara en el ojo de la aguja o en los dientes de la sierra como las metáforas (gastadas) que son, casi nadie es consciente de que, por ejemplo, para nombrar la mano izquierda el castellano usó una forma vasca (ezker) para orillar las connotaciones "siniestras" derivadas del término latino "sinister". Su pareja "dexter" no tuvo problemas para evolucionar a "derecha". Hasta no hace tanto, a los zurdos les tocó padecer una superstición que supuestamente se remonta al mal augurio que suponía que las aves volasen a nuestra izquierda o al hecho de que Judas fuese zurdo. Y pelirrojo, algo que también generó desvaríos supersticiosos. Como decía el clásico, el lenguaje no se inventa, se hereda.

"El eufemismo es un mecanismo imprescindible, no una anomalía", subraya José Antonio Pascual, miembro de la Real Academia Española y experto en lexicografía. "Sirve para limar las asperezas de la lengua. Sólo hay que ver cómo ha evolucionado el lenguaje escatológico. Cuando se reguló la eliminación de aguas fecales, en las casas se le reservó el nombre del mejor espacio, el retrete, literalmente, lo más retirado. Decir papel higiénico, por ejemplo, es muy poco preciso, pero se trata de evitar la grosería. Todos agradecemos que nos saluden en el ascensor".

De hecho, al académico le preocupa más el disfemismo, que busca el efecto contrario al eufemismo eligiendo la expresión más ruda. El eufemismo, recuerda Pascual, es un mecanismo similar al que hizo que cambiara el color de los uniformes de la policía nacional. Los grises del franquismo mudaron de color durante la transición para vestir de marrón. Y cuando se convirtieron, según la expresión popular, en maderos, pasaron a hacerlo de azul. "La policía ha perdido muchas de las connotaciones que tenía. Ya no da miedo a nadie... salvo en Coslada", concluye el catedrático de Lengua.

Con todo, el propio Pascual advierte de que los eufemismos son como las tijeras. Su bondad depende del uso que se les dé: "Si los usas de forma inmoral, en lugar de facilitar la comunicación aumentas la confusión". Es lo que suele pasar en el juego político, donde un exceso puede rozar la manipulación: "Las palabras tienen un halo connotativo muy fuerte. Por eso el Gobierno abandonó la palabra trasvase, que se había cargado de negatividad". Antes de que la lluvia lo hiciera innecesario, éste recibió toda una colección de denominaciones con más meandros que el Ebro destinadas a negar la evidencia: desde captación-transferencia-traslado-aportación puntual de agua hasta conducción de caudales, pasando por interconexión temporal de cuencas hídricas o conexión de sistemas dentro de la misma demarcación hidrográfica.

Solucionado el abastecimiento de Barcelona, el otro gran tabú gubernamental es la palabra crisis, oficialmente desaceleración (aunque por momentos se nos conceda que acelerada). En 2000, el actual presidente de la agencia Efe, Álex Grijelmo, publicó La seducción de las palabras (Taurus), un libro sobre la manipulación lingüística en el que se analiza cómo funciona un término tan caro a los tecnócratas y tan extraño al común de los hablantes, que nunca desaceleran; como mucho, frenan. "El prefijo negativo des", explica Grijelmo, "se hace acompañar aquí del término positivo acelera, en otro ejemplo de contradicción seductora, alterando la percepción del concepto para embaucar a los electores. Así, creemos que la economía llevaba una marcha positiva muy acelerada, y que por eso no importa que pierda velocidad". Efectivamente, la combinación de prefijo negativo y término positivo es todo un clásico en la construcción de eufemismos: los que antes eran pobres ahora son desfavorecidos, y los libros que antes estaban agotados ahora aparecen como no disponibles.

Se atribuye a Talleyrand la ocurrencia de que el lenguaje le ha sido dado al hombre para que pueda ocultar el pensamiento, una idea que retrata tanto al hábil político (y ex obispo) de la Francia posrevolucionaria como a los de su gremio. En la política, en efecto, el eufemismo es moneda corriente. Se trata de un campo en el que "el encubrimiento siempre ha existido. Su máxima expresión sería la diplomacia, claro", apunta Antonio Elorza. Aunque tradicionalmente ese encubrimiento surgía más del pragmatismo que de la voluntad de engañar, el catedrático de Ciencia Política de la Universidad Complutense señala que el siglo XX asistió al perfeccionamiento de las técnicas de persuasión por el creciente peso en la política de la mercadotecnia y la propaganda. Y esa perfección tiene un nombre: Joseph Paul Goebbels, ministro de Instrucción Pública y Propaganda de Hitler y autor de aquella famosa frase según la cual una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Para Elorza, "el eufemismo como deformación consciente y sistemática proviene, sí, de los lenguajes totalitarios". Las dictaduras, en efecto, han dado perlas como la democracia orgánica de Franco o la República Democrática de Alemania del régimen comunista germano. Sin olvidar que el nombre oficial de la actual Junta Militar birmana es Consejo de Estado para la Paz y el Desarrollo. Al lado de la cruda realidad, la ficción inventada por George Orwell en su novela 1984 parece puro costumbrismo, por mucho que en la neolengua del régimen del Gran Hermano el Ministerio del Amor sea el encargado de mantener el orden (por los medios que sea) o el Ministerio de la Paz se dedique a los asuntos de la guerra. ¿Pero qué es eso comparado con llamar a un genocidio solución final o limpieza étnica?

