Mr. Vértigo

domingo, 28 de diciembre de 2008

Llevaba mucho tiempo con una tarea pendiente: leer a Paul Auster. Pues ya lo he hecho. No sé si he comenzado por uno de sus grandes libros o no, pero fue el primero que le han regalado, así que como a caballo regalado no se le miran los dientes (creo que la versión española es distinta, pero yo la digo a la chilena, como corresponde) me lo devoré en pocos días. Veredicto: me gustó mucho como escribe, aunque me pasó algo al final que me ocurre con muchos libros últimamente: el final me pareció demasiado "Disney" o poco rompedor, y cada día me cuesta más aceptarlo.

Me paso a otro párrafo, porque este tema merece discusión. Vale que a todos nos gustan los finales felices, románticos y con moraleja, pero estoy un poco cansado de que, tanto en la literatura como en el cine, nos tengan acostumbrados a esto. Trato de hacer memoria con una película de 2008 en la que me pasó lo mismo: si hubiese acabado 20 minutos antes del final, hubiese sido magnífica, pero se transformó en una ñoñería americana infumable. Lamentablemente, no recuerdo el nombre ni sobre qué iba, pero bueno, me sirve para expresar mi malestar ante esta necesidad de arreglar todo al final.

En la vida no todo es tan maravilloso y algunas veces todos nos caemos, nos equivocamos, lloramos, sufrimos y gritamos... y no siempre los finales son felices ni los malos son castigados ni la justicia inclina la balanza para el lado correcto. A veces, la realidad nos da lecciones muy duras, pero eso parece que no vende, que no queremos verlo. Pues yo sí. Quiero algo que me sorprenda, quiero un héroe que termine solo y desamparado, una heroína muerta, una comedia romántica que no termine en boda.

¿Por qué nos llamó tanto la atención el final de "Lost in translation"? Simplemente porque el final era desconcertante, abierto, magnífico. Una frase que nunca oímos y ya está. La vida continúa para todos.

Una de las cosas que más me gustó del segundo libro de la trilogía Millenium fue el final. Bien el autor podría haber llenado otras 20 ó 30 páginas para cerrar el tomo de "La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina" con algo feliz, pero me gustó que lo dejase a la imaginación del lector, para que esta mente a veces boba que tenemos, trabaje algo más y nos haga pensar.

Poco pensamos. Cada vez menos y nos gusta que nos den todo mascado. Pues no y reivindico la iniciativa de desafiarnos, de provocarnos, no con sangre, sexo o rock and roll, sino con virtuosismo, arte e inteligencia. Esos son los verdaderos artesanos de los próximos años, los que conviertan su labor en una fuente de debate, en una motivación, en el inicio de algo nuevo y no en el "y fueron felices para siempre" ya tan manoseado.

1 comentario:

  1. Anónimo13:52

    no se si estoy de acuerdo contigo, me pasa que cuando los finales no son felices me queda un sabor amargo y cuando no son claros necesito que alguien me de una explicacion, quiiza tres posibilidades???????? no que sean felices sino que sean rales pero explicadas
    mama

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