Crónica de viaje: la Toscana

martes, 2 de septiembre de 2008

Siempre había soñado con estar en Italia. Ya había cumplido en parte el sueño, cuando el año pasado me pasé 3 días en Milán, pero se me habían hecho muy cortos. Esta vez, me iba a dar el lujo de estar 7 días y, por lo tanto, prometía ser grandioso.


Fue un viaje con fantasmas –los de aquellos que habían muerto 4 días antes en el accidente del aeropuerto de Barajas- y con un grupo de nuevos ricos de pueblo, que se hacían notar por sus combinaciones de colores en la ropa que llegaban al límite de lo soportable por el ojo humano y por la mala educación que demostraron tener con las azafatas, los pasajeros y todo el que se les cruzase por delante. A pesar de ellos, el vuelo fue agradable y cómodo, bordeando Francia por el mediterráneo y llegando a Pisa, la ciudad de la torre inclinada.


El primer encuentro fue alucinante. Un aeropuerto demasiado pequeño para tanto movimiento de gente, maletas, carritos y tiendas. Nada más salir de ahí, casi una hora después, tomamos rumbo hacia la ciudad, para conocerla. La verdad, decepciona un poco. Impacta la torre y su entorno, pero Pisa no es gran cosa. Una ciudad muy común y, en muchas zonas, bastante desgastada, pero que tiene ese encanto decadente que siempre llama la atención.


La inclinación de la torre es impresionante y la cantidad de turistas intentando sacarse la foto en perspectiva donde parece que sostienen la torre, es aún más impactante. Da igual la nacionalidad, el color, el sexo, el tamaño o la edad: ves una fila de almas con las manos levantadas y cara de idiota para lograr el efecto. Debo reconocer, que fui una de esas almas. Mi vena turística no podría haber resistido la tentación de hacerlo.


Luego, un café y un helado, placeres culpables continuos durante los próximos días, y a comprar algunas cosas básicas para el desayuno. El destino, una tienda como de chinos, pero hindú y marroquí a la vez. Muy rara, pero al menos nos sirvió para acceder a los productos de necesidad básica.


Desde Pisa, el viaje continuaba a Pratovecchio y a Borgo Casalino, lugar que nos acogería los próximos días en una casa que sería nuestro centro de operaciones. Gracias a “Conchita”, nuestro fiel GPS con voz de española, llegamos a la Toscana soñada. Claro que el impacto no fue menor. La casa quedaba en medio de los Apeninos, borrando de un plumazo la idea de que toda la Toscana era plana y con colinas suaves. ¡Y una mierda! Todo sube y baja, con curvas para cortar la respiración. Peor aún, cuando giras sin ver si hay camino más adelante y te encuentras cara a cara con un autobús que viene en dirección contraria, con un cuarto de cuerpo sobre tu carril. Vamos, que de relax tuvimos poco.


Llegamos a casa y nos esperaban don Alessandro y su mujer, muy agradables los dos, pero con la mala costumbre de hablar a la vez y cosas distintas. Vale que algo de italiano controlo, pero no puedo estar pendiente de dos conversaciones en castellano, como para poder estarlo en otro idioma. Así que con cara de nada y asintiendo continuamente, creo que nos entendimos lo suficiente para que nos diesen las llaves y se fueran.


De ahí, dimos una vuelta escasa por el pueblo, intentamos cenar en un restaurante que tenía buena pinta, pero que había que reservar con días de antelación. Así que terminamos en uno muy autóctono, pero con nombre extranjero. No se qué de Samira. Luego de intentos varios de comunicación, logramos pedir. La comida, bastante agradable, tuvo el momento turista/extranjero que nos haría reír el resto de la semana. El camarero preguntaba a Kike no se qué de “la forchetta” (el tenedor) y él sólo atinaba a mirarle con cara de ¿¿¿¿???? Yo, que no entendía lo que ocurría, no participaba del evento, hasta que me enteré de que la pregunta era tan simple como “¿Quiere que le traiga otro tenedor?”. Así que, risas aparte, nos pasamos a llamar los “Forchetta”.


