Tomás en Navigli

jueves, 6 de septiembre de 2007


Este es uno de los barrios que más me gustó de Milán. Sin duda. Ya con ese puente y las 3 librerías que estaban al otro lado, no quería más. Además, cerca está una de las heladerías más antiguas de todo Milano. ¿Se puede pedir más?

QUIERO VIVIR EN MILAN

domingo, 2 de septiembre de 2007

Sé que me ocurre cada vez que vuelvo de un sitio, cada vez que conozco una nueva ciudad en mi recorrido. Pero debo ser sincero conmigo mismo y decir que, como Milán, no he visto ninguna: no tiene el romántico entorno de París (ni el Sena ni la Torre ni esos barrios como Montmartre) ni tiene la diversidad de Londres (ni el Big Ben ni la Reina ni el Támesis ni los puentes) ni el encanto de Barcelona (ni las Ramblas ni el mar ni Gaudí); incluso, no tiene la magnitud de Madrid (ni sus barrios ni sus parques ni sus muchas otras cosas). Pero cambiaría todo aquello por Milano y sus calles y sus parques y su Duomo y las trattorias y toda esa magia que tiene.

El viaje comenzó de buena forma: el vuelo, fue más corto de lo previsto y llegar a la Stazione Centrale no costó nada. De ahí al hotel, unas 3 paradas de metro (que funciona bien, aunque me pareció feo y oscuro) y 2 minutos caminando. Todo iba de maravillas. Dejamos las cosas y a cenar a una trattoria cerca de casa, que ya era tarde y el cansancio (día de trabajo encima) empezaba a pasar factura.

En plena plaza de Moscova, el "Rossopommodoro" nos recibió con la mesa casi puesta: una bruschetta de tomate y albahaca, unos ñoquis con tomate y una tarta de cioccolato. La comida no estaba mal, pero la atención se lució por lo mala. De ahí, a la cama y a preparar el itinerario para el día siguiente. Mientras, comenzó la anunciada tormenta que nos estaría esperando, pero que tuvo la decencia de dejarnos llegar sin problemas.

En fin, a la mañana siguiente, comenzó la historia: salimos pronto a la calle y caía una lluvia suave, pero de esas "cala bobos", es decir, que parece que no moja, pero que te empapa hasta los huesos. Mal inicio. Nos mojamos enteros y sólo podía pensar: vaya mierda de ciudad. Lo poco que recuerdo de esas primeras horas es el frío que estaba pasando y el arrepentimiento de no haber llevado un paraguas.

Así, llegamos hasta la zona de Piazza San Babila, cruzando i Giardini Pubblici y callejeando por una calles que, vistas a la distancia y sin lluvia, eran para dejar con la boca abierta. Claro que, por culpa del mal cuerpo y del agua, no quedaron registradas en fotos. Tendrán que esperar al próximo viaje. Aquí ya dejó de llover y, por fin, pude empezar a disfrutar.


Recorrimos parte del Quadrilatero d'oro, donde están todas las tiendas más caras de Milano: Armani, Prada, Versace y todas las demás. Imposible casi comprar la etiqueta de las cosas. Nada bajaba de los 500 euros. Pero mirar es gratis. De ahí, callejeando poco a poco, llegamos a la Galería Vittorio Emanuele, que es impresionante de principio a fin. Lo primero, entrar a una librería donde comencé mis compras: libros de gramática y diccionarios de italiano, además de uno de estilo; y unas novelas cortas, porque comenzaré a reencontrarme con el idioma. Y no descansaré hasta lograrlo.

Destacable, la tienda BERNASCONI que estaba en la galería. Un homenaje a toda la familia fue sacarme la foto en uno de sus escaparates, con el letrero en grande y muy claro. A punto estuve de entrar a reclamar la parte que me correspondía, pero me pareció un poco agresivo. Es mejor ir conociendo a los de la misma sangre, poco a poco.

De ahí a la Scala y al Duomo, era cuestión de algunos pasos. La plaza del Duomo, llena de turistas, era un poco caótica, más aún con los típicos africanos que tratan de timarte con las pulseras (ya nos había pasado en París y no volvería a ocurrir), los pesados que tratan de sacarte fotos con las mil palomas que se te tiran encima (VIVA LA GRIPE AVIAR) y todas esas cosas. Pero me saqué la foto delante del Duomo, como cualquier japonés que se precie.