Con todo, en democracia también se narcotiza a la población con un lenguaje "que dulcifica la realidad". Es lo que sostiene la filóloga y periodista Irene Lozano, autora de El saqueo de la imaginación (Debate), un ensayo subtitulado Cómo estamos perdiendo el sentido de las palabras. Lozano recuerda cómo a los reclusos de Guantánamo se les niegan sus derechos como presos de guerra considerándolos "combatientes enemigos ilegales", y habla de un personaje inquietante, Franz Luntz, consultor de los republicanos estadounidenses, que, entre otras cosas, recomendó evitar la palabra capitalismo. Para sustituirla nacieron "libre empresa" y "economía de mercado".

Con su consolidación, el eufemismo político llega a convertirse en seña de identidad. Términos como Estado español por España o Euskal Herria por Euskadi (y viceversa) identifican inmediatamente a quien los utiliza. "El gran problema", abunda Elorza, "es que se te escapa violencia por terrorismo e impuesto revolucionario por extorsión. Acabas metido en un bosque semántico". Para el profesor donostiarra, el nacionalismo es especialmente dado a la "traslación de significados". La última gran propuesta del lehendakari Ibarretxe se llama consulta y no referéndum, y lo que plantea no es la autodeterminación, sino el derecho a decidir. "¿Y quién no admite el derecho a decidir?", se pregunta Elorza. "El Gobierno vasco no puede hablar de independencia porque sabe que la quiere una minoría de la población, pero el derecho a decidir suena tan positivo que no se discute. Lo mismo sucede con la expresión 'sentirse cómodo', tan usada por los nacionalistas catalanes. En el fondo oculta la bilateralidad, es decir, Estado confederal, no federal".

Así las cosas, ¿cómo puede un eufemismo dejar de parecerlo? ¿Cuándo se integra en la lengua sin antecedentes penales? Elorza señala a la prensa como principal vía de limpieza. También ayuda, en el caso del lenguaje nacionalista, que sea asumido por un partido que no lo sea: "Es lo que hizo el PSOE al hablar de diálogo con ETA, algo que en política no existe". Según Elorza, el partido socialista es muy dado a los eufemismos. El PP, casi nada: "Prefiere la hipérbole". La cuestión de los eufemismos, tan pegados al poder, recuerda a la advertencia del descreído Humpty Dumpty de Alicia: "La cuestión no es saber qué significan las palabras, la cuestión es saber quién manda".

Un extracto (El País.com)

MOISÉS NAÍM

La información y sus dueños



Estas prácticas muy comunes hacen que en esta era de la información la gran mayoría de la humanidad se informa a través de medios controlados por partes interesadas o que son muy susceptibles a la presión de intereses políticos y económicos.

Este fue el paradójico hallazgo del investigador Simeon Djankow y sus colegas quienes examinaron en 97 países quienes eran los dueños de los cinco periódicos más leídos, de los cinco canales de televisión más vistos y de las estaciones de radio más oídas. Encontraron que, como promedio, el Estado es dueño del 30% de los principales periódicos, del 60% de los mayores canales de televisión y del 72% de las principales estaciones de radio. El resto es predominantemente propiedad de familias, que controlan el 54% de los grandes periódicos del mundo y 34% de las mayores estaciones de televisión. Rupert Murdoch y Silvio Berlusconi no son la excepción, son la regla. Solo el 4% de los principales medios de comunicación del planeta tienen una estructura de propiedad dispersa entre muchos accionistas. La norma es que los grandes medios los controlan los gobiernos o los magnates mediáticos y sus familiares.

Esto tiene consecuencias. La investigación encontró que los países donde más concentrada estaba la propiedad de los medios de comunicación tenían mayores índices de corrupción, peor manejo de la economía, mercados financieros más distorsionados, peor calidad de la educación y de la salud y menos derechos civiles para sus ciudadanos.
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