El segundo día comenzó con una excursión a Pratovecchio y a la tienda de productos típicos: aceite de oliva, queso, mantequilla, prosciutto, vino, pasta, pesto y otras cosas. Una vuelta por el lugar, a orillas del río Arno en su versión reducida y algunos encantos impresionantes del pueblo. De regreso a casa, preparamos algo de comer y nos lanzamos a los lugares inmediatamente cercanos: la iglesia de Romena, el castillo y terminamos en un pueblo de nombre gracioso y encanto arrollador: Poppi.


Allí nos encontramos un mercadillo con productos típicos de la Toscana: tomate triturado, chocolates, chorizo, pan, queso, verduras, artesanía que, obviamente, atacamos para llevarnos esos sabores para las comidas de los días siguientes. Una vuelta por el pueblo, algo más de compras, las fotos de rigor y nos llevamos en la memoria el atardecer en un pueblo toscano que apenas aparece en los mapas y que merece mayor mención.


El lunes, teníamos ganas ya de ampliar el radio de acción, pero no aún de lanzarnos a las grandes ciudades. Un santuario franciscano (Santuario de la Verna) y los pueblos que lo rodeaban nos recibieron con los brazos abiertos. El paisaje era prometedor. La Toscana en toda plenitud y muchas fotos de por medio. De camino al próximo destino, paramos en un mirador en el que se podía ver un pueblo desde las alturas (Anghiari), lleno de altos edificios con ventanucos y calles llenas de terrazas. Como no podíamos descansar, seguimos camino tras un cigarro merecido.


Llegamos caso por casualidad a Arezzo, una ciudad que no dice mucho con su nombre en las guías de viaje, pero que es un destino muy apetecible. La característica esencial, es que sus calles y edificios fueron el escenario de la película de Benigni, La Vita è bella y se pueden encontrar fotogramas de los momentos en que cada lugar aparecía en el film.


Además, nos sentamos en una galería a tomar un café, que fue uno de los momentos gloriosos del viaje. Servido con delicadeza y elegancia, cada cosa que pedimos estaba buenísima y nos atendieron como reyes. A pesar de tanto lujo, la cuenta no fue del todo grotesca y valía la pena el homenaje que nos dimos. De ahí, un paseo por el pueblo, bastante rápido porque también se nos hacía de noche y la luz se iba por segundos. Finalmente y ya de camino al coche, un magnífico helado que nos recargó de las energías necesarias para emprender el camino de vuelta.


La anécdota del día fue la búsqueda de la levadura en polvo (los polvos Royal de toda la vida). Pues en Italia no existen y sólo tienen de la levadura de verdad. En polvo, unas cosas raras que derivaron en una masa de Pizza del tipo chicle que, si bien no estaba mal de sabor, tenía una textura muy extraña Y eso, para un cocinero, es nefasto. Pero ese día no hubo forma de encontrarla.


Cuando entramos al supermercado, estaban cerca de cerrar (la jornada termina a las 20 horas) y fue casi una carrera de obstáculos, esquivando al hombre que nos perseguía por los pasillos para que fuésemos hacia las cajas. Conseguimos algunas cosas, pero la pizza tendría que esperar aún. Esa noche, obviamente, cenamos pasta.


Al día siguiente, ya estábamos preparados para lo que se nos viniese encima y decidimos ir a Firenze, Florencia para los amigos. La ciudad como un todo es impresionante, pero decepciona en algunas cosas. No entendamos mal el concepto, porque tiene demasiadas cosas magníficas por ver, calles por recorrer y monumentos para maravillar a cualquiera, pero hay muchos turistas, todo es bastante caro y la tranquilidad necesaria para disfrutar del espectáculo, es más bien esquiva. Aún así, la Galería de los Ufizzi, el Duomo, las plazas y el David son impresionantes (aunque sólo veas, incluso, las otras dos copias que se encuentran en distintos puntos de la ciudad). Lo mismo el Ponte Vecchio y el Palacio Pitti. Arte, historia y cultura a raudales, en cada rincón.