La entrada al Duomo estaba a tope. Cientos de personas en la puerta y dije que no tenía ganas de estar ahí apretujándome con la multitud. Seguimos caminando por una de las calles laterales, la opuesta a la salida de la galería Vittorio Emanuele. Y dimos con un ascensor que subía al techo del Duomo por 6 euros. Y subimos. Qué maravilla de vista: parecía sacada de un escenario élfico o de algún lugar perdido en la imaginación. Un buen paseo por las terrazas del Duomo y luego, al bajar, estábamos en una de las entradas donde NO HABÍA NADIE. Y entramos. Lo que hay dentro, además de impresionante, es abrumador. No hay nada feo, aunque se agradecería un poco más de luz.

Después del Duomo, un breve paseo por las calles cercanas y a hacer un pequeño descanso, que había que coger fuerzas para lo que venía en la tarde. Dejamos las compras en el hotel, un poco de relax y a la calle otra vez, que ya eran las 3 de la tarde. Maldita hora: todas las trattorias y pizzerias estaban cerrando. Es verdad que el resto de Europa come a horas normales, no como en España. Y así, terminamos en un café de la calle Solferino, que se llamaba "Callegaro", donde comimos unos trozos de pizza y focaccia que estaban de muerte. Luego, un café con i dolci y a continuar el paseo.

Vimos el Castello Sforzesco, que está genial, y todo el entorno del Parco Sempione, que es un pulmón de tranquilidad y aire puro en medio de la ciudad. Quizás habría que darle más recorrido a todo el barrio, ya que de lo poco que vimos, había una parte de "Barrio Chino", otra de locales y bares muy "cool", otra muy elegantosa y luego callecitas normales. Seguramente tiene mucho más de lo que parece. Habrá que darle segunda oportunidad.


Luego, una estancia en la terraza del Bar Gold (Corso Garibaldi, cerca de la Via Palermo), a la hora del Happy Hour, pero sin enterarnos mucho de como funcionaba el sistema. En fin, que no sacamos partido de la situación por ignorancia. El madrugón comenzó a notarse y temprano nos fuimos a dormir. Es lo que tiene la edad. Las fuerzas no son las mismas que a los 20.

El sábado, comenzó bastante bien. El clima ya era más veraniego y el sol aparecía en el horizonte. Nos preparamos para ir a la zona del Navigli, un barrio más popular y alternativo que todo el centro clásico de Milano. Y me encantó. Un pequeño canal, que recuerda la época en que Milán era como Venecia, y todo un mundo por descubrir: librerías llenas de cosas nuevas y antiguas; tiendas de barrio con muchas cosas, mercados, vendedores ambulantes y muchas cosas más.

Paseamos por la puerta Ticinese, por la Porta Genova, pasamos por Sant'Eustorgio (que estaba cerrado) y muchas cosas más. Es un barrio por descubrir también. Creo que tiene mucho potencial y no me importaría nada vivir ahí mientras escribo una de mis futuras novelas.

Compramos quesos: Parmiggiano, Grana Padano, y otros de Pimienta Negra y Peperoncino. Así que nos fuimos al hotel a dejar las compras y a comer por ahí: más pizzas y focaccias compradas al peso, una de las mejores formas de alimentarse por poco dinero.

Por la tarde, el paseo nos llevó a la Piazza della Repubblica y la zona de la Stazione Centrale, por el barrio de Porta Nuova. Más frío que otros barrios, pero no menos encantador. Ahí pudimos ver con luz de día lo bonito de la estación y una exposición de figuras de colores que había frente a la entrada principal.

Más tarde, a la hora de la cena, nos dimos el gusto de comer en otra trattoria. Esta vez, más elegante, pero nada fuera de todo presupuesto. La comida estuvo gloriosa: bruschetta de tomate, luego, (pasta obviamente) unos fusilli con ricotta y pommodorino (tomate cherry), vitello tonnato y una panna cotta. El tiramisú también estaba magnífico. Todo esto en una terraza al principio de la Via Corso Garibaldi, en la Piazza 25 de Aprile. De ahí, otro paseo por el barrio y a dormir.

El domingo, último día, luego del desayuno en el hotel y un paseo por el barrio más próximo, emprendimos camino a la Stazione Centrale para coger el autobús y llegar a Malpensa. Y el resto, ya es lo normal: avión, metro y volver a la realidad.

Lo único que me queda del viaje, además de lo bien que lo pasé, lo mucho que disfruté y las ganas de retomar el italiano como segunda lengua, es que me MUERO DE GANAS DE VOLVER A MILANO... y ya estoy planeando viaje para el próximo año. ¿Alguien se viene?