Altamente recomendable resulta ver Florencia desde las alturas, en el mirador de Michelangelo, tanto de día como de noche. Un espectáculo de luz y color de alto estándar.


Luego, llegamos a un supermercado gigantesco donde compramos, además de la mencionada levadura en polvo, algunas otras cosas para llevar a Madrid. Mientras, yo miraba embobado la estantería de las pastas Barilla, con una variedad 50 veces mayor a la del mejor supermercado de Madrid. Era el paraíso de los amantes de la pasta, porque además había otras 100 variedades, marcas y sabores diferentes. Lo mejor, de todas formas, fue en el aeropuerto de Pisa que, en una de sus tiendas, tenía pasta con sabor a azafrán, ajo, cacao, café o pimiento. No compré porque el precio era excesivo, pero me quedé con ganas de probarlo.

El miércoles, lejos de tomárnoslo con calma, decidimos salir con dirección a San Gimignano y a Siena. Un alto en el camino, aprendiendo ya que si no te sientas a comer antes de las 14:30 de la tarde, te quedas sin nada. Era un restaurante que se llamaba “Le Cuppole” y que parecía la casa de un hobbit. Dos casas de corte circular (como un sol asomando por el horizonte) y ventanas redondas, además de una terraza enrome bajo los árboles, nos recibieron a la hora del almuerzo.


Por esas cosas del destino y la falta de manejo adecuado del idioma, nos trajeron cuatro antipastos, en vez de uno para compartir entre cuatro. Ya con eso, habíamos comido de sobra, pero cuando apenas dábamos los últimos bocados del entrante, se viene el plato de pasta al ataque. Y ya se nos salía por las orejas. Todo esta riquísimo, pero con esas cantidades, poco se podía saborear. Luego el café para asentar la comida y continuar el viaje.


Nuestra querida Conchita, el GPS, nos llevó por un camino un tanto complicado, pero no fue su culpa, la habíamos programado mal. Finalmente, logramos llegar a San Gimignano que, lejos de ser un lugar de relax, estaba lleno de turistas. No por nada es conocido como uno de los pueblos más bonitos de toda Italia. La verdad es que impresiona perderse por dentro de los muros de la ciudad, las calles de piedra, las torres, las iglesias y las miles de tiendas con artesanía, productos locales y souvenirs para los turistas.


Luego de las fotos de rigor, otro café y un paseo por el lugar, continuamos viaje hacia Siena. La pena, fue llegar prácticamente al atardecer, porque es una ciudad para perderse todo un día entre las callejuelas del casco antiguo. El duomo, la torre y los mil lugares históricos merecían una visita más larga, pero nos contentamos con dejar pendiente un destino para el futuro. De momento, nos hicimos una idea de que era un lugar muy agradable para visitar. Pese a la cantidad de turistas que había, no se sentía el agobio que encontramos en Florencia. La puntuación fue de las más altas hasta el momento.


El regreso a casa, una vez más, lo hacíamos de noche. No hubo día en que fuésemos capaces de hacer ese camino de curvas y cuesta arriba por la montaña durante las horas de luz, salvo los días que nos quedamos en Pratovecchio (el primero y el último).

Como no podíamos perder el espíritu de turistas, al día siguiente salimos con destino al Adriático a petición mía. Es que me hacía mucha ilusión ver el mar por el otro lado de Italia. Así, pasamos por Ravenna, que me sonaba como ciudad importante del imperio romano con muchas cosas por ver, sobre todo mosaicos, y luego seguíamos camino hacia la costa.


La verdad es que esto ya no era la Toscana y se notaba mucho. La amabilidad de la gente se había quedado tras los Apeninos y aquí eran más secos, menos preparados para el turismo extranjero. Se notaba en las calles, bastante más vacías y tranquilas. Y nos decepcionó un poco, ya que para ver cualquier cosa había que pagar. No era como en las otras ciudades donde tienes casi todo al alcance de la mano. Así que dimos un paseo por la zona amurallada y nos fuimos hacia la playa.


La marina de Ravenna, a 8 kilómetros más o menos, fue el lugar escogido. Una playa muy grande, pero no con exceso de gente, nos acogió en las últimas horas de la tarde. Caminar por la orilla del mar, hundiendo los pies en la arena, recogiendo conchitas (que no GPS’s) y disfrutando del suave atardecer, fue todo un regalo. Si bien no era el lugar paradisíaco que esperábamos, no nos podíamos quejar. Estaba bastante bien.


Luego, una casualidad que me persigue en muchos de los viajes que he hecho: el restaurante de comida chilena. Según sus dueños, italianos muy agradables y que habían vivido en Chile 8 años, nos comentaron que era el único en toda Italia. Y mira dónde y cómo lo fuimos a encontrar. Sopaipillas y pan amasado con pebre, empanadas fritas de queso, empanadas de horno y pastel de choclo para compartir. Mis compañeros de viaje, poco cercanos a este tipo de cocina, quedaron maravillados.


Finalmente, un surtido de postres multinacional: suspiro limeño, crema catalana, leche asada, calzones rotos, papayas con crema y tarta de nuez, que también compartimos con mucho gusto. Un par de cafés después y luego de hablar un rato con los dueños del local (que también tienen un restaurante en Borderrío) en buen chileno, emprendimos el camino de vuelta ya con algo de pena, porque sabíamos que quedaba muy poco para que nuestro viaje terminase.


Al día siguiente, nos quedamos por Pratovecchio para ir al anunciado mercado del pueblo. Una mierda. Sólo vendían calzones, jabones y cosas de aseo. Sólo una tienda tenía quesos y jamones, pero un cerdo tamaño natural con la cabeza cortada y puesta estratégicamente a su lado, además de un olor repugnante, nos alejaron de la posibilidad de comprar algo ahí. Así que las últimas adquisiciones, las compramos en la misma tienda a la que habíamos ido el primer día. Grana Padano y parmiggiano, además de vino y algunas delicatessen.


Nos tomamos algo en la plaza del pueblo, volvimos a casa y dedicamos la tarde a las maletas, a recoger cosas, a pasear por Casalino, donde estaba la casa que habíamos alquilado, y a pagarle al dueño, además de hacer el último vano intento por entendernos. Eso sí, les agradecimos todo lo que pudimos y en todos los idiomas conocidos: español, inglés, italiano y lengua de signos.


Una última vuelta por la parte baja de Poppi al comenzar la noche, además del último helado italiano y de vuelta a casa para descansar, que al día siguiente madrugábamos para emprender el viaje de regreso a Pisa.

Salimos a las 8 de la mañana de Casalino y llegamos a las 10:30 a Pisa, donde nos encontramos con un caos aún mayor de aeropuerto y poca información. Aún así, pudimos dar con nuestro vuelo, con la puerta de embarque y con los mismos nuevos ricos del viaje hacia Italia. La mala suerte nos daba en la cara, pero esta vez quedamos separados por medio avión, lo que se agradecía, aunque igualmente se hicieron notar durante el viaje.


Llegada a Barajas, recogida de maletas, comer algo en el aeropuerto, emprender el camino de ida hacia el centro, viaje hacia Ciempozuelos para dejar a los compañeros de viaje y el último café en esas tierras, nos devolvieron a la triste realidad: las vacaciones llegaban a su fin, y la Toscana estaba en nuestro recuerdo y en nuestras cámaras de fotos. Sólo quedaba planear el siguiente destino: el debate nos tiene entre París y Lisboa. ¿Cuál será?

2 comentarios:

  1. Anónimo14:22

    yo sabia que no necesitaba ir por esos lados para disfrutarlo, tus relatos son maravillosos y ademas me salto las curvas y caminos de miedo. Me alegro que lo hayas disfrutado y yo tambien lo hice y lo bueno es que sin gastar un peso puedo hacerlo cada vez que me siente en el computador
    mama

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  2. mi querido gordo que alegria saber que disfrutaste por todos nosotros, me gusto la idea de tener el 2º restaurant de comuda chilena en italia. te quiero mucho roz